jueves, 26 de mayo de 2016

El sentido de la fe en el siglo XXI

Para mi amigo Adrián, al que Alcibíades debería envidiar
Me he parado un momento a escribir lo que estás leyendo. Se me ha ocurrido mientras leía una noticia sobre la guerra de Siria. Me preguntaba qué sentido podía tener el cristianismo en la actualidad, en pleno siglo XXI. Porque no faltan momentos en mi propia vida en los que me cuestiono hasta qué punto puedo decir que tengo fe.
Cuando miro a mi alrededor y hago un pequeño examen de mi vida, no dejo de pensar que es muy posible que el Reino de Dios esté en otro sitio, porque no soy precisamente la encarnación de ninguna idea que clarifique la esencia de la fe cristiana. Cosa que me alegra, porque si la gente en la actualidad tuviera que entender el sentido de la fe contemplando mi vida se llevaría una gran decepción. Tenemos la suerte de que –como su propio nombre indica– la fe a la que me refiero es cristiana y no rafaeliana.
Una de las cosas que más me fascina de la fe es que no se basa en una idea. No hace falta ser un gran pensador para comprender el cristianismo. Para tener fe solamente hay que estar enamorado. ¿De quién? De Jesucristo, sin duda alguna. Es una vivencia que llega a lo más profundo del corazón. Lo transforma.
Cuando te encuentras con Cristo hay algo en tu interior que cambia radicalmente. Es lo que llaman conversión. Los cristianos griegos de los primeros siglos lo llamaron metanoia. Eso significa que se conoce algo más que antes no se conocía. Se llega más allá de lo que nuestro corazón llegaba a ver, a amar. La metanoia es lo que está más allá de nuestro nous, de nuestra mente, de nuestro conocimiento, de lo que es más íntimo en nosotros. Salimos de nosotros mismos conociendo lo que antes nos era desconocido: el Amor que no nos olvida, que nos tiene siempre presentes, aquel en el que nuestro ser es sin que podamos percibirlo. Es el Amor que nos antecede porque existe antes que nosotros. Es Aquel que con la mirada de su corazón nos tiene presentes dentro de sí mismo y que con su Palabra nos llama a la existencia, a la vida.
Por eso se tiene fe en aquello que no se ve, no en aquello que se ve. Lo que está ante los ojos ya es conocido. Es visto. Pero aquello que no se ve queda oculto al ver. La misma mirada que mira se oculta en aquello que ve. La mirada para sí misma es invisible. Ve y, no obstante, no se ve. Para sí misma es un misterio. Vemos lo de fuera. Lo que es fuera de nosotros. Lo que ex-siste (sistere-extra, es-fuera). Nuestro corazón queda oculto. Nuestra intimidad nos es desconocida.
Lo invisible no queda fuera de nosotros, sino que nos lleva hacia dentro: al corazón. El joven Agustín de Hipona lo experimentó en su búsqueda de Dios y lo expresó con estas palabras: eres más íntimo a mí mismo que mi misma intimidad. Esa mirada nuestra que se nos oculta cuando intentamos mirarla se vuelve clara, cristalina y brillante cuando en lo profundo de nuestro corazón se clava el dardo ardiente del Amor de Cristo y desgarra los límites de nuestra carne abriéndola a la Vida infinita del Espíritu de Dios.
La mirada de Cristo nos libera de nuestro desconocimiento, del desaliento y del sinsentido de la ignorancia del Amor. En ella nuestro ser se ilumina como en el Principio, pues escuchamos nuestro nombre en los labios mismos del Verbo Creador. Tal es la fuerza y la belleza de aquello que es invisible a los ojos… De aquello que no ex-siste, de lo que no está-fuera… Sin embargo, desde ese instante, desde que el corazón se desgarra y queda herido y abierto hacia dentro de sí mismo saliendo de sí, comprende que todo lo que existe fuera de él permanece dentro del Verbo que lo ha llamado a ser, siendo, además, distinto de Él.
La herida del Amor no se olvida. Desde entonces el corazón se manifiesta y ya no queda oculto. Es el Amor el que mejor expresa la esencia de la verdad. Lo que los griegos llamaron aletheia. Esta palabra guarda dentro de sí un misterio fascinante que ­–creo– solamente podemos comprender desde la experiencia del Amor. El significado de letheo en griego es olvidar. La a-letheia es aquello que no se olvida. Lo inolvidable, lo que permanece presente en nuestro corazón y lo hace preso de la nostalgia, es lo que se ama. Pero letheo también es ocultar. El olvido y lo oculto están íntimamente unidos. Olvidamos el corazón porque permanece oculto en las profundidades de lo invisible. La aletheia es, además, lo que se des-oculta porque se manifiesta.
¿Cómo se puede manifestar, pues, en nosotros aquello que está oculto y que nuestra memoria ha olvidado? Únicamente me atrevo a decir que es el Amor el que lo consigue. La búsqueda del Amor que nos antecede y que hemos olvidado es la que hace posible que aquello que está oculto, la verdad de nuestra vida, se manifieste y sea auténtica aletheia. Es un acontecimiento que se imprime a fuego en lo más profundo de nuestro ser y que permanece presente en nosotros con cada latido del corazón. Es el momento en el que el Verbo nos dice “¡ven!”,  similar al que María experimentó cuando dijo fiat mihi secundum verbum tuum! Ella es la que lo experimentó en toda su plenitud porque pudo corresponder a la mirada de Dios sin ninguna limitación: ella no estaba limitada por sí misma, es la criatura que hace posible que Dios se dé a sí mismo sin restricciones, pues entre ella y Él no hay barrera alguna y se cumple a la perfección la voluntad de Dios en su vida. Por eso le decimos “llena eres de gracia”… ¡Ella es un anticipo del Reino de Dios!
Siguiendo el hilo de lo que estamos diciendo, vemos que hay una relación estrecha entre el Amor y la verdad. Gracias a Él se manifiesta la verdad que nuestro corazón anhela. Y lo que más me fascina es que la verdad no se manifiesta como objeto, como algo conocido, sino como cognoscente: me conoce. Soy conocido. Desde ese ser-conocido que soy me doy cuenta de que la verdad es algo más grande que yo mismo y que es la Verdad en sentido pleno. Algo ante lo que siempre cabe admirarse, porque me desborda y no depende de mí mismo, sino que dependo de ella, del Amor que me crea y que se me da sin límites. Siendo conocido busco conocer a Quien me conoce y en esa búsqueda comienza una ascensión inagotable en el camino de la Vida.
Así que creo que ser cristiano en el siglo XXI aún tiene mucho sentido: Jesús realmente está vivo.


martes, 22 de marzo de 2016

Entrevista del periódico 'Paraula'


Hace unos días tuve el privilegio de que me publicaran una entrevista en el periódico 'Paraula', una publicación de la Archidiócesis de Valencia. La comparto aquí por si alguien quiere leerla. Es un poco más larga que la publicada en el semanario diocesano, porque por falta de espacio tuvieron que recortarla. Por eso la publico aquí entera. Espero que os guste.

.- Eres católico practicante, de misa diaria, llevas el blog 'Edelweiss', donde hablas de Jesucristo, de los mártires, de Dios.... Colaboras con ONGs y estudias en la Universidad (pública) de Valencia. ¿Cómo te tratan tus compañeros? ¿Te consideras igual de respetado que otros alumnos de otras confesiones que haya en la Facultad?

Yo me preguntaría cómo trato a mis compañeros… Creo que no hay que preocuparse por lo que puede pasar, por lo que van a hacer otros, sino por lo que uno puede hacer. Porque «quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará» (2 Cor 9, 6). Y hay que sembrar siempre, aunque uno piense que lo hace en el desierto, porque con el Señor nunca cae nada en saco roto. Me voy a explicar. Voy a serte sincero: al principio, cuando comencé el Grado de Filosofía en la Universitat de València, estaba un poco asustado. Lo estaba, por una parte, porque sabía que iba a estudiar en un ambiente que me iba a poner las cosas difíciles. Pero eso no me preocupaba demasiado, porque como tengo espíritu de guerrillero y me gusta la vida en las trincheras, sentía que estaba haciendo lo que me gustaba. Por otra parte, estaba asustado porque estudiar filosofía en el siglo XXI es, prácticamente, un acto de fe. No sabes qué puede ser de ti, pues estamos en un momento en el que se valora muy poco como saber. Así que, como puedes ver, mi acto de fe era doble: como cristiano y como filósofo. Ser filósofo hoy en día es algo muy incierto. Por eso creo que hemos tenido mis compañeros y yo cierta camaradería natural. A todos nos unía, siendo tan diferentes, el deseo de buscar respuestas a preguntas fundamentales sobre nuestra vida o sobre las corrientes filosóficas que estudiamos juntos. En este sentido, me he sentido muy acogido por mis compañeros y por mis profesores. Ahora tengo grandes amigos gracias a haber estudiado Filosofía.

.- Las redes Sociales están plagadas de 'trolls': oportunistas, 'cansinos', hakers, agresivos, sarcásticos... que campan a sus anchas y hacen la vida imposible a muchos. ¿Has sufrido algún tipo de ataque en la Facultad? ¿Y a través de las redes sociales? En caso afirmativo, ¿Cuáles hacen más daño? ¿Cómo has reaccionado?

Al ver el sufrimiento de los cristianos perseguidos en todo el mundo, yo no me atrevería a decir que me han perseguido en ningún sitio por esta razón. En la Facultad de Filosofía creo que tampoco. He podido tener encontronazos con profesores y alumnos por discusiones, debates o cosas parecidas. Pero si ha habido algún tipo de problema entre nosotros ha sido por una cuestión de carácter: me gusta hacer preguntas incómodas. Soy poco diplomático, sin ser violento. Así que, en cierto modo, si he tenido discusiones fuertes en alguna ocasión ha sido porque he querido tenerlas, porque sabía que salía a la plaza a torear y que en algún momento me iba a llevar una cornada. ¡Y me las llevé en más de una ocasión! Las que hacen más daño son aquellas que no tienen que  ver con las ideas, sino con las personas. Me gusta debatir sobre ideas, que pueden ser verdaderas o falsas. No me gusta atacar a las personas. Por eso, cuando se confunden las personas y las ideas, el debate se ha acabado para mí. Eso pasa mucho con las ideologías, que absorben a las personas dentro de sus sistemas de pensamiento y sólo cabe hacerle una pregunta al otro cuando debates con él: ¿eres amigo o enemigo? Con este criterio no se puede hacer filosofía, porque considero que la filosofía es posible en un ambiente de amistad. Cuando las discusiones filosóficas son ocasión de enfrentamientos viscerales y de odios, siento auténtica pena. Para mí la búsqueda y el encuentro con la verdad siempre son ocasión de alegría.

.- Empezaste Derecho y Teología, pero te has pasado al Grado de Filosofía en la Universidad de Valencia, ¿por qué ese cambio? ¿Qué echabas en falta en tu vida que la filosofía te da?

Para responderte a esa pregunta tengo que hablar un poco de mi vida. En el año 2007, después de acabar el Bachillerato, estuve en Nicaragua durante el verano en un campo de trabajo y ayuda organizado por la Fundación Mainel. Encontrarme con los pobres fue una ocasión para encontrarme con Jesucristo, a pesar de haber sido creyente desde pequeño. En septiembre comencé la carrera de Derecho. Ese curso se convirtió en una búsqueda muy intensa de Dios y me pregunté profundamente cuál era el sentido de mi vida. Fruto de esas inquietudes fue el encuentro con la Eucaristía. Al acabar el curso creí que Dios me pedía ser sacerdote, por eso entré en el Seminario. Como puedes ver, no perseveré, estuve solamente año y medio. Pero fue una ocasión genial para descubrir la Filosofía, que al principio me parecía pura palabrería. Por eso, al dejar el Seminario, después de intentar continuar la carrera de Derecho durante un curso, decidí estudiar Filosofía, porque me ayuda a estar siempre en vela, a no acomodarme. Puedo decir, sin ninguna duda, que la filosofía, por su exigencia, me ayuda a ser mejor cristiano.

.- En el nuevo currículo de Educación la asignatura de Historia de la Filosofía pasa a ser optativa. ¿Qué se pierden los jóvenes que no la estudien?

Se pierden la oportunidad de no ser manipulados por el poder y por los discursos políticos y culturales que imperan ahora mismo. También pierden la oportunidad de descubrir por qué somos europeos y cuál ha sido una de las señas identitarias de nuestra cultura, que es el pensamiento filosófico. Grecia no debe ser recordada por la crisis económica, sino como cuna del pensamiento de Occidente. Esa es una deuda que el resto de Europa nunca va a poder pagar a los griegos.

.- ¿Cómo se encajan filosofía y religión? ¿Te ayuda en tu fe? ¿Te pone a prueba?

Creo que la filosofía y la religión se aúnan en el corazón de cada uno, ahí es donde reside el amor a la sabiduría. El acto del pensamiento y el de fe son actos que realizamos en lo profundo de nuestra intimidad. Cuando las aguas de nuestro corazón están en calma, pueden reflejar la Luz de Dios. Si están revueltas, si nos empeñamos en revolver el fondo, el agua se enturbia y no vemos nada. El encuentro de la fe y de la razón es posible si lo buscamos sinceramente. Es más, como cristianos tenemos que buscarlo, porque si no lo hacemos nuestra fe se embrutece y pierde sus riquezas. Benedicto XVI nos advirtió que todo lo que es contrario a la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El fruto de ese encuentro entre fe y razón es la tradición de la Teología cristiana, que es preciosa. La fe plantea retos a la razón que la liberan de los límites del conocimiento humano y la engrandecen. ¿Quién no se asombra al descubrir que el Ser de Dios es Uno y Trino?¿Cómo no hacerlo también al tener noticia de la Encarnación? ¿No crees que es maravilloso ese hecho revolucionario? Pero una de las cosas que más me enamora es saber que María es Virgen y Madre. Con María la filosofía tiene la oportunidad de tocar el Cielo y de penetrar el Misterio insondable de Dios. Ella es, para mí, la mejor Maestra de filosofía.

.- Rafa, ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

¡Ojalá lo supiera! Aunque no saberlo es lo que nos invita a vivir y seguir buscando las respuestas a esas preguntas. Creo que solamente podemos descubrirlas cuando caemos en la cuenta del misterio y de la riqueza que esconde el ser de cada persona. Para saber quiénes somos tenemos que descubrir quién es el otro. Pues es en la mirada del otro donde descubrimos nuestro origen y nuestro destino. Cuando ese otro es Jesucristo, la respuesta es gozosa, porque nos encontramos con Aquel que desde la eternidad ha pronunciado nuestro nombre originando nuestra existencia. San Agustín la tuvo clara cuando dijo que “nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Si, como Pedro, logramos responder a la pregunta que hizo el Señor a los Apóstoles «¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15), el Señor nos dará una identidad sólida como una roca en su Iglesia, donde Él es la piedra angular, como se dice en el Salmo 118.

.- Actualmente la búsqueda de la felicidad, el coaching, los manuales autoayuda y frases positivas están por todos lados... ¿Por qué esta avalancha? ¿Tan tristes estamos en la actualidad? ¿Surge a raíz del vacío espiritual y existencial que rodea al hombre actual?

Porque el ser humano necesita conocer la verdad para vivir y el fruto de la verdad es la esperanza. Esta avalancha de autoayuda responde a la necesidad radical de todas las personas de encontrar la verdad. Pero sin un conocimiento profundo de lo que somos, esas recetas de autoayuda son superficiales. Por eso hay una industria de la autoayuda, porque se ha convertido en un objeto de consumo más. Yo recomendaría leer los Diálogos de Platón, que son más sencillos de lo que parece y no por ello menos profundos. Para alcanzar la felicidad hay que descubrir que hay una realidad que trasciende todo aquello que está sumergido en el tiempo y que esa realidad es la que llena el deseo de plenitud que late en el corazón de todas las personas.

.- Decía Unamuno que la filosofía responde a la necesidad de hacernos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida. Pero ¿Son las cosas como las percibimos? 

Evidentemente, como filósofo tengo que decirte que no. Las cosas no son como las percibimos. Pero no por ello voy a volverme escéptico. Unamuno tenía razón. Buscamos la Unidad y la Totalidad. Pero esa búsqueda es constante, nunca acaba. Esa es una señal de que estamos llamados a una realidad que no esté limitada, que sea infinita. Porque cuando conocemos algo nos damos cuenta de que lo desconocemos: siempre queda proseguir. Ello nos dice que cabe la posibilidad de crecer irrestrictamente en el conocimiento y de que esa sed verdad nos lleva directamente a Dios, que es el único que puede satisfacer nuestros deseos más íntimos.

.- ¿Dónde te ves dentro de unos años?

¡Espero que trabajando! ¡Primero vivir, después filosofar! Espero poder trabajar y también ser mejor persona. Supongo que la fe y la filosofía me ayudarán a ello, a ser mejor cristiano y muy fiel a Dios, que es lo más importante: con Él el futuro está garantizado.

Preguntas rápidas:

.- ¿Con qué filósofos (de este siglo y del siglo pasado) te sientes más identificado? Por qué.

Con Joseph Ratzinger, sin duda. Porque me ha ayudado a ser creyente y a comprender el mundo en el que vivimos. También con Leonardo Polo, con el que he aprendido a disfrutar de la filosofía. Y con Sócrates, que es un ejemplo a seguir siempre por su sentido del humor y su amor a la verdad hasta la muerte.

.- Recomiéndanos un libro para el fin de semana.

El Principito. Para ser filósofo hay que aprender a asombrarse con las cosas pequeñas…

.- ¿Qué música te acaricia el corazón? ¿Cuál nos aconsejas para la 'noche oscura del alma'?

Cualquiera que sea auténticamente bella. He de reconocer que me encanta la música de la tradición cristiana ortodoxa. También la polifonía del Renacimiento. Para la noche oscura solamente puedo recomendar una cosa: silencio, profundo silencio y buscar a Dios en la Eucaristía.

domingo, 3 de enero de 2016

¿Y cuándo la Belleza?

Me gusta escribir Belleza con mayúscula. Así tiene más sentido para mí. Dice algo más. Algo que no se conoce. Algo que no se puede decir de otra manera. Cuando escribo belleza con minúscula hablo de cosas que conozco, que veo, que escucho, como el sol del Mediterráneo, su calor, o la mirada cristalina y brillante de Amparo. Es precioso. Pero lo puedo ver. Está ante mis ojos. También en mi corazón. Se reflejan en él como el mundo se refleja en tus pupilas y, sin embargo, no llenan la profundidad en la que se reflejan. Si te fijas, una mirada es más profunda, más infinita, que el Universo entero. Puedes contemplar las estrellas que nos envuelven, pararte a contarlas y sentir cómo su luz nos acaricia atravesando el tiempo cuando puede que ya se hayan apagado, pero no llenar el infinito vacío que hay en una pupila. Cuando veo tus ojos me pregunto si voy a perderme en la oscuridad de su reflejo. Es bello y, a la vez, terrible, porque sé que estoy ante un abismo. Ese vacío que no voy a poder llenar y que también soy yo. Tu mirada es bella. Contemplarla es una maravilla. Sin embargo, me da miedo, no puedo medirla, porque cuando veo mi rostro en tus ojos me encuentro con mi corazón. En él también se refleja el mundo que conozco. Te reflejas tú. Y me da miedo que te ahogues en sus profundidades y que la fuerza de sus mareas te lleve lejos, allí donde no pueda encontrarte. El deseo puede destruir aquello que más anhela. Puede ahogarse en sus propias aguas. No tiene fondo. Detrás de todo lo que veo se esconde ese vacío que no se puede llenar. Se esconde la nada, el abismo de mi alma. El torbellino de mi corazón que me arrastra a las profundidades de mí mismo. Ese yo que no existe, que busco en tu mirada y que me arrastra. Parece que el corazón se haya convertido en un remolino que absorbe todo mi ser y que lo llena de angustia y de vértigo. No es mío, no soy yo. Por eso da miedo. No es la belleza. No eres tú. Es Otro que me llama, que me hiere, que ha agitado la comodidad de mi alma. Que me obliga a cerrar los ojos con fuerza porque quiere que solamente le mire a Él. Y cuanto más los cierro más tiemblo. Pero me da confianza. Es doloroso y es tierno. Es afilado y es suave. Es hiriente y es dulce. Conforme avanzo, comprendo. Siento. Y no veo. ¿Se puede hablar de lo que no se ve? ¿Hay palabras cuando el sonido se esconde en el silencio? El silencio de la nada, de la antesala de Tu Amor. ¿Cómo iba a saber que en ese momento ibas a cogerme entre tus brazos y a susurrarme, con palabras que no pueden pronunciarse, que en el fondo de todo estabas Tú? ¿Cómo recordar la angustia cuando esas llamas ardientes, frías, acariciaban mi alma, llenándola de gozo? Sí, es Belleza. ¿Y cuándo llega? No lo sé. No lo preguntes. Llega cuando quiere: es Amor.

martes, 2 de junio de 2015

El hombre que pudo reinar


El hombre que pudo reinar, ese es el nombre de la película. El título nos indica el desarrollo de esta aventura ideada por Rudyard Kipling en 1888 y llevada al cine por John Huston en 1975. El film contó con la participación de Sean Connery, Michael Cane y Christopher Plummer.

Connery y Cane interpretan a dos aventureros ingleses en la India que, tras servir como oficiales en el Ejército británico, firman un contrato ante Plummer, que da vida al mismo Kipling, prometiendo aventurarse en Kafiristán, una región del noroeste de Afganistán, para gobernar allí como reyes. 

La aventura está llena de simbolismo. Desde el comienzo, los protagonistas dejan claro que pertenecen a la fraternidad de los hijos de la viuda, la francmasonería. Ayuda a comprender algunas de las actitudes e ideas de esta sociedad, que tantas intrigas suscita cuando se la menciona. Quizá la aventura de Daniel Dravot (Connery) y Peachy Carnean (Cane) nos ilustre un poco con los símbolos de la película. 

Esta historia es un homenaje a la astucia y a la valentía. Podemos ver cómo la voluntad de dos hombres, en tierras desconocidas, puede ser suficiente para construir un mundo que, en apariencia, es imposible. Un mundo en el que el azar acaba convirtiéndose en destino. Un mundo en el los hombres pueden superar sus divisiones y unirse bajo un mismo símbolo... 

Sin embargo, se trata de un mundo en el que las palabras pierden su significado. Pues la verdad y la mentira se confunden con la luz de la ilusión y de los sueños. El precio de la verdad es demasiado alto... y su valor, incluso cuando se ha logrado construir un imperio, trasciende la fuerza de los hechos.

En un momento como el actual, en el que la política se encuentra sacudida por la frustración de la mentira y la esperanza de los nuevos proyectos políticos, es una película más que recomendable para valorar las consecuencias de nuestros actos. 


lunes, 18 de mayo de 2015

lunes, 6 de abril de 2015

Jesucristo, protagonista de la Historia


Es Domingo de Resurrección. Los cristianos celebramos una fiesta que da sentido a nuestra fe. La Resurrección de Jesús fue el acontecimiento que proyectó los corazones de sus seguidores hacia el horizonte de la Historia, hacia un futuro, tantas veces incierto, que desde ese momento tomaba la forma de la esperanza en la vida eterna.

Ya San Pablo, en el primer siglo del cristianismo, explicaba a la Iglesia de Corinto el valor de la Resurrección y el sentido que tenía. Gracias a ella, dijo que Jesús "se me apareció a mí también" (1 Co 15, 8). Es decir, que Pablo, a pesar de no conocer a Jesús en persona cuando predicaba en Palestina, tuvo la oportunidad de conocerlo porque está vivo. Por ese encuentro personal e íntimo, Saulo se convirtió en Pablo, en el Apóstol de los gentiles, y abrió la fe cristiana a las culturas con las que coexistía en aquel momento de la Historia.

Al escuchar el Evangelio de hoy, me he puesto a pensar en esto. He intentado hacer presente ese acontecimiento que ha marcado la vida de tantos desde el siglo I hasta ahora. Y, por ello, me pregunto si tiene algún sentido hablar de Jesucristo en la actualidad, si su persona tiene ese valor que tuvo entonces, cuando la esperanza de los hombres de aquel tiempo se proyectaba hacia un mundo que trascendía los límites del tiempo más allá de la muerte. 

Me pregunto si los cristianos del siglo XXI podemos decir, como Pablo, "si Cristo no ha resucitado, inútil es nuestra predicación, inútil es también vuestra fe" (1 Co 15, 14). ¿Podemos nosotros, como Pablo, encontrarnos con el Resucitado? ¿Quién de nosotros puede decirlo? ¿Quién ha conocido a Jesús como aquellos que le siguieron? 

De este encuentro depende nuestra fe, porque si no se da, ¿en quién creemos? ¿Cuál es nuestra esperanza? Quizá sea encontrar trabajo, pagar a Hacienda, poder jubilarse o conservar la relación con nuestra pareja, entre tantas otras. 

Pero... ¿creemos en Cristo o creemos en algo temporal, finito, que no puede durar más allá de la muerte? Si nuestra esperanza acaba con la muerte, quizá no podamos hablar de esperanza, pues se convierte en una palabra dura, casi cruel, cuando ante nuestra mirada se presenta la imagen poderosa de la muerte.

Sin embargo, esa imagen se vuelve frágil y se esfuma como el humo de un cigarrillo cuando el aire del sepulcro abierto de Jesús acaricia nuestro rostro. Jesús tiene esa capacidad. Fortalece lo que parece pasajero. Su Resurrección hace que nuestro encuentro con Él se convierta en algo revolucionario, pues las raíces de nuestro ser penetran la tierra fértil y fecunda de la eternidad.

La Resurrección ha cambiado el tiempo de la Historia. Antes la luz del pasado se difuminaba en la oscuridad del futuro. Ahora el futuro tiene forma y en el horizonte se proyecta la luz de un hombre nuevo que ya no teme a la muerte y que la ha vencido. 

Hay un amanecer que abre el futuro. Es la mirada de Jesucristo, que es el nuevo Sol. Ya no hace falta mirar atrás para recordar el tiempo en el que el Creador y la criatura estaban unidos. Delante de nosotros aparece la imagen del hombre que ha recuperado la armonía con Dios, de aquel que ha cumplido hasta el final la voluntad divina.

Desde ese instante, el cauce del tiempo se dirige hacia el corazón de Jesús, donde encuentra su plenitud. Su Persona atrae el movimiento de la Historia y la proyecta hacia su fin auténtico, el Cielo.

Por eso aún podemos, hoy, alegrarnos como se alegraron los primeros cristianos. La Resurrección de Jesús ha hecho que Él se convierta en una persona siempre contemporánea, actual, que guarda en su corazón la memoria de toda la Historia y que la funda, dándole forma y plenitud. 

Hoy podemos conocerle igual, o mejor, que aquellos que le conocieron entonces, porque el paso del tiempo nos ayuda a meditar y comprender con mayor profundidad nuestra fe. Conforme avanza la Historia, vemos más cerca la meta, el final del camino que inició María cuando dijo fiat mihi secundum Verbum tuum y que recorremos de la mano de Cristo desde el momento en el que nos atrevemos a abrirle nuestro corazón.

miércoles, 1 de abril de 2015

El valor filosófico de la enfermedad


Hay muchas formas de encontrar el sentido de la vida. También muchas de perderlo. Son esas ocasiones o momentos que llegan al corazón, que lo remueven por dentro y hacen que las seguridades o certezas que teníamos hasta ese instante se conviertan en dudas profundas y en interrogantes que no sabemos muy bien cómo resolver. 

El pasado jueves, cuando visité con los alumnos de 1º de Bachillerato un centro de enfermos crónicos, se convirtió en una de esas formas tan asombrosas. 

Algunos alumnos y profesores del Colegio Madre Sacramento fuimos al Cottolengo del Padre Alegre de Valencia. Yo tenía un vago recuerdo del lugar, porque fui de pequeño, creo que cuando comenzaba la E.S.O, y solamente unas pocas imágenes venían a mi recuerdo. Así que la visita fue casi novedosa.

Llegamos cuando comenzaba el mediodía. Nos recibió una de las monjas encargadas. Era menuda, con un pequeño problema de espalda que le impedía mover el cuello con soltura. Nos estuvo explicando las labores del Cottolengo, que recibe enfermos que  no pueden valerse por sí mismos, con deficiencias mentales y, siendo condición indispensable, pobres. En ese Centro, en concreto, atienden a mujeres.

Nos contó algunas anécdotas que nos sorprendieron a todos: cómo viven de la Providencia de Dios, de los donativos que les da la gente por caridad y cómo cada día es un acto de fe junto a los enfermos, que, como nos dijo ella, son un tesoro de Dios y el regalo que ellas tienen para conocer a Cristo.

Después nos enseñó algunos pisos del Cottolengo. Antes de ver a las residentes, nos pidió que entráramos en la Capilla y dijo que ese era el lugar más importante de todos, porque si no fuera por su amor a Dios y a la vida de oración ellas no podrían estar allí ni un momento. 

Tras rezar el Ángelus, recorrimos algunos pasillos, en los que había monjas y voluntarias cuidando de algunas mujeres que vivían allí. Una de ellas era paralítica e iba en una silla de ruedas. Nos contaron que, a base de empeño con los médicos, descubrieron que tenía un poco de movilidad en unos dedos del pie y consiguieron hacerle una silla adaptada para que pudiera moverse por sí misma.

Conforme pasamos los pasillos y habitaciones fuimos conociendo a algunas de las mujeres que viven allí y sus historias. La más joven tiene cuatro años y las mayores ya son ancianas. A todos se nos hizo un nudo en el estómago al ver el cariño y el cuidado que les brindaban las monjas y voluntarias, porque muchas de ellas padecían alguna deficiencia física. 

Cuando ves a enfermos cuidando a enfermos te planteas hasta dónde llega tu fortaleza, cuántas veces te has quejado por nimiedades y has dejado de pensar en los demás, mientras mujeres como las del Cottolengo dedican su vida al servicio del otro a pesar de sus límites físicos, que no son comparables con la grandeza infinita de sus corazones.

De hecho, este lunes, en el Colegio, en la clase de Filosofía, estuvimos compartiendo y comentando nuestra experiencia de la visita. Sin duda alguna, a todos nos llegó al corazón el ejemplo de aquellas mujeres. Incluso uno de los alumnos, uno de esos que son "tíos duros", pasotas en apariencia, reconoció que "le había tocado la patata". 

De los que fuimos, la mayoría eran alumnas. Así que recordaron multitud de detalles de la visita. Todas vieron, por ejemplo, la suerte de gozar de salud y, como yo, vieron que las dificultades que vivimos en nuestra vida cotidiana son minúsculas comparadas con las de las mujeres que viven en el Cottolengo. 

Sobre todo se dieron cuenta de una cosa: cuando das, cuando te das, ganas más de lo que pierdes. Más bien nos preguntamos si se pierde algo, pues todo son ganancias, bienes, cuando tu vida se basa en el servicio a Dios y al prójimo. Comentamos que el mayor beneficio que obtenían las monjas con los enfermos eran las sonrisas que les regalaban y que pudimos contemplar en sus rostros cuando nos recibieron las residentes. Sonrisas que se reflejaban, también, en los labios de las hermanas.

Nos detuvimos comentando que la mayoría de las monjas que ayudaban allí tenían deficiencias físicas. Eso no encajaba dentro del esquema natural al que estamos acostumbrados, en el que es el fuerte quien ayuda al débil en el mejor de los casos. Allí vimos que los débiles ayudaban a los más débiles. Quizá esa sea la clave para salir de la crisis cultural que padecemos... Sin lugar a dudas en las monjas encontramos la viva imagen del Crucificado, que, desde la impotencia de la Cruz, salva el mundo con el don del Amor. 

Comentaron también que uno de los profesores acarició y besó las manos de una de las enfermas y que eso les pareció especialmente tierno. Ello nos dio pie para hablar de la importancia de la ternura, que no está reñida con la fortaleza del varón. Ambas son indispensables para el desarrollo de las virtudes, porque si la ternura no compensa la fortaleza corremos el riesgo de volvernos crueles, fríos, calculadores, distantes... y que ello es una enfermedad que, muchas veces, se convierte en una epidemia en nuestra sociedad.

Concluimos haciendo una reflexión filosófica al respecto. Recordamos esa frase de Platón que dice que la filosofía es una meditación sobre la muerte y dijimos que, quizá, la mejor manera de hacer filosofía sea atender a los enfermos y a los moribundos, pues en esas circunstancias es cuando surgen preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y nuestro destino. 

La enfermedad tiene, pues, valor filosófico, pues nos descubre algo que está oculto a nuestra mirada si no nos detenemos a pensarlo: la fragilidad de la vida humana y la fuerza, casi invencible, de la muerte.