domingo 29 de enero de 2012

ENCONTRAR, DESCUBRIR, AMAR

Miramos. Lo que nos rodea adquiere sentido y no hay nada que nos resulte extraño después de haberlo contemplado por primera vez. El mundo es nuestro mundo. Todo por una mirada, por una sonrisa inocente que expresa nuestra alegría cuando encontramos algo nuevo. Es increíble cuánto puede hacer un niño cuando nace, pues ese Universo inexplorado queda inédito para todas sus impresiones, sus ilusiones, su asombro… Nadie, sólo él, puede mirarlo como él lo mira. Puede que haya algo nuevo bajo el sol, y es esa luz que mira la luz limpiamente, sin juzgar nada, sonriéndole a la vida que alcanza su principio.

El encuentro, qué novedad más humana. Cuántos sentimientos habrá suscitado este mundo cuando lo miramos por primera vez, cuando encontramos nuestro sitio, nuestro hogar, aquello que nos define, aquello que nombramos con nuestros nombres. Me gusta pensar en los primeros rostros que contemplé por primera vez, que me miraron, que me dijeron quién era. Mis padres me dicen que les miraba fijamente a los ojos, intentando decir algo, encontrarme con aquellos que habían dado origen a mi existencia. Porque encontrar es lo que nos hace nuestros. Yo vivo, miro, encuentro… Somos mirada que encuentra, que dice. Pero no sólo eso. Basta darse cuenta de que su mirada no es la mía. ¿Cómo mirar-se, cómo encontrar-se?

¿Qué más me queda por mirar? Falta algo, pues el espejo me engaña. Quiénes son ellos, lo sé. Pero yo… ¿quién soy? Me miro, no puedo. Exploro… Sé dónde estoy y… ¡ay! ¿Por qué he venido aquí? ¿Desde dónde, hacia dónde? ¿Hasta cuándo? ¡Esto tiene fin, no ha acabado, sigue, y aquí estoy sin saber por qué! Busco alrededor y no hay nada. Pregunto a los demás y tampoco me basta.

Tal vez haya una mirada más. Una mirada escondida, latente, que no he visto hasta ahora. Una mirada desde dentro, que ilumina la misma luz, que ilumina mi luz. Una luz diáfana que lo conoce todo, que lo sabe todo, que mira mi vista y me ayuda a encontrar. Pero no está fuera. Fuera se ve todo con claridad, lo sé. Hay algo más que siento dentro. Y las preguntas surgen sin respuesta. Yo no tengo respuesta. No tengo la palabra adecuada. Quizá haya una palabra que lo diga todo: Palabra de la palabra. Aquella que lo pronuncia todo, que me pronuncia a mí y que yo no escucho. La Palabra que me mira, que me sonríe y que espera mi mirada, mi respuesta. ¿Seré yo quien tenga que responder? ¿Acaso soy yo el responsable de decir lo que soy? ¡No puedo! Espero que alguien que me conoce lo diga.

¿Dónde estás, por qué te escondes? Mejor tendría que preguntarte por qué te busco. Ya había encontrado mi familia, mi hogar. Y sin embargo aún me pregunto quién soy. ¿Será porque no sé quién eres Tú? Necesito de tu Yo, de tu Soy, porque yo no lo tengo, me doy cuenta de ello. Antes no estaba, ahora sí, habrá un momento en el que no sea así… ¡Cómo es eso posible! La memoria de los que me conocen desaparecerá. Seré olvido, seré nada, pues ni mi nombre perdurará en la lápida, ni mis huesos resistirán la tierra. Ni siquiera estas palabras me harán vivir más tiempo. Pero aquí, en el centro de mi pecho te siento escondido sin que me digas lo que quiero escuchar. Espero encontrar lo que nunca he encontrado, descubrir lo que nadie puede ver en mi corazón. Este corazón que veo que no me pertenece, porque se conformaría con lo que ya tiene si fuera mío, si pudiese verlo con mis propios ojos... ¡Quedas y sigues sin pronunciar palabra!

Espero ansioso este encuentro durante toda mi vida, esta vida tan corta que se me ha hecho eterna. Me tienes angustiado, sintiendo mi muerte, y sigues callado, ahí, contemplando mi desesperación. Nada me llena, nada me dice nada, no reconozco nada. Solamente espero descubrir aquello que más pesa en el pecho, que reclama su lugar y que no lo encuentra. Este vacío duele, se retuerce en su sequedad. Ya no pido nada, ni siquiera a Ti: eres inalcanzable. Renuncio a querer nada, porque querer es morir.

Ya muero, es la solución… Y, de repente, sin querer nada… ¡ahí estás ! ¡Te descubres, me descubres! ¡Te veo! ¿Por qué has tardado tanto tiempo? Explota mi pecho sin estallar, llenándome de alegría, de vida, de ilusión inesperada. Hasta ahora no había esperado nada, esta dulzura insospechada que inunda todo mi ser no se puede describir. ¡Este gozo inigualable al sentir Tu Mirada, cuando tocas mi pecho con tus manos! Un fuego que abrasa sin quemar, que me hace caer entre tus brazos extenuado, escuchando Tu Amor. ¡Por fin he visto tu mirada, la mía, pues me dices quién soy para Ti! ¡No, no hay muerte, sólo vida, eternidad presente que crece concentrada en Tu Ser! ¿Cómo decirlo con estas palabras efímeras, que no pueden decir nada de Tu Palabra? Sólo puedo escuchar la Voz que me había susurrado hasta ahora, y que, ¡por fin!, me grita, me canta y que ahoga mi voz, llena de emoción… ¿Qué es el tiempo? Mi espera, que ya se ha colmado.

Ahora, lleno de Ti, me sueltas, dormido, de nuevo a este mundo mío, que sé que sólo es Tuyo. Despierto de este sueño de amor. Contemplo de nuevo, escuchando el canto suave en mi corazón de la Palabra que canta este mundo lleno de música, acompasado con tus labios. ¿Será cierto? No cabe la menor duda de que lo conoces, que vuelve a Ti cuando aspiras el aire con el que lo acabas de pronunciar. Aunque yo he escuchado mi melodía, el canto con el que iluminas mi pecho. Y ahora me pregunto, ¿todos tienen su melodía? Me dices que sí. Qué canto tan maravilloso el de nuestra existencia... ¿Podemos igualarlo? Según parece, ese es nuestro reto, la chispa que se nos lanza desde la eternidad para que encendamos nuestro mundo. Es posible mirar como Tú nos miras, porque dentro de nosotros, de cada uno de nosotros, estás Tú, Amor mío.

En este instante es cuando te pido descubrir tu mirada en otro corazón, que me diga quién soy como me lo has dicho . La busco por todas partes y vuelvo a encontrarme sin descubrir nada. Tengo la esperanza de este encuentro otra vez, pero me dices que no, que ahora será de otra manera. Será una mirada que pueda ver con mis ojos, pero que me volverá a coger como lo has hecho Tú. Confío en Ti…

Cómo no, la casualidad, Tu casualidad, hace que un encuentro insospechado surja de nuevo. Algo habitual, que parecía efímero, se convierte en la presencia de la eternidad, en un auténtico descubrimiento. Esa mirada que me prometiste encuentra mis ojos, y yo, de nuevo, te encuentro a Ti en ella… La encuentro, la descubro y un nuevo trance que no había imaginado me embriaga en este tiempo que tiene sabor de fuego, de amor. Vuelve tu canto pianissimo con la forza de tu pasión… haciendo que nuestra libertad sea inmortal, que nuestras voces sean tuyas.

sábado 24 de diciembre de 2011

Belén, la cuna de los filósofos

Aristóteles ya nos dijo que todos los hombres desean, por naturaleza, saber. Como buen filósofo, cayó en la cuenta de que los hombres somos seres que viven del saber, del sentido que encontramos en el mundo, en nosotros, en el cielo… La bóveda celeste era una guía para todos los hombres.

La tarea de los filósofos en el mundo antiguo era, entre otras, la de descifrar las estrellas, comprender su luz y sus movimientos. El cielo nos asombra: las estrellas están tan bien ordenadas, cumplen tan bien su papel, que cuando aparece una nueva sabemos que significa algo nuevo. Por ello, me gusta pensar que Aristóteles pudo haberse preguntado alguna vez cuál era el sentido de esa estrella que acabó posándose en Belén cuando nació Jesús, si hubiese vivido en ese momento.

Las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso Platón decía que la verdad nos resulta siempre familiar cuando la conocemos por primera vez, parece que ya nos perteneciera antes. La personalidad de los filósofos es, por eso, tan ingenua e inocente: cuando ven algo, no pasan de largo, se paran a contemplarlo siempre como si fuera una primera vez, aunque lo hayan hecho mil veces. ¡Cuántas veces tantos filósofos habrían visto la estrella de Belén y se habrían preguntado qué decía! Pero, claro, todo llega a su tiempo, la verdad no se muestra toda de una vez, sino poco a poco, “suavesito”, como dirían en América. En Belén no nacía Jesús todos los años. Sólo unos pocos filósofos pudieron contemplarlo por primera vez. Estoy seguro de que Sócrates, Platón o Aristóteles habrían envidiado a tantos pastores, labradores y artesanos que pudieron contemplar a Jesús a pocos pasos de su casa, cuando aquellos grandes filósofos se contentaban con el cielo lejano, precioso, de la noche estrellada para tener una pobre imagen suya en sus pensamientos.

Pero Dios nos ha hecho un gran regalo, nos ha dado lo más precioso al alcance del corazón. Ese es el gran hallazgo de Belén: lo más bello es cercano, Dios mismo se hace hombre. Nace entre paja, pobremente, junto a aquellas criaturas suyas en el establo: ese buey y esa mula que, junto con la estrella del cielo, representan, para mí, a la Creación glorificando a la Madre y al Niño-Dios. A pesar de ser una imagen tan bonita, no olvidemos a nuestros filósofos, a los Reyes Magos.

Me imagino que los Reyes Magos eran reyes por la riqueza de su sabiduría y la autoridad de su pensamiento; también magos por su consejo y agudeza a la hora de tratar temas divinos y humanos, que tanto se escapan de nuestra vista cuando perdemos la sensibilidad para percibirlos y parecen, por eso, de otro mundo. Esos reyes, ¡esos magos!, que contemplaban las estrellas desde tantos puntos de la Tierra se dieron cuenta de que, ¡por fin!, las estrellas revelaban su secreto, esa estrella tan discreta y misteriosa les dijo cuál era la trayectoria de su órbita y el fin de su movimiento: era la estrella del Rey de reyes. El deseo de saber, que Aristóteles encontró en nuestra naturaleza, era revelado por la misma naturaleza: la naturaleza reveló cuál era el culmen de la sabiduría, dónde nacía el “Filósofo de los filósofos”, y los llevó hasta ese pesebre de Belén.

Los filósofos que visitaron Belén se encontraron con una respuesta que no esperaban. La estrella les llevó hasta un niño. Imagino que en sus equipajes llevarían libros eruditos de la época, en los que se explicaban grandes teorías y cuestiones que habían contemplado con sus pensamientos. Lo que contemplaron en Belén era muy diferente: una mujer joven y hermosa sostenía a un niño entre sus brazos, que dormía a gusto después de haberse alimentado de su pecho. Supongo que nunca habrían pensado que el secreto de las estrellas, el secreto del saber de Dios, era un niño al que cuidaba una mujer adolescente, de mirada cristalina y sonrisa discreta. No dudo de que al contemplar algo así, le preguntaran a José qué significaba eso, y él, mirando a los filósofos con cariño, haría un gesto con su mano señalando a María. La conversación que mantendrían sería sencilla, casi infantil, y los filósofos escucharían a María con atención.

Puede que en el portal de Belén se diese la primera clase de filosofía de la Historia. María fue la primera filósofa que enseñó la sabiduría del corazón: su sonrisa y su mirada revelaron que Dios es el Dios del corazón, que Jesús es el Rey de los corazones y que Él nos ha regalado lo que nos es más íntimo, que el tesoro más alto y profundo lo tenemos dentro de nosotros. Por ello entregaron los filósofos sus riquezas, esas riquezas que traían de países lejanos (¡Egipto, Grecia, China, India…!) y que se mencionan en el Evangelio: oro, incienso y mirra. Esos filósofos entregaron todo lo que tenían a una familia pobre de Belén y se fueron con las riquezas del corazón, que son más que las que podemos recoger con nuestras manos.

¡Cuánto habrían entregado Sócrates, Platón, Aristóteles, Confucio o Buda si hubiesen estado en Belén! ¡Cómo habrían escuchado a esa mujer joven y humilde, que conocía aquello que habían añorado durante toda su vida! Decía antes que las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso los filósofos, los Reyes Magos, que no tenían noticia de Jesús, del Mesías, lo encontraron. El Libro de la Naturaleza guía nuestros pensamientos hacia Aquel que lo ha escrito. Pero cuando encontramos a su Autor en un portal en manos de su Madre, caemos en la cuenta de lo poco que sabemos, dejamos a un lado nuestras elucubraciones para ponernos en las manos de María y para que nos susurre, como a su Hijo, los sentimientos de amor de Dios-Padre: Belén es la cuna de los filósofos.








¡FELIZ NAVIDAD!

viernes 9 de diciembre de 2011

Reseña: El pensamiento de Leonardo Polo, de Rafael Corazón

Hace unos días terminé de leer un ensayo sobre Leonardo Polo: El pensamiento de Leonardo Polo. Es un libro breve y denso: breve porque la filosofía de Polo es inmensa; denso porque en pocas páginas habla de temas fundamentales en filosofía. Es fácil de leer, pero hay que estar al tanto de los meollos filosóficos para coger el hilo de su exposición. Cuando habla de Antropología, de Teoría del Conocimiento o de Metafísica puede ser pesado si no se han leído otras cosas al respecto.

Si lo he entendido bien, creo que intenta exponer, más que nada, la riqueza del método filosófico propuesto por Leonardo Polo: el abandono del límite mental. El pensamiento de este filósofo no se podría entender sin su método, y lo que Rafael Corazón expone son algunos esbozos de los descubrimientos que ha hecho Polo con el método. Cuando habla de la libertad del hombre con tanto optimismo, del futuro de la filosofía, de la capacidad de amar que nos es propia y que nos descubre hacia los demás, está diciendo cosas evidentes, sin embargo dificilísimas de alcanzar con el pensamiento si no se abandona el límite.

Pero no hay que olvidar que el método es una propuesta: Polo no busca la exclusividad del pensamiento ni ser original como filósofo: su filosofía no es una gran refutación de las otras, es un diálogo profundo con todos los filósofos a la luz de su descubrimiento filosófico. Polo no nos dice lo que hay que pensar, sino que nos muestra lo que ha pensado él, es como un capitán de barco que nos cuenta todas las batallitas de sus viajes. Y, después, cada uno de nosotros decide qué hacer con su método. Parece que Polo nos incite a comenzar una aventura. Así, con el atractivo propio de la libertad, nos invita a atrevernos a ser libres, a pensar por nosotros mismos y descubrir las grandezas que él ha descubierto: la inagotable riqueza de la verdad.



lunes 5 de diciembre de 2011

Revisemos Europa

Europa es un continente que, desde el final de la Edad Media, está en continuo cambio cultural. Las iniciativas del Renacimiento por recuperar la cultura grecolatina fueron un gran avance, pues se revivió la cultura clásica con las aportaciones del cristianismo. Europa recuperó lo que era suyo, por decirlo de alguna manera. La recuperación de lo clásico trajo nuevos frutos para la cultura europea e iniciativas que hasta ese momento no se habían tenido. El humanismo cristiano de tantos intelectuales y artistas devolvió el aliento a una Europa cansada del medioevo. Así, el hombre se descubrió a sí mismo, los europeos descubrieron el valor del hombre, y se intentó proclamarlo por los cinco continentes.

El humanismo cristiano fue desarrollándose, pero las luchas religiosas hicieron que, poco a poco, la imagen de Dios en el hombre se difuminara. Dios fue perdiendo protagonismo para el hombre, el hombre se fue viendo solo, sin necesidad de Dios. Puede que el hombre aún no estuviera preparado para hablar de Dios. Puede que, al descubrir de nuevo sus propias riquezas, Dios fuera un tema demasiado grande y se lo tratara como un tema pequeño. Dios se convirtió en algo particular, en una imagen que se crea el hombre por su cuenta, para poder vivir tranquilo, sin necesidad de comparar una imagen de Dios con la otra. De esta manera, el humanismo cristiano pasó a mero humanismo: la armonía de Dios y el hombre fue sustituida por la armonía entre los hombres: el hombre era, en verdad, la medida de todas las cosas.

El hombre, pues, había alcanzado su mayoría de edad. La armonía entre fe y razón fue sustituida por una confianza plena en la razón natural del hombre. Una razón natural que casi sobrepasaba lo sobrenatural: la razón podía precisar qué era Dios, cómo era Dios y de qué manera había que pensarlo para que fuese, realmente, universal. Dios pasaba a un segundo plano, como un problema solucionado y que se podía dejar en el cajón de la mesilla de noche. Ahora le tocaba al hombre definirse…

Definir al ser humano es, posiblemente, una de las tareas más apasionantes y problemáticas que han intentado los europeos. Pero todos los problemas que ha generado ese intento han aportado gran cantidad de avances. Hemos descubierto el valor de la libertad, el de la sociedad, el del Estado. Las artes se han desarrollado a un ritmo vertiginoso, el mundo es, ahora, pequeño, pues hemos conseguido conectar todas las culturas. Hemos generado guerras mundiales y, al mismo tiempo, hemos sabido acabar con ellas. Las grandes paces han dado nuevas oportunidades al mundo entero. Los europeos encontramos oportunidades cuando surgen problemas. Somos los grandes solucionadores problemas.

Al intentar definir al ser humano hemos generado grandes problemas, ya que hemos visto, al final, que no sabemos qué define en realidad al ser humano. Pero hemos visto con claridad que sabemos enfrentarnos a cualquier circunstancia. Y eso es una gran definición del ser humano. Pues, ante todo, la colaboración ha sido el gran avance de Europa. Los europeos hemos encontrado el mayor tesoro de la Historia: la persona. La persona nos asusta, porque nos da miedo encuadrarla y quitarle la libertad, o, también, nos da miedo darle demasiada libertad.

Europa se encuentra ahora con el mismo problema que antes. ¿La libertad no tiene medida o la libertad hay que someterla a un absoluto control…? Ese es el gran tema de la crisis económica, si se me permite hacer una reducción así. ¿Qué le ha pasado al hombre? El hombre no se encuentra a sí mismo. Al no encontrarse, la persona no se comporta como una persona. No colabora con las otras, es egoísta. Así anula lo que más le define. La persona se define como colaborante, lo más característico de la persona es encontrarse con las otras. Es decir, la persona se conoce con las otras personas y vive con ellas. No puede estar sola. La crisis está poniendo en claro estos aspectos de la persona: basta aislarse para generar grandes problemas, basta no tener nada, ser pobre, para ver cómo nos necesitamos unos a otros. ¿Qué vamos a solucionar ahora, de nuevo, los europeos?

Los europeos necesitamos vernos de nuevo. La revisión que se hizo en el Renacimiento es, otra vez, necesaria. El Renacimiento, con su inspiración cristiana, acabó viendo que Dios era un problema. Pero, hoy en día, vemos que el problema es el hombre. Pues el hombre no se ve como una persona, sino como un dios, un dios autosuficiente. ¿Pero es autosuficiente, son los hombres “como dioses”, como esa promesa que hizo la serpiente a Adán y Eva? Es evidente que no. El hombre no puede ser autosuficiente. El hombre no es Dios. Y, de nuevo, surge la pregunta por Dios. Pero esa pregunta no debe darnos miedo. El hombre ha perdido su confianza, ese impulso ciego en sí mismo que le llevó a prescindir de Dios. Dios es algo más que un concepto. Dios es más que una imagen creada por nosotros. Dios no es nuestro, sino de todos. No es un tema privado, es el tema más público de todos. Pues Dios es aquel donde podemos mirarnos todos, donde encontramos nuestra identidad. La pregunta por el hombre es la pregunta por Dios. Y cuando la pregunta por el hombre nos lleva a la persona, cuando vemos que somos personas y que dependemos unos de otros, Dios salta a la vista, de nuevo, como algo universal. Europa necesita revisarse, como hizo en el Renacimiento, para ver dónde estaba su Dios. En el Renacimiento revisó qué tenía de Grecia, de Roma. En el siglo XXI necesita ver qué tiene de Cristo.

Jesucristo es un hombre revolucionario. Es un Dios que sabemos que conoce todas las jugadas en ajedrez, pone en juego tanto la fe como la razón. Por eso nos intimida pensar que Dios es más humano de lo que parece, porque si Dios es humano, le corresponde a Dios decirnos quiénes somos. Dios es capaz de hacernos un jaque y mate rápidamente si jugamos con él. Pero resulta que Dios nos enseña a jugar bien al ajedrez cuando jugamos con él. Dios nos enseña lo que es ser persona. Nos lo enseña dándonos a conocer a Cristo. Cristo es la armonía entre Dios y el hombre, y no los confunde. ¿Hay mejor solución al problema que han venido planteando los europeos hasta ahora? Cristo libera al hombre, el hombre es libre con Cristo…

Europa necesita recuperar lo que es suyo. Europa sigue siendo renacentista. Recuperó al hombre, ahora tiene que recuperar a Dios. Dios es el tema latente de Europa. Preguntar por el hombre es preguntar por Dios, decía antes. El gran intento de Europa es responder a la pregunta por Dios y el hombre. Seguimos siendo el futuro de las culturas. Si Europa cae en la cuenta de su importancia cultural, si se da cuenta de que el núcleo de las culturas se encuentra en sus raíces, en su profundo conocimiento del ser humano y de Dios, seguirá teniendo el protagonismo que ha tenido hasta ahora en la Historia. Si Europa descubre de nuevo a Dios, si muestra la humanidad de Dios, el humanismo cristiano volverá a ser el eje del desarrollo humano.

viernes 2 de diciembre de 2011

Los filósofos agradables

Esta semana me he encontrado en situaciones filosóficas muy distintas. Totalmente contrarias. Una situación era muy agradable: he mantenido conversaciones filosóficas encantadoras, en las que las risas, los pensamientos profundos y las miradas comprensivas con los que hablaba iban entrelazadas, que son las que a mí me gustan. La situación desagradable ha sido, cómo no, des-agradable: caras serias, comentarios secos, pensamientos retorcidos y afirmaciones radicales contra la filosofía; me decían lo de siempre (que la filosofía no sirve para nada, el mayor mal de la historia, bla, bla, bla, cosas que ya sé).

No me gusta nada que se metan con la filosofía. Sobre todo porque no tengo ganas de dejar a nadie mal en público. Soy una persona relajada, tranquila y me gusta el chiste rápido y espontáneo para que la gente disfrute del momento. Y eso lo hago con la filosofía. Pero cuando se habla mal de la filosofía, no se puede hacer filosofía. Si lo primero que se hace es tachar a la otra persona… ¿puede uno pasárselo bien? ¡Es una situación incómoda! Ya que lo que pretende el que hace una afirmación de ese calado es dejar mal al filósofo y tener él la razón. ¡Y eso no es filosofía! Los filósofos no buscamos tener la razón, buscamos razones para razonar y encontrar la verdad. Si la razón empieza con una negación rotunda, con una descalificación, quien hace eso tiene un problema: si después resulta que la filosofía es el saber más alto y él ha dicho que era el más bajo, demuestra con sus palabras que es un ignorante en el asunto que trata. Por eso, cuando se meten con la filosofía, lo mejor es callarse, dejar que el otro se vaya por los cerros de Úbeda y que se le pasen las ganas de discutir. Filosofar no es discutir.

Sócrates es el mejor ejemplo de filósofo. Era una persona que sabía preguntar, mantener una conversación, dejar hablar al otro para exponer sus razones y, además, sabía suscitar la verdad en el otro sin que él tuviese que exponerla. Es lo que ahora se llama “método socrático”, concepto que no me gusta nada, porque Sócrates no es un filósofo moderno, tenía más sentido común que los modernos. Sócrates veía la filosofía como una forma de vida, como una manera de conocer la vida. No se trata de ser un charlatán, de conocer miles de datos científicos, literarios o históricos. La filosofía es sabiduría, la sabiduría contempla la verdad sin hacerla suya, sin manipularla. La filosofía es pudorosa, el filósofo es discreto y se relacionan con cariño, sin dominarse. Aunque el filósofo sabe que es un esclavo de la filosofía. Es lo que llamaríamos, con Don Quijote, un caballero andante. El filósofo es un enamorado. Por eso, cuando habla, cuando hace filosofía, enamora, no convence. El filósofo mira a la verdad a los ojos. Esa es la razón por la que, al exponer lo que piensa, resplandece en su mirada, en sus gestos y en sus palabras una luz ingenua e infantil, haciendo brillar en los ojos de sus espectadores la ilusión por conocer aquello que ama.

Podemos decir, después de todo, que la denominación de origen del filósofo es la infancia. Hablar con un filósofo es mirar a un niño ilusionado. El filósofo no es un hombre viejo que ha perdido la capacidad de ver cosas nuevas, es un niño que, aunque sea un anciano, lo ve siempre todo “de nuevo”. Decía San Agustín: ¡Oh belleza, siempre vieja, siempre joven! Por eso, la filosofía es para la gente joven, la filosofía es para disfrutarla, para vivir la vida siempre con ilusión y valentía, porque hay que ser valiente para no perder la ilusión ante los problemas. Los filósofos son agradables, los filósofos… hacen que el mundo sea mejor.

martes 29 de noviembre de 2011

La discreción de las cosas grandes

Últimamente estoy fijándome más en las estrellas. Subo a mi azotea a contemplarlas con el telescopio cuando puedo. Cuando lo hago me evado por completo del mundo. Digamos, con Aristóteles, que dejo el mundo sublunar para adentrarme en la bóveda celeste. Me introduzco en el maravilloso mundo de las estrellas, los planetas y satélites (porque, por desgracia, mi telescopio no da para mucho más). Ese mundo donde lo grande parece pequeño, minúsculo, sin importancia…

Es fascinante que un cuerpo tan grande como la luna lo contemplemos como si fuese una canica. Cabe perfectamente en el objetivo de mi telescopio. Pero si nos fijamos con detenimiento, la luna está bombardeada por todas partes: tiene cráteres inmensos, algunos mayores que las ciudades más grandes de la Tierra. Cuando se encuentra en estado creciente o decreciente, las sombras se ven con más claridad. Te das cuenta de que es una esfera, un grandísimo cuerpo que gira alrededor de nuestro planeta, no se trata sólo de un punto en el cielo que aparece y desaparece. Si dejas pasar el tiempo, puedes ver cómo la luna, las estrellas, el Universo entero está en movimiento. Un movimiento que hace que las carreras de Fórmula 1 o los aviones a reacción sean un chiste en comparación con el movimiento del Cosmos. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa y, para nosotros, se presenta lenta, casi inmóvil, cuando se trata de todo lo contrario.

Lo más grande parece pequeño, pero basta acercarse a lo más grande para ver nuestra pequeñez: basta intentar seguir su ritmo para darnos cuenta de cuán poco podemos. Lo discreto, lo más grande, puede más que lo más pequeño y parece que lo que hace sea pequeño. Las estrellas son un ejemplo de ello: no podríamos vivir sin el Sol. Sin embargo, parece que el Sol, a muchos, sólo les preocupe para que en verano puedan lucir el bronceado… Pero ¿cuánta importancia tiene el Sol? Absoluta. Sin el Sol, apaga y vámonos, no hay nada que hacer. No podemos sustituir el Sol, ni siquiera podemos valorar, en su totalidad, qué importancia tiene el Sol para la vida en la Tierra. ¿Cuánta importancia tendrá, pues, nuestra Galaxia, las demás, el Universo entero? ¡Ah, nunca lo sabremos, parece tan pequeño ante nuestros ojos…!

Las estrellas que más llaman nuestra atención no están en el cielo, sino aquí, a ras de suelo. Juegan al fútbol, hacen películas, dirigen los países y ganan mucho dinero. Lo más triste es que, en realidad, no tienen ninguna importancia para nuestra vida, pero hacen más ruido que las estrellas de verdad. Esas estrellas agotan su vida. Muchas se la quitan o hacen que otros arruinen la suya, no son como las estrellas de verdad. Las personas jugamos a ser estrellas. ¿Cuántas lo consiguen en realidad? ¿Cuántas personas son estrellas, es decir, cuántas aportan, de verdad, a la vida? ¿Quiénes son nuestras estrellas?

Las estrellas de verdad pasan desapercibidas. Hacen que nuestra vida esté llena de riquezas y nosotros, yo más que nadie, no vemos todo lo que nos dan. Seguramente están a mi lado, a nuestro lado. Son esas personas grandes como soles, como estrellas, que nos dan calor, que llenan nuestras vidas y que estamos acostumbrados a verlas cada mañana, cada noche. Hacen que la vida entre en movimiento, sin que se note. Viven con nosotros, son nuestros padres, abuelos, un amigo, una amiga (o muchos); puede ser ese profesor que te corrige cuando te equivocas, tu hermano cuando te gasta una broma pesada o tu hermana cuando no te deja ver lo que tú quieres en la tele. Pero, como las estrellas del cielo, hace falta pararse un momento, subir a la azotea, acercarse un poco al cielo que nos ofrecen y mirar por el telescopio para ver, con asombro, que estamos rodeados de cosas grandes, de estrellas inmensas que parecen pequeñas…

martes 22 de noviembre de 2011

Los que no sabemos leer



Nota: Nadie me ha insultado. He escrito esto deportivamente, sólo por gusto. Se me ha ocurrido y me ha hecho gracia escribirlo. Es pura diversión...


La lectura y la escritura van unidas. Un buen escritor es, generalmente, un gran lector. Pero no todos los lectores llegan a ser escritores. Yo no soy buen lector, porque no sé leer. Quizá por ello tampoco sé escribir.

Me han dicho en más de una ocasión que escribo mal. Dicen que no se me entiende, que intento hacer juegos de palabras para expresar ideas que no tienen ningún sentido. Lo cierto es que tienen razón: no sé escribir. No sé escribir porque me cuesta entender las cosas que leo. Cuando me expreso me pasa lo mismo: expreso cosas que probablemente no entiendo. O puede que eso es lo que me dicen. Porque la pregunta puede que no vaya referida a quien escribe, sino a quien lee lo que se ha escrito. El problema puede que no lo tenga el escritor que ha escrito una cosa difícil de escribir, sino que lo tiene el que ha leído algo que era difícil de escribir. Por ello no lo entiende. Entonces, ¿quién no sabe a fin de cuentas, el lector o el escritor? Los dos a la vez.

Cuando alguien critica alguna cosa, cree que sabe algo sobre aquello que critica. Cuando criticamos una obra de arte, seguramente le estamos diciendo al artista que nosotros somos más artistas que él. De la misma manera, cuando criticamos una reflexión escrita, estamos diciéndole al escritor que sabemos pensar, leer y escribir mejor que él. Esto no lo niego para mí, porque soy un lector y un escritor pésimo, y dudo mucho que haya pensado algo alguna vez. Pero cuando se critica algo porque no se entiende, el juego cambia bastante. Cuando un lector, un buen lector, no entiende algo que ha leído, tiene dos opciones: a) sentir insultada su inteligencia y decir que el que ha escrito eso no sabe escribir; b) intrigarse y preguntarse si cabe la posibilidad de que él no tenga ni idea de aquello que ha leído.

Esto me ha pasado a mí en más de una ocasión. Sea lector o escritor, no entiendo muchas veces aquello que leo y no se me entiende cuando escribo. Puede que sea por mi manera de pensar, si es que pienso… Digamos que imito. Imito a gente que sí que ha escrito cosas difíciles de escribir y de pensar. Por eso no sé ni escribir ni pensar. Si no se me entiende cuando escribo, lo que me gustaría pedir es que no me insultaran. Me conformaría con que me dijeran educadamente que soy un inepto en las letras. Lo digo de verdad. Pero no me gusta que me insulten porque alguien que me lee se sienta insultado. Yo no insulto a nadie. El problema es que no insulta quien puede, sino quien quiere. Quien quiera sentirse insultado, puede sentirse insultado, pero no piense que porque quiere sentirse insultado, han intentando insultarle…

Me conformo con que me recuerden mis pocas facultades de escritura y reflexión, pero no que me insulten porque se sienten insultados al leerme. Quizá el que se insulta es uno mismo al darse cuenta de que en realidad es él, el que lee creyendo que sabe leer, el que es insultante cuando cae en la cuenta de que no sabe leer y mucho menos reflexionar… Pero bueno, como yo ya me he incluido en el grupo de los que no saben leer, me excluyo por completo del grupo de los que saben insultar escribiendo… ¡Soy de los que no sabemos leer!