martes, 9 de junio de 2020

El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington

Jiddu Krishnamurti (Infografía)
Siempre que me pongo delante de la pantalla para escribir una entrada nueva me pregunto cómo empezarla. Quizá es porque tengo ganas de ser original o de contentar a mis lectores con alguna pompa retórica. Pero creo que lo mejor que puedo hacer es ser sincero e ir al grano. Algo que no hacen los teósofos, que son el tema del que trata el libro de Peter Washington: El mandril de Madame Blavatsky, historia de la teosofía y del gurú occidental

Alguno puede pensar que insisto demasiado en el asunto. Y creo que tiene razón. Porque mi pecadillo de curiositas no me lo quita nadie. Pero, claro, uno se pone a estudiar el transhumanismo y es lo que encuentra: los nietos de Thomas Henry Huxley tenían tanta curiosidad esotérica que al final uno queda impregnado de ella cuando los lee. 

La pregunta oportuna es si no estaré viendo más fantasmas en el transhumanismo de los que ya tiene. Es decir, si no tenemos bastante con el ghost in the shell del propio movimiento. Y esa es la cuestión: cuando te preocupas por desconchar el transhumanismo, te encuentras con una sopa mental tan mezclada que es difícil ver el fondo de la cazuela. 

El transhumanismo está tan enredado como un montón de cerezas: cuando sacas una, es inevitable que arrastres unas cuantas. Esa es la razón por la que he acabado leyendo un libro sobre la historia de la teosofía y de la cultura de los gurúes occidentales, porque las cerezas del transhumanismo me han llevado hasta allí. 

Y es que la pareja de los hermanos Huxley, Julian y Aldous, pueden ser considerados auténticos gurúes de la espiritualidad darwinista. Si bien Julian quiso fundar una religión global basada en un humanismo evolucionista (su transhumanismo), Aldous no escatimó a la hora de buscar una explicación empírica de los fenómenos místicos en sus experimentos con mescalina. De este modo, ambos se embarcaron en la tarea de encontrar un fundamento filosófico y experimental del agnosticismo de su abuelo. Una búsqueda que realizaron en paralelo y que estaba enraizada en los ideales religiosos de su familia, los Huxley-Arnold. 

Portada de la edición en español (Infografía)
Sin embargo, volvamos a Blavatsky y a su mandril. Sinceramente, me parece fascinante, y lo digo en el sentido más etimológico del término, que darwinismo y teosofía se hayan desarrollado culturalmente a la par. Mientras parecía que el darwinismo apagaba la llama de la superstición, la teosofía se extendía en las élites occidentales como una explicación auténtica de los fenómenos ocultos que la ciencia, en apariencia, no puede explicar o comprender. De ahí que Blavatsky tuviera en la colección de animales disecados de su casa "un enorme mandril con gafas, de pie, vestido con cuello de puntas, chaqueta de mañana y corbata, que llevaba bajo el brazo el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies" (p. 56).

El mandril de Blavatsky simbolizaba la necedad de la ciencia frente a la sabiduría y hacía referencia al olvido de la misma que se estaba produciendo en Occidente. Un olvido que es real, en mi opinión, pero que no puede ser contrarrestado con el recurso al gnosticismo tan propio de los modernos para aparentar sabiduría. Una actitud que arrastramos desde la Ilustración y que perdura hasta el presente. Comparto la opinión de Benedicto XVI cuando dijo que todo lo que atenta contra la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Y creo que ambas posturas, la cientificista y la teosófica, son profundamente irracionales, además de milenaristas. 

Es en el milenarismo donde se cruzan los caminos de los modernos y donde se ve que, al final, todos tienen el libro del Apocalipsis debajo de la mesa para elaborar sus doctrinas, sean filosóficas, científicas o esotéricas. Y es que los intérpretes seculares del tercer estado de la teología de la historia de Joaquín de Fiore están por todas partes. 

Podríamos decir que acercarse al milenarismo es como imbuirse en una historia interminable. Porque lo más chistoso de los milenaristas es que nunca consiguen finiquitar la historia por mucho que se lo propongan. De eso trata, en parte, el libro de Peter Washington, de cómo Krishnamurti, el niño bonito de la teosofía preparado para ser el Maestro del Mundo, abandonó su cometido y prefirió quedarse en California como gurú de un Occidente acelerado por el capitalismo del complejo militar-industrial.

La elección de Krishnamurti condicionó gran parte de la cultura de masas de la sociedad occidental. Tras instalarse definitivamente en California en 1931, sus enseñanzas calaron en la alta sociedad californiana, convirtiéndose en el maestro espiritual del mundo artístico y empresarial de la Costa Oeste de EE.UU. Una influencia que alcanzó a la familia Huxley a través de Aldous, quien se convirtió en amigo del nuevo gurú y en uno de sus interlocutores para profundizar en sus doctrinas. 

La influencia de Krishnamurti sobre Aldous Huxley se puede percibir en una de sus obras más importantes, La Filosofía Perenne, en la que Huxley explora, a través de una antología de textos de mística y metafísica, la vía de acceso a la Realidad fundamental y divina que unifica la multiplicidad de las experiencias del mundo. La selección de textos realizada por Aldous, además de basarse en su propia erudición, está influida por su contacto por el círculo de teosofistas cercano a Krishnamurti y por el propio gurú.

En este punto puede haber una conexión entre las enseñanzas de Krishnamurti y el transhumanismo. Pues Aldous siempre fue profundamente valorado por Julian y vio en él a un auténtico místico, aunque nunca miró con buenos ojos sus experimentos con las sustancias alucinógenas. Pero la sabiduría mística de su hermano fue una inspiración para su propuesta religiosa cuando se convirtió en el primer Director General de la UNESCO en 1946. 

El texto que escribió para ello, Unesco, Its Purpose an Its Philosophy, es un boceto de lo que será su concepto de transhumanismo de 1957. Esencialmente, es una interpretación del papel cósmico de la conciencia humana dentro del destino del Universo. Lo que quería Julian era concienciar del cambio de era que estaba viviendo la humanidad con los avances científicos y con las nuevas técnicas de eugenesia e ingeniería social a nivel internacional. Una interpretación de la conciencia humana que continuaron los transhumanistas posteriores prescindiendo de la erudición religiosa de los  hermanos Huxley. A la vez que la transformaron en un discurso de carácter futurista mezclado con los ideales del movimiento New Age californiano. 

Es muy significativo que la propuesta transhumanista de Julian sea tan similar a los ideales de Aldous y Krishnamurti. En los tres podemos ver que hay una búsqueda de sentido del sufrimiento a través de la consciencia. Por diferentes caminos, los tres hacen una interpretación del papel de la conciencia humana dentro de un destino universal. De esta manera, buscan proporcionar unas pautas morales con las que guiar al ser humano en su paso por el mundo. 

Me imagino que uno nunca sabe hasta dónde o a quién pueden inspirar sus ideas. Pero el viaje místico de los teósofos buscando la sabiduría creo que acabó en un lugar del todo impredecible: el espacio de la tecnocultura. De manera que el objetivo de los teosofistas y los cientificistas de alejarse acabó en una total afinidad. Su fruto directo es la cultura tecnotrascendente que entraña el espíritu de Silicon Valley. En mi opinión,  inspira los ideales de algunos desarrolladores de las tecnologías convergentes en el siglo XXI. Así, muchas creencias siliconianas se han alimentado de esa cultura mística y psicodélica de engendró el summer of love, cuyos ideales rupturistas quedaron insertos en el desarrollo de la cibernética durante la Guerra Fría. 

Llegados a este punto, creo que debo detenerme. Así que, por respeto a quien me está leyendo ahora mismo, voy a dejar aquí las reflexiones sobre El mandril de Madame Blavatsky. Porque, como se puede ver, al final cometo el error de todo doctorado: cree que todo lo que hay en el mundo tiene que ver con su tesis. Así que, si he caído en la red de la sofistería, solamente puedo pedir paciencia y comprensión...

martes, 2 de junio de 2020

¿En qué cree Anders Sandberg?

Anders Sandberg, investigador del Future of Humanity Institute (Infografía)
Una de las cosas que más me llama la atención del transhumanismo es que me está convirtiendo en espectador del nacimiento de una de las nuevas religiones humanistas. Despierta mi curiosidad el hecho de que las nuevas tecnologías están dando a luz el corpus de creencias transhumanistas. Aquellas que confían en que podremos engañar a la muerte con los avances científicos. Tengo la intuición de que las instalaciones de Alcor, la empresa de criogenia de Max More, pueden convertirse en una especie de "Valle de los Reyes"  transhumanista. Del mismo modo que a partir de la técnica de la momificación se creó todo un sistema cultural en el Antiguo Egipto, creo que la criogenia y otras técnicas de control del envejecimiento pueden llegar a componer una especie de Libro de los muertos del transhumanismo con sus ritos y celebraciones. 

A veces me pregunto si los transhumanistas tienen algún tipo de libro como el Séfer Yetzirá o la Clavicula Salomonis en clave cibernética para recrear la realidad a su antojo. Desde luego, hay quien da señales de ello. Por ejemplo, basta leer a Ray Kurzweil para sentir el tono profético y sacerdotal de sus afirmaciones, tales como que gracias a la tecnología podremos crear la mente divina. Una afirmación que me recuerda a las pretensiones cabalísticas de encontrar el Nombre de Dios. Pero no es solamente Kurzweil quien da señales esotéricas. El mismo Anders Sandberg tiene una apariencia ascética, propia de aquel que se reserva para las realidades superiores. Y podemos hacernos cargo de su total fe en la cibernética en este vídeo que pongo a continuación:


El vídeo lo descubrí el año pasado cuando vi un documental titulado Tecnocalipsis. Se trata de una exposición muy detallada del conjunto de creencias tecnotrascendentes que dan forma al discurso transhumanista. Lo recomiendo de veras si alguien está interesado en introducirse en esta corriente de pensamiento. 

Pero volvamos a Sandberg. Durante este último año he podido intercambiar opiniones con varios amigos filósofos que también estudian el transhumanismo. Creo recordar que a todos les pregunté si habían visto el vídeo de Sandberg y me dijeron que no. Cosa que me sorprendió, porque es muy significativo. Por eso me propuse encontrarlo de nuevo y... ¡ahí está, recortado y editado para mis lectores!

Opino que el vídeo es ilustrativo. Estoy convencido de que la herencia religiosa que una persona ha recibido es muy importante a la hora de comprender la cosmovisión que tiene. En mi caso, como católico, es esencial, del mismo modo que para un judío, un musulmán o un socialista. Por eso, me pregunto de qué fuente religiosa habrá bebido Sandberg para considerar a Alan Turing, John von Neumann, Charles Babbage o Ada Lovelace como mediadores cósmicos de los bytes. Me parece un asunto muy exótico, ciertamente. Porque es del todo mágico que en la era del desencantamiento del mundo se estén creando nuevos fetiches y tótems con el lenguaje cibernético.

Como fenómeno religioso, el transhumanismo confirma aquello que dijo Mircea Eliade sobre el ser humano: en esencia, es el homo religiosus. Un ser religante, herido por el pathos del que está en continua búsqueda del Uno. Una búsqueda que se manifiesta en las raíces filosóficas del transhumanismo de Julian Huxley, quien consideraba que la mente humana individual era un fragmento de la mente cósmica ulterior que está formándose. Por ello, hay una nueva percepción de lo sacro alrededor del desarrollo de la inteligencia artificial que se concreta en la creencia en la Singularidad tecnológica. Un fenómeno cultural que se puede considerar como un renacimiento a través de la tecnología del aura perdida.

Medalla y brazalete
de emergencia
de la empresa Alcor (Infografía)
Con la singularidad parece que va a acontecer algo único y definitivo. Un hecho que cambiará las cosas para siempre. Para eso se prepara Anders Sandberg y lo deja claro al portar la chapa tan misteriosa que tiene colgada en el cuello, como se puede ver en la imagen que encabeza esta entrada. Llevo tiempo preguntándome qué es la medalla de Sandberg y Mark O'Connell me ayudó a salir de dudas cuando leí Cómo ser una máquina. Resulta que es un medallón con unas instrucciones precisas para llevar cabo su suspensión criónica después de su muerte. De manera que se supone que la criogenización le permitirá conservar su información neuronal y así realizar, cuando sea posible, su transferencia mental a otro sustrato o soporte.

Por tanto, se puede ver que los transhumanistas hablan en serio. No se trata de frikis al uso, porque van más allá. De hecho, su gurú tecnoespiritual, FM-2030, se encuentra criogenizado en las instalaciones que tiene Alcor en Scottsdale, Arizona. Lugar donde irá el cuerpo de Sandberg para ser criogenizado, según indica su escapulario criogénico. Un amuleto de la ciberinmortalidad que creo que puede seducir a más personas de lo que parece. A fin de cuentas, la cultura nerd de Silicon Valley se ha convertido en la nueva cultura pop en pocos años y lo seguirá siendo en los venideros. Por esa razón, ¿quién sabe si estas creencias tecnoutópicas se transformarán en la religión de la sociedad de la revolución 4.0?

viernes, 29 de mayo de 2020

Cómo ser una máquina, de Mark O'Connell


Portada de la edición en español (Infografía)

Si hay algo que tengo que agradecer al confinamiento es que estoy leyendo más. Creo que es una buena manera de gestionar las cosas que pasan por tu cabeza. En vez de sentirme absorbido por la fuerza de la pantalla de mi smartphone, prefiero que esos objetos creados por la tecnología del siglo XV sigan alimentando pacientemente mi pobre mente. A pesar de que el transhumanismo se esté imponiendo con sus nuevas técnicas, creo que al humanismo renacentista aún le queda mucho que aportar...

-¡Rafa, por favor, no te pongas nostálgico y pedante! A ver, ¿de qué quieres hablar? 

-¡Bueno, vale, de lo de siempre! ¡He leído un libro!

-Tiene que ver con tu tesis, ¿no?

-Sí, lo siento, me repito como el ajo. Tiene que ver con la tesis sobre transhumanismo y...

-Vas a hablar de nuevo sobre transhumanismo.

-Claro, ¿sobre qué quieres que hable?  Al final una tesis te hace tan ignorante que solamente sabes hablar de una cosa. Lo peor de todo es que después te das cuenta de que tampoco conoces aquello de lo que hablas.

-No te pongas filosófico, anda...

-No diré que no como, como Rocinante. Pero es que es cierto lo que te digo. Fíjate, cuanto más conoces algo, más caes en la cuenta de cuánto lo ignoras. Resulta que el Cusano tenía razón. 

-Bueno, chico, es que el misterio del conocimiento humano es lo que tiene. Por eso es tan fascinante, ¿no crees? 

-Ya, pero...

-¡Anda, calla y habla del libro!

Mark O'Connell, el autor (Infografía)
Bien, el libro que he leído me ha encantado. Siento decir que es el libro sobre transhumanismo que me hubiera gustado escribir después de la tesis. Pero, claro, llega un filósofo un poco más mayor que tú y con tiempo libre e ingenio para hacerlo y te deja con los dientes largos. Es lo que ha hecho Mark O'Connell. El filósofo irlandés ha titulado su libro así: Cómo ser una máquina: aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas intentando resolver el pequeño problema de la muerte

Cómo no, el tono cómico del título me parece genial, porque además recorre todos los capítulos del libro. En ellos O'Connell narra la investigación concienzuda que ha hecho sobre el movimiento transhumanista. Durante su búsqueda ha ido persona a persona, entrevista tras entrevista, preguntando a todos los personajes clave del transhumanismo con vida actualmente (los que se han prestado a ello, claro está). De este modo, ha hecho las preguntas fundamentales a todos y las ha ido hilvanando a su vez con sus reflexiones y conclusiones personales a lo largo del libro. 

Tiene la frescura de ser una investigación de campo narrada en primera persona. Nos libra, por ello, de la sequedad de una investigación académica y te permite sentir el aliento de los transhumanistas cuando argumentan sus posturas. Me ha gustado, en particular, el capítulo dedicado a Max More y a Natasha Vita-More, porque los muestra con toda naturalidad y da datos personales de lo más cucos. Por ejemplo, se conocieron a principios de los 90 en una cena organizada por Timothy Learly, quien al parecer era amigo de FM-2030 y un declarado transhumanista en aquel momento. Y aquí llega la prensa rosa del transhumanismo: en esa cena Natasha aún era pareja sentimental de FM-2030 y se enamoró de tal manera de Max que seis meses después ya estaban juntos...

¡Es una pena que esos cotilleos no añadan nada al estudio filosófico del transhumanismo, pero me encantan! El libro está lleno de anécdotas curiosas y personales de los protagonistas del movimiento transhumanista que aclaran muchas cuestiones a los frikis del tema como yo. Me ha servido para asegurar algunas intuiciones que tengo sobre el movimiento y que con esos datos me permite hacer pie para no precipitarme a la hora de afirmar algunas cosas. 

Además, me ha parecido especialmente acertada la sensatez de O'Connell a la hora de valorar el movimiento como un milenarismo tecnognóstico. Quienes me conocen saben que tengo la misma opinión y que considero que ese talante escatológico del transhumanismo es lo que lo hace tan interesante. 

Así que, querido lector, si estás interesado en introducirte en la cultura transhumanista con un libro fresco, te recomiendo sinceramente que leas Cómo ser una máquina. Estoy convencido de que te gustará.

martes, 7 de abril de 2020

El péndulo de Foucault, símbolo del ahorcado

El péndulo de Foucault, la novela de Umberto Eco (Infografía)
Esta mañana he concluido la lectura de El péndulo de Foucault. Nada más acabar la última página, he pensado que tenía que escribir alguna cosa sobre esta novela. Lo primero que me ha venido a la cabeza es una entrada críptica y misteriosa. Una de esas entradas en las que parece que estoy iniciado en algún conocimiento esotérico y que me puede dar una apariencia de místico. Algo así como Alejandro Jodorowsky o cualquier otro de esos magos que se sumergen en las recónditas aguas de lo ignoto gracias a su gnosis superior. 

Pero Rafa no es ninguno de esos iniciados en los misterios gnósticos. Aunque sí que puede decir que peca muchas veces de curiositas y rebusca demasiado en esas lecturas de mundos cabalísticos que tanto le gustan... Un pequeño vicio que le llevó a hacer su trabajo final en filosofía sobre un movimiento cabalístico, nada menos. Ese que fundó Sabbetay Tsebí, el Mesías apóstata de 1666, y que tanto fascinaba a Gershom Scholem. Por eso, cuando una mañana Rafa vio en un mercadillo callejero de Valladolid la novela de Umberto Eco, su curiositas se disparó y no pudo resistirse a comprarlo. Sobre todo porque por dos euros uno no es tentado habitualmente. Además, cuando Rafa revisó la edición, que era la segunda, de octubre de 1989 (mes décimo, segunda edición), pensó que, claramente, siguiendo el pensamiento cabalístico, un libro que había visto la luz prácticamente el mismo día de su nacimiento tenía que estar predestinado a ser estrenado por él. Porque conservaba incluso la etiqueta de la librería que lo había comercializado por primera vez. 

Por esa razón estás aquí ahora leyendo las movidas mentales de este filósofo confinado por el coronavirus, que tiene tiempo para darle vueltas a la cabeza y pensar en la novela de Umberto Eco... 

Y ahora paso a escribir en primera persona otra vez, que me estoy liando. 

Bien, sigamos con la novelita del semiólogo italiano, que da bastante de sí. He leído en Internet que parece que Umberto Eco escribió la novela para reírse del mundo esotérico. Pero seamos sinceros, si lo ha hecho escribiendo casi seiscientas páginas, lo que quería era reírse de los lectores. Y no lo digo porque la novela sea mala. Porque es muy interesante y está muy bien escrita. Lo digo porque uno no se toma tan en serio dar tal cantidad de datos y otorgarles algún sentido porque le da risa. Me da la impresión de que la novela es muy seria... No es ninguna broma. Otro asunto es que sea confusa. Y lo es.

He tenido la tentación de dejarla al leer las primeras páginas. Pero al ver que tenía la gracia de recorrer todo el árbol sefirótico, me dije a mí mismo que debía tener paciencia. Uno sabe que la cultura cabalística le saca punta a todo y al final lo que parece que no tiene sentido, lo tiene. Porque la clave para comprender la Cábala es que no hay que comprender nada. Es importante desprenderse del principio de no-contradicción y que no haya ni causas ni efectos. Al recorrer las diez esferas del Árbol de la Vida uno se hace a la idea de que el ser y la nada se identifican y que la infinitud divina consiste precisamente en eso, en no estar determinada por ningún ser, por ninguna verdad. 

Para conocer la verdad hay que negarla en este camino. Y eso es lo que hace Umberto Eco. Al identificar el ser con la nada, uno debe matar a Dios mentalmente. Acomete en su interior el Calvario del Absoluto, como diría Hegel. Porque lo primero que hay que hacer para subir por el Árbol de la Vida en la Cábala es llevar a cabo un deicidio y renunciar a la realidad, al ser en cuanto a tal. Esa es la razón por la que Eco cita a Chesterton en la novela: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo". Algo parecido a aquello de "a partir de una mentira, se puede decir cualquier cosa". Pues eso es lo que hay que comprender. Que Dios, al crear, deja de ser para que la criatura sea. Que Dios se autoinmola al crear. Porque para la Cábala Dios Creador es ateo. Es el primer ateo de todos. Esa es la tesis de Isaac Luria, que habló del tsim-tsum, la autonegación del infinito por la que acontece lo finito. Es decir, lo no-infinito: la criatura, como autonegación divina, debe negarse para que Dios vuelva a sí mismo. Por eso, el camino sefirótico es esencialmente satánico. Se supone que quien ha entendido el misterio de la Sagrada Escritura es aquel que ha negado a Dios voluntariamente, porque negándolo se cumple auténticamente la voluntad divina. Así, Lucifer es la luz de los hombres y el benefactor de la humanidad, Prometeo, etc.

Creo que ya está bien de Cábala por hoy... ¡Vamos a hablar de la novela! ¡Bueno, mejor dicho, vamos a interpretar el título! ¿A qué santo tantas idas y venidas con el dichoso péndulo? ¿Por qué la novela va de aquí para allá y de allá para aquí, llevándonos de cabeza? Prácticamente, el lector tiene la sensación de estar colgado del péndulo, balanceándose y mareándose, perdiendo la noción de la realidad, suspendido bajo ese punto fijo de la bóbeda celeste, esa representación de la Estrella Polar, que parece que está fija en un Universo sujeto a la fluidez, tal como dijo Heráclito. ¡Porque de eso se trata! De dejar claro que todo es lenguaje, palabras, letras que van cambiando y dando forma a la realidad hueca. ¡El ser es posible porque se suspende sobre la nada! 

El ahorcado, símbolo del conocimiento
místico, es aquel que está en tensión
entre el Cielo y la Tierra. (Infografía)
Entonces, ¿quién está colgado? ¿El péndulo, Umberto Eco, el lector, Rafa? Bien, yo creo que, dado que estamos en un contexto cabalístico, vamos a pensar cabalísticamente. Ya sabemos quienes hemos perdido el tiempo con estas cosas que en el mundo de la Cábala todo es símbolo. Y El Péndulo de Foucault es un gran símbolo. El símbolo del ahorcado, concretamente. ¡No nos olvidemos de la carta XII del Tarot de Marsella: le pendu! Juan Eduardo Cirlot dice en su Diccionario de símbolos que el ahorcado simboliza a aquel que ha accedido al conocimiento de las esferas divinas y que está en tensión entre la realidad celeste y la terrestre por estar suspendido en el aire. Se relaciona con el mito de Odín y también con el de Perseo. Y asimismo se atribuye a las leyendas templarias, que descendieron a los subterráneos del Templo de Salomón. Hay que estar colgado, suspendido bajo el lugar de la piedra angular, para conocer los secretos ocultos del Templo... Por eso dice Cirlot que el ahorcado está entre dos árboles que simbolizan las dos columnas del Templo de Salomón, Jakim y Bohaz. Columnas que, a su vez, simbolizan los senderos derecho e izquierdo del Árbol de la Vida, coronados por las esferas de Binah y Jokmah. Si nos fijamos en las letras, J y B, podemos ver que el nombre elegido para el personaje realmente obsesionado con el Plan de los Templarios en la novela de Umberto Eco, Jacopo Belbo, no es casual. Cabalísticamente, no, claro... Además, Belbo es el río que pasa por la ciudad en la que nació el autor de la novela, Alessandria. Y, para colmo, Jacopo es la traducción italiana de Jacob, el padre de las doce tribus de Israel. ¿Y qué número tiene la carta de Le pendu en el Tarot de Marsella? Sí, ¡premio! El punto fijo y la fluidez eternas, el Cielo y la Tierra unidos por la mente suspendida en el tiempo...

Podríamos seguir así eternamente haciendo cábalas sobre las conexiones numéricas, simbólicas, filosóficas o templarias. Porque de eso se trata, de ver el Plan en todo y en convertirte en un conspiranoico nato. ¡De eso va la gnosis! El gnóstico piensa que la realidad es una gran conspiración para mantener el mal y la injusticia en el mundo. No conocer esta verdad es permanecer en la ignorancia, que es el pecado más grabe para los gnósticos. Y, además, no luchar contra ese mal cósmico supone sucumbir ante los poderes de este Cosmos perverso regido por el Caos. Por esa razón, el camino de la liberación y del conocimiento consiste en suspenderse en ese vaivén de verdades y mentiras que nos llevan a un lado y a otro para comprender que solamente la locura y la pérdida del sentido común pueden liberarnos de las leyes tiránicas de la realidad. 

Sin embargo, ¿cómo podemos saberlo? ¿Acaso podemos conocer algo así? Un gnóstico nunca dice la verdad, porque dice que no hay ninguna. Se encuentra, como Epiménides, enzarzado en su propia paradoja y solamente puede darle sentido cuando, como una araña, teje la red de sus contradicciones para atrapar a sus presas... Quizá Eco ahora mismo está sonriendo eternamente viendo cómo he dedicado tiempo a su novela. O quizá simplemente su sonrisa haya quedado dibujada a lo largo de la novela como la del Gato de Cheshire, de Alicia en el País de las Maravillas. Una sonrisa que es difícil de conocer al carecer de rostro, como el Dios de la Cábala...

jueves, 13 de febrero de 2020

¿Y cómo llegará el fin de la historia?

Locomotora de vapor (Infografía)
Últimamente estoy dándole vueltas a la cuestión del fin de la historia. Sobre todo por la mañana, al prepararme el zumo de naranja. Cuando veo que el exprimidor da vueltas y vueltas consumiendo las medias naranjas que tengo entre las manos, caigo en la cuenta de que en esta vida tenemos una experiencia continua de la finitud. Todo se acaba y a la vez vuelve a empezar... 

¡Estamos encarcelados en el tiempo! ¿Cómo escaparemos?, me pregunto. ¿Llegará, por fin, el tiempo de la plenitud? ¿Podremos ver el fin de la historia en algún momento? Algunos dicen que ese fin está en nuestras manos, que podemos construirlo. Pero algo me dice que estamos demasiado cansados para hacerlo. ¡Han habido tantos que lo han intentado antes! ¿Por qué nosotros, ahora, vamos a lograrlo? Ay, si yo lo supiera...

De todas formas, no dejo de preguntármelo. Porque eso del fin de los tiempos tiene su miga filosófica. Para colmo, creo que nos queda algo de esa esperanza. Aún quedan algunos que hablan del progreso pensando que eso de que mañana estaremos mejor que hoy es una certeza inamovible. Pero, claro, la locomotora del progreso parece que está oxidada y, al referirnos a ella, evocamos tiempos en los que la humanidad en general parecía que podía ponerla en marcha, haciendo que su caldera estuviera al rojo vivo...

Pero la locomotora ha contaminado demasiado. El humo del progreso ha vuelto insostenible el futuro. Ahora, horrorizados, nos asombramos de que nuestros mayores creyeran en esas ideas destructoras de la naturaleza. Si seguimos emancipándonos de la naturaleza, no quedará nada de ella... 

Entonces, ¿qué hacer? No soy el más adecuado para dar ninguna directriz. Sobre todo por lo despistado que soy. A decir verdad, si propusiera un plan sería el primero en no saber llevarlo a cabo. Soy un mal revolucionario... Sin embargo, algo me dice que quizá hayamos errado a la hora de pensar el fin de la historia. No me convence en absoluto pensar que el fin de la historia vendrá de la mano del conocimiento. 

Me explico. No sé por qué, pero últimamente me ronda la cabeza una idea del bueno de Tomás de Aquino. En su famosa Suma Teológica -en concreto, en Ia. IIae, q. 27, a. 2, ad 2um- el Aquinate se pregunta qué es más perfecto, si el conocimiento o el amor. ¡Y su respuesta me parece maravillosa! Tomás dice claramente que el amor es más perfecto que el conocimiento. Porque una cosa puede ser amada con perfección aunque no sea perfectamente conocida. Es decir, que el amor es más pleno que el conocimiento y alcanza antes su fin. 

Por estas razones, yo me pregunto: ¿acaso el fin de la historia no dependerá del amor? ¿Puede ser que el ocaso del tiempo histórico venga precedido por la plenitud del amor en los corazones de las personas? Esto me lleva a pensar que quizá la experiencia del fin, del eschaton, sea estrictamente personal. Es decir, que el fin de la historia sea antecedido por el encuentro de la verdad personal de cada uno y no dependa de un proceso histórico en general. En este sentido, la historia no es de la humanidad, sino que es mía, nuestra y solamente acontece su final cuando se da el encontronazo con esa persona que te hace trascender el tiempo. Esa persona que es Amor... 

domingo, 11 de agosto de 2019

Pornografía y transhumanismo

Gráfica de Westword, la serie de HBO (Infografía)
Hacer una tesis doctoral sobre transhumanismo tiene sus consecuencias: a todas horas estás buscando la manera de relacionar lo que te rodea con tu investigación. Eso me pasó cuando escuché a María Contreras hablando sobre las consecuencias del consumo de pornografía. Si no me falla la memoria, el pasado mes de marzo la pude escuchar en la Universidad de Navarra y me encantó todo lo que dijo. Porque no me cabe duda de que la pornografía está transformando los hábitos sexuales de la sociedad del siglo XXI.

Como mis neuronas estaban ocupadas con cuestiones transhumanistas, no pude evitar pensar mientras escuchaba a María que lo más alarmante de la pornografía en Internet no es solamente el cambio afectivo y efectivo que está habiendo entre las personas. Lo que llamó mi atención es que hay es una relación totalmente novedosa con las máquinas: las pantallas de nuestras computadoras, sean del tamaño que sean, se están convirtiendo en objeto de erotismo. 

Me da la impresión de que el resultado del sexo digital es que lo que produce excitación sexual no es la relación con otra persona, sino la relación con la máquina. Las máquinas han transformado nuestros deseos. Ya no deseamos la carne, deseamos los bits que la simulan. Y eso, en sentido estricto, es algo muy transhumanista. Me recuerda a una de las gráficas de la serie de HBO, Westworld, en la que se planteaba esta pregunta: "acostarse con un androide, ¿es infidelidad?".

La pregunta tiene su enjundia, porque los límites (o su carencia) de lo real y lo ficticio hacen que nuestra manera de entender la afectividad y las relaciones humanas cambien. Sobre esto reflexionaba Ray Kurzweil cuando publicó uno de sus libros, La era de las máquinas espirituales, en 1999. Hay un punto del libro dedicado a la pornografía en Internet, titulado La máquina sensual. Ahí reflexiona Kurzweil sobre el valor del sexo digital, que sin duda será, según especulaba hace veinte años, más satisfactorio que el sexo real. Es decir, el mundo digital habría introducido una mejora en sentido transhumano de la satisfacción sexual. La tecnología proporciona un sexual enhancement, por decirlo de alguna manera. 

Kurzweil lo expresa de esta manera:
El sexo virtual será mejor en ciertos sentidos y, por descontado, más seguro. El sexo virtual proporcionará sensaciones más intensas y placenteras que el sexo convencional, así como experiencias físicas totalmente inexistentes. El sexo virtual será lo último en sexo seguro, pues no hay riesgo de embarazo ni de transmisión de enfermedades (p. 207).
Después Kurzweil especula sobre la posibilidad de realizar sexo digital en grupo, la nueva prostitución digital que se desarrollará (que considera más aceptable, pues estará libre de violencia) y sobre la posibilidad de la violación virtual, que podrá ser perfectamente controlada por los usuarios. Pero el punto importante, me parece, es el que viene a continuación, pues creo que se trata de una revolución afectiva en toda regla:
¿Cómo afectará toda esta larga serie de elecciones y oportunidades sexuales a la institución del matrimonio y al concepto de compromiso en una relación? La tecnología del sexo virtual introducirá una cantidad de pendientes resbaladizas que harán mucho menos clara la definición de una relación monógama. (...) Será difícil trazar una línea demasiado clara del nivel de intimidad que esta futura tecnología concede. Es probable que la sociedad acepte en la arena virtual prácticas y actividades que desaprueba en el mundo físico, ya que a menudo (aunque no siempre) es fácil dar por nulas las consecuencias de las actividades virtuales (pp. 208-209).
Y yo me pregunto: Ray, ¿de verdad creías en 1999 que son nulas las consecuencias de las actividades virtuales? Me parece que ya es una consecuencia bastante radical el hecho de que el sexo digital diluya el concepto de monogamia. ¡No es moco de pavo! Precisamente ahora mismo las consecuencias del consumo de pornografía en Internet son inmensas. ¡Pregúntale a María Contreras, que sabe mucho del tema!

No obstante, sigo con mi tesis. Algo me dice que es importante para que se produzca la revolución transhumanista que las personas tengan una fractura íntima. Es decir, que estén divididas, que carezcan de intimidad, de vida interior, como dice Kurzweil arriba. Así resulta más fácil delegar nuestra intimidad y felicidad a las experiencias virtuales, que bajo la apariencia de intimidad nos arrojan a lo exterior, haciendo que nuestra identidad se diluya en millones de bits de información. Por eso Kurzweil puede decir que 
cuando demos el gran paso de replicarnos en tecnología computacional, nuestra identidad se basará en nuestro archivo mental en evolución. Seremos software, no hardware (p. 183).
 Y dada nuestra carencia de identidad espiritual o personal, la falta de identidad corporal se da por supuesta:
No habrá restricciones corporales, puesto que tanto nosotros como nuestros compañeros podremos adoptar cualquier forma física virtual. Serán posibles muchos tipos nuevos de experiencias: un hombre puede experimentar qué es ser mujer y viceversa. En realidad, no hay ninguna razón para no ser ambas cosas al mismo tiempo y convertir nuestras fantasías solitarias en realidad, o al menos en realidad virtual.
Pero lo que especifica Ray Kurzweil en otras partes de este libro, así como en otros, es que el cambio de cuerpos será una opción en este siglo XXI, del mismo modo que se cambia de ordenador o de teléfono móvil. Porque, a fin de cuentas, seremos software y, por tanto, dispondremos de un cuerpo mejorado, capaz de simular cualquier forma de la naturaleza gracias a la nanotecnología, que nos proporcionará experiencias mucho mejores e intensas que este cuerpo, al parecer, obsoleto de homo sapiens

Volviendo a la relación entre transhumanismo y pornografía, no sé si la última es condición de posibilidad de la revolución transhumanista. Sin embargo, estoy convencido de que la revolución afectiva que está provocando la tecnología facilita y sienta las bases para la aceptación natural de las tesis del transhumanismo. Porque son pocos los que pueden decir en el siglo XXI que sus sentimientos e ilusiones no están mediados por la tecnología: ya vivimos en una cultura que nos acerca al transhumanismo.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Con la mirada puesta en lo alto

Nubes desde el avión (Infografía)
Ayer tuve la ocasión de viajar a los Estados Unidos. Mi destino era Washington. Si contara todos los sentimientos que pasaron por mi corazón, probablemente pensarás que soy más inestable que un adolescente. Quizá lo sea aún... ¡o es que nunca dejaré de serlo! Muchas emociones pasaron por mi interior, pero hubo una que me paré a meditar con detenimiento: la impresión que me causaron las nubes bañadas por el sol tras la ventanilla de mi asiento. 

Por un momento vino a mi cabeza aquella idea de Platón del hyperuránion tópon, el famoso "mundo de las ideas" que se encuentra más allá de los cielos, en las regiones recónditas de las esferas celestes. Un mundo lleno de belleza y que trasmite plenitud a aquellos que con paciencia se encaminaban por las sendas de la filosofía. 

Estoy seguro de que percibir en el interior del corazón la presencia del Ser debe ser algo grandioso, algo casi divino. Sin embargo, qué maravilla se presentaba ante mis ojos al ver el horizonte del mundo desde ese avión que volaba tan alto. 

Puedo decir que Platón no vio esas nubes bañadas por el sol como las vi yo, tampoco Aristóteles y tantos otros. Todo ello por los avances de la tecnología, que parece que nos llevan tan lejos, tan alto... Y a pesar de ello, siempre me da la impresión de que la mirada metafísica de los antiguos filósofos llegaba más hondo y de manera más profunda a la verdad de las cosas, esa que es invisible a los ojos. Porque, realmente, la belleza que disfrutaba en aquel momento, mirando a través de la ventanilla, no estaba fuera del avión, sino en mi corazón, donde de verdad creo que existe eso que disfruto, que poseo en mí mismo: ese recuerdo que en mi memoria adquiere su auténtica realidad cuando lo recreo en mi interior. 

Era verdad aquello que decía San Agustín sobre la Belleza, que es antigua y nueva a la vez. Es antigua porque antecede a todo lo que nos podemos encontrar ante la mirada corporal. Es nueva porque todo lo bello, como un amanecer, una sonrisa o una broma cariñosa siempre llenan el corazón cuando se encuentra con esos detalles en el día a día. A fin de cuentas, es antigua y nueva porque los recuerdos siempre adquieren nueva belleza cuando los bañamos en la memoria del corazón.

¡Qué importante es saber mirar desde lo alto, pero, sobre todo, desde lo más profundo del alma!