domingo, 15 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (I)



La semana pasada publiqué una entrada comentando algunas consideraciones sobre el último film de Martin Scorsese, Silencio. Dije que recomendaba que se viera porque te ayudaba a cuestionarte cosas sobre la fe cristiana y que era muy provechosa para el debate. Es decir, que en el film se plantean algunas aporías antropológicas que invitan a la reflexión, a profundizar en lo que sabemos y no sabemos.
Esa es la razón por la que me pareció muy fructífera, porque despierta nuestra inteligencia cristiana para solucionar los problemas culturales de nuestro tiempo. Digo que son de “nuestro tiempo” porque creo que de hecho lo son. Las dudas sobre las culturas que se plantean los padres jesuitas en el film me parecen demasiado contemporáneas, demasiado posmodernas. No me imagino a un jesuita atravesando el Océano Pacífico en el siglo XVII y reflexionando sobre la tolerancia de las diferencias culturales mientras arriesga su vida en nombre de Jesucristo. Me parece, más bien, la actitud de un misionero en el siglo XX o XXI. O, puede, la de un teólogo sentado en el sillón del despacho de su facultad en alguna capital europea.
Sin embargo, sean o no reflexiones de una persona curtida por la dureza de su acción misionera o de un intelectual acomodado en Europa, no se puede negar que el problema del relativismo cultural no es ajeno a nuestras vidas. En nuestro día a día nos encontramos con preguntas parecidas a las que se hacen los padres jesuitas en Silencio y también experimentamos la ausencia de Dios en muchos momentos. Lo cual puede llevarnos a identificarnos con ellos y con su sufrimiento. Pues ¿no nos invita una y otra vez nuestra cultura, con su superficialidad y con su frivolidad, a negar a Dios, a hacer una apostasía callada, y a sumarnos a ese relativismo que niega la existencia de la verdad, a fin de cuentas, que niega que Jesucristo sea la Verdad? Yo diría que sí.
Por eso me he decidido a escribir esta entrada y tratar algunos puntos que creo importantes: la cuestión de la cultura, la de la verdad y la de la identidad personal. Tratamiento que será insuficiente, porque no creo que se puedan resolver estas aporías en profundidad con la entrada de un blog. Así que me disculpo de antemano por si mis razonamientos son demasiado burdos.
Una de las dudas que más inquietud suscita la película es la de la comunicabilidad entre las culturas. Parece que sea imposible trasmitir el conocimiento de Dios propio de la fe cristiana de los españoles y portugueses a los japoneses por las diferencias lingüísticas, sociales y políticas. La duda es muy interesante, pues forma parte de la historia cultural de Europa. Si nos trasladamos a la Atenas del siglo V a.C. podemos encontrarnos a Sócrates debatiendo con los sofistas los problemas de la relatividad de las culturas. El hombre más sabio de Grecia también se preocupó por averiguar si era posible conocer la verdad en un mundo empapado por diferentes culturas.
El sofista Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, es decir, que con su cultura medía el mundo que le rodeaba y que él creaba. Lo que podía llevar a la conclusión de que el hombre, con su cultura, podía llegar a medirse a sí mismo, a definirse a voluntad, negando la existencia de una realidad humana que anteceda a la producción cultural del ser humano. Por su parte, Gorgias, también sofista, afirmaba, entre otras cosas, que el lenguaje no manifestaba la esencia de lo que se conoce, es decir, que las palabras no traen a la luz la verdad de aquello que conocemos, porque aunque fuera posible conocer el ser de las cosas, no podría comunicarse.
La afirmación de Gorgias no deja de ser problemática, pues atenta contra la misma esencia del lenguaje. Parece como si el lenguaje, que nace con la intención de manifestar el mundo, oculte la realidad con las palabras. Algo así como si se afirmara que el lenguaje expresa que no puede expresarse o que expresa que no expresa nada ajeno a él. Una contradicción que manifiesta el absurdo de tal postura. Si el lenguaje creara el mundo al que se refiere, él mismo no sería necesario.
La intención de verdad y de realidad extrínseca al lenguaje mismo es su esencia manifiesta. Si el lenguaje fuera autorreferente, ¿qué sentido tiene que exista? Ninguno. Así, si el conocimiento humano resultara del lenguaje, no habría lenguaje. ¿Para qué? ¿Cómo va a empezar una palabra, siquiera una letra, si no hay nada que expresar? No he visto a ningún niño diciéndole a su padre cómo hay que comenzar a hablar. Si se afirma que el conocimiento es resultado del lenguaje se afirma que el progreso científico es imposible: aún continuaríamos en las cavernas, pues continuaríamos encerrados en los supuestos lingüísticos previos al conocimiento científico. Casi me atrevería a decir que el relativismo es el enemigo número uno del progreso…
Si realmente estuviéramos sumergidos en el lenguaje y la cultura de tal modo que no pudiéramos salir a la superficie por encima de ellos, ¿seríamos capaces de establecer la diferencia entre las culturas? ¿Podríamos ver la riqueza de cada una y comprender por qué somos diferentes? En el film hay una conversación que versa precisamente sobre este asunto. Pues se ponen de manifiesto las diferencias del concepto de Dios en el cristianismo y en la cultura japonesa. Lo divino en Japón no trasciende la realidad de la Naturaleza. Es la Naturaleza misma, mientras que el Dios cristiano trasciende la realidad del mundo natural y la nuestra. Al establecer esa diferencia ¿no se manifiesta la comprensión de las dos culturas? ¿Es tan radical la realidad de la cultura y del lenguaje que es imposible ver más allá de ellos? Parece que no.
A decir verdad, el relativismo radical hace imposible la tolerancia de aquello que difiere de nuestra cultura, pues es visto como algo irreconocible, extranjero, monstruoso. Si no podemos conocer más allá de nuestro lenguaje y los extranjeros tampoco, solamente queda una palabra para aquel que no es o habla como nosotros: es el bárbaro o enemigo. A ese enemigo solamente queda someterlo con la fuerza y la violencia, pues es el único lenguaje que puede entender, tal y como defiende Calicles, el discípulo de Gorgias, en uno de los diálogos de Platón.
El discípulo del sofista entiende que la razón del Derecho es la fuerza, el sometimiento, pues no cabe establecer la ley política desde el razonamiento y la comprensión, sino con la conquista. Pero si esto es así, ¿podemos hablar de ley alguna? ¿No es esta una defensa clara de la ley del más fuerte? Si solamente tenemos la fuerza, ¿podemos hablar de Derecho? Precisamente los Derechos Humanos permiten a las minorías defenderse de la fuerza de la mayoría y al individuo del poder del Estado. Si no hubiera algo superior a la fuerza y que trascendiera la cultura, sería imposible hablar de Derecho, a mi modo de ver. Y eso que trasciende la cultura y la fuerza es el mismo ser de cada persona, el cual decimos que es digno y, por tanto, merece respeto y puede exigir al Estado no ser sometido. ¿Podríamos haber llegado a esa conclusión en Europa, que es la cuna de los Derechos Humanos, si el lenguaje estuviera encerrado en su propia lógica y no atendiera a lo que es externo a él? Solamente podemos ver la dignidad de la persona si es posible conocer la irreductibilidad de su ser, cosa incomprensible si se establece que el hombre es medida de todas las cosas, pues es capaz de medir incluso al hombre y definirlo como una cosa. ¡Y cuando digo hombre me refiero tanto a la mujer como al varón!
Si el ser humano quedara encerrado en su cultura, nunca podríamos juzgar las acciones de los hombres. Los crímenes cometidos en los campos de concentración nazis habrían sido una mera anécdota histórica relativa a un régimen político que se atrevió a pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, incluso del ser humano, y actuar en consecuencia. No nos invadiría el horror al contemplar las imágenes de otros seres humanos tratados con una brutalidad miserable.
La radicalidad del relativismo cultural, por tanto, nos lleva a concluir que no hay nada digno, ni siquiera el ser humano, pues si el valor de la vida humana depende de las circunstancias de cada contexto cultural, no podemos inmiscuirnos en los asuntos morales o jurídicos de cada cultura. Por tanto, aceptamos la barbarie como situación propia de las culturas y establecemos la ley del más fuerte como configuración necesaria de las relaciones entre los hombres (pues incluso para el pacto o consenso social hace falta un Estado lo suficientemente fuerte que nos intimide y nos obligue a pactar).
De todas formas, a pesar de que el relativismo nos lleve a situaciones morales complejas, no deja de ser un hecho ahora mismo y en el siglo V a.C. Igual que lo fue en los comienzos del cristianismo. Sin embargo, ¿es un problema insoluble para un cristiano? ¿Cómo se puede abordar esta cuestión desde la fe? En primer lugar, atendiendo a la realidad divina. Si el Ser de Dios es producto de nuestro lenguaje, solamente queda sentarse en la mesa del relativismo y compartir, en la medida de lo posible, nuestras palabras sobre lo divino para ponerlas en común para hacer un poco de arqueología cultural. Pero creo que esa no es la experiencia ni del judío ni del cristiano. El Dios al que se refieren ambos no es un Dios que ha manifestado el hombre con sus palabras, sino que Él mismo ha tomado la iniciativa y se ha servido del lenguaje humano para revelarse. Es decir, en la conciencia judeocristiana está presente la realidad divina como algo que no depende de sus obras ni de su producción cultural, sino que Dios es el Creador del hombre y no al revés. El Ser de Dios antecede toda producción humana, toda cultura. En segundo lugar, en la conciencia cristiana, además, está presente el mandato de Jesús de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio. El cristiano sabe que es posible superar las limitaciones de la cultura, pues a la Palabra Creadora no se le escapa el significado de ninguna palabra humana y puede acceder a la realidad que guardan todas las lenguas, realidad de la que no es dueña la criatura, sino el Creador, porque es el Señor. De ahí que los Apóstoles recibieran en Pentecostés el don de lenguas y pudieran ser entendidos por gentes de diferentes pueblos. Señal inequívoca de que la comprensión de Dios no quedaba limitada a la lengua hebrea y que su conocimiento podía ser expresado en lenguas extranjeras. Pues gracias a la fe en Jesucristo «ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). La acción del Espíritu Santo trasciende los límites de la cultura, incluso los de la japonesa...
Queda manifiesta, por tanto, la cuestión que sale a la luz cuando se habla de aquello que trasciende la cultura, que es la verdad. Cuestión que abordaré en una segunda entrada, porque me parece que esta ya ha sido demasiado extensa.
Si has llegado hasta aquí, te agradezco sinceramente tu paciencia. Hasta la próxima lectura.

domingo, 8 de enero de 2017

Silencio, de Martin Scorsese



Ayer, no sé si por la fuerza del azar, del destino o por la acción de la Providencia, acabé viendo en el cine el último film de Martin Scorsese, Silencio. Está ambientado en el Japón de la primera mitad del siglo XVII. Tiempo de la rebelión de Shimabara, en la que los campesinos cristianos fueron vencidos por el shogunato Tokugawa. A causa de ello se impuso una política rigurosísima de promoción de la cultura japonesa que pretendía acabar con cualquier foco de cultura extranjera. Por supuesto, ello implicaba ahogar la fe de las comunidades cristianas y se realizó una auténtica labor inquisitorial para sacar a la luz a todos los “cristianos secretos” en Japón, conocidos como los kakure kirishitan.
Los protagonistas de la trama, además de los cristianos japoneses, son dos jóvenes sacerdotes jesuitas que se ofrecen a acudir a Japón en busca de su maestro, del que se dice que ha cometido apostasía. Así, el Padre Rodrigues y el Padre Garrpe se aventuran en la búsqueda del Padre Ferreira.
Solamente puedo decir que es una película que me ha suscitado muchas preguntas y que, a la vez, me ha ayudado a comprender mi propia fe. En cierto modo, te pone contra las cuerdas, porque te hace plantearte el sentido que tiene el acto de fe y hasta qué punto el sufrimiento físico y espiritual entran dentro del plan de Dios para la salvación de uno mismo y de la Humanidad. No creo apropiado hablar de escenas de la película. Aún así, la veo apropiadísima para abrir debates de todo tipo, tanto teológicos como filosóficos y cotidianos. La recomiendo sin duda alguna.
En el fondo de todo el film late la cuestión de si lo más íntimo de la persona está libre de las acciones externas que realizan los otros y de las circunstancias que acaecen en cada momento. Es decir, ¿hasta qué punto puedo ser yo mismo y resistir a la erosión del sufrimiento y de la duda cuando se introducen en el corazón y ser libre de la presión externa para no ceder a la voluntad de los otros? La pregunta no es fácil contestarla. Porque se añade, además, una cuestión que atañe a la experiencia de la fe: el silencio de Dios. Ese vacío interior que tantas veces sentimos en las peores circunstancias y que arrebata cualquier certeza o recuerdo del Creador en el alma.
El silencio de Dios puede ser una experiencia más terrible que la peor de las torturas. Es una gran paradoja para un cristiano. El Dios que se revela como Palabra calla. Parece que se abstiene de ser Él mismo. El Omnipotente se hace nada, casi vacío, un vacío que hiere el alma en lo más profundo. Pero puede que ese vacío sea una demostración de su existencia, de su presencia: solamente un Dios puede desaparecer de esa manera, solamente un ser infinito puede dejar una herida dolorosa e incurable, insustituible por las cosas que podemos ver y tocar. ¡Ese es el poder de lo intangible!
Sin embargo, ¿no será acaso ese silencio y ese vacío profundo del corazón una de las mayores delicadezas del Creador con la criatura? Llevo bastante tiempo preguntándomelo y he intentado responderme muchas veces a las dudas de fe me provoca el ocultamiento de Dios. Fue ayer, mientras veía esta película, cuando me dije: “Rafa, qué finura tiene Dios, cómo conoce tu naturaleza y la de todos los hombres. Ese silencio y ese vacío que deja el Creador cuando se oculta son una acción delicada y amorosa de tu Padre: son el espacio que prepara el Creador a la criatura para que su sí sea auténtico y plenamente libre. Es así como Dios te permite decir «¡creo!» sin coacción alguna. Todo lo contrario a lo que muestran los poderosos de la Tierra, que buscan atrapar a todas las personas con artimañas y falacias para que acepten su poderío y se sometan a él”.
Es posible que no sea una respuesta satisfactoria para muchos, pero a mí, desde luego, me ayuda ahora mismo a avanzar en la oscuridad de la fe y verla como un mimo divino.
La cuestión de la libertad, como he dicho antes, también es importantísima en la película. Pues no sabemos cómo la suerte moral puede jugar a favor o en contra de nuestro libre albedrío para acertar en la elección del bien con firmeza. ¿Es posible, acaso, decirle sí al bien de una manera definitiva? ¿Es posible hundirse en el mal hasta que la corrupción interior del ser humano sea insalvable? Creo, sinceramente, que no. Me parece que una de las maravillas de la libertad humana es que, hasta la muerte, nunca está nada concluido, y cabe también que después de la muerte tampoco, pero esa cuestión debemos dejarla a los teólogos…
Esto viene al caso de la apostasía. ¿El acto de apostasía es definitivo, determinante? ¿Puede un hombre consolidar su ser con alguna de sus acciones a lo largo de su vida? ¡Qué terrible si fuera así! Si mis acciones pasadas me definieran por completo ahora mismo me agobiaría infinitamente, mucho más que un existencialista con su angustia. Por suerte no hay una idea de Rafa fija y cristalina. Es un consuelo saber que no soy una idea ni una especie de escultura griega expuesta en un museo, fragmentada e inmóvil, incapaz de cambiar su ser. Por eso, no creo que se pueda apostatar de manera definitiva, tampoco comprometerse con Dios de una vez. En mi opinión, la vida, en su transcurso, es una gran deliberación que dura hasta el último momento. Si no disfrutáramos de esa deliberación, de esa apertura del ser que proporciona la libertad, nuestro ser libertad, ¡qué pobre y aburrida sería nuestra vida! ¡Qué monótona! Sin entrar en cuestiones teológicas, no podríamos ser humanos, seríamos ángeles, que consolidan su libertad con un solo acto para toda su existencia atemporal.
Puede que esa gran deliberación que forma parte de la esencia de la libertad sea lo que haga posible el acto de fe. Si no disfrutáramos del espacio vital e íntimo que proporciona la libertad, el acto de fe no tendría sentido alguno. La fe no sería un camino que dura toda la vida. No consistiría en la oportunidad de ser fieles a Dios día a día por voluntad propia (y por iniciativa divina, por supuesto). No podríamos ser semejantes al Dios de la Alianza, que permite que, como Él, seamos llamados fieles.
Y todo por ese silencio de Dios, por mantenerse oculto y atento a cada latido de nuestro corazón, a la espera de que se acompase con el suyo en la sinfonía del Espíritu Santo…
Son muchas más las preguntas que se me han ido ocurriendo y muchos más los temas que toca Scorsese a lo largo del film. Pero sería alargar demasiado las cosas. Solamente puedo recomendaros que la veáis y que saquéis vuestras propias conclusiones.
Sería fantástico tener la oportunidad de debatir sobre ella con un buen café. Así que, como dice un buen amigo mío, hay que desvirtulizarse…

jueves, 26 de mayo de 2016

El sentido de la fe en el siglo XXI

Para mi amigo Adrián, al que Alcibíades debería envidiar
Me he parado un momento a escribir lo que estás leyendo. Se me ha ocurrido mientras leía una noticia sobre la guerra de Siria. Me preguntaba qué sentido podía tener el cristianismo en la actualidad, en pleno siglo XXI. Porque no faltan momentos en mi propia vida en los que me cuestiono hasta qué punto puedo decir que tengo fe.
Cuando miro a mi alrededor y hago un pequeño examen de mi vida, no dejo de pensar que es muy posible que el Reino de Dios esté en otro sitio, porque no soy precisamente la encarnación de ninguna idea que clarifique la esencia de la fe cristiana. Cosa que me alegra, porque si la gente en la actualidad tuviera que entender el sentido de la fe contemplando mi vida se llevaría una gran decepción. Tenemos la suerte de que –como su propio nombre indica– la fe a la que me refiero es cristiana y no rafaeliana.
Una de las cosas que más me fascina de la fe es que no se basa en una idea. No hace falta ser un gran pensador para comprender el cristianismo. Para tener fe solamente hay que estar enamorado. ¿De quién? De Jesucristo, sin duda alguna. Es una vivencia que llega a lo más profundo del corazón. Lo transforma.
Cuando te encuentras con Cristo hay algo en tu interior que cambia radicalmente. Es lo que llaman conversión. Los cristianos griegos de los primeros siglos lo llamaron metanoia. Eso significa que se conoce algo más que antes no se conocía. Se llega más allá de lo que nuestro corazón llegaba a ver, a amar. La metanoia es lo que está más allá de nuestro nous, de nuestra mente, de nuestro conocimiento, de lo que es más íntimo en nosotros. Salimos de nosotros mismos conociendo lo que antes nos era desconocido: el Amor que no nos olvida, que nos tiene siempre presentes, aquel en el que nuestro ser es sin que podamos percibirlo. Es el Amor que nos antecede porque existe antes que nosotros. Es Aquel que con la mirada de su corazón nos tiene presentes dentro de sí mismo y que con su Palabra nos llama a la existencia, a la vida.
Por eso se tiene fe en aquello que no se ve, no en aquello que se ve. Lo que está ante los ojos ya es conocido. Es visto. Pero aquello que no se ve queda oculto al ver. La misma mirada que mira se oculta en aquello que ve. La mirada para sí misma es invisible. Ve y, no obstante, no se ve. Para sí misma es un misterio. Vemos lo de fuera. Lo que es fuera de nosotros. Lo que ex-siste (sistere-extra, es-fuera). Nuestro corazón queda oculto. Nuestra intimidad nos es desconocida.
Lo invisible no queda fuera de nosotros, sino que nos lleva hacia dentro: al corazón. El joven Agustín de Hipona lo experimentó en su búsqueda de Dios y lo expresó con estas palabras: eres más íntimo a mí mismo que mi misma intimidad. Esa mirada nuestra que se nos oculta cuando intentamos mirarla se vuelve clara, cristalina y brillante cuando en lo profundo de nuestro corazón se clava el dardo ardiente del Amor de Cristo y desgarra los límites de nuestra carne abriéndola a la Vida infinita del Espíritu de Dios.
La mirada de Cristo nos libera de nuestro desconocimiento, del desaliento y del sinsentido de la ignorancia del Amor. En ella nuestro ser se ilumina como en el Principio, pues escuchamos nuestro nombre en los labios mismos del Verbo Creador. Tal es la fuerza y la belleza de aquello que es invisible a los ojos… De aquello que no ex-siste, de lo que no está-fuera… Sin embargo, desde ese instante, desde que el corazón se desgarra y queda herido y abierto hacia dentro de sí mismo saliendo de sí, comprende que todo lo que existe fuera de él permanece dentro del Verbo que lo ha llamado a ser, siendo, además, distinto de Él.
La herida del Amor no se olvida. Desde entonces el corazón se manifiesta y ya no queda oculto. Es el Amor el que mejor expresa la esencia de la verdad. Lo que los griegos llamaron aletheia. Esta palabra guarda dentro de sí un misterio fascinante que ­–creo– solamente podemos comprender desde la experiencia del Amor. El significado de letheo en griego es olvidar. La a-letheia es aquello que no se olvida. Lo inolvidable, lo que permanece presente en nuestro corazón y lo hace preso de la nostalgia, es lo que se ama. Pero letheo también es ocultar. El olvido y lo oculto están íntimamente unidos. Olvidamos el corazón porque permanece oculto en las profundidades de lo invisible. La aletheia es, además, lo que se des-oculta porque se manifiesta.
¿Cómo se puede manifestar, pues, en nosotros aquello que está oculto y que nuestra memoria ha olvidado? Únicamente me atrevo a decir que es el Amor el que lo consigue. La búsqueda del Amor que nos antecede y que hemos olvidado es la que hace posible que aquello que está oculto, la verdad de nuestra vida, se manifieste y sea auténtica aletheia. Es un acontecimiento que se imprime a fuego en lo más profundo de nuestro ser y que permanece presente en nosotros con cada latido del corazón. Es el momento en el que el Verbo nos dice “¡ven!”,  similar al que María experimentó cuando dijo fiat mihi secundum verbum tuum! Ella es la que lo experimentó en toda su plenitud porque pudo corresponder a la mirada de Dios sin ninguna limitación: ella no estaba limitada por sí misma, es la criatura que hace posible que Dios se dé a sí mismo sin restricciones, pues entre ella y Él no hay barrera alguna y se cumple a la perfección la voluntad de Dios en su vida. Por eso le decimos “llena eres de gracia”… ¡Ella es un anticipo del Reino de Dios!
Siguiendo el hilo de lo que estamos diciendo, vemos que hay una relación estrecha entre el Amor y la verdad. Gracias a Él se manifiesta la verdad que nuestro corazón anhela. Y lo que más me fascina es que la verdad no se manifiesta como objeto, como algo conocido, sino como cognoscente: me conoce. Soy conocido. Desde ese ser-conocido que soy me doy cuenta de que la verdad es algo más grande que yo mismo y que es la Verdad en sentido pleno. Algo ante lo que siempre cabe admirarse, porque me desborda y no depende de mí mismo, sino que dependo de ella, del Amor que me crea y que se me da sin límites. Siendo conocido busco conocer a Quien me conoce y en esa búsqueda comienza una ascensión inagotable en el camino de la Vida.
Así que creo que ser cristiano en el siglo XXI aún tiene mucho sentido: Jesús realmente está vivo.


martes, 22 de marzo de 2016

Entrevista del periódico 'Paraula'


Hace unos días tuve el privilegio de que me publicaran una entrevista en el periódico 'Paraula', una publicación de la Archidiócesis de Valencia. La comparto aquí por si alguien quiere leerla. Es un poco más larga que la publicada en el semanario diocesano, porque por falta de espacio tuvieron que recortarla. Por eso la publico aquí entera. Espero que os guste.

.- Eres católico practicante, de misa diaria, llevas el blog 'Edelweiss', donde hablas de Jesucristo, de los mártires, de Dios.... Colaboras con ONGs y estudias en la Universidad (pública) de Valencia. ¿Cómo te tratan tus compañeros? ¿Te consideras igual de respetado que otros alumnos de otras confesiones que haya en la Facultad?

Yo me preguntaría cómo trato a mis compañeros… Creo que no hay que preocuparse por lo que puede pasar, por lo que van a hacer otros, sino por lo que uno puede hacer. Porque «quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará» (2 Cor 9, 6). Y hay que sembrar siempre, aunque uno piense que lo hace en el desierto, porque con el Señor nunca cae nada en saco roto. Me voy a explicar. Voy a serte sincero: al principio, cuando comencé el Grado de Filosofía en la Universitat de València, estaba un poco asustado. Lo estaba, por una parte, porque sabía que iba a estudiar en un ambiente que me iba a poner las cosas difíciles. Pero eso no me preocupaba demasiado, porque como tengo espíritu de guerrillero y me gusta la vida en las trincheras, sentía que estaba haciendo lo que me gustaba. Por otra parte, estaba asustado porque estudiar filosofía en el siglo XXI es, prácticamente, un acto de fe. No sabes qué puede ser de ti, pues estamos en un momento en el que se valora muy poco como saber. Así que, como puedes ver, mi acto de fe era doble: como cristiano y como filósofo. Ser filósofo hoy en día es algo muy incierto. Por eso creo que hemos tenido mis compañeros y yo cierta camaradería natural. A todos nos unía, siendo tan diferentes, el deseo de buscar respuestas a preguntas fundamentales sobre nuestra vida o sobre las corrientes filosóficas que estudiamos juntos. En este sentido, me he sentido muy acogido por mis compañeros y por mis profesores. Ahora tengo grandes amigos gracias a haber estudiado Filosofía.

.- Las redes Sociales están plagadas de 'trolls': oportunistas, 'cansinos', hakers, agresivos, sarcásticos... que campan a sus anchas y hacen la vida imposible a muchos. ¿Has sufrido algún tipo de ataque en la Facultad? ¿Y a través de las redes sociales? En caso afirmativo, ¿Cuáles hacen más daño? ¿Cómo has reaccionado?

Al ver el sufrimiento de los cristianos perseguidos en todo el mundo, yo no me atrevería a decir que me han perseguido en ningún sitio por esta razón. En la Facultad de Filosofía creo que tampoco. He podido tener encontronazos con profesores y alumnos por discusiones, debates o cosas parecidas. Pero si ha habido algún tipo de problema entre nosotros ha sido por una cuestión de carácter: me gusta hacer preguntas incómodas. Soy poco diplomático, sin ser violento. Así que, en cierto modo, si he tenido discusiones fuertes en alguna ocasión ha sido porque he querido tenerlas, porque sabía que salía a la plaza a torear y que en algún momento me iba a llevar una cornada. ¡Y me las llevé en más de una ocasión! Las que hacen más daño son aquellas que no tienen que  ver con las ideas, sino con las personas. Me gusta debatir sobre ideas, que pueden ser verdaderas o falsas. No me gusta atacar a las personas. Por eso, cuando se confunden las personas y las ideas, el debate se ha acabado para mí. Eso pasa mucho con las ideologías, que absorben a las personas dentro de sus sistemas de pensamiento y sólo cabe hacerle una pregunta al otro cuando debates con él: ¿eres amigo o enemigo? Con este criterio no se puede hacer filosofía, porque considero que la filosofía es posible en un ambiente de amistad. Cuando las discusiones filosóficas son ocasión de enfrentamientos viscerales y de odios, siento auténtica pena. Para mí la búsqueda y el encuentro con la verdad siempre son ocasión de alegría.

.- Empezaste Derecho y Teología, pero te has pasado al Grado de Filosofía en la Universidad de Valencia, ¿por qué ese cambio? ¿Qué echabas en falta en tu vida que la filosofía te da?

Para responderte a esa pregunta tengo que hablar un poco de mi vida. En el año 2007, después de acabar el Bachillerato, estuve en Nicaragua durante el verano en un campo de trabajo y ayuda organizado por la Fundación Mainel. Encontrarme con los pobres fue una ocasión para encontrarme con Jesucristo, a pesar de haber sido creyente desde pequeño. En septiembre comencé la carrera de Derecho. Ese curso se convirtió en una búsqueda muy intensa de Dios y me pregunté profundamente cuál era el sentido de mi vida. Fruto de esas inquietudes fue el encuentro con la Eucaristía. Al acabar el curso creí que Dios me pedía ser sacerdote, por eso entré en el Seminario. Como puedes ver, no perseveré, estuve solamente año y medio. Pero fue una ocasión genial para descubrir la Filosofía, que al principio me parecía pura palabrería. Por eso, al dejar el Seminario, después de intentar continuar la carrera de Derecho durante un curso, decidí estudiar Filosofía, porque me ayuda a estar siempre en vela, a no acomodarme. Puedo decir, sin ninguna duda, que la filosofía, por su exigencia, me ayuda a ser mejor cristiano.

.- En el nuevo currículo de Educación la asignatura de Historia de la Filosofía pasa a ser optativa. ¿Qué se pierden los jóvenes que no la estudien?

Se pierden la oportunidad de no ser manipulados por el poder y por los discursos políticos y culturales que imperan ahora mismo. También pierden la oportunidad de descubrir por qué somos europeos y cuál ha sido una de las señas identitarias de nuestra cultura, que es el pensamiento filosófico. Grecia no debe ser recordada por la crisis económica, sino como cuna del pensamiento de Occidente. Esa es una deuda que el resto de Europa nunca va a poder pagar a los griegos.

.- ¿Cómo se encajan filosofía y religión? ¿Te ayuda en tu fe? ¿Te pone a prueba?

Creo que la filosofía y la religión se aúnan en el corazón de cada uno, ahí es donde reside el amor a la sabiduría. El acto del pensamiento y el de fe son actos que realizamos en lo profundo de nuestra intimidad. Cuando las aguas de nuestro corazón están en calma, pueden reflejar la Luz de Dios. Si están revueltas, si nos empeñamos en revolver el fondo, el agua se enturbia y no vemos nada. El encuentro de la fe y de la razón es posible si lo buscamos sinceramente. Es más, como cristianos tenemos que buscarlo, porque si no lo hacemos nuestra fe se embrutece y pierde sus riquezas. Benedicto XVI nos advirtió que todo lo que es contrario a la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El fruto de ese encuentro entre fe y razón es la tradición de la Teología cristiana, que es preciosa. La fe plantea retos a la razón que la liberan de los límites del conocimiento humano y la engrandecen. ¿Quién no se asombra al descubrir que el Ser de Dios es Uno y Trino?¿Cómo no hacerlo también al tener noticia de la Encarnación? ¿No crees que es maravilloso ese hecho revolucionario? Pero una de las cosas que más me enamora es saber que María es Virgen y Madre. Con María la filosofía tiene la oportunidad de tocar el Cielo y de penetrar el Misterio insondable de Dios. Ella es, para mí, la mejor Maestra de filosofía.

.- Rafa, ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

¡Ojalá lo supiera! Aunque no saberlo es lo que nos invita a vivir y seguir buscando las respuestas a esas preguntas. Creo que solamente podemos descubrirlas cuando caemos en la cuenta del misterio y de la riqueza que esconde el ser de cada persona. Para saber quiénes somos tenemos que descubrir quién es el otro. Pues es en la mirada del otro donde descubrimos nuestro origen y nuestro destino. Cuando ese otro es Jesucristo, la respuesta es gozosa, porque nos encontramos con Aquel que desde la eternidad ha pronunciado nuestro nombre originando nuestra existencia. San Agustín la tuvo clara cuando dijo que “nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Si, como Pedro, logramos responder a la pregunta que hizo el Señor a los Apóstoles «¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15), el Señor nos dará una identidad sólida como una roca en su Iglesia, donde Él es la piedra angular, como se dice en el Salmo 118.

.- Actualmente la búsqueda de la felicidad, el coaching, los manuales autoayuda y frases positivas están por todos lados... ¿Por qué esta avalancha? ¿Tan tristes estamos en la actualidad? ¿Surge a raíz del vacío espiritual y existencial que rodea al hombre actual?

Porque el ser humano necesita conocer la verdad para vivir y el fruto de la verdad es la esperanza. Esta avalancha de autoayuda responde a la necesidad radical de todas las personas de encontrar la verdad. Pero sin un conocimiento profundo de lo que somos, esas recetas de autoayuda son superficiales. Por eso hay una industria de la autoayuda, porque se ha convertido en un objeto de consumo más. Yo recomendaría leer los Diálogos de Platón, que son más sencillos de lo que parece y no por ello menos profundos. Para alcanzar la felicidad hay que descubrir que hay una realidad que trasciende todo aquello que está sumergido en el tiempo y que esa realidad es la que llena el deseo de plenitud que late en el corazón de todas las personas.

.- Decía Unamuno que la filosofía responde a la necesidad de hacernos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida. Pero ¿Son las cosas como las percibimos? 

Evidentemente, como filósofo tengo que decirte que no. Las cosas no son como las percibimos. Pero no por ello voy a volverme escéptico. Unamuno tenía razón. Buscamos la Unidad y la Totalidad. Pero esa búsqueda es constante, nunca acaba. Esa es una señal de que estamos llamados a una realidad que no esté limitada, que sea infinita. Porque cuando conocemos algo nos damos cuenta de que lo desconocemos: siempre queda proseguir. Ello nos dice que cabe la posibilidad de crecer irrestrictamente en el conocimiento y de que esa sed verdad nos lleva directamente a Dios, que es el único que puede satisfacer nuestros deseos más íntimos.

.- ¿Dónde te ves dentro de unos años?

¡Espero que trabajando! ¡Primero vivir, después filosofar! Espero poder trabajar y también ser mejor persona. Supongo que la fe y la filosofía me ayudarán a ello, a ser mejor cristiano y muy fiel a Dios, que es lo más importante: con Él el futuro está garantizado.

Preguntas rápidas:

.- ¿Con qué filósofos (de este siglo y del siglo pasado) te sientes más identificado? Por qué.

Con Joseph Ratzinger, sin duda. Porque me ha ayudado a ser creyente y a comprender el mundo en el que vivimos. También con Leonardo Polo, con el que he aprendido a disfrutar de la filosofía. Y con Sócrates, que es un ejemplo a seguir siempre por su sentido del humor y su amor a la verdad hasta la muerte.

.- Recomiéndanos un libro para el fin de semana.

El Principito. Para ser filósofo hay que aprender a asombrarse con las cosas pequeñas…

.- ¿Qué música te acaricia el corazón? ¿Cuál nos aconsejas para la 'noche oscura del alma'?

Cualquiera que sea auténticamente bella. He de reconocer que me encanta la música de la tradición cristiana ortodoxa. También la polifonía del Renacimiento. Para la noche oscura solamente puedo recomendar una cosa: silencio, profundo silencio y buscar a Dios en la Eucaristía.

domingo, 3 de enero de 2016

¿Y cuándo la Belleza?

Me gusta escribir Belleza con mayúscula. Así tiene más sentido para mí. Dice algo más. Algo que no se conoce. Algo que no se puede decir de otra manera. Cuando escribo belleza con minúscula hablo de cosas que conozco, que veo, que escucho, como el sol del Mediterráneo, su calor, o la mirada cristalina y brillante de Amparo. Es precioso. Pero lo puedo ver. Está ante mis ojos. También en mi corazón. Se reflejan en él como el mundo se refleja en tus pupilas y, sin embargo, no llenan la profundidad en la que se reflejan. Si te fijas, una mirada es más profunda, más infinita, que el Universo entero. Puedes contemplar las estrellas que nos envuelven, pararte a contarlas y sentir cómo su luz nos acaricia atravesando el tiempo cuando puede que ya se hayan apagado, pero no llenar el infinito vacío que hay en una pupila. Cuando veo tus ojos me pregunto si voy a perderme en la oscuridad de su reflejo. Es bello y, a la vez, terrible, porque sé que estoy ante un abismo. Ese vacío que no voy a poder llenar y que también soy yo. Tu mirada es bella. Contemplarla es una maravilla. Sin embargo, me da miedo, no puedo medirla, porque cuando veo mi rostro en tus ojos me encuentro con mi corazón. En él también se refleja el mundo que conozco. Te reflejas tú. Y me da miedo que te ahogues en sus profundidades y que la fuerza de sus mareas te lleve lejos, allí donde no pueda encontrarte. El deseo puede destruir aquello que más anhela. Puede ahogarse en sus propias aguas. No tiene fondo. Detrás de todo lo que veo se esconde ese vacío que no se puede llenar. Se esconde la nada, el abismo de mi alma. El torbellino de mi corazón que me arrastra a las profundidades de mí mismo. Ese yo que no existe, que busco en tu mirada y que me arrastra. Parece que el corazón se haya convertido en un remolino que absorbe todo mi ser y que lo llena de angustia y de vértigo. No es mío, no soy yo. Por eso da miedo. No es la belleza. No eres tú. Es Otro que me llama, que me hiere, que ha agitado la comodidad de mi alma. Que me obliga a cerrar los ojos con fuerza porque quiere que solamente le mire a Él. Y cuanto más los cierro más tiemblo. Pero me da confianza. Es doloroso y es tierno. Es afilado y es suave. Es hiriente y es dulce. Conforme avanzo, comprendo. Siento. Y no veo. ¿Se puede hablar de lo que no se ve? ¿Hay palabras cuando el sonido se esconde en el silencio? El silencio de la nada, de la antesala de Tu Amor. ¿Cómo iba a saber que en ese momento ibas a cogerme entre tus brazos y a susurrarme, con palabras que no pueden pronunciarse, que en el fondo de todo estabas Tú? ¿Cómo recordar la angustia cuando esas llamas ardientes, frías, acariciaban mi alma, llenándola de gozo? Sí, es Belleza. ¿Y cuándo llega? No lo sé. No lo preguntes. Llega cuando quiere: es Amor.

martes, 2 de junio de 2015

El hombre que pudo reinar


El hombre que pudo reinar, ese es el nombre de la película. El título nos indica el desarrollo de esta aventura ideada por Rudyard Kipling en 1888 y llevada al cine por John Huston en 1975. El film contó con la participación de Sean Connery, Michael Cane y Christopher Plummer.

Connery y Cane interpretan a dos aventureros ingleses en la India que, tras servir como oficiales en el Ejército británico, firman un contrato ante Plummer, que da vida al mismo Kipling, prometiendo aventurarse en Kafiristán, una región del noroeste de Afganistán, para gobernar allí como reyes. 

La aventura está llena de simbolismo. Desde el comienzo, los protagonistas dejan claro que pertenecen a la fraternidad de los hijos de la viuda, la francmasonería. Ayuda a comprender algunas de las actitudes e ideas de esta sociedad, que tantas intrigas suscita cuando se la menciona. Quizá la aventura de Daniel Dravot (Connery) y Peachy Carnean (Cane) nos ilustre un poco con los símbolos de la película. 

Esta historia es un homenaje a la astucia y a la valentía. Podemos ver cómo la voluntad de dos hombres, en tierras desconocidas, puede ser suficiente para construir un mundo que, en apariencia, es imposible. Un mundo en el que el azar acaba convirtiéndose en destino. Un mundo en el los hombres pueden superar sus divisiones y unirse bajo un mismo símbolo... 

Sin embargo, se trata de un mundo en el que las palabras pierden su significado. Pues la verdad y la mentira se confunden con la luz de la ilusión y de los sueños. El precio de la verdad es demasiado alto... y su valor, incluso cuando se ha logrado construir un imperio, trasciende la fuerza de los hechos.

En un momento como el actual, en el que la política se encuentra sacudida por la frustración de la mentira y la esperanza de los nuevos proyectos políticos, es una película más que recomendable para valorar las consecuencias de nuestros actos. 


lunes, 18 de mayo de 2015