lunes, 6 de febrero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (III)



Ha llegado el momento –¡por fin!–  de afrontar el tema de la identidad. Después de las anteriores entradas, que trataban sobre la cultura y la verdad, toca tratar la identidad, que es tan importante tanto en la película como en nuestra vida cotidiana.
Siendo sincero, vuelve a intimidarme hablar sobre estas cosas tan cruciales. Quienes me conocen saben que igual no soy la persona más adecuada para hablar de identidad personal, porque incluso a mis veintisiete años adolezco un poco –o bastante– de ella (¿y quién no?). Sin embargo, como no voy a hablar de mí mismo, no tengo motivos para preocuparme. Os voy a destapar mis cartas para que veáis que no voy a hacer ningún truco de prestidigitación filosófica: para hablar de la identidad voy a hablar de Dios. Así ninguno podrá decirme que no le he advertido y que le he vuelto a hablar de lo mismo de siempre. ¡Qué le vamos a hacer! Quienes me conocen saben que siempre recurro a Él para pensar. No soy nada original al respecto. Pero es que cuando uno se encuentra con una realidad insondable es lo que pasa…
Espero ser lo bastante humilde para hablar de Dios. Porque si uno no lo es lo mejor es guardar silencio, ya que, como poco, hará el ridículo al hablar de Él. Me viene a la mente a este respecto la doctrina de Nicolás de Cusa sobre la coincidentia oppositorum, la coincidencia de los opuestos. En ella defiende el Cusano que en Dios lo máximo y lo mínimo coinciden. Cosa que a primera vista parece absurda. No obstante, si uno se para a meditarla con detenimiento no lo es. Por ello nos preguntamos: ¿cómo es posible que los opuestos coincidan? ¿Acaso la naturaleza de los opuestos no consiste precisamente en no coincidir? Efectivamente. Lo propio de los opuestos es oponerse. Pero cabe su coincidencia. Los opuestos coinciden máximamente. Lo máximo y lo mínimo coinciden en cuanto que ambos son máximos. Lo máximo es máximo máximamente y lo mínimo es mínimo máximamente (si lo mínimo no fuera máximamente mínimo, no sería lo mínimo). De esta manera, lo máximo y lo mínimo coinciden como máximos.
Así, espiritualmente, esta doctrina tiene fecundidad, pues quien es humilde máximamente se une a Aquel cuya realidad es inabarcable con la mente y el corazón humanos, que es Dios. Puede que por ello la Virgen fuera capaz adherirse perfectamente a la voluntad de Dios, pues la que se declaró esclava del Señor fue llamada por el ángel llena de gracia. No en vano, María significa la excelsa. En ella los opuestos coinciden sin contradicción. Podemos llamarla, por ello, Madre de Dios.
 Si nos fijamos en Jesucristo nos encontramos esa coincidencia al contemplarlo en la Cruz, pues en su cuerpo llagado se manifiesta la grandeza de su Amor y la bajeza del pecado, que es asumida por Él libremente para convertir nuestra fealdad en una nueva Belleza –su Rostro– que supera nuestra capacidad de raciocinio al cargar con la culpa de los delitos de todos los hombres (el Verbo Encarnado ha acabado con la oposición entre el Creador y la criatura: más que construir un puente entre ambos, ha confirmado que es posible la perfecta unión sin confusión de la naturaleza humana con la divina: la persona humana puede ser divinizada en la Persona del Hijo).
El espanto que produce el escándalo de la Cruz purifica nuestro corazón y lo transforma provocando en él asombro: solamente la voluntad omnipotente del Creador podía hacerse cargo del peso de la culpa de la criatura. Además, lo que más conmueve es ver que la voluntad divina se conjuga con la humana en la Persona de Jesucristo, que actúa también según la naturaleza humana y nos demuestra, como hizo María, que es posible decirle sí a Dios en plenitud a pesar de que el sufrimiento tense hasta el extremo las fibras más íntimas de nuestro ser y parezca que se desgarre como una tela.
Quizá dé la impresión de que nos estamos yendo por los cerros de Úbeda. No es así en modo alguno. Quienes hayan visto Silencio comprenderán que lo que se acaba de decir tiene que ver con la problemática del film. El padre Rodrigues es quien más padece la adolescencia de su identidad personal a causa del sufrimiento que le provoca el silencio de Dios y parece que vacila a la hora de aferrarse a la fe o abandonarla. En este personaje podemos encontrarnos con las dudas que asolaron al hombre moderno durante los siglos XVI y XVII. También al del XXI, por supuesto.
Casi me atrevería a decir que el padre Rodrigues es la representación del sujeto moderno: aquel que busca una certeza sobre sí mismo que le permita estar en posesión de lo indudable. Es decir, parece que busque, como Descartes, aquel punto fijo desde el cual deducir todo su sistema de creencias: el famoso cogito. No es casualidad que Descartes cursara sus estudios con los jesuitas en La Flèche. Por eso, este personaje de Silencio me parece un poco forzado, porque hay que ser muy kamikaze (nunca mejor dicho) para irse a Japón a evangelizar dudando sobre la propia creencia religiosa para ver si encuentras en ella algo indudable: con estos presupuestos eres el candidato número uno para ser el misionero apóstata del año. Si se suma a su duda que su maestro intelectual y espiritual puede haber abandonado su enseñanza, tenemos al sujeto moderno servido en bandeja de plata, pues ha perdido todo punto de referencia externo a él y tiene que buscarlo desesperadamente en algún sitio, ya sea fuera o dentro de sí: la ausencia de maestros es una de las condecoraciones que los modernos se atribuyen. 
Con todo, estaría siendo simplista si redujera las preocupaciones del padre Rodrigues a la duda cartesiana. Ahora bien, insisto en que es un personaje un poco forzado por ser excesivamente moderno o posmoderno. Lo cual en sí mismo no es malo, sino contemporáneo y puede que anacrónico, pues no es fiel a la Historia, sino que es una ficción histórica en la que se plasman las inquietudes culturales de nuestro presente histórico o la existencia particular del director del film, como dice Monseñor Munilla en su crítica. Es cierto que todo artista representa algo de sí mismo o deja un pedacito de sí en sus creaciones, pero quizá –y repito, quizá– no haya una intencionalidad maliciosa por parte de Scorsese al mostrar el tormento espiritual del padre Rodrigues y pueda ser tenido en cuenta para reflexionar sobre el tipo de espiritualidad que están viviendo los fieles. Tal vez sea responsabilidad de los creyentes el hecho de que la imagen de Dios en nuestro tiempo sea, entre otras, tormentosa y que ese silencio divino sea fruto de nuestra incoherencia cristiana y no una decisión del Creador. Además, en nuestra cultura se fomenta demasiado la dispersión interior que provoca la mera experiencia sensible. Estamos excesivamente atentos a los estímulos externos y a la emotividad fácil de la vivencia colectiva y no somos capaces de dejar que las aguas de nuestro corazón estén en calma para que pueda reflejarse la imagen de Dios en ellas. Razón suficiente para que la experiencia de la creencia religiosa sea tormentosa, porque sin relación íntima con el Creador en la oración no veo posible la unidad de la vida cristiana y el testimonio de fe se convierte en flatus vocis, palabras vacías.  
Volviendo al padre Rodrigues como representación del sujeto moderno, puede que lo que más le atormente sea la pretensión de sí mismo que guía la búsqueda filosófica y cultural de la Modernidad. Pretensión que acaba frustrada y que se manifiesta en la desesperación y en el absurdo que caracteriza la cultura posmoderna. Asunto muy amplio que daría para escribir otra entrada. Pero creo que sería alargar demasiado las cosas…
Ahora vamos a detenernos en la conversación entre Poncio Pilato y Jesús de Nazaret y preguntarnos su relación con Silencio, tal como dije al concluir la anterior entrada.
El diálogo entre Jesús y Pilato creo que es clave para entender que la fe cristiana es un problema político. Dejando a un lado el proceso fraudulento contra Jesús, que es sentenciado dos veces por el mismo delito y sin esclarecimiento de la veracidad de las acusaciones, si nos fijamos en las palabras que le dirige al prefecto romano podemos percibir la tensión filosófica que había entre ambos. Es como si Maquiavelo hablara cara a cara con Dios debatiendo sobre el poder político. Lo más sorprendente es que Jesús parece un idiota o alguien al que hay que temer, pues dice: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36).
¿Por qué parece idiota? La respuesta, a mi entender, es evidente: un hombre que cuyo reino no está situado en el mundo común de todos los hombres no tiene, de hecho, poder alguno. Ese hombre no es temible. Si, además, a pesar de ello, se atreve a seguir llamándose rey, solamente puede provocar en nosotros una carcajada como la de los legionarios romanos que posteriormente maltratan a Jesús. Pero el asunto no es tan sencillo. Un estratega como Pilato sabe que una idiotez puede convertirse en algo indomable, sobre todo tratándose de un prisionero judío. Roma tenía poder para conquistar territorios y someter a los pueblos. No obstante, parece que a Jesús no puede conquistarlo. Por eso intenta recurrir al escepticismo para ver si el prisionero abandona su postura y le pregunta: «¿O sea, que tú eres Rey?» (Jn 18, 37). Si nos fijamos, la pregunta es muy inteligente. Porque solamente alguien que tiene realmente poder puede poner en duda la potestad política de alguien que se la adjudica. A pesar de ello, hay algo que desarma a Pilato cuando Jesús dice: «Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
En las palabras de Jesús hay algo que trasciende la fuerza militar de Roma. Pilato es consciente de ello y su pragmatismo político solamente le permite preguntar: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Lo hace como si su escepticismo fuera a librarle de la duda que ha cubierto su entendimiento al escuchar a Jesús. La verdad era un problema para Roma. Solamente el relativismo cultural podía concederle ventaja sobre los demás pueblos, pues lo que hizo grande a Roma fue su superioridad técnica y jurídica para solucionar problemas, no su capacidad para dar sentido a la vida de los ciudadanos del Imperio. Roma podía satisfacer los placeres carnales, no los deseos profundos del alma. Solamente el escepticismo hedonista que ofrecía podía acallarlos. La pregunta de Pilato está armada con todo el poder orgiástico de Roma. Por eso solamente puede intentar hacer cambiar de postura a Jesús condenándolo a la flagelación. Pues el convencimiento del preso puede ceder ante el dolor de su cuerpo magullado.
El proyecto cultural de Roma era grandioso. Ella buscaba lo común a todos los hombres: la muerte y el placer. Con ello Augusto logró acallar la autoridad del Senado romano y unificó el poder religioso-político en su persona. Él era el dominus y pontifex, señor y pontífice de Roma. Gracias al dominio de Augusto se logró la pax romana, símbolo de la victoria cultural de Roma, pues con ella unificaba lo que era diverso. El emperador representaba la unidad de la Naturaleza y del hombre. Roma se convertía así en la Urbe y en el Orbe. Desde entonces Roma es el paradigma de todo imperio político.
A pesar de ello, la verdad de la que habla Jesús fue un problema insoluble para el Imperio. ¿Qué poder podía tener Roma sobre aquellos que creían en la resurrección? ¿Qué hacer con quienes habían convertido aquello que representaba el terror de su poderío, la cruz, en el símbolo de su Dios, en el camino hacia el Reino de los Cielos? Visto con lentes ideológicas, puede representarse a Jesús como un libertador político. Pero es mucho más, esa visión es muy pobre. Porque Jesús hizo algo de más calado. El camino recorrido en su pasión, muerte y resurrección abrió una posibilidad vetada a Roma: Jesús atravesó la oscuridad de la muerte y dio credibilidad a su promesa de vida eterna. La muerte de Jesús y la vida nueva prometida no fueron una simple ficción de un rito de iniciación en algún conocimiento oculto reservado a unos pocos elegidos. Su muerte y su resurrección permitieron a todos los hombres tener una nueva esperanza más allá de esta vida, un conocimiento a través de la fe de la paz definitiva y auténtica, de la reconciliación verdadera del hombre consigo mismo y con Dios. La paz que ofrece Jesucristo enraíza en lo más profundo del corazón humano y hace que las “paces” que pueda construir el ser humano con su ingenio pierdan valor si no están basadas en ella. Pues como dice Erik Peterson: “la paz que busca el cristiano es una paz que no garantiza ningún césar, porque esa paz es un don de Aquel que está «sobre toda razón»”.
Por eso la fe en Jesucristo es un problema político y Pilato no lo ignoraba, de igual manera que tampoco lo ignoraban las autoridades japonesas cuando llegaron los misioneros europeos a sus tierras anunciando la nueva fe. Y es que ¿a qué altura queda el poder humano cuando se manifiesta el poder divino, que es señor auténtico de la vida y de la muerte? El silencio de Jesús ante Pilato invade su corazón con más fuerza que su escepticismo. A razón de ello, le pregunta: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para soltarte o potestad para crucificarte?» (Jn 19, 10). Pregunta con la que el prefecto manifiesta la vulnerabilidad de su poder, porque realmente el dominado de Augusto no tiene poder sobre la vida humana: puede quitarla mas no devolverla. Además, Jesús tiene autoridad suficiente para contestarle: «No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto» (Jn 19, 11).
El judeocristianismo desmantela el afán humano de someterlo todo y declararse un dios. La conciencia de la existencia del Creador y su aceptación es lo que libera al ser humano de pretender tomar las riendas de la Historia de manera absoluta y de construir un mundo a su medida, pues Aquel que ha puesto auténtica medida al Cosmos y al hombre es Dios: el signo inequívoco de ese poder de Dios es la Redención llevada a cabo por Jesucristo. El Resucitado manifiesta la omnipotencia divina con la claridad propia del verdadero amanecer de la Historia. Ante la magnitud de tal hazaña todas las utopías humanas quedan reducidas a la nada.
La identidad que otorga Jesucristo a aquellos que creen en su Persona es más radical que aquella que puede adquirirse dentro de cualquier sistema político. La política humana no puede perpetuarse más allá del tiempo. Antes bien, sucumbe al mismo: las ruinas del Imperio romano sirvieron para decorar las nuevas Iglesias para rendir culto al Dios que prepara el tiempo definitivo de la vida eterna. El Resucitado ha abierto el espacio de la metahistoria y permite adquirir, así, una identidad escatológica. Una identidad que está más allá del tiempo histórico y que no quedará reducida a una lápida funeraria. En la mirada de Cristo se refleja la identidad verdadera de nuestro ser y en su memoria eterna se guarda la palabra definitiva que manifiesta la esencia de nuestro nombre.
El Resucitado ha demostrado la veracidad de su sacerdocio y ha desmontado el sistema sacrificial de toda religión humana. Él ha realizado el auténtico sacrificio. El sacrum facere, el hacer sagrado que significa la palabra sacrificio, se manifiesta en la Resurrección, pues Jesús es la víctima agradable a Dios que restaura de nuevo y paga toda deuda con la divinidad. Así se logra, de manera definitiva, la separación entre política y religión y se libera a las autoridades políticas de la tentación de declararse iguales a Dios.
El asunto no ha perdido actualidad. Después de más de dos mil años aún se buscan símbolos que sustituyan el symbolum fidei del Credo cristiano y que hagan creer al ser humano que puede declararse dios y desarrollar un plan de salvación al margen del Creador. El problema es que cuando se llevan a cabo esos planes no basta con una víctima sacrificial y las cifras de los muertos ascienden hasta el nivel del genocidio, adquiriendo la categoría de crimen contra la humanidad.
En mi opinión, este problema está presente en el film de Scorsese. Puede que no sea el eje del argumento, pero es claro que no es baladí. Asimismo, creo que la radicalidad de la experiencia de la fe y la identidad escatológica que proporciona no se perciben en el personaje del padre Rodrigues ni en los mártires japoneses. Y creo que ello se debe a la superficialidad espiritual de la cultura moderna, que ha olvidado cuán hondo pueden penetrar aquellas razones del corazón que la razón no entiende, como expresó Pascal. Quizá haya que recuperar la sabiduría del corazón para comprender el misterio de la fe y tener experiencia de ese Dios que es Padre y cuyos silencios son un don y no un tormento. Pero claro, confiar en las promesas divinas no es fácil y atreverse a hacerse pequeño es demasiado costoso. Habrá que caer en tierra y morir como un grano de mostaza… Así experimentaremos cómo lo máximo y lo mínimo coinciden, tal como decía Nicolás de Cusa. Estoy convencido de que para emprender este camino hay que aprender a ser como María

martes, 24 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (II)



Seguimos nuestra reflexión a partir de los problemas a los que se enfrentan los padres jesuitas en Silencio. La semana pasada concluimos dejando pendiente la cuestión de la verdad. Antes de empezar tengo que decir algo bien claro: ¡qué temor me infunde hablar de ella! Durante los últimos días me he parado a reflexionar sobre el asunto y me he dicho: “Rafa, ¿te das cuenta de lo arriesgado que es hablar de la verdad? ¿Acaso la conoces lo suficiente como para decir «la verdad es esto»?”. A decir verdad, tengo que contestarme diciendo que la ignoro. ¡No conozco la verdad! ¡No la poseo! Así que no esperéis que mi dedo índice os indique dónde está ni qué es.

No obstante, no voy a engañaros: la verdad es un asunto que me preocupa. ¡Por algo he estudiado filosofía! Si no estuviera buscándola no habría dedicado cuatro años de mi vida a sacar un título universitario que me ayude a satisfacer esa curiosidad que inquieta mi corazón con tanta insistencia. Así que tengo que decir que me parece absurdo amar algo que no existe. Como me parece absurdo y la vida es muy corta para dedicarla a cosas absurdas, ¿voy a dedicarme a amar algo absurdo? ¡De ninguna manera!

No sé si habéis leído a Nicolás de Cusa. Es un filósofo divertidísimo y profundo. Escribió un texto titulado Diálogo sobre el Dios escondido. En él dos hombres hablan sobre el conocimiento de Dios. La escena comienza con un momento enternecedor: un pagano encuentra a un cristiano de rodillas. El pagano observa que unas lágrimas de gozo surcan el rostro del cristiano. Entonces, le pregunta qué está haciendo. El cristiano le responde que adora. Al preguntarle de nuevo el motivo por el que está adorando, el cristiano le dice: “porque ignoro”.

¡Qué respuesta tan brillante! Cuando leí las palabras del cristiano en el diálogo me emocioné. Pensé en todas las veces que había enfocado el conocimiento como un logro propio y cómo eso te lleva a la arrogancia y la soberbia. En cambio, la actitud del cristiano es diferente: porque conoce sabe que ignora y su saberse ignorante le permite ser humilde y ponerse de rodillas. Esta actitud es muy diferente de la de aquellos que entienden que el conocimiento es dominio y transformación del mundo. Aquella que dice que el hombre es la medida de todas las cosas, como hemos visto al hablar de la cultura.

El conocimiento puede verse de dos maneras, entonces. Podemos hablar de ese conocimiento que dice: “conocer es poder”. Y también podemos expresarlo así: “conocer es adorar o amar”.

Como se puede intuir, me inclino más por la segunda manera de entender el conocimiento. Mi propia experiencia personal me lleva a verlo así. Para mí la filosofía es aprender a ponerse de rodillas. Creo que es una manera muy adecuada para encaminarse hacia la verdad.  Te permite abrirte a ese espacio en el que puedes ser interpelado por ella. Pues la verdad es tímida y delicada, silenciosa, y cuando buscas dominarla con tus palabras se escapa, dejando en tu corazón una desazón. En cambio, si te haces un poco niño, si dejas que su resplandor brille en tus pupilas, las palabras para expresarla acarician tus oídos y puedes, con sutilidad, decir algo sobre ella hasta donde te permite. Pero para percibir ese resplandor suave que no hiere la pupila hay que dejar que te ciegue y que solamente el amor a la verdad ocupe tu corazón, porque es una amante celosa y no muestra su belleza a aquellos que no se vacían por completo de los deseos que te conducen a cosas que no son ella misma…

¿Se comprende, entonces, por qué la verdad me enamora? ¡Ay! ¡Pero no escribo esto para hablar de mí mismo, sino para hablar de ella! Disculpadme si me he desviado demasiado del asunto que nos ocupa ahora, pero es que uno se sube a su nube y se despista…

No voy  a ocultar mis intenciones. Quiero llevaros hacia donde creo que la verdad se encuentra, si es que podemos decir que está en algún sitio… He estado pensando en los diferentes modos de orientarse hacia ella. Se me han ocurrido tres sentidos para expresar la verdad. No espero que os satisfagan por completo ni pretendo lograr agotarla. Pero, si me permitís, os escribo cuáles he pensado: uno, el horizontal; otro, el vertical; el último, el nuclear. El primer sentido de la verdad es aquel que entiende la verdad como aquella expresión que es fiel a lo que percibimos en el mundo. Es decir, es ese sentido tan aristotélico que la entiende como la adecuación del intelecto y la cosa. Así somos fieles al lenguaje y lo entendemos como expresión y comunión de nuestro intelecto y el mundo conocido. Alguno dirá que es una manera ingenua de pensar las cosas, pero es que para ser filósofo hay que ser un poco niño… El sentido horizontal de la verdad permite entender la cultura como aquello que hace inteligible el mundo, es decir, que permite leer dentro (intus legere) del mundo, incluso de la Naturaleza, y penetrarlo, sacando a la luz la esencia de las cosas. Esta experiencia de la verdad es manifestativa.

A partir de lo horizontal, es posible advertir lo vertical, que nos conduce a aquello que es más allá del conocimiento de la esencia de las cosas. En el sentido vertical de la verdad se trasciende el conocimiento y se advierte lo que está por encima de él: los primeros principios de la realidad, aquellos que tradicionalmente se han conocido como metafísicos. Pero para llegar a ese nivel hay que desaferrarse de la seguridad que ofrece el conocimiento no metafísico y olvidarse de uno mismo. Hay quien lo define como un acto de generosidad, pues aceptar los primeros principios supone hacer una reverencia intelectual y disponerse a estar abierto a ellos. Creo que este sentido de la verdad es muy importante tenerlo en cuenta para analizar el problema de las culturas en Silencio, porque cuando vi cómo los padres jesuitas debatían sobre la manera que tienen los japoneses de entender la divinidad me di cuenta de que quizá el problema de fondo no era religioso, sino filosófico: en Japón no había Metafísica, sino, a mi entender, filosofía de la Naturaleza y, por tanto, no tenían, efectivamente, un conocimiento intelectual de Dios como se daba en la tradición filosófica de Europa. Por ejemplo, cuando Tomás de Aquino elabora sus cinco vías metafísicas para la demostración de la existencia de Dios insiste en decir que en Metafísica se lo demuestra como principio y al concluir la argumentación de cada una dice: “y a esto llamamos Dios”. Es decir, que no confunde el acceso a Dios como principio desde la razón filosófica con la experiencia de Dios desde la fe. No es casual que el jesuita en el que está inspirado el padre Ferreira se empeñara, a pesar de haber apostatado, en explicar la ley natural a los japoneses en su propio lenguaje. Quizá sea cierto que evangelizara en secreto y con astucia…

La generosidad nos otorga una ganancia. Se hace posible alcanzar el sentido nuclear de la verdad. Este sentido es el que tiene que ver con nosotros mismos, con lo que nos es más íntimo. Aquel que responde a las preguntas profundas de nuestro corazón. Aquí no nos ocupamos del mundo ni de los primeros principios, sino de aquello que interpela nuestro ser y nos hace preguntarnos quiénes somos. En el núcleo de nuestro ser se acompasan las inquietudes filosóficas y la fe. Es decir, aquí el Dios que se conoce como Origen de nuestro ser se escucha como Palabra. La verdad, pues, tiene que ver con nosotros. En vez de ser expresada, se expresa. En vez de conocer, somos conocidos. Esto es posible, precisamente, porque la verdad es una persona y no una mera idea. Por ello, la aceptación de esta verdad es a su vez una donación de nosotros mismos, pues nos entregamos a esa verdad que convoca nuestra libertad más allá de los planes que podíamos haber hecho antes de encontrarla. Esta verdad, que es más alta que la vertical porque es más profunda, nos da la oportunidad de destinarnos y de entregarnos. Porque aquí aceptar es darse y esta dación de uno mismo transforma nuestro ser en auténtico amor capaz incluso de llegar a la muerte, al martirio. ¿Cómo? Porque nos han amado primero (Jn 4, 19). Es una experiencia radical de conocimiento y de amor que se nos da habiéndola buscado y esperado, pero sin que pudiéramos preverla. Es así de novedosa. ¡Nunca te permite aburrirte!

Ahora es cuando podría decirme alguien: “¡Te equivocas, Rafa! ¿Cómo que no aburre? ¿Cómo te atreves a decir eso si precisamente estamos tratando la cuestión del silencio de Dios? ¿No es ese el problema del film? ¿No es nuestro problema? ¿Qué puedes contestar a esto?”.

Desde luego, quien me preguntara esto me pondría en un aprieto. De todas formas, voy a intentar responderle. Efectivamente, Dios guarda silencio. Esta experiencia puede quitarnos la paz y llevarnos a pensar que esa experiencia liberadora y gozosa del Creador era un sueño o una ilusión. No obstante, no nos engañemos: las afecciones que deja en el alma la experiencia de Dios son más intensas y se imprimen en la memoria con más fuerza que cualquier experiencia terrena. Esas afecciones resuenan en nuestro interior aun cuando parece que han desaparecido y solamente queda el ruido del mundo exterior. Pero no es así en modo alguno. Esa afección deja un hueco o una herida dulce en el alma que purga nuestro corazón en los momentos de silencio o soledad y tiene un sentido. Es un plan de Dios en nuestra vida. Porque ¿no es cierto que Dios nos lleva al desierto para probar nuestra fe? Y en el desierto ¿no dudan hasta los elegidos de Dios? Sin embargo, no podemos esquivar al Creador cuando tiene planes para nosotros. Y sabemos que, después de la Encarnación del Verbo, los tiene para todas las personas sin excepción. Incluso para nuestra sociedad posmoderna. Puede que el martirio de los cristianos japoneses y el tormento de los padres jesuitas en el siglo XVII den frutos ahora, en pleno siglo XXI. No somos quiénes para juzgar los silencios de Dios…

Por eso, en el silencio de Dios debemos recordar las palabras de San Pablo, que nos decía que no debíamos ser niños en el uso de la razón (Cor 14, 20). Al cristiano se le exige ser razonable. Es decir, que debe esforzarse en comprender e inteligir la voluntad divina, incluso cuando esta parece haberse ausentado. El mismo San Juan de la Cruz, que es maestro de vida espiritual y de seguimiento de Dios en la oscuridad de la fe, dice: “más agrada a Dios el alma que con sequedad y trabajo se sujeta a lo que  es razón, que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas por consolación”.

¡Qué perdidos estamos si solamente seguimos a Cristo por consuelo sentimental! ¿Qué pasa, entonces, cuando nos pide ser pequeños cirineos y cargar con la Cruz? Como decía, creo que el silencio de Dios nos fortalece, nos prueba y nos obliga a ejercitar nuestras virtudes, sobre todo nuestra paciencia, nuestra humildad y nuestra prudencia para que el amor que le demos a Dios y a los demás sea sereno y maduro, no fruto de un arrebato o de una chispa que se apaga rápido como una cerilla.

¿Cuál es, pues, el principal fruto del silencio de Dios? Creo que es la libertad. Así buscamos y aceptamos la verdad divina con madurez. La verdad, por ello, es para el cristiano una invitación a la calma y a la contemplación. Nos obliga a ejercitar nuestra inteligencia y a estar abiertos a aquello que no podemos dominar, que, a fin de cuentas, es el mismo Dios. Nos permite comprender Quién es el Creador y nos aceptamos como criaturas, cosa nada fácil… De esta manera, la verdad nos aleja del fanatismo político o del religioso y nos libera de la irracionalidad de las utopías o del nihilismo. Gracias a ella tenemos noticia de algo que es valioso y elevado en sí mismo. Ese valor que no es cuantificable y que está por encima de aquella concepción de la razón que reduce el conocimiento a lo meramente cuantitativo y, por ser intangible, libera a la voluntad de creerse dueña, capaz de tiranizar aquello que no es ella misma.

Entonces, la verdad es la condición de posibilidad de la libertad, pues al ser aceptada la eleva al ámbito donde no puede ser sometida por el poderío de los tiranos ni por el precio de los corruptos: la verdad es el baluarte de la libertad humana. Por eso preocupa tanto a aquellos políticos que buscan sedar nuestra voluntad, porque una persona libre, que vive en un plano que no es manejable por las artimañas del poder, es un problema político. Algo que podemos ver perfectamente en el film de Scorsese… No es casual que la pregunta que dirigió Poncio Pilato a Jesús de Nazaret fuera esta: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

Como se ve, el asunto da de sí. Siento haberme extendido tanto, pero creo que el tema lo merecía. He decidido cortar por lo sano la reflexión para que quede en la imaginación la escena de Pilato y Jesús. A partir de ella creo que voy a sacar a la luz el tema de la identidad, que es tan importante en Silencio. Si has llegado otra vez hasta aquí, agradezco, de nuevo, tu paciencia. Espero que nos encontremos en la próxima entrada.

¡Hasta la próxima lectura!

domingo, 15 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (I)



La semana pasada publiqué una entrada comentando algunas consideraciones sobre el último film de Martin Scorsese, Silencio. Dije que recomendaba que se viera porque te ayudaba a cuestionarte cosas sobre la fe cristiana y que era muy provechosa para el debate. Es decir, que en el film se plantean algunas aporías antropológicas que invitan a la reflexión, a profundizar en lo que sabemos y no sabemos.
Esa es la razón por la que me pareció muy fructífera, porque despierta nuestra inteligencia cristiana para solucionar los problemas culturales de nuestro tiempo. Digo que son de “nuestro tiempo” porque creo que de hecho lo son. Las dudas sobre las culturas que se plantean los padres jesuitas en el film me parecen demasiado contemporáneas, demasiado posmodernas. No me imagino a un jesuita atravesando el Océano Pacífico en el siglo XVII y reflexionando sobre la tolerancia de las diferencias culturales mientras arriesga su vida en nombre de Jesucristo. Me parece, más bien, la actitud de un misionero en el siglo XX o XXI. O, puede, la de un teólogo sentado en el sillón del despacho de su facultad en alguna capital europea.
Sin embargo, sean o no reflexiones de una persona curtida por la dureza de su acción misionera o de un intelectual acomodado en Europa, no se puede negar que el problema del relativismo cultural no es ajeno a nuestras vidas. En nuestro día a día nos encontramos con preguntas parecidas a las que se hacen los padres jesuitas en Silencio y también experimentamos la ausencia de Dios en muchos momentos. Lo cual puede llevarnos a identificarnos con ellos y con su sufrimiento. Pues ¿no nos invita una y otra vez nuestra cultura, con su superficialidad y con su frivolidad, a negar a Dios, a hacer una apostasía callada, y a sumarnos a ese relativismo que niega la existencia de la verdad, a fin de cuentas, que niega que Jesucristo sea la Verdad? Yo diría que sí.
Por eso me he decidido a escribir esta entrada y tratar algunos puntos que creo importantes: la cuestión de la cultura, la de la verdad y la de la identidad personal. Tratamiento que será insuficiente, porque no creo que se puedan resolver estas aporías en profundidad con la entrada de un blog. Así que me disculpo de antemano por si mis razonamientos son demasiado burdos.
Una de las dudas que más inquietud suscita la película es la de la comunicabilidad entre las culturas. Parece que sea imposible trasmitir el conocimiento de Dios propio de la fe cristiana de los españoles y portugueses a los japoneses por las diferencias lingüísticas, sociales y políticas. La duda es muy interesante, pues forma parte de la historia cultural de Europa. Si nos trasladamos a la Atenas del siglo V a.C. podemos encontrarnos a Sócrates debatiendo con los sofistas los problemas de la relatividad de las culturas. El hombre más sabio de Grecia también se preocupó por averiguar si era posible conocer la verdad en un mundo empapado por diferentes culturas.
El sofista Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, es decir, que con su cultura medía el mundo que le rodeaba y que él creaba. Lo que podía llevar a la conclusión de que el hombre, con su cultura, podía llegar a medirse a sí mismo, a definirse a voluntad, negando la existencia de una realidad humana que anteceda a la producción cultural del ser humano. Por su parte, Gorgias, también sofista, afirmaba, entre otras cosas, que el lenguaje no manifestaba la esencia de lo que se conoce, es decir, que las palabras no traen a la luz la verdad de aquello que conocemos, porque aunque fuera posible conocer el ser de las cosas, no podría comunicarse.
La afirmación de Gorgias no deja de ser problemática, pues atenta contra la misma esencia del lenguaje. Parece como si el lenguaje, que nace con la intención de manifestar el mundo, oculte la realidad con las palabras. Algo así como si se afirmara que el lenguaje expresa que no puede expresarse o que expresa que no expresa nada ajeno a él. Una contradicción que manifiesta el absurdo de tal postura. Si el lenguaje creara el mundo al que se refiere, él mismo no sería necesario.
La intención de verdad y de realidad extrínseca al lenguaje mismo es su esencia manifiesta. Si el lenguaje fuera autorreferente, ¿qué sentido tiene que exista? Ninguno. Así, si el conocimiento humano resultara del lenguaje, no habría lenguaje. ¿Para qué? ¿Cómo va a empezar una palabra, siquiera una letra, si no hay nada que expresar? No he visto a ningún niño diciéndole a su padre cómo hay que comenzar a hablar. Si se afirma que el conocimiento es resultado del lenguaje se afirma que el progreso científico es imposible: aún continuaríamos en las cavernas, pues continuaríamos encerrados en los supuestos lingüísticos previos al conocimiento científico. Casi me atrevería a decir que el relativismo es el enemigo número uno del progreso…
Si realmente estuviéramos sumergidos en el lenguaje y la cultura de tal modo que no pudiéramos salir a la superficie por encima de ellos, ¿seríamos capaces de establecer la diferencia entre las culturas? ¿Podríamos ver la riqueza de cada una y comprender por qué somos diferentes? En el film hay una conversación que versa precisamente sobre este asunto. Pues se ponen de manifiesto las diferencias del concepto de Dios en el cristianismo y en la cultura japonesa. Lo divino en Japón no trasciende la realidad de la Naturaleza. Es la Naturaleza misma, mientras que el Dios cristiano trasciende la realidad del mundo natural y la nuestra. Al establecer esa diferencia ¿no se manifiesta la comprensión de las dos culturas? ¿Es tan radical la realidad de la cultura y del lenguaje que es imposible ver más allá de ellos? Parece que no.
A decir verdad, el relativismo radical hace imposible la tolerancia de aquello que difiere de nuestra cultura, pues es visto como algo irreconocible, extranjero, monstruoso. Si no podemos conocer más allá de nuestro lenguaje y los extranjeros tampoco, solamente queda una palabra para aquel que no es o habla como nosotros: es el bárbaro o enemigo. A ese enemigo solamente queda someterlo con la fuerza y la violencia, pues es el único lenguaje que puede entender, tal y como defiende Calicles, el discípulo de Gorgias, en uno de los diálogos de Platón.
El discípulo del sofista entiende que la razón del Derecho es la fuerza, el sometimiento, pues no cabe establecer la ley política desde el razonamiento y la comprensión, sino con la conquista. Pero si esto es así, ¿podemos hablar de ley alguna? ¿No es esta una defensa clara de la ley del más fuerte? Si solamente tenemos la fuerza, ¿podemos hablar de Derecho? Precisamente los Derechos Humanos permiten a las minorías defenderse de la fuerza de la mayoría y al individuo del poder del Estado. Si no hubiera algo superior a la fuerza y que trascendiera la cultura, sería imposible hablar de Derecho, a mi modo de ver. Y eso que trasciende la cultura y la fuerza es el mismo ser de cada persona, el cual decimos que es digno y, por tanto, merece respeto y puede exigir al Estado no ser sometido. ¿Podríamos haber llegado a esa conclusión en Europa, que es la cuna de los Derechos Humanos, si el lenguaje estuviera encerrado en su propia lógica y no atendiera a lo que es externo a él? Solamente podemos ver la dignidad de la persona si es posible conocer la irreductibilidad de su ser, cosa incomprensible si se establece que el hombre es medida de todas las cosas, pues es capaz de medir incluso al hombre y definirlo como una cosa. ¡Y cuando digo hombre me refiero tanto a la mujer como al varón!
Si el ser humano quedara encerrado en su cultura, nunca podríamos juzgar las acciones de los hombres. Los crímenes cometidos en los campos de concentración nazis habrían sido una mera anécdota histórica relativa a un régimen político que se atrevió a pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, incluso del ser humano, y actuar en consecuencia. No nos invadiría el horror al contemplar las imágenes de otros seres humanos tratados con una brutalidad miserable.
La radicalidad del relativismo cultural, por tanto, nos lleva a concluir que no hay nada digno, ni siquiera el ser humano, pues si el valor de la vida humana depende de las circunstancias de cada contexto cultural, no podemos inmiscuirnos en los asuntos morales o jurídicos de cada cultura. Por tanto, aceptamos la barbarie como situación propia de las culturas y establecemos la ley del más fuerte como configuración necesaria de las relaciones entre los hombres (pues incluso para el pacto o consenso social hace falta un Estado lo suficientemente fuerte que nos intimide y nos obligue a pactar).
De todas formas, a pesar de que el relativismo nos lleve a situaciones morales complejas, no deja de ser un hecho ahora mismo y en el siglo V a.C. Igual que lo fue en los comienzos del cristianismo. Sin embargo, ¿es un problema insoluble para un cristiano? ¿Cómo se puede abordar esta cuestión desde la fe? En primer lugar, atendiendo a la realidad divina. Si el Ser de Dios es producto de nuestro lenguaje, solamente queda sentarse en la mesa del relativismo y compartir, en la medida de lo posible, nuestras palabras sobre lo divino para ponerlas en común para hacer un poco de arqueología cultural. Pero creo que esa no es la experiencia ni del judío ni del cristiano. El Dios al que se refieren ambos no es un Dios que ha manifestado el hombre con sus palabras, sino que Él mismo ha tomado la iniciativa y se ha servido del lenguaje humano para revelarse. Es decir, en la conciencia judeocristiana está presente la realidad divina como algo que no depende de sus obras ni de su producción cultural, sino que Dios es el Creador del hombre y no al revés. El Ser de Dios antecede toda producción humana, toda cultura. En segundo lugar, en la conciencia cristiana, además, está presente el mandato de Jesús de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio. El cristiano sabe que es posible superar las limitaciones de la cultura, pues a la Palabra Creadora no se le escapa el significado de ninguna palabra humana y puede acceder a la realidad que guardan todas las lenguas, realidad de la que no es dueña la criatura, sino el Creador, porque es el Señor. De ahí que los Apóstoles recibieran en Pentecostés el don de lenguas y pudieran ser entendidos por gentes de diferentes pueblos. Señal inequívoca de que la comprensión de Dios no quedaba limitada a la lengua hebrea y que su conocimiento podía ser expresado en lenguas extranjeras. Pues gracias a la fe en Jesucristo «ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). La acción del Espíritu Santo trasciende los límites de la cultura, incluso los de la japonesa...
Queda manifiesta, por tanto, la cuestión que sale a la luz cuando se habla de aquello que trasciende la cultura, que es la verdad. Cuestión que abordaré en una segunda entrada, porque me parece que esta ya ha sido demasiado extensa.
Si has llegado hasta aquí, te agradezco sinceramente tu paciencia. Hasta la próxima lectura.

domingo, 8 de enero de 2017

Silencio, de Martin Scorsese



Ayer, no sé si por la fuerza del azar, del destino o por la acción de la Providencia, acabé viendo en el cine el último film de Martin Scorsese, Silencio. Está ambientado en el Japón de la primera mitad del siglo XVII. Tiempo de la rebelión de Shimabara, en la que los campesinos cristianos fueron vencidos por el shogunato Tokugawa. A causa de ello se impuso una política rigurosísima de promoción de la cultura japonesa que pretendía acabar con cualquier foco de cultura extranjera. Por supuesto, ello implicaba ahogar la fe de las comunidades cristianas y se realizó una auténtica labor inquisitorial para sacar a la luz a todos los “cristianos secretos” en Japón, conocidos como los kakure kirishitan.
Los protagonistas de la trama, además de los cristianos japoneses, son dos jóvenes sacerdotes jesuitas que se ofrecen a acudir a Japón en busca de su maestro, del que se dice que ha cometido apostasía. Así, el Padre Rodrigues y el Padre Garrpe se aventuran en la búsqueda del Padre Ferreira.
Solamente puedo decir que es una película que me ha suscitado muchas preguntas y que, a la vez, me ha ayudado a comprender mi propia fe. En cierto modo, te pone contra las cuerdas, porque te hace plantearte el sentido que tiene el acto de fe y hasta qué punto el sufrimiento físico y espiritual entran dentro del plan de Dios para la salvación de uno mismo y de la Humanidad. No creo apropiado hablar de escenas de la película. Aún así, la veo apropiadísima para abrir debates de todo tipo, tanto teológicos como filosóficos y cotidianos. La recomiendo sin duda alguna.
En el fondo de todo el film late la cuestión de si lo más íntimo de la persona está libre de las acciones externas que realizan los otros y de las circunstancias que acaecen en cada momento. Es decir, ¿hasta qué punto puedo ser yo mismo y resistir a la erosión del sufrimiento y de la duda cuando se introducen en el corazón y ser libre de la presión externa para no ceder a la voluntad de los otros? La pregunta no es fácil contestarla. Porque se añade, además, una cuestión que atañe a la experiencia de la fe: el silencio de Dios. Ese vacío interior que tantas veces sentimos en las peores circunstancias y que arrebata cualquier certeza o recuerdo del Creador en el alma.
El silencio de Dios puede ser una experiencia más terrible que la peor de las torturas. Es una gran paradoja para un cristiano. El Dios que se revela como Palabra calla. Parece que se abstiene de ser Él mismo. El Omnipotente se hace nada, casi vacío, un vacío que hiere el alma en lo más profundo. Pero puede que ese vacío sea una demostración de su existencia, de su presencia: solamente un Dios puede desaparecer de esa manera, solamente un ser infinito puede dejar una herida dolorosa e incurable, insustituible por las cosas que podemos ver y tocar. ¡Ese es el poder de lo intangible!
Sin embargo, ¿no será acaso ese silencio y ese vacío profundo del corazón una de las mayores delicadezas del Creador con la criatura? Llevo bastante tiempo preguntándomelo y he intentado responderme muchas veces a las dudas de fe me provoca el ocultamiento de Dios. Fue ayer, mientras veía esta película, cuando me dije: “Rafa, qué finura tiene Dios, cómo conoce tu naturaleza y la de todos los hombres. Ese silencio y ese vacío que deja el Creador cuando se oculta son una acción delicada y amorosa de tu Padre: son el espacio que prepara el Creador a la criatura para que su sí sea auténtico y plenamente libre. Es así como Dios te permite decir «¡creo!» sin coacción alguna. Todo lo contrario a lo que muestran los poderosos de la Tierra, que buscan atrapar a todas las personas con artimañas y falacias para que acepten su poderío y se sometan a él”.
Es posible que no sea una respuesta satisfactoria para muchos, pero a mí, desde luego, me ayuda ahora mismo a avanzar en la oscuridad de la fe y verla como un mimo divino.
La cuestión de la libertad, como he dicho antes, también es importantísima en la película. Pues no sabemos cómo la suerte moral puede jugar a favor o en contra de nuestro libre albedrío para acertar en la elección del bien con firmeza. ¿Es posible, acaso, decirle sí al bien de una manera definitiva? ¿Es posible hundirse en el mal hasta que la corrupción interior del ser humano sea insalvable? Creo, sinceramente, que no. Me parece que una de las maravillas de la libertad humana es que, hasta la muerte, nunca está nada concluido, y cabe también que después de la muerte tampoco, pero esa cuestión debemos dejarla a los teólogos…
Esto viene al caso de la apostasía. ¿El acto de apostasía es definitivo, determinante? ¿Puede un hombre consolidar su ser con alguna de sus acciones a lo largo de su vida? ¡Qué terrible si fuera así! Si mis acciones pasadas me definieran por completo ahora mismo me agobiaría infinitamente, mucho más que un existencialista con su angustia. Por suerte no hay una idea de Rafa fija y cristalina. Es un consuelo saber que no soy una idea ni una especie de escultura griega expuesta en un museo, fragmentada e inmóvil, incapaz de cambiar su ser. Por eso, no creo que se pueda apostatar de manera definitiva, tampoco comprometerse con Dios de una vez. En mi opinión, la vida, en su transcurso, es una gran deliberación que dura hasta el último momento. Si no disfrutáramos de esa deliberación, de esa apertura del ser que proporciona la libertad, nuestro ser libertad, ¡qué pobre y aburrida sería nuestra vida! ¡Qué monótona! Sin entrar en cuestiones teológicas, no podríamos ser humanos, seríamos ángeles, que consolidan su libertad con un solo acto para toda su existencia atemporal.
Puede que esa gran deliberación que forma parte de la esencia de la libertad sea lo que haga posible el acto de fe. Si no disfrutáramos del espacio vital e íntimo que proporciona la libertad, el acto de fe no tendría sentido alguno. La fe no sería un camino que dura toda la vida. No consistiría en la oportunidad de ser fieles a Dios día a día por voluntad propia (y por iniciativa divina, por supuesto). No podríamos ser semejantes al Dios de la Alianza, que permite que, como Él, seamos llamados fieles.
Y todo por ese silencio de Dios, por mantenerse oculto y atento a cada latido de nuestro corazón, a la espera de que se acompase con el suyo en la sinfonía del Espíritu Santo…
Son muchas más las preguntas que se me han ido ocurriendo y muchos más los temas que toca Scorsese a lo largo del film. Pero sería alargar demasiado las cosas. Solamente puedo recomendaros que la veáis y que saquéis vuestras propias conclusiones.
Sería fantástico tener la oportunidad de debatir sobre ella con un buen café. Así que, como dice un buen amigo mío, hay que desvirtulizarse…

jueves, 26 de mayo de 2016

El sentido de la fe en el siglo XXI

Para mi amigo Adrián, al que Alcibíades debería envidiar
Me he parado un momento a escribir lo que estás leyendo. Se me ha ocurrido mientras leía una noticia sobre la guerra de Siria. Me preguntaba qué sentido podía tener el cristianismo en la actualidad, en pleno siglo XXI. Porque no faltan momentos en mi propia vida en los que me cuestiono hasta qué punto puedo decir que tengo fe.
Cuando miro a mi alrededor y hago un pequeño examen de mi vida, no dejo de pensar que es muy posible que el Reino de Dios esté en otro sitio, porque no soy precisamente la encarnación de ninguna idea que clarifique la esencia de la fe cristiana. Cosa que me alegra, porque si la gente en la actualidad tuviera que entender el sentido de la fe contemplando mi vida se llevaría una gran decepción. Tenemos la suerte de que –como su propio nombre indica– la fe a la que me refiero es cristiana y no rafaeliana.
Una de las cosas que más me fascina de la fe es que no se basa en una idea. No hace falta ser un gran pensador para comprender el cristianismo. Para tener fe solamente hay que estar enamorado. ¿De quién? De Jesucristo, sin duda alguna. Es una vivencia que llega a lo más profundo del corazón. Lo transforma.
Cuando te encuentras con Cristo hay algo en tu interior que cambia radicalmente. Es lo que llaman conversión. Los cristianos griegos de los primeros siglos lo llamaron metanoia. Eso significa que se conoce algo más que antes no se conocía. Se llega más allá de lo que nuestro corazón llegaba a ver, a amar. La metanoia es lo que está más allá de nuestro nous, de nuestra mente, de nuestro conocimiento, de lo que es más íntimo en nosotros. Salimos de nosotros mismos conociendo lo que antes nos era desconocido: el Amor que no nos olvida, que nos tiene siempre presentes, aquel en el que nuestro ser es sin que podamos percibirlo. Es el Amor que nos antecede porque existe antes que nosotros. Es Aquel que con la mirada de su corazón nos tiene presentes dentro de sí mismo y que con su Palabra nos llama a la existencia, a la vida.
Por eso se tiene fe en aquello que no se ve, no en aquello que se ve. Lo que está ante los ojos ya es conocido. Es visto. Pero aquello que no se ve queda oculto al ver. La misma mirada que mira se oculta en aquello que ve. La mirada para sí misma es invisible. Ve y, no obstante, no se ve. Para sí misma es un misterio. Vemos lo de fuera. Lo que es fuera de nosotros. Lo que ex-siste (sistere-extra, es-fuera). Nuestro corazón queda oculto. Nuestra intimidad nos es desconocida.
Lo invisible no queda fuera de nosotros, sino que nos lleva hacia dentro: al corazón. El joven Agustín de Hipona lo experimentó en su búsqueda de Dios y lo expresó con estas palabras: eres más íntimo a mí mismo que mi misma intimidad. Esa mirada nuestra que se nos oculta cuando intentamos mirarla se vuelve clara, cristalina y brillante cuando en lo profundo de nuestro corazón se clava el dardo ardiente del Amor de Cristo y desgarra los límites de nuestra carne abriéndola a la Vida infinita del Espíritu de Dios.
La mirada de Cristo nos libera de nuestro desconocimiento, del desaliento y del sinsentido de la ignorancia del Amor. En ella nuestro ser se ilumina como en el Principio, pues escuchamos nuestro nombre en los labios mismos del Verbo Creador. Tal es la fuerza y la belleza de aquello que es invisible a los ojos… De aquello que no ex-siste, de lo que no está-fuera… Sin embargo, desde ese instante, desde que el corazón se desgarra y queda herido y abierto hacia dentro de sí mismo saliendo de sí, comprende que todo lo que existe fuera de él permanece dentro del Verbo que lo ha llamado a ser, siendo, además, distinto de Él.
La herida del Amor no se olvida. Desde entonces el corazón se manifiesta y ya no queda oculto. Es el Amor el que mejor expresa la esencia de la verdad. Lo que los griegos llamaron aletheia. Esta palabra guarda dentro de sí un misterio fascinante que ­–creo– solamente podemos comprender desde la experiencia del Amor. El significado de letheo en griego es olvidar. La a-letheia es aquello que no se olvida. Lo inolvidable, lo que permanece presente en nuestro corazón y lo hace preso de la nostalgia, es lo que se ama. Pero letheo también es ocultar. El olvido y lo oculto están íntimamente unidos. Olvidamos el corazón porque permanece oculto en las profundidades de lo invisible. La aletheia es, además, lo que se des-oculta porque se manifiesta.
¿Cómo se puede manifestar, pues, en nosotros aquello que está oculto y que nuestra memoria ha olvidado? Únicamente me atrevo a decir que es el Amor el que lo consigue. La búsqueda del Amor que nos antecede y que hemos olvidado es la que hace posible que aquello que está oculto, la verdad de nuestra vida, se manifieste y sea auténtica aletheia. Es un acontecimiento que se imprime a fuego en lo más profundo de nuestro ser y que permanece presente en nosotros con cada latido del corazón. Es el momento en el que el Verbo nos dice “¡ven!”,  similar al que María experimentó cuando dijo fiat mihi secundum verbum tuum! Ella es la que lo experimentó en toda su plenitud porque pudo corresponder a la mirada de Dios sin ninguna limitación: ella no estaba limitada por sí misma, es la criatura que hace posible que Dios se dé a sí mismo sin restricciones, pues entre ella y Él no hay barrera alguna y se cumple a la perfección la voluntad de Dios en su vida. Por eso le decimos “llena eres de gracia”… ¡Ella es un anticipo del Reino de Dios!
Siguiendo el hilo de lo que estamos diciendo, vemos que hay una relación estrecha entre el Amor y la verdad. Gracias a Él se manifiesta la verdad que nuestro corazón anhela. Y lo que más me fascina es que la verdad no se manifiesta como objeto, como algo conocido, sino como cognoscente: me conoce. Soy conocido. Desde ese ser-conocido que soy me doy cuenta de que la verdad es algo más grande que yo mismo y que es la Verdad en sentido pleno. Algo ante lo que siempre cabe admirarse, porque me desborda y no depende de mí mismo, sino que dependo de ella, del Amor que me crea y que se me da sin límites. Siendo conocido busco conocer a Quien me conoce y en esa búsqueda comienza una ascensión inagotable en el camino de la Vida.
Así que creo que ser cristiano en el siglo XXI aún tiene mucho sentido: Jesús realmente está vivo.


martes, 22 de marzo de 2016

Entrevista del periódico 'Paraula'


Hace unos días tuve el privilegio de que me publicaran una entrevista en el periódico 'Paraula', una publicación de la Archidiócesis de Valencia. La comparto aquí por si alguien quiere leerla. Es un poco más larga que la publicada en el semanario diocesano, porque por falta de espacio tuvieron que recortarla. Por eso la publico aquí entera. Espero que os guste.

.- Eres católico practicante, de misa diaria, llevas el blog 'Edelweiss', donde hablas de Jesucristo, de los mártires, de Dios.... Colaboras con ONGs y estudias en la Universidad (pública) de Valencia. ¿Cómo te tratan tus compañeros? ¿Te consideras igual de respetado que otros alumnos de otras confesiones que haya en la Facultad?

Yo me preguntaría cómo trato a mis compañeros… Creo que no hay que preocuparse por lo que puede pasar, por lo que van a hacer otros, sino por lo que uno puede hacer. Porque «quien siembra escasamente, escasamente cosechará; y quien siembra copiosamente, copiosamente cosechará» (2 Cor 9, 6). Y hay que sembrar siempre, aunque uno piense que lo hace en el desierto, porque con el Señor nunca cae nada en saco roto. Me voy a explicar. Voy a serte sincero: al principio, cuando comencé el Grado de Filosofía en la Universitat de València, estaba un poco asustado. Lo estaba, por una parte, porque sabía que iba a estudiar en un ambiente que me iba a poner las cosas difíciles. Pero eso no me preocupaba demasiado, porque como tengo espíritu de guerrillero y me gusta la vida en las trincheras, sentía que estaba haciendo lo que me gustaba. Por otra parte, estaba asustado porque estudiar filosofía en el siglo XXI es, prácticamente, un acto de fe. No sabes qué puede ser de ti, pues estamos en un momento en el que se valora muy poco como saber. Así que, como puedes ver, mi acto de fe era doble: como cristiano y como filósofo. Ser filósofo hoy en día es algo muy incierto. Por eso creo que hemos tenido mis compañeros y yo cierta camaradería natural. A todos nos unía, siendo tan diferentes, el deseo de buscar respuestas a preguntas fundamentales sobre nuestra vida o sobre las corrientes filosóficas que estudiamos juntos. En este sentido, me he sentido muy acogido por mis compañeros y por mis profesores. Ahora tengo grandes amigos gracias a haber estudiado Filosofía.

.- Las redes Sociales están plagadas de 'trolls': oportunistas, 'cansinos', hakers, agresivos, sarcásticos... que campan a sus anchas y hacen la vida imposible a muchos. ¿Has sufrido algún tipo de ataque en la Facultad? ¿Y a través de las redes sociales? En caso afirmativo, ¿Cuáles hacen más daño? ¿Cómo has reaccionado?

Al ver el sufrimiento de los cristianos perseguidos en todo el mundo, yo no me atrevería a decir que me han perseguido en ningún sitio por esta razón. En la Facultad de Filosofía creo que tampoco. He podido tener encontronazos con profesores y alumnos por discusiones, debates o cosas parecidas. Pero si ha habido algún tipo de problema entre nosotros ha sido por una cuestión de carácter: me gusta hacer preguntas incómodas. Soy poco diplomático, sin ser violento. Así que, en cierto modo, si he tenido discusiones fuertes en alguna ocasión ha sido porque he querido tenerlas, porque sabía que salía a la plaza a torear y que en algún momento me iba a llevar una cornada. ¡Y me las llevé en más de una ocasión! Las que hacen más daño son aquellas que no tienen que  ver con las ideas, sino con las personas. Me gusta debatir sobre ideas, que pueden ser verdaderas o falsas. No me gusta atacar a las personas. Por eso, cuando se confunden las personas y las ideas, el debate se ha acabado para mí. Eso pasa mucho con las ideologías, que absorben a las personas dentro de sus sistemas de pensamiento y sólo cabe hacerle una pregunta al otro cuando debates con él: ¿eres amigo o enemigo? Con este criterio no se puede hacer filosofía, porque considero que la filosofía es posible en un ambiente de amistad. Cuando las discusiones filosóficas son ocasión de enfrentamientos viscerales y de odios, siento auténtica pena. Para mí la búsqueda y el encuentro con la verdad siempre son ocasión de alegría.

.- Empezaste Derecho y Teología, pero te has pasado al Grado de Filosofía en la Universidad de Valencia, ¿por qué ese cambio? ¿Qué echabas en falta en tu vida que la filosofía te da?

Para responderte a esa pregunta tengo que hablar un poco de mi vida. En el año 2007, después de acabar el Bachillerato, estuve en Nicaragua durante el verano en un campo de trabajo y ayuda organizado por la Fundación Mainel. Encontrarme con los pobres fue una ocasión para encontrarme con Jesucristo, a pesar de haber sido creyente desde pequeño. En septiembre comencé la carrera de Derecho. Ese curso se convirtió en una búsqueda muy intensa de Dios y me pregunté profundamente cuál era el sentido de mi vida. Fruto de esas inquietudes fue el encuentro con la Eucaristía. Al acabar el curso creí que Dios me pedía ser sacerdote, por eso entré en el Seminario. Como puedes ver, no perseveré, estuve solamente año y medio. Pero fue una ocasión genial para descubrir la Filosofía, que al principio me parecía pura palabrería. Por eso, al dejar el Seminario, después de intentar continuar la carrera de Derecho durante un curso, decidí estudiar Filosofía, porque me ayuda a estar siempre en vela, a no acomodarme. Puedo decir, sin ninguna duda, que la filosofía, por su exigencia, me ayuda a ser mejor cristiano.

.- En el nuevo currículo de Educación la asignatura de Historia de la Filosofía pasa a ser optativa. ¿Qué se pierden los jóvenes que no la estudien?

Se pierden la oportunidad de no ser manipulados por el poder y por los discursos políticos y culturales que imperan ahora mismo. También pierden la oportunidad de descubrir por qué somos europeos y cuál ha sido una de las señas identitarias de nuestra cultura, que es el pensamiento filosófico. Grecia no debe ser recordada por la crisis económica, sino como cuna del pensamiento de Occidente. Esa es una deuda que el resto de Europa nunca va a poder pagar a los griegos.

.- ¿Cómo se encajan filosofía y religión? ¿Te ayuda en tu fe? ¿Te pone a prueba?

Creo que la filosofía y la religión se aúnan en el corazón de cada uno, ahí es donde reside el amor a la sabiduría. El acto del pensamiento y el de fe son actos que realizamos en lo profundo de nuestra intimidad. Cuando las aguas de nuestro corazón están en calma, pueden reflejar la Luz de Dios. Si están revueltas, si nos empeñamos en revolver el fondo, el agua se enturbia y no vemos nada. El encuentro de la fe y de la razón es posible si lo buscamos sinceramente. Es más, como cristianos tenemos que buscarlo, porque si no lo hacemos nuestra fe se embrutece y pierde sus riquezas. Benedicto XVI nos advirtió que todo lo que es contrario a la razón es contrario a la naturaleza de Dios. El fruto de ese encuentro entre fe y razón es la tradición de la Teología cristiana, que es preciosa. La fe plantea retos a la razón que la liberan de los límites del conocimiento humano y la engrandecen. ¿Quién no se asombra al descubrir que el Ser de Dios es Uno y Trino?¿Cómo no hacerlo también al tener noticia de la Encarnación? ¿No crees que es maravilloso ese hecho revolucionario? Pero una de las cosas que más me enamora es saber que María es Virgen y Madre. Con María la filosofía tiene la oportunidad de tocar el Cielo y de penetrar el Misterio insondable de Dios. Ella es, para mí, la mejor Maestra de filosofía.

.- Rafa, ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

¡Ojalá lo supiera! Aunque no saberlo es lo que nos invita a vivir y seguir buscando las respuestas a esas preguntas. Creo que solamente podemos descubrirlas cuando caemos en la cuenta del misterio y de la riqueza que esconde el ser de cada persona. Para saber quiénes somos tenemos que descubrir quién es el otro. Pues es en la mirada del otro donde descubrimos nuestro origen y nuestro destino. Cuando ese otro es Jesucristo, la respuesta es gozosa, porque nos encontramos con Aquel que desde la eternidad ha pronunciado nuestro nombre originando nuestra existencia. San Agustín la tuvo clara cuando dijo que “nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Si, como Pedro, logramos responder a la pregunta que hizo el Señor a los Apóstoles «¿quién decís que soy yo?» (Mt 16, 15), el Señor nos dará una identidad sólida como una roca en su Iglesia, donde Él es la piedra angular, como se dice en el Salmo 118.

.- Actualmente la búsqueda de la felicidad, el coaching, los manuales autoayuda y frases positivas están por todos lados... ¿Por qué esta avalancha? ¿Tan tristes estamos en la actualidad? ¿Surge a raíz del vacío espiritual y existencial que rodea al hombre actual?

Porque el ser humano necesita conocer la verdad para vivir y el fruto de la verdad es la esperanza. Esta avalancha de autoayuda responde a la necesidad radical de todas las personas de encontrar la verdad. Pero sin un conocimiento profundo de lo que somos, esas recetas de autoayuda son superficiales. Por eso hay una industria de la autoayuda, porque se ha convertido en un objeto de consumo más. Yo recomendaría leer los Diálogos de Platón, que son más sencillos de lo que parece y no por ello menos profundos. Para alcanzar la felicidad hay que descubrir que hay una realidad que trasciende todo aquello que está sumergido en el tiempo y que esa realidad es la que llena el deseo de plenitud que late en el corazón de todas las personas.

.- Decía Unamuno que la filosofía responde a la necesidad de hacernos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida. Pero ¿Son las cosas como las percibimos? 

Evidentemente, como filósofo tengo que decirte que no. Las cosas no son como las percibimos. Pero no por ello voy a volverme escéptico. Unamuno tenía razón. Buscamos la Unidad y la Totalidad. Pero esa búsqueda es constante, nunca acaba. Esa es una señal de que estamos llamados a una realidad que no esté limitada, que sea infinita. Porque cuando conocemos algo nos damos cuenta de que lo desconocemos: siempre queda proseguir. Ello nos dice que cabe la posibilidad de crecer irrestrictamente en el conocimiento y de que esa sed verdad nos lleva directamente a Dios, que es el único que puede satisfacer nuestros deseos más íntimos.

.- ¿Dónde te ves dentro de unos años?

¡Espero que trabajando! ¡Primero vivir, después filosofar! Espero poder trabajar y también ser mejor persona. Supongo que la fe y la filosofía me ayudarán a ello, a ser mejor cristiano y muy fiel a Dios, que es lo más importante: con Él el futuro está garantizado.

Preguntas rápidas:

.- ¿Con qué filósofos (de este siglo y del siglo pasado) te sientes más identificado? Por qué.

Con Joseph Ratzinger, sin duda. Porque me ha ayudado a ser creyente y a comprender el mundo en el que vivimos. También con Leonardo Polo, con el que he aprendido a disfrutar de la filosofía. Y con Sócrates, que es un ejemplo a seguir siempre por su sentido del humor y su amor a la verdad hasta la muerte.

.- Recomiéndanos un libro para el fin de semana.

El Principito. Para ser filósofo hay que aprender a asombrarse con las cosas pequeñas…

.- ¿Qué música te acaricia el corazón? ¿Cuál nos aconsejas para la 'noche oscura del alma'?

Cualquiera que sea auténticamente bella. He de reconocer que me encanta la música de la tradición cristiana ortodoxa. También la polifonía del Renacimiento. Para la noche oscura solamente puedo recomendar una cosa: silencio, profundo silencio y buscar a Dios en la Eucaristía.