jueves, 30 de junio de 2022

En la cumbre

La veo. 

En la cumbre
ilumina
a las estrellas. 

Su luz, discreta, 
tímida, 
atraviesa el tiempo. 

Es el fin 
de esta noche 
tan oscura, 
tan fría...

Mis lágrimas
saciaron
mi sed.

La memoria 
fue 
mi refugio 
a la intemperie. 

El recuerdo, ahora, 
es polvo,
y el viento borró 
las huellas que me llevaron 
a Ti... 

Lo comprendo.

Ya no hay camino. 
El Cielo basta. 

El silencio es 
la sinfonía del corazón.

Tu ausencia es 
mi esperanza. 

En la cumbre vive
la flor blanca,
la estrella pura...

Eres Tú.

Tu rostro
velado, 
oculto,
me ciega.

Y tu mirada,
suavemente, 
me renueva...

domingo, 26 de junio de 2022

La libertad del Espíritu

Atardecer en el Valle de Amblés, Ávila

Una Luz que refulge en lo profundo del corazón. Una llama que transforma desde el centro de nuestro ser, haciéndonos uno con el Dios Trino. Ésa es la vida del Espíritu: la Vida de Dios donada, devuelta a la criatura en un acto de Misericordia divina. Un acto de pura gracia. Porque Dios, que no carece en modo alguno, puede hacer lo que desea y cuando así lo decide. 

Sobre esa Vida habla Pablo en la Carta a los Gálatas. Dice que la vida de la fe libera de la esclavitud, de la servidumbre. Dios llama a la libertad. Porque ésa es la verdad de la persona: su Patria es el Corazón Trinitario. Quien vive en el Corazón de Dios es libre. Vive como el Hijo. Según el Espíritu. Por eso, «si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis sujetos a la Ley» (Gal 5, 18). 

Cuando el Espíritu obra en la criatura sus frutos son claros: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia... Yo añadiría, si Pablo me lo permite, transparencia. La que permite contemplar a Dios a través del corazón de la persona: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2, 20).

Quizá por eso dice Pablo que «por las obras de la Ley ningún hombre será justificado» (Gal 2, 16). Porque la Ley rige cuando la carne se opone al espíritu: carne y espíritu tienen deseos opuestos entre sí. Una oposición que acaba con Jesucristo. Pero se trata de un estado que aún tenemos que soportar hasta que vuelva: «mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla» (Mt 5, 18).

No obstante, por la fe sabemos que la oposición entre carne y espíritu ha acabado de alguna manera, porque «todo está consumado» (Jn 19, 30). La libertad del Espíritu puede ser vivida ya, en el ahora de Dios«igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57). La Eucaristía es el fin de toda oposición, la Paz verdadera.

Gracias a la fe, se puede decir: «vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe» (Ap 21, 1). Las profundidades del mar, donde no llega la luz, desaparecen. Solamente queda la luz que, sin sombras, permite diferenciarlo todo en la Jerusalén Celeste: la Ciudad de la Libertad, la Patria del Espíritu, donde dice el Padre que «yo seré para él su Dios, y él será para mí hijo» (Ap 21, 7).

lunes, 3 de enero de 2022

El roscón de reyes y el sentido de la vida


Cada vez que se acercan las fechas de Navidad y Año Nuevo me pongo un poco filosófico. No sé muy bien la razón. Quizá sea porque siento que podría haber dado más de mí mismo a los demás durante el año que se acaba o porque quiero ofrecer algo mejor en el siguiente. La cuestión es que a mí el tiempo de Navidad me vuelve nostálgico y algo taciturno en algunos momentos. 

La tarde de ayer fue uno de esos momentos en los que cierta tristeza se apoderó de mí. Esa que es circunspecta y me lleva a observar con más detenimiento las cosas. De repente, comencé a tener una actitud existencialista y me puse a preguntarme por el sentido de la vida mientras andaba por las calles del centro de Valencia. Lo cierto es que, si describiera todos los pensamientos e impresiones que tuve durante mi paseo, probablemente el lector piense que soy un posmoderno más que ha perdido el norte metafísico. Pero he de decir que mi brújula existencial se aclaró con cierta sencillez. No hizo falta que aconteciera ningún claro de bosque heideggeriano ni tuve una epifanía ontológica

Todas mis dudas y mi perplejidad existencial se convirtieron en algo sencillo y luminoso cuando pasé por delante de una pastelería y vi un roscón de Reyes relleno de nata, con su azúcar y sus frutas de colores por encima. Pasé sin detenerme y con rapidez. Tiempo suficiente para que esa imagen transformara mis reflexiones existencialistas en una claridad de pensamiento típicamente tomista. Ese roscón me llevó a pensar algo muy sencillo: el sentido de la vida está en el amor a las cosas buenas

Seguramente haga falta una explicación más compleja del asunto. Sin embargo, ese roscón me impide elaborar un discurso más erudito. Porque la verdad de ese roscón es tan evidente para mí que no necesito explicación ni demostración alguna. Al menos, no la necesité en ese momento ni la necesito ahora. 

Dicen que todo lo bueno es pecado o engorda. Y puede que sea cierto, si no sabes cómo desearlo. Es decir, si desordenas los bienes, pueden convertirse en males, por tornarse inadecuados. Entonces, esto me lleva a pensar que muchas veces, cuando perdemos el sentido de la vida o no lo encontramos, en realidad lo que hemos perdido es el orden de los deseos. En esto de desear hay que meter cabeza para que el deseo no acabe en una especie de frustración o de apatía. 

Por eso, ese roscón me ha llevado a pensar que un correcto orden de amores requiere un arte de vivir esmerado, paciente, concienzudo. Un arte que comienza con una mirada atenta, abierta al asombro, para contemplar el bien que hay en cada cosa por el mero hecho de ser. Algo que también hay que hacer con nosotros mismos: existir es un bien que hay que aprender a disfrutar sencillamente como algo misterioso y como un don. Un misterio que se esclarece cuando nos dejamos interpelar por la belleza de las cosas que nos rodean y que ilumina nuestra mirada.

sábado, 1 de enero de 2022

María y el Rostro de Dios

"El Señor te muestre su rostro". Con estas palabras comenzamos los cristianos el primer día del año. La Palabra revelada nos dice claramente que nuestro Dios tiene un rostro que podremos reconocer y que, ahora, en esta vida, se nos muestra familiar gracias a una criatura que ha permitido la encarnación del Verbo: María, la Madre de Dios, otorga, con su carne, rostro a la Palabra Eterna y hace que sea reconocible para nosotros. 

Se trata de una paradoja preciosa, pues la criatura se convierte en don y regalo para su Creador, Aquel que se lo ha dado todo. Pero ese es uno de los misterios del ser de la persona creada... En su propio don, en su dar-se, la criatura se descubre como imagen de Dios: el ser divino es aquel que es para los otros y que hace que lo pequeño sea importante, por eso se hace invisible o... transparente. Como María.

El primer día del año para los cristianos es un día grande, inmenso, que anuncia el amanecer de la historia y la plenitud de los tiempos. Una plenitud que acontece ya en esa criatura ante la que tembló el Creador y de la que se enamoró desde la eternidad. Podemos pensar que María es aquella criatura de la que Dios se enamoró y que gracias a la belleza de su corazón ha sido posible que el Amor de la Trinidad irrumpa, de nuevo, en la vida de los hombres. 

Creo que Dios debe tener la timidez y el apuro del enamorado que tiembla ante su amada, pues si el Verbo fue incapaz de decir "no" a los deseos de María en las bodas de Caná es porque la Trinidad entera se deshacía ante la ternura de su rostro. Un rostro al que quiso asemejarse el mismo Dios al elegirla como su Madre, su Esposa y su Amor. Un Amor al que María correspondió con el poder de la libertad de la criatura, que no deja de ser del todo paradójico. 

La libertad es tan bella y excelsa, que el mismo creador se siente impotente ante ella, porque hace posible su propio Amor. Ante la libertad de la criatura, el Creador se convierte, por pura misericordia, en necesitado, pues da la posibilidad a la criatura de corresponder a la libertad originaria de Dios. María es, de este modo, imagen y encarnación de la libertad plena de la criatura y de la grandeza de la persona humana. Su belleza es la razón por la que hemos sido salvados...

jueves, 23 de diciembre de 2021

Luz y oscuridad


¿Qué puedo decir de Ti, Dios mío? Te he buscado en todas partes: en la belleza de tus criaturas, en las verdades que han descubierto los filósofos y en las palabras de los poetas... Incluso en la Palabra revelada. Sin embargo, tú para mí eres una llaga que se halla en el fondo de mi corazón. No te encuentro fuera de mí, en los principios que puedo conocer con la razón. 

Estás en el fondo de mí mismo vivamente. Aunque ahora mismo el fuego con el que abrasaste lo más íntimo de mi ser sea un recuerdo de la Belleza invisible de tu vida eterna y verdadera. Para verte basta que cierre los ojos y que atraviese esa llaga que me regalaste, que es la imagen de tu Amor. 

Me has liberado de la ardua tarea de buscarte ascendiendo por la escalera de los seres, que nos priva del fuego eterno de tu vida. Y me concediste esto antes de que emprendiera el camino de la filosofía. Un camino que creo que me ha conducido donde Tú no estás, porque, al final, me lleva fuera de mí mismo. 

Estás dentro de mí. Allí te me mostraste, discreto, cuando no sabía que ibas a hacerlo. E intentando encontrar el camino por el que me condujiste me he dado cuenta de que es un camino que no puedo recorrer por mi propio pie, sino solamente por la sobreabundancia de tu Misericordia. Fue un regalo que me concediste porque quisiste. Decidiste llevarme a tu estancia sin que yo conociera el lugar al que me conducías. Y allí me amaste. 

Pero ahora soy cautivo de ese recuerdo y mi vida, desde entonces, es un girar sobre mí mismo para encontrar las huellas de mis pasos. ¿Pero cómo encontrar esas huellas cuando la llaga que me otorgaste se ha convertido en un abismo sin fondo en el que estoy cayendo desde que me rasgaste el corazón? ¿Estaré errando en mi camino? ¿Acaso es mío?

Siento que la luz de mi inteligencia es incapaz de iluminar el abismo de mi corazón. Es demasiado oscuro, pues, desde que te escondiste, me he perdido en mí mismo y soy incapaz de encontrar la salida de este laberinto. Quizá esta oscuridad forme parte de la verdad que quieres mostrarme: porque eres mi Luz, soy oscuridad para mí mismo. 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Dios, si es Infinito, ¿puede conocerse?


Escribo esto para aclararme. Porque la claridad y la simplicidad son características propias de lo que es primeramente. Voy a acercarme a aquello que es más simple. No porque sea fácil, sino porque carece de partes. Es decir, aquello que es Uno sin composición alguna, como dirían los neoplatónicos como Proclo.

He estado revisando los Elementos de Teología del filósofo neoplatónico tras conversar con un amigo el pasado viernes por la noche. En la oscuridad de la noche salmantina estuve hablando con Adolfo sobre lo mortal, lo inmortal y lo eterno. Y no pude dejar de pensar en la importancia de redescubrir aquellas nociones metafísicas que tanto alimentaron las mentes de los filósofos antiguos y medievales, para quienes la inmortalidad estaba fundada en aquello que no estaba sujeto al cambio: lo inmóvil, que mueve y no es movido. 

Lo que mueve y no es movido carece de todo comienzo y hace que, sin embargo, se dé tal comenzar. Pero el comenzar no es lanzado hacia la indeterminación, sino que está proyectado hacia su Principio, que es lo inmóvil. Porque lo que no es movido es eternamente porque es un Acto Puro. Esto significa que posee su fin sin que le sea dado por otro y que su fin es poseído por él de manera perfecta y acabada. No obstante, el fin poseído no es terminativo, es decir, no concluye su ser, sino que lo mantiene en el mismo, pues su esencia consiste en ello mismo, en ser. En este sentido, se dice que es Infinito, cosa de la que nos ocuparemos aquí para preguntarnos si es así.

El ser que posee su fin sin que le sea dado por otro es un ser que, de suyo, es uno, porque solamente él es verdaderamente por sí mismo y en sí mismo y hace que todo lo demás sea porque está orientado hacia él. Por eso dice Proclo que toda multiplicidad participa de alguna manera de la unidad. Esto es, que todo lo que percibimos en plural, en su multiplicidad, es porque lo que es Uno es por sí mismo.

Y lo múltiple lo captamos porque en nosotros hay algo uno que lo unifica y lo separa. Hay algo en nosotros que nos permite reunir lo disperso y, por ello, nos indica que eso que lo reúne está por encima de lo múltiple. Proclo dice: todo aquello que deviene unidad lo hace por participación de la unidad. Pero lo que unifica, a la vez, es una no-unidad, porque, en cuanto que unifica, no es lo Uno, ya que está compuesto por lo que no es lo mismo que él. 

Estamos dotados de una capacidad de unificación que, por no ser absolutamente simple, no es una unidad perfecta. Puede ir más allá de lo múltiple, pero no puede ser una totalmente, porque está ante lo múltiple que unifica. Nuestra unidad no se da a sí misma tal unidad, sino que viene de lo que es Uno en sí mismo. Sin embargo, nuestra capacidad de unificar nos indica que podemos ir más allá de lo múltiple y volvernos hacia lo Uno. En consecuencia, dice Proclo: todo aquello que tiene la capacidad de volverse hacia sí mismo es incorpóreo. Precisamente porque no se queda en lo meramente percibido, es decir, no nos quedamos solamente en lo que aparece, lo fenoménico, sino que podemos ir a la causa de la captación del fenómeno, a su origen. Podemos subir a un nivel en el que vemos cómo captamos lo múltiple percibido y, por ello, ese nivel es más unitario y, por tanto, superior. Hay algo en nosotros que mueve lo inferior sin que lo inferior le mueva. 

El nivel en el que podemos distinguir lo pensado del pensar es el intelectual. Es posible distinguir el inteligible de lo inteligente. Nos encontramos en la esfera del intelecto. Y la imagen de la esfera nos puede ayudar a ver esto con más claridad. La esfera puede ser por sí misma precisamente porque hay una imagen que, cuando entra en movimiento, le da forma. Se trata de la imagen de la circunferencia, que es forma de todas las formas de la imaginación. 

Cuando la circunferencia, que no está proyectada en el plano y ni en el tiempo, se vuelve sobre sí, proyecta la esfera. Es una actividad primigenia. De esta manera, la circunferencia, como imagen sin tiempo ni espacio, es símbolo del intelecto que mueve sin ser movido, generando las formas que dependen de él. Dice Proclo: todo aquello que procede del algo y hacia ello se vuelve tiene una actividad circular.

Así, como imagen acabada y que no comienza, la circunferencia es forma de todas las imágenes que comienzan, fuente de espacio (tres puntos de la circunferencia hacen el plano más simple) y del tiempo (todo círculo es proyectado en el plano a partir de la imagen ejemplar de la circunferencia). 

El intelecto tiene como imagen simbólica la circunferencia. Por eso, dice Proclo: el Intelecto es para todas las cosas objeto de deseo, todo procede del Intelecto, todo el universo recibe el ser del Intelecto, aun admitiéndose que el universo sea eterno. Y que sea eterno no impide que proceda del Intelecto, pues el hecho de haber sido formado ab eterno no impide que se haya efectuado una conversión. El universo eternamente procede y es eterno por su ser, está en un estado de perpetua conversión y es indisoluble por su propia constitución

Lo que Proclo está diciendo es que todo lo que existe permanece existiendo porque parte y retorna al principio de su ser, que es el Intelecto que lo ordena. Por eso, todo efecto permanece en su causa, procede de ella y se vuelve hacia ella. El Intelecto Universal mantiene en el ser, en cuanto que lo piensa, a todo lo que existe. Podemos decir que "ser es ser pensado por el Intelecto Universal". En consecuencia, se pueden identificar el Ser y el Intelecto. El Intelecto, como Ser, contiene dentro de sí todos los seres en tanto que los piensa y los atrae hacia sí como fin. 

Sin embargo, ¿qué pasa con lo Uno? Resulta que lo Uno está separado del Ser. Más allá. Es más simple que el Ser o el Intelecto. Porque todo aquello que es Ser en sentido verdadero y propio deriva del Límite y de lo Infinito. De esta manera, Proclo pone la potencia como superior al acto, a lo acabado, porque lo infinito es superior a lo limitado. Lo primero, para Proclo, es Infinito, y por tanto, está más allá de todo límite, de todo pensamiento y, por supuesto, de todo pensar. 

Lo Uno está separado del Intelecto, que limita por ocuparse de lo inferior, de lo múltiple inteligido y lo mantiene unitariamente. Por ello, la Unidad trasciende el Intelecto, porque para ser tal Unidad no puede estar mancillada por la pluralidad, porque es simplicísima. 

Este es el punto al que quería llegar, porque considero que es una contradicción radical. Proclo establece un orden intelectual en todos los seres, salvo en el Uno, que carece de ser, porque el Ser y el Intelecto, que se ocupan de lo múltiple, están mancillados por la pluralidad que les priva de la absoluta simplicidad e infinitud. El Ser y el Intelecto no son infinitos porque son limitados por lo finito. En este sentido, la fuerza de lo inferior sobre lo superior pone en claro que lo superior necesita de lo inferior para ser. Por tanto, ¿es realmente superior? Claramente, no. En este sentido, lo inferior es principio de lo superior: lo limitado causa lo ilimitado, lo pensado causa el pensar y el efecto es causa de su causa...

Aquí podemos ver una contradicción metafísica insostenible que un neoplatónico como Proclo soluciona poniendo la Unidad más allá de todo pensamiento. El recurso a lo inefable e infinito es el más fácil y práctico para no destruir la Unidad y dar muerte a lo divino. Pero es un recurso que tiene un precio muy alto: la Unidad está privada de Logos, de Pensamiento, de Inteligencia, que son inferiores a ella. En consecuencia, el Primer Principio de la realidad, el Uno, es incomprensible para sí mismo por ser Infinito y, así, Proclo introduce una imperfección en su seno que le priva de toda entidad, de toda perfección. El Uno es Potencia Infinita, no Acto Puro, y se torna la Imperfección Suma. Porque si el Uno es para sí mismo incomprensible, ¿qué es? Evidentemente, nada. Podemos decir, siguiendo los pensamientos de Proclo, que su metafísica es nihilista porque Dios es la nada por ser Infinito.

Un Dios que carece de Logos es un Dios que ha muerto y que no puede fundar nada. Nada puede depender de Él. Sin Logos, Dios no es absolutamente nada. No obstante, si en el principio era el Logos y el Logos era Dios, las reglas de juego cambian. Ese Dios que puede pensarse a sí mismo en su seno eternamente sin que lo pensando deje de ser Él mismo ni sea inferior a Él, sino que su Pensamiento queda dentro de su Ser, es un Dios que puede hacer que todo sea, porque puede expresarse y ser, verdaderamente, Creador.

martes, 21 de septiembre de 2021

Qué es la pintura

 

Autorretrato, Vincent van Gogh

Voy a hacerme la siguiente pregunta: ¿qué es la pintura? Y lo hago sin querer ser pretencioso. Simplemente lo pregunto como alumno de la Escuela del Palacio de los Serrano, en Ávila. Durante este año, cuando asistía a las clases, no dejaba de preguntarme qué sentido tiene el arte ahora mismo, en un momento en el que las grandes narraciones de la historia de Europa, como el judeocristianismo, el progreso científico o el progreso moral de las sociedades democráticas, están en entredicho.

Parafraseando a Walter Benjamin, ¿qué es la pintura en la era de la reproductividad técnica? Creo que en un mundo digitalizado, en el que la imagen puede ser reproducida a golpe de clic, la labor pictórica tiene más valor que nunca. Precisamente porque no hay nada más digital que la pintura. La pintura pone de manifiesto nuestra habilidad para transformar la materia en lenguaje con nuestras manos y con nuestra mirada.

Con la pintura transformamos algo que carece de significado en una representación de lo invisible. Como dice mi amigo Jaime García Neumann, la pintura nos da la oportunidad de obtener metáforas de lo invisible. Realmente, el papel, el lienzo, la tabla, el carboncillo, los grafitos o los pigmentos… transforman el espíritu en fenómeno, como dirían los filósofos. Lo que parece que está fuera del alcance de nuestra vista se hace visible. Lo íntimo se hace manifiesto y se expresa aquello que permanece oculto incluso para nosotros.

Porque la pintura no es solamente imagen: es símbolo. Lo que simboliza es aquello que reúne y unifica. Es un re-ligare. Por eso el arte es de suyo re-ligioso: es simbolizante. Hace que lo que está oculto sea visto. Lo invisible es desvelado y, así, se produce un símbolo que manifiesta la unidad del misterio de la persona, en la que la materia y el espíritu son unitariamente.

La pintura es una representación de la unidad de todo lo que existe. Hans Urs von Balthasar tiene una obra, una de esas tan preciosas que él escribió, titulada El Todo en el fragmento. Creo que el título expresa lo que quiero decir. De alguna manera, toda pintura es una representación del misterio de la persona que la ha realizado. Porque, sea de un estilo u otro, es una manifestación de su intimidad, un fragmento de su espíritu, que de alguna manera es insondable para nosotros mismos. A fin de cuentas, es un símbolo de su corazón, de su ser personal.

Por eso tiene sentido la pintura. Lo tuvo en el pasado y lo tiene ahora. Lo tendrá siempre. Porque con cada persona se renueva el Universo entero: la mirada de cada uno introduce una novedad en la historia humana que no tiene precedente. Y es que, para quien contempla el mundo por primera vez, todo está por hacer. Esa es la razón por la que el arte, la filosofía y la ciencia siempre tendrán futuro: la libertad personal consiste en no desfuturizarlo.