miércoles, 30 de diciembre de 2009

El espejo

Hay autores que rompen con los esquemas clásicos, que deshacen todo tipo de encuadres lógicos y metafísicos. Llegan hasta lo más profundo de la existencia menoscabando las articulaciones preconcebidas del pensamiento. Se introducen con valentía en la selva del ser sin importarles lo que les digan y soportando todo tipo de ignorancia crítica. Uno de estos autores fue Andrei Tarkovsky.

Este director de cine no tiene semejante. Es único. Y es único porque fue irreductible. Trabajó a contracorriente y se atrevió a desafiar a los académicos. Creyó y vivió en la libertad y en la verdad, y confió de toda gana en su capacidad para llegar más allá. Pudo hablar del alma en la URSS, donde, en concreto, no se tenía en cuenta el espíritu. Hasta fue capaz de renunciar a su amada Rusia para continuar con su obra. Huyó a Italia, donde pudo desafiar a la nostalgia para continuar creando. Fruto de ello es ‘Nostalgia’ y ‘Sacrificio’, películas que desvirtúan toda concepción cinematográfica.

Ayer pude ver ‘El espejo’. Es uno de sus films. Precioso. Aunque íntimo. Tarkovsky se salta incluso a sí mismo. Creo que es un pequeño capricho. Un regalo que hizo a sus padres. Conjuga el recuerdo con el sueño, el futuro con la historia y el amor con la ofensa. Es demasiado humano. Podría introducirse en nuestra alma y desmantelar todos nuestros muros. Con Tarkovsky todo queda a un lado. Te desvela, y por eso es difícil de comprender. No se mete en la cabeza, sino que descuadra el corazón. Plasma la vida tal cual es. Con la fluidez y la estaticidad; la dureza y la dulzura; el sentido y el horror.

Pasas de la vejez a la infancia, de la madurez a la pubertad y del nacimiento a la muerte. Todo cabe en los films de Tarkovsky. No podemos definirlo: es Tarkovsky. Encasillarlo es un crimen. Igual que Leonardo, no conocemos su técnica. Sus témperas son de propia manufactura. No se puede copiar. De la misma manera que Caravaggio atravesó los límites de la pintura, Tarkovsky pudo atravesar los límites del celuloide.

Su cine no es cine. Es más, es arte. Sintetiza sin sintetizar todos los lenguajes. Respeta y coquetea con la verdad. Supera el lenguaje. No se enzarza con las normas. Observa con sencillez y maestría la vida y su sentido. Por eso es capaz de crear auténticas obras de arte. No tiene pretensiones: conoce.

Una mujer joven se observa ante el espejo y se ve anciana. El tiempo pasa, y la vida no se detiene. Su marido va y viene. Casi siempre a solas. Sus hijos van creciendo y su padre es casi un fantasma, un alma que se aparece a intervalos. Y, como una estrella fugaz, se presenta cuando el corazón se encuentra a oscuras y cuando se presentan miles de lucecillas más que se mantienen quietas. Apariencias, deseos y proyectos junto con el esfuerzo y el desconsuelo. Y llegan las ilusiones y las oportunidades. Pero el espejo ya no es un reflejo, es nuestra imagen.

Tarkovsky: ver para creer. Dejemos la Coca Cola, ahora toca un reserva. Sólo para paladares escogidos. Ojos claros y corazón inquieto. No se trata de razón pura, sino del noúmeno en toda su esencia. Un viaje más allá de los límites de la experiencia posible fuera de parámetros y prejuicios. El barroquismo posmoderno dinamitado por la sinceridad. El nihilismo superado por la sensatez. Un camino en el que sólo podemos ser peregrinos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Plenitud de los tiempos

Plenitud de los tiempos… Curioso concepto. ¿Qué es plenitud de los tiempos? El tiempo ¿puede ser pleno? Quizá llegue un momento en el que el “fluir” sea claro, perfecto, sin medida; en el que el tiempo no nos desintegre como el viento a la esfinge o como las olas del mar erosionan el acantilado… Pero ¿acaso ha ocurrido eso? ¿Plenitud de los tiempos es inmutabilidad?

Dicen que hace unos dos mil años nació un niño en Judea. Para unos no tuvo importancia su nacimiento, para otros fue una amenaza y un desafío a la erudición, y para algunos filósofos y pastores fue la salvación. A ese niño se le llamó el Mesías para ensalzarlo y ajusticiarlo. Fue signo de contradicción. Sólo cabía aceptarlo de toda gana o rechazarlo hasta desearle la muerte. No hay punto medio. Igual que ocurre con el tiempo: o se vive en él o nos erosiona el alma. Y si ese niño era la plenitud de los tiempos no se podía prescindir de él.

Tras ese niño, tras dos mil años de cristianismo, ¿ha llegado la plenitud de los tiempos? ¿Es el hombre más humano? ¿Han acabado los males, sucumbido los tiranos y engordado los que pasaban hambre? Al parecer, el ambiente no es muy favorecedor. A derecha e izquierda vemos el horror del hombre, el poder de su impotencia. Pero sólo en apariencia: todo pasa. Unos hombres siguen a otros, y cada uno vuelve a empezar. El tiempo concede oportunidades. Entonces, ¿qué era ese niño? Poca cosa: nació en un establo junto a los animales. Sus padres eran campesinos y vivían de la artesanía. Él no aprendió nada de los eruditos. No fue a Atenas ni a Alejandría, tampoco a Roma. Y, para asombro y temor de todos, se proclamó Camino, Verdad y Vida.

Nadie duda que Jesús fuera un gran hombre. Un hombre bueno que padeció la injusticia. Sin embargo, ¿cómo pudo ser este hombre el Signo del tiempo si sucumbió al mismo tiempo, si fue crucificado como un villano y tomado por loco? Seguirle parece una temeridad. En los primeros años de su legado fueron crucificados, quemados, torturados y engullidos por las fieras aquellos que se decían sus hermanos. Por eso, ¿ha sido Jesús la plenitud del tiempo? ¿Qué supone tal plenitud? Todo sigue pasando de igual manera (¿de igual manera?). Siguen las guerras, las enfermedades y todo tipo de penurias. Y aquellos que quieren hacer el bien viven con cierta resignación ante tanta injusticia. ¿Cómo puede darnos esperanza Jesús? Él se fue, nosotros, cada uno de nosotros, está aquí expuesto al tiempo. ¿Qué hacer, pues? ¿Vivir de utopías, de melancolía, de desengaños? ¿Qué puedo hacer yo?

El tiempo es poderoso. No hay mal que perdure ni tirano que no sucumba al tiempo. El problema es ver al mal y al tirano como entes vivos y capaces. Porque no lo son. ¿Dónde están? En ningún sitio. Se trata de algo concreto, de un alguien que lo propugna. De igual manera pasa con el bien, pues no es sino por nosotros que lo hacemos. Depende de nosotros: podemos gritar la crucifixión como los fariseos, prescindir de la verdad como Pilato o estar al pie de la cruz como María, la Virgen.

¿Qué es, pues, la plenitud del tiempo? Entender que nada ha pasado. El tiempo no es tiempo. El ayer no es y el mañana no ha llegado. Sólo existe un ahora que se nos escapa en el sueño. El ahora de la eternidad de ese niño que se presenta en un portal. El ahora del Tiempo que no es tiempo, que no empobrece, sino que da, que crece. Plenitud es crecimiento, Vida. Un fluir desbordante y vigoroso. Nos convertimos en torrente embravecido para adelantarnos al tiempo al ser con el Tiempo, que es Origen y Plenitud. Así podemos contemplar asombrados el nacimiento del Niño Dios.

martes, 15 de diciembre de 2009

De la escritura

De entre las personas que escriben, las tenemos de dos clases. No todas las personas que escriben lo hacen conscientemente, y no todas las personas que escriben lo hacen de verdad.

Escribir no es simplemente una técnica. No podemos concebir la escritura como simple estilo. Esto es otra cosa. Lo más seguro es que esto sólo sea esteticismo, academicismo. O, quizá, técnica de aficionados: cualquiera puede escribir. Rilke dice que escribir debe ser una necesidad. Y no creo que todas las personas que han escrito algo lo hagan por necesidad. Por ese deseo ardiente que consume desde lo más hondo, haciéndote expresar aquello que clama desde dentro. Muchas personas escriben para sentirse bien, para creer que pueden hacerlo. Esto es comprensible, pues a todos se nos pasa por la cabeza ese pensamiento de querer ser famoso, firmar libros y demás. Pero hemos de fijarnos en aquellos que han escrito algo de verdad: Cervantes lo pasó muy mal. No podemos decir que este escritor disfrutara con su “afición” (¿afición?). Si prestamos atención a su vida vemos una y otra vez el desconsuelo y el fracaso entre unos pocos reconocimientos. ¿Es atractiva una vida así? Cervantes se enfrentó contra viento y marea, y, en particular, contra el Fénix de los ingenios (Lope). Ante este tuvo que bajar la cabeza y reconocer su maestría… Y no dejó de escribir. Ahora todos ven a Cervantes como un genio y de su burla de caballerías una obra maestra. No todos lo vieron así en su momento. A pesar de todo, Miguel de Cervantes, manco, pobre y olvidado, escribió durante toda su vida y su Quijote es una obra en la que todos los hombres pueden verse reflejados.

Tenemos así dos clases de personas que escriben. Una de ellas es la del ESCRITOR. El ESCRITOR es un hombre que expresa la verdad, que no oculta sus intenciones. Se arriesga. No tiene complejos a la hora de plasmar con la pluma (pilot, máquina de escribir, el ordenador…) lo que de verdad percibe y anhela. Una característica del ESCRITOR es la universalidad. No se encuentra condicionado por su entorno. Lo pueden leer en China o en Marruecos y lo entienden igualmente. El ESCRITOR es un ser humano, porque “es” de verdad y “escribe lo que es”. Se da cuenta de lo que late en todos los corazones… Pero tenemos otro tipo de persona que escribe. Esta es el ESCRIBIDOR. El ESCRIBIDOR tiene muchas denominaciones. Cada una de ellas particular. No podemos decirlas todas. Una es la de oportunista. El ESCRIBIDOR es un pícaro. Da lo que sabe que tiene que dar cuando toca. Lo que importa es destacar. Y si puede ganar dinero, mejor (igual escribe por eso). Al ESCRIBIDOR no le importa el arte, sino lo inmediato. Pero no podemos ser duros con el ESCRIBIDOR. Los hay por afición y gusto. Y esto es respetable. Incluso puede que lleguen a hacerlo por necesidad, pero no significa por ello que se arriesguen a que se les rechace. Quizá lo hagan inconscientemente.

No todos son ESCRITORES. Pero todos podemos ser ESCRIBIDORES. Y eso, si soy sincero, es un consuelo. Además, los novatos tenemos mucho de ESCRIBIDORES. Y si los veteranos se consideran ESCRITORES, por favor, que lo reconsideren, porque no quiero darles el disgusto y decirles que puede que sean ESCRIBIDORES…

domingo, 13 de diciembre de 2009

Nihilismo

Nihilismo es una palabra que todos conocemos pero que pocos comprenden. Se puede usar para designar a personas; pero, sobre todo, a personas que son cultas y a muchos artistas. Quizá sea un piropo. Si no me equivoco, ser nihilista es algo que diferencia, una originalidad.

Un nihilista parece ser una persona lúcida, alguien que no tiene complejos para llamar las cosas por su nombre. Mira a su alrededor y es capaz de no tener pelos en la lengua. No se trata de un Quijote, y menos aún de un Sancho. Un nihilista sabe ir más allá. Comprueba el vacío del mundo, su sinsentido y la absurdez de la vida. Ciertamente, el nihilista es un visionario.

El nihilismo se impuso como corriente intelectual a finales del siglo diecinueve (pero no es tan nueva: siempre hubo nihilistas). Un gran grupo de intelectuales comprobaron la estrechez de miras de la Ilustración y el fracaso de las revoluciones que supuestamente aportarían la libertad.

El sabor del nihilismo es el desencanto. Es como ser adolescente. A los dieciséis años intuyes alegremente un futuro prometedor y te sientes capaz de atrapar el mundo como una canica. Pero basta llegar a los diecisiete para que la canica se convierta en una bola gigantesca y te aplaste. Compruebas tu falta de fuerza y el mundo te sobrepasa: el desengaño hace imperio en nuestro fuero interno. Igual que cuando te dicen que el Ratoncito Pérez ya no te traerá más moneditas.

Surge entonces cierta puerilidad y rebeldía que busca autoafirmarse. Esta es una actitud que se ha venido repitiendo desde que el ser humano es ser humano (desde que se le cayeron los pelos y no come plátanos). Los filósofos modernos comienzan intentando certificar la propia existencia. Un francés estuvo delante de una estufa durante semanas pensando para darse cuenta de que pensaba. Como los nihilistas, los filósofos modernos eran muy originales. Salieron de la filosofía medieval sin saber quiénes eran y decidieron empezar la filosofía partiendo del yo. Lo curioso de esto es que acaba afirmando el velamiento del yo bajo la fluidez incognoscible del ser real.

El problema del nihilismo es la adolescencia. El pensamiento medieval era un pensamiento viejo. La escolástica había dado sus últimos coletazos como una bestia abatida y moribunda. Habiendo perdido el espíritu de búsqueda de la verdad que la motivaba, se encerró dentro de su lógica haciendo que proposiciones absurdas fuesen grandes enigmas filosóficos. Los juegos del lenguaje posmodernos no se alejan mucho de esto. Ante el escepticismo senil de la escolástica los modernos decidieron encontrar la certeza y estar seguros de que sabían algo. Esta es la razón de que pensasen para saber si pensaban. Así podrían decir si se podía conocer algo del mundo y tener seguridad de su existencia.

Aseguraron que tenían manos, cogieron la canica y comenzaron a estrujarla con entusiasmo. Al principio fue la gran garantía de fuerza: la canica resultaba infantil e inofensiva. La deslizaban de un lado para el otro, jugando con ella. Pero conforme hacían esto con ella se fue haciendo más grande y escurridiza. Y cuando intentaron lanzarla al aire para verla mejor, perdieron el equilibrio y se les vino a la cabeza. Entonces comenzaron a llorar. Aunque se sentían desconsolados no se atrevieron a decirlo: apretaron los dientes y arremetieron contra la canica.

De los dieciséis años pasaron así a los diecisiete. Esta es la edad más importante del pensamiento, porque puedes rectificar o continuar en el error. Los posmodernos prefirieron volver a justificar la existencia del yo voluntariamente intentando negar la canica. Fracasaron. Pegaron tantos martillazos que no consiguieron hacer metafísica. Vieron entonces que si no podían jugar con la canica, al menos podrían jugar con el lenguaje de los que habían dicho algo de ella. Los jóvenes se hicieron viejos y los viejos se hicieron tan viejos que se fosilizaron: el polvo de los fósiles se va acumulando haciéndolos desaparecer...

Ahora estudiamos los fósiles. Nos quedaremos por ello con lo que nos han dicho nuestros hermanos mayores pensando que pensaban sin saber quiénes eran. Aunque surgen ciertos visionarios que se atreven a decir lo que parece que es: la nada. Porque sin tener la canica en las manos, ¿podemos decir que existimos?

El problema de la adolescencia es el de la identidad. Los adolescentes no saben quiénes son y quieren demostrarlo a toda costa. Se hacen llamar intelectuales o artistas para querer ser originales. Al final dicen muchos: N A D A… Y se quedan extasiados buscando identificarse en aquello que se les oculta. Así podemos decir seguros que el nihilista es una persona que dilucida el sinsentido de su in-identidad…

lunes, 30 de noviembre de 2009

El desnudo

El arte del desnudo es una de las manifestaciones más bellas. El cuerpo humano cautiva por sí mismo. Sea el de un hombre o una mujer, el cuerpo humano es bello. Pocos artistas consiguen plasmar la delicadeza del desnudo. Y pocos son capaces de contemplarlo con sencillez.

El desnudo tiene dos caras. Una de ellas no tiene desperdicio. Muestra la dulzura del cuerpo vista desde la inocencia. Pero podemos ser traicioneros. El desnudo no siempre es bello: puede salirse de tono, ser grotesco, feo… Puede ser mero esteticismo y no ser bueno. Es esa desnudez que hipnotiza, que no permite amar. Vela el pensamiento. No es un desnudo que se-des-nuda, que se muestra tal y como es, sino el desnudo que pre-tende: es avaricioso, egoísta… Es el desnudo del domino, no del cariño.

Sin embargo, ¿por qué el desnudo?: el cuerpo es expresivo. No podríamos manifestarnos sino por él. Junto con el lenguaje, los gestos y nuestro andar manifiestan cómo somos. No es sólo apariencia. Implica un todo que nos delata. Y, a la vez, nos oculta. El cuerpo puede ser el velo del espíritu.

No siempre se está dispuesto a des-velar-se. Produce inseguridad. Mostrar-se es difícil, implica confianza en el otro. Sentimos que no nos podemos mostrar a cualquiera. Y, a pesar de todo, nos mostramos. Es inevitable. Nuestro cuerpo nos des-vela. Estamos expuestos a los ojos del público. A los juicios y las consideraciones. Igual que los demás lo están para nosotros.

El desnudo parece ser la mejor forma de expresarse. Si es bello y sencillo es capaz presentarse como algo infantil y genuino. El cuerpo no tiene por qué cegar-nos. Quizá sea la mejor expresión de lo que somos y nos muestre la verdad de nuestra vida. Pero puede ser nuestro mejor disfraz.

A pesar de ello, hay un tipo de desnudez, y es la más costosa, de la que es imposible protegerse. No puede velar-nuestro-ser. Estamos totalmente indefensos. Es nuestro talón de Aquiles. Podemos cubrirla con nuestro cuerpo, pero nos pueden des-velar de igual manera. Se trata de la desnudez del espíritu. El espíritu es lo más íntimo, lo más privado. Nos es más propio que nuestro cuerpo. Y a la vez lo que es más desconocido para nosotros. Cuando contemplamos a los demás nos conocemos a nosotros mismos. Pero ¿cómo nos vemos en el otro? ¿Seremos capaces de desnudarnos para el otro? Quizá sí. Esto depende de la riqueza de nuestro espíritu, de nuestra belleza. No nos gusta mostrarnos feos. Por eso nos preparamos, nos cuidamos y estamos atentos ante el espejo para cuando contemplen nuestro cuerpo. Sin embargo, no pasa lo mismo con el espíritu. Preparar el espíritu es más difícil. Conocernos no es tan sencillo. Y el único espejo que encontramos para nuestro espíritu es la mirada de los otros.

La mirada está desnuda. Los ojos muestran aún más que el cuerpo. Decían los clásicos que la cara es el espejo del alma. Nos desnudamos cuando miramos a los ojos. Es un desnudo terrible, que delata lo más íntimo de nuestro ser. También es arrebatador. La belleza de una mirada cautiva más que el cuerpo mejor proporcionado. Igual es por el candor del alma, que alcanza más que el “calor” del cuerpo. El cuerpo no puede abrazar el espíritu, esto sólo puede hacerlo la mirada. Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Yo diría que una mirada vale más que diez mil.


Hay una frase en un film de José Luis Garci -Canción de cuna- que me gustó muchísimo: saber mirar es saber amar. Es una frase lúcida y llena de pureza. Muestra la riqueza de la mirada, la sencillez del corazón. Nos dice que no podemos vendernos a cualquier precio. Hay que saber mirar.

Por eso, el cuerpo lo reservaría para una última instancia, cuando se haya abrazado todo contemplando. El mundo no se conoce palpándolo, sino mirando. De la misma manera a las personas, de la misma manera a nosotros mismos. No podemos entregar el cuerpo sin entregar el espíritu, ya que supone un profundo vacío, un abismo que nunca se podrá llenar. El desnudo sincero es el de la mirada, que es la mejor acogida y la mejor entrega.

-Miremos. Aunque cueste. No tengamos pudor…

Saber mirar es un arte. Es la sensibilidad del verdadero artista. Y parece que no tenemos tiempo para mirar. Una pena. Si mirásemos con sinceridad todo cambiaría. Hallaríamos una desnudez oculta, verdadera y sencilla. Nuestro espíritu cobraría nueva vida. Nos re-conoceríamos contemplando los ojos de otra persona sin miedo. Porque nos desnuda-mos ante el otro. Así sería parte de nosotros, no podríamos prescindir de él: nos amaríamos en el otro. Miraríamos de nuevo con delicadeza, como niños. Asombrándonos ante la profundidad de la vida.

martes, 24 de noviembre de 2009

L’Étranger I

Albert Camus escribió El extranjero en 1942. Es una novela que se desarrolla en Argelia. Meursault es el nombre de su protagonista. La temática es ambigua y me parece que no es fácil abordarla. Creo que trata el ateísmo, pero esta afirmación sería precipitada.

A veces se intenta encuadrar a Camus dentro del humanismo, para mí esto es cierto. Decir que la novela es nihilista es un error. Es profundamente humana. Se sumerge en el corazón del hombre haciéndonos sentir la aguda apatía del protagonista. La existencia del protagonista es absurda y no puede mirar al futuro. Ante todo está solo. Quizá sea esta la temática y la novela sea una historia sobre la soledad.
“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. El comienzo de la novela estremece. Meursault es huérfano. Además, le resulta indiferente la muerte de su madre. Pero ¿tiene él la culpa? ¿Se puede condenar a un hombre por no tener sentimientos? No. Debería suscitar en nosotros compasión. Estar solo es una desgracia. Aún peor estar solo cuando se está acompañado. Si perdiésemos las papilas gustativas los alimentos dejarían de satisfacernos. La buena cocina sería para nosotros una estupidez, ya que todos los alimentos serían iguales. Ocurre algo parecido cuando el corazón se acartona. Da lo mismo que esté frío o caliente, pues nunca percibiremos el aliento de la vida. Es el sentimiento de que “(…) nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto”, como dice Meursault. Igual que los alimentos, la vida puede volverse insípida. La existencia es como una resaca. “Me sentía completamente vacío y me dolía un poco la cabeza”.

En la novela juega un papel especial María, la mujer a la que ama Meursault. Puede decirse que ella es la razón de su vida, aunque él no lo manifieste. Esto es triste. El protagonista, a pesar de amar-la, no puede amar. Vive muerto. “La encontré muy bella, pero no supe decírselo”, dice estando preso. Es incapaz de expresarse ante la belleza, de removerse ante aquello que le cautiva. ¿Se puede ser libre con esta perspectiva? ¿Hay libertad sin amor?

Pero en la novela se trata un tema en especial: la sociedad y su justicia. ¿Puede ser juzgado un individuo que es ajeno al mundo? ¿Es sujeto de deberes una persona que no puede amar a nadie? Sin lazos, sin intimidad ¿hay sociedad? “Me expliqué también la extraña impresión que sentía de estar de más, de ser un poco intruso”, dice Meursault. ¿Podemos juzgar a una persona que no conocemos? Esta crítica da en el clavo. El juicio es plasmado por Camus con extrema ironía. “El procurador gritó: ¡Oh, no, es suficiente!, con tal ostentación y tal mirada triunfante hacia mi lado que por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo llorar porque sentí cuánto me detestaba toda esa gente”. Un hombre que ha sido olvidado desde la cuna, al que nadie ha querido, sólo una persona quizá -María- lo ha valorado por sí mismo, al que nada produce un sentimiento y que no conoce lo que es la culpa, ¿es posible juzgarlo? ¿Sería, acaso, justo? ¿La Justicia es justa haciéndolo?

Esto, personalmente, me preocupa. No son pocos los filósofos que consideran al Derecho la panacea del ser humano. ¿Es que va a darnos el Derecho la solución a todos nuestros anhelos? ¿Puede el Derecho sondear el alma humana? Creo que no. El sistema jurídico no tiene una respuesta a la pregunta sobre el ser humano. Lo peor de todo es que no lo conoce y lo encuadra dentro de un sistema de derechos y obligaciones. Además de que nunca va a dar una respuesta, se cree capaz de todo: pan y circo…
Ahora creo que podemos hablar del ateísmo. Cuando nada te vincula, cuando no hay amor, cuando la justicia no justifica y la vida pasa, se puede ser ateo. Y aquí comienza el absurdo. La esencia del ateísmo es la orfandad. Cuando se crece solo no te enseñan, te imponen; cuando se crece solo no se quiere nada, hay deberes; cuando se crece solo no hay amor, sólo la ley… Cuando se está solo Dios se convierte en un tirano, por ello se puede ser ateo, mejor serlo si se tiene esa idea de Dios. Quizá se pueda amar, al menos, a aquellos que te aman… “Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Amor y Belleza II

Amor y belleza I está entre las entradas de junio
La respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” la encontramos en la humildad del individuo. La humildad nos abre las puertas a la contemplación. Es una ascensión por una escalera con paciencia. Sin embargo, la nostalgia nos invade al conocer nuestra finitud. Elevaremos nuestros corazones para después descender a la rutina, al comienzo, porque las cimas no pueden ser habitadas. En esto consiste una actitud humilde y conocedora de sí misma. La verdadera fidelidad no es la del vencedor que todo lo conquista y engulle, sino la del sabio y humilde monje que, a ejemplo del personaje de Tarkovsky[1], sube día a día a regar un árbol seco, esperando que algún día dé fruto. Y, asombrándonos, nuestra fidelidad en la búsqueda da sus frutos, y contemplamos admirados los brotes en las ramas secas pero reverdecidas, llenas de una vida esperada, aunque antes insospechada.

La vida del enamorado de la belleza es una constante lucha por la perfección interior. Para mantener la pureza del corazón y así alcanzar el amor (¿quién no quiere alcanzarlo?). Es una aspiración que le es intimísima y sincera. Es un pathos que engulle su interior liberándose de las ataduras de la finitud. Ante todo es incomprensión, pues la belleza no es evidente, como lo puede ser el oxígeno que respiramos. La percepción de la belleza pertenece al mundo del espíritu, que pocos habitan. Por eso podemos definir la aspiración a la belleza como amor, ya que supone sacrificio.

El sacrificio y el dolor parecen ajenos a lo bello. Quizá hasta se los considere contrapuestos. El esteticismo evita el sufrimiento, al que considera un mal. “Lo estético” es agradable, relaja. Se adueña de nuestra razón para trasladarnos a lo utópico. La mejor definición del esteticismo es utopía. No es belleza. Hace soñar, volar al templo de la estaticidad, donde nada pasa, donde nada es… Lo estético es el reino de la sinrazón, la tiranía de la razón pura. Lo estético es una mentira. Lo estético es estático. Es el reino de los dioses, donde nos sentimos dueños de la realidad y capaces de “crear” según nuestra potente voluntad. Lo estético está ligado al academicismo demiúrgico. Impone al mundo su razón de ser, midiéndolo y encriptándolo tras nuestra lógica. En el templo de lo estético somos los dioses: no hay libertad, hay sola voluntad; no hay sacrificio, hay imperio.

¿Dónde hay, entonces, sacrifico? El sacrificio es sacrum-facere, traer-hacer lo sacro, y lo sacro es la verdad. Esta no se impone, ella misma se entrega a aquellos que la buscan sinceramente. Y la sinceridad es pureza, e implica aún más esfuerzo por escuchar los latidos del ser. Este facere-sacrum es tarea del artista, no del académico. El hacer-sacro no se adquiere, es un don. No todos pueden ser artistas. Pocos pueden serlo, y pocos están dispuestos a sacrificar-se por un ideal tan alto. Por ello, hay sacrificio en aquel que no busca reconocimiento, en aquel que no obtiene beneficios, sino que lo entrega todo por necesidad, por amor. Es una disposición única, que sólo puede comprender aquel que la realiza. Así, la belleza late dentro del artista que “hace” lo sacro, que da a luz desde lo más hondo de su ser. Esto no es imperio, no es voluntad: es esclavitud. El artista está encarcelado entre los barrotes de su misión. Es partícipe de la eternidad que está sometida por la finitud de su ser. Y se convierte en víctima, inmolándose por el don del que es preso, realizándolo para alcanzar la plenitud de su existencia.

[1] Esta descripción la hace Alexander, uno de los personajes del film ‘Sacrificio (Offret)’, de Andrei Tarkovsky.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ecce Homo


Deja de mirarme. No lo soporto. Tus lágrimas no van a hacer que cambie. ¿No lo entiendes? ¿Por qué insistes? Te has quedado solo. Todos te han abandonado y nadie te comprende. Incluso esos que dices que son tus discípulos. Nadie te acompaña. ¿No ves lo despreciables que somos? Abandona, ¿qué puedes cambiar? Nada. Vas a morir. Te colgaremos de ese madero. Te despreciamos. Estás a tiempo de irte, de dejarlo todo y no continuar con esta locura. ¡Tanto tiempo predicando tu mensaje! ¿Para qué? Para quedarte solo, para que te matemos…

Dices que eres la Verdad. ¿Crees que puedes abarcarlo todo? ¿Puedes soportar todo esto? ¿No nos has visto? ¿La verdad? ¿Dónde? Nadie es sincero, nadie. Todos nos dejamos llevar por la vida, por los días que nos consumen. ¿No ves lo dolorosa que es la verdad? ¿No ves lo cerca que estás de la muerte? Ninguno la ha sobrevivido. Es la reina de la verdad, la que impera con toda su fuerza. Y tú… ¿vas a enfrentarte a ella? ¡Eres un hombre! ¡Como todos los demás! No la puedes detener. Lo verás con tus propios ojos. Sucumbirás ante su poder como todo el mundo. Estás consumido, destrozado. ¿Aún pretendes continuar?

Tú no eres rey. Eres pobre. ¿Dónde está tu corte? ¿Son esos pescadores? ¿Esas mujeres? ¿Los niños? Sé sincero: todo es una farsa, una ilusión. Nosotros tenemos el poder. Ya no necesitamos profetas, queremos un verdadero rey. Los artesanos no conocen la guerra. ¿Puedes darnos dinero? No. Eso es lo que necesitamos para nuestra revolución. Ese es el rey que esperamos. ¡Tú no! ¿Qué nos ofreces? ¡Amor! ¡Pan de vida! ¿Un rey puede mandar con amor? ¡Hace falta justicia! ¡El imperio de la ley! Déjalo ya. Me das asco. Basta de tanto teatro. ¿Cómo te atreves a decir que nos amas? No te creo. Es imposible amar. Amar al otro como a uno mismo… ¿Como a uno mismo? ¿Pretendes decirme que puedo amarme? Tú no nos conoces. Si supieras lo despreciable que es el hombre no dirías esas cosas. No necesitamos el amor. El amor es para los dioses. Y tú no eres Dios, no eres su Hijo. Eso te lo vamos a demostrar. Vas a odiarnos con todo tu corazón. Te torturaremos hasta que nos digas la verdad, hasta que demuestres lo que se oculta tras la falsedad de tu cariño. Vas a sufrir, te lo aseguro. Estás solo.

Pero te voy a dar una oportunidad. Saldrás fuera y pedirás perdón por intentar amarnos. Será lo único que te conceda. Si no dejas de hacerlo seré yo quien te clave en la cruz. Y no soy compasivo. Conozco a la gente como tú. Es fácil hacerlo. ¡Qué ilusos! ¿Tenéis esperanza? ¿Tú tienes esperanza? Haces sufrir a la gente diciendo eso. ¡Déjanos vivir con nuestra desgracia! Tenemos suficiente con no matarnos. Además, este mundo no está tan mal. Podemos vivir los pocos días que nos quedan. ¿Y te atreves a hablarnos de vida eterna? ¿No ves que eres el peor hombre que ha habido? ¡Eres una mentira! ¡No seas infantil! ¿Quién te ha engañado? ¿Quién te ha enseñado todo lo que predicas? No digas que es “tu Padre”, porque eso no es así. No hay ningún padre. Si lo hay es cruel y malvado. Su reino se ve por todas partes. Sólo nos queda soportarlo como podemos. Por eso te dejo que pidas perdón por estar engañado. Sal fuera y dilo. Es sencillo. Todos te creerán enseguida. Es más fácil eso que todo lo que nos has dicho. No pidas que tengamos fe en ti, pues eso será tu sentencia de muerte. Y te queda poco tiempo. Si lo haces ahora te dejaré libre, puede que hasta te conceda algún privilegio…

¿No? ¡Insistes! ¿Crees que puedes cargar con nuestros pecados, con nuestro odio y nuestro vacío? Bien, tú lo has querido. Vas a morir.

-¡No tenemos más rey que el César! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

domingo, 8 de noviembre de 2009

MUJER

Mujer, eres la esencia de la vida. No sé qué haría yo sin ti. ¿Seré capaz de igualar tu vitalidad? La fuerza de mis brazos queda mermada ante la intensidad de tu corazón. Tus latidos son como el volcán del que fluye el fuego de la vida.

Mujer, sé muy mujer. No te dejes ganar por mí. No seas como yo, pues la tristeza me encadena. ¿Qué soy yo comparado contigo? Mera fuerza, cabeza abstracta que se deshace en sus razonamientos. ¿Y tú? Vida, intensidad, dulzura… ¡corazón! ¿Puedo yo lograr algo con el mío, que es pobre? No, nada puedo. 


Tú eres la puerta del amor, el manantial del cariño generoso. No quieras perderte en mis costumbres, que son bruscas y vacías. ¡Sé corazón, sé mujer! No tengas miedo, no te sorprendas por mis gritos y por mi seriedad, que son apariencia. Soy el perro encadenado por el sinsentido, un polluelo encerrado en su cascarón.


Tu mirada me socorre en la soledad, cuando más huérfano me siento. ¿Acaso no lo somos los hombres? ¿No estamos perdidos en nuestra reputación, en la fortaleza de nuestra imagen? Esos ojos me dejan desnudo, sin armadura. Son saetas certeras. De nada me sirve protegerme, pues comprendo cuán hondo penetras con tu agudeza. Sé que me comprendes cuando me miras. No dejes de hacerlo. ¡Qué mirada más pura! 


Y esa sonrisa te delata y me dice que soy un niño desconsolado, arrinconado por la dureza de la existencia. ¡Devuélveme a la vida! No me abandones ahora, que tanto necesito de ti, de la sencillez de tus manos y de la suavidad de tus brazos.


Me has acompañado siempre, sin que yo lo notara. Me cogías de las manos cuando no sabía andar. Me sentía seguro a tu lado, sentía que era yo mismo porque no estaba abandonado... 


No me dejes ahora, cuando mi corazón está atrofiado, cuando mi alma anhela el infinito, que tú sólo posees. ¡Ah, vida mía, qué hermosa eres! Me fundes con tu calor, con el fuego de tu alma. No sonrías tanto, porque no me resisto. ¡Eres tan mujer! Eres mía, yo soy tuyo… Una misma esencia que no puede dividirse. Un corazón que no puede latir sin la fuerza de la vida.


Ahora soy hombre… porque tú eres mujer. Gracias porque lo eres, porque me has enseñado lo que es amar. Eres la más generosa, la más atenta. Yo, en cambio, me olvido de todo con facilidad. Pero no se me escapan tus detalles, pues se notan cuando faltan. 


Y vuelvo a estar solo, con mis pensamientos, con mi corazón oxidado. Chirría, se quiebra y es pesado. Se impregna con la grasa del desaliento, cuando necesita la pureza de tu vida. No soy nada sin ti.


Vuelve a mirarme para que sepa quién soy. Hazlo, aunque llore, aunque rompa en sollozos y te destroce el alma. No tengas compasión, pues el cáncer que me corroe acabará por el calor de tu alma. Estoy ciego y tú eres mi luz. Irradia con toda tu vitalidad el sentido de mi vida. Eclipsa mi soledad con el sol de tu dulzura. Pero, ante todo, no dejes de ser mujer.

viernes, 30 de octubre de 2009

BOHEMIDAD

Después de un discernimiento exhaustivo y de exprimir hasta la última neurona de mi cerebro, he llegado a una conclusión. Puedo asegurar que no se trata de un asunto cualquiera. Quizá se me pueda tildar de estúpido, pero lo cierto es que he hecho un descubrimiento que se sale de lo habitual. Tanto es así, que ninguno de los pensadores del momento ha hablado de esto. Se trata de la bohemidad.

La bohemidad es la virtud de aquellos que aspiran a que se les recuerde como gente original. La bohemidad es aquella capacidad del ser humano para hacerse notar dentro de un círculo intelectual. La bohemidad es realmente un don, algo que Fortuna concede a sus elegidos para la gloria.

Ser bohemio no es ser de Bohemia. Ser bohemio es un privilegio. ¿Quién no habrá soñado con ser bohemio? ¿Quién no habrá querido vestir como un bohemio? ¿Quién no habrá deseado alguna vez frecuentar algún cafecillo donde hablar de temas extraños y estrambóticos? ¿Quién no querrá que le quede bien la barba de tres días y lucir un pelo estéticamente desordenado? ¿Quién no se ha imaginado como un escritor bohemio en un apartamento en el centro de París o como un guitarrista consumido por el LSD? Sin embargo, la bohemidad sigue quedando reservada a unos pocos…

Pero ¿por qué? ¿Acaso no puedo yo, un chaval cualquiera, ser bohemio? ¿No puede ser bohemio ese hombre con el que nos cruzamos todas las mañanas? ¡Pues no! Lo repito, ¡pocos pueden ser bohemios! Y la razón de ello no es tan retorcida. Seguramente os estaréis imaginando cuál es. Me da igual que la tengáis en mente, yo os la digo: DINERO. ¡Para ser bohemio hay que tener dinero!

¿Acaso no hemos visto a Kurt Cobain? ¿Parece este bohemio modelo un grunge cualquiera? ¿Y los románticos? ¿No se volaron la mayoría la cabeza por una mujer a la que no conocían y a la que dedicaban verso tras verso por sus excelentes virtudes? Pero… ¡claro, todos vestían de seda, tenían criados y un padre que les pagaba todas sus extravagancias! ¿Y John Lennon? ¿Es este un hippie cualquiera?

En fin, creo que me estoy yendo por las ramas. A fin de cuentas quería trasmitir mi descubrimiento, y es mío porque yo no soy bohemio. ¡Qué le vamos a hacer! El dinero no cae como las hojas en otoño… Y lo peor es que hemos vuelto a la sociedad de los privilegios. Somos casi feudales. ¡No todos pueden ser bohemios! ¡Reclamemos nuestros derechos!

jueves, 29 de octubre de 2009

El superhombre II

("El superhombre I" está entre las entradas de junio)


El siguiente autobús llegó diez minutos después, tres más tarde de lo habitual. Carlos se inquietó al comprobar que no llegaría a tiempo al examen. Por eso subió dando pasos de gigante al autobús, como para adelantarse al correr de los segundos.


-No, eso no… -dijo al meter la mano en el bolsillo del pantalón.

-¿Pasa algo, caballero? –dijo el conductor del autobús.

-Pues… Es que… El billete, ¿sabe?

-¿Saber qué?

-Que no lo tengo.

El conductor le atravesó con sus pupilas.

-Pues ya sabes… Voy a llamar a la guardia civil.

El corazón de Carlos comenzó a latir, de súbito, con fuerza, arrastrando la sangre helada de sus venas.

-Ja, ja, ja –rió ruidosamente el conductor -. Venga, hombre, pasa.

-¿Qué?

-Que paseees.

-Aaah… Vale… Gracias.

Y fue a sentarse al final del autobús, junto a la ventana.


Al bajar del autobús, cerca del colegio, comenzó a correr de nuevo. Cuando llegó al colegio se paró, intentando no parecer nervioso. Sabía que estaría Don Jaime vigilando con la lista de retrasos. Así que puso su cara más viril y valentona. Se acercó al pabellón a pasos lentos y seguros, controlando la respiración. Y pasó por delante del despacho.


-¡Martineez! –gritó Don Jaime.

-Buffff. ¿Qué? –contestó Carlos.

-¿Cómo que “qué”? Ven aquí, ven aquí –dijo Don Jaime saliendo a la puerta del despacho.

-Pero, Don Jaime, tengo examen…

-Ni examen ni leches. ¿Te parecen horas de llegar?

-Pues, no sé. Tampoco he llegado tan tarde.

-¿Cómo que no has llegado “tan” tarde? Macho, ya pasan veinte minutos. ¿Te parece normal?

-Lo siento. Mire, el autobús…

-Ya, ya, ahora la culpa la tiene el autobús. Harto me tienes, ¡harto me tienes! Cuando no es una cosa, es otra. La culpa siempre la tiene otro. Tú, claro, la víctima de todas las injusticias. Pero ¿qué te crees, chaval?

-Pero…

-¡Nada de “peros”! Mira, ahora te apunto en la lista. ¿Has visto cuántas faltas llevas este mes? ¡Siete!

-¿Siete?

-¡Si-e-te! Y con esta, ¡ocho! Macho, te estás cubriendo de gloria. ¡Prepárate, prepárate! Porque de esta no te libras…

-¿Por qué?

-¿Acaso lo dudas? Ya hablaremos, ya hablaremos… Anda, sube corriendo.

-Pero...

-¡Venga! ¿No tienes examen? ¡Arriba!


Subió lo más rápido que pudo, de tres en tres escalones. No le quedaba apenas tiempo: unos treinta o veinticinco minutos, nada más. Golpeó tímidamente con los nudillos la puerta de la clase, mirando tras el cristal al profesor. D. José Miguel le dirigió la mirada con sus ojos negros, extrañado por el momento, y le indicó que pasara.


-¿Qué ha pasado? –susurró D. José Miguel.

-Nada, perdone. El autobús… Ya sabe. –dijo Carlos en voz baja.

-Venga, toma –dijo D. José Miguel, dándole el examen-. Siéntate en tu sitio y hazlo, que no queda mucho tiempo.

Carlos cogió el folio fijándose en el blanco de las canas del profesor, que siempre le había llamado la atención por el contraste con su piel morena.


Al sentarse y ver el título del examen (TEMA 7: TRIGONOMETRÍA) le comenzaron a sudar las manos, que se enfriaron rápidamente. El tiempo pasó volando, sin que pudiera percibirlo. D. José Miguel le dejó unos minutos más que al resto. Pero ni siquiera esto podía calmar a Carlos, que se precipitaba en cada operación, sin poder concentrarse.


-Bueno, ¿qué tal te ha ido? –preguntó D. José Miguel sonriente.

-Pues, ya ve, lo de siempre. Nunca me aclaro –dijo Carlos con tristeza.

-Tranquilo, hombre, ya veremos qué se puede hacer.

-Ya, pero ¡qué más da!

-No te preocuuupes.

martes, 6 de octubre de 2009

Humanismo

He podido leer hace poco un ensayo sobre el humanismo. Trata diversos temas. Entre ellos está la amistad, el arte, la cultura, los buenos modales, el estilo, la elegancia… Todos ellos importantes para comprender al hombre. Luego se adentra en temas con más enjundia, como puede ser el de la Belleza.

El libro, por si fuera poco, se titula ‘HUMANISMO. LOS BIENES INVISIBLES’. Está escrito con un estilo sencillo y directo. El autor ha conseguido justo lo que se proponía, pues advierte en el prólogo que no ha querido ser retorcido a la hora de expresarse. Defiende que para expresar lo más excelso no es necesario hacerlo con afirmaciones enrevesadas. Sino que, para conseguilo, es la sencillez el mejor vehículo de comunicación. Me ha gustado mucho esto, pues Tolstoi y otros autores afirman cosas así.

Por otra parte, el libro es una apuesta por la excelencia del hombre. Busca sacar lo mejor que hay de él para darle brillo. Intenta ante todo recuperar el lado “humano” del hombre, aquello que le hace más grande dentro de la naturaleza. Sigue lo que podríamos llamar “el clasicismo humanista”, pero con proposiciones que pueden sernos nuevas. Son propuestas cercanas, de las que podemos sacar partido para hacerlas presentes en nuestro día a día. Esta me parece una forma muy buena de acercase a los lectores.

Por mi parte, creo que el humanismo es un tema que tenemos olvidado. Ya sea por la conmoción del siglo pasado o por el escepticismo, la reflexión sobre hombre parece que resulta poco productiva. Pero para mí esto no es correcto. Cuando olvidamos el lugar del hombre en el universo lo convertimos en un dios o en un microbio. Por exceso o por defecto, una concepción errónea del ser humano tiene resultados catastróficos. El pensamiento alrededor del hombre es clave para la comprensión de su condición y de su existencia. Si no intentamos comprenderlo, volveremos una y otra vez a encontrarnos con esos fracasos que tanto nos desesperan.

martes, 29 de septiembre de 2009

Buenos consejos

Quizá sea uno de los mejores libros que podamos encontrar. Es sencillo y directo. Pocas páginas habrá que hablen como las de este libro. Y es que, siendo poeta, no se puede percibir el mundo con mayor sensibilidad.

Se trata de Rilke, de uno se sus libros: CARTAS A UN JOVEN POETA. Lo he releído esta semana. Vale la pena hacerlo. Puede leerse una y otra vez. Nunca nos defraudará, pues siempre encontraremos algo que nos ilustre. Si se quiere saber lo que es ser artista, debe leerse este libro.

Son unas cartas que escribió el poeta a otro poeta -¡qué casualidad!-. Pero van dirigidas a un poeta joven, y por ello resultan sencillas, bellas y asombrosas, ya que nos introduce en la atmósfera de lo cotidiano con los ojos del artista, del verdadero artista. “Si su vida diaria le parece pobre no la acuse; acúsese a sí mismo, dígase a Ud. mismo que no es lo bastante poeta para convocar a sus riquezas; para quien crea no existe la pobreza ni un lugar pobre o indiferente”, nos dice. Esta es una de las frases que más me llamó la atención. Más que nada, parecía que iba directa a la línea de flotación. Cuando más me invade el escepticismo me acuerdo de esta frase, y no falla. Derriba el torreón de mi soberbia y me saca de la madriguera oscura en la que me meto.

No sólo van dirigidas a un poeta, sino a todos. La profundidad de sus reflexiones es tan aguda que no podemos desatender ni una sola de sus palabras. Sobre todo en el ámbito del amor, del que habla “sin recelos de ningún tipo de error eclesiástico (clerical)”, dice. De la mujer nos habla de esta manera, “las mujeres, en cuyo interior se demora y habita una vida más inmediata, fecunda y confiada, en el fondo se habrán convertido en seres más maduros, más humanos que el hombre frívolo a quien ningún fruto carnal le sumerge debajo de la superficie de la vida, y quien presuntuoso y apresurado subestima lo que cree amar. (…) Algún día existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre ya no signifique sólo lo opuesto de lo masculino, sino algo que vale por sí mismo, algo que no induce a pensar ni en complemento ni en límite, sólo en vida y existencia: la persona femenina (…) La experiencia del amor (…) la transformará fundamentalmente, la convertirá en una relación pensada como un ser humano a otro ser humano y ya no de hombre a mujer”. Creo que estas palabras hablan por sí mismas…

Para terminar, citaré una reflexión sobre la creación artística. “El tiempo no es ninguna medida, un año, diez años, no son nada; ser artista quiere decir: no calcular, no contar; madurar como el árbol que no empuja a su savia y que, confiado, se yergue en las tempestades primaverales sin temor a que el verano no pueda llegar a ellas”. Así, el arte no es fruto de la mera espontaneidad, de la expresión impulsiva de lo relativo, sino una gestación, un diálogo interior con esa criatura que se lleva dentro y que anhela ver la luz. Pero todo a su debido tiempo, sin forzar la naturaleza de las cosas.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Guerra aérea y literatura

Tengo que hacer mención del último libro que he leído: SOBRE LA HISTORIA NATURAL DE LA DESTRUCCIÓN. Fue escrito por Max Sebald, un autor alemán fallecido en 2001. Es uno de esos escritores virtuosos que destacan por su maestría y discreción editorial.

El título puede sonar nihilista, pero no debemos equivocarnos. Llama nuestra atención para que no olvidemos el terror de la guerra. El autor indaga sobre las consecuencias psicológicas de los bombardeos aliados sobre las ciudades alemanas, de las que 131 fueron arrasadas. Cerca de 160.000 ciudadanos alemanes perdieron la vida en los bombardeos. La cifra no es trivial, pues es superior al número de bajas en el ejército americano durante la II Guerra Mundial.

La cultura alemana dio un vuelco tras la guerra. De ser un país en el que se exaltaba el genio alemán se pasó a una literatura del silencio y del dolor. Podría hablarse de un shock literario, y de esto es lo que quiere hablar Sebald. ¿Por qué no se hizo mención clara y objetiva de las masacres de los bombardeos? ¿Tanto odio había sembrado Alemania que no se podía recordar cómo se le devolvió la moneda?

No debemos olvidar la destrucción que provocaron los bombarderos alemanes sobre ciudades como Londres, Cracovia o Stalingrado. Pero no es motivo para la desproporción de la respuesta aliada. Churchill, en particular, preparó un plan exhaustivo para borrar las ciudades alemanas del mapa. No fue un “error bélico” y tampoco lo fue de cálculo. Quizá estuviera todo muy calculado. De ciudades como Hamburgo, Berlín, Nüremberg, Colonia o Dresde no quedó en su mayoría sino el polvo de los escombros y el olor de los cadáveres carbonizados. A tales penas se vieron obligados los alemanes a padecer por sus pecados…

¿Y la literatura? Puede que los supervivientes a los bombardeos tuvieran la respuesta: conmoción. Aquellos que sobrevivieron a las bombas incendiarias y a los escombros de los edificios no pudieron describir lo que ocurrió. Tal es el colapso de la mente ante el miedo y la angustia, que no es consciente de su derredor cuando la muerte acecha. Sebald hace hincapié en la destrucción de Hamburgo. Fue descomunal. Una de las ciudades más importantes de Europa se convirtió de la tarde a la noche en una gran caldera.

Los escritores tampoco pudieron plasmar la angustia de los alemanes después de la guerra en sus obras. Se hicieron intentos por profundizar en los hechos que ocurrieron durante los bombardeos. Todos fueron insuficientes. Esto es lo que critica Sebald con su estilo único e inclasificable.

Por lo que a mí respecta, me ha parecido un libro muy, muy interesante. No quiero dejarme llevar por las teclas porque seguro que exageraré demasiado. Es un escritor fuera de lo común. No cae en el esnobismo ni lo alternativo. Sólo cabe pronunciar una palabra: SEBALD.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Veritas et via


Hace unos días terminé de leer la ‘Apologia pro vita sua’ de Newman. Es un libro magnífico. Me ha conmovido. En él Newman relata su camino desde la Iglesia de Inglaterra a la Iglesia de Roma. Se nos muestra como un enamorado de la verdad, como un sabio voraz y meditativo que anhela descubrir el porqué de las cosas.

No es un dogmático simplista, sino que, como buen teólogo, se introduce en el logos cristiano para desmenuzar las razones de la fe y, concretamente, la verdad de la Iglesia. Fue un gran conocedor de los Padres de la Iglesia; encontró en ellos los argumentos suficientes en los que basar sus razonamientos y comprender las raíces de la Tradición cristiana.

Me gustaría resaltar unos detalles de Newman. Creyó siempre en la presencia real de Cristo en la Eucaristía; decidió vivir la castidad y el celibato desde joven como entrega a Dios; además de que fue un devoto de la Virgen María. Por si fuera poco, se le encomendó la parroquia de Santa María antes de que abrazase la fe romana.

Luego, se ha querido compararlo con Agustín de Hipona, pero yo no sé qué pensar. Creo que Agustín es Agustín y J.H. Newman es él mismo. Cada uno tiene un encuentro personal con el Verbo, así que no veo muy lógico el intentar equiparar a este autor con Agustín, pues cada uno recorrió su camino de una manera distinta. Aquí puede ser ilustrativa la frase de que ‘todos los caminos llevan a Roma’; pero cada uno de ellos parte de un lugar diferente –diría yo–.

J.H. Newman recorrió el suyo. Fue un verdadero peregrino enamorado. Sobre ello escribe: "Vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces". Cuánta razón tiene afirmando esto. ¿Acaso no hemos visto cómo queda el agua estancada? Se convierte en un líquido fétido e insalubre, que lo infecta todo haciendo imposible la vida en sus aguas, salvo la de los parásitos.

Caminar es un continuo fluir, un cambio, un perfeccionamiento hacia el desvelamiento de la Verdad. Al menos es lo que voy experimentando día a día. Y si, como Agustín o Newman, no voy mal encaminado, me alegraré sobremanera de haber recorrido mi camino.

RETORNO A BRIDESHEAD


Tras un verano sin mucho interés y con excesivas cargas de profundidad, me decido a cambiar de tono.

Ayer terminé una novela sensacional: RETORNO A BRIDESHEAD. Debo admitirlo, me ha sorprendido (aunque últimamente no es difícil hacerlo). Al haber estado en Inglaterra, me interesé por la literatura de allí y esas cosas. Un amigo me recomendó esta novela y no tardé en buscarla.

Como dice el autor en el prólogo, Evelyn Waugh, el tema del libro es cómo actúa la gracia de Dios en diferentes personas a lo largo de los años. Un tema encantador. Pues, a pesar de todo lo que puede ocurrir, esa pequeña llama va iluminando el camino sin que nos demos cuenta. Esto lo plasma Waugh con incomparable maestría. Es muy humana.

Hay muchas cosas que decir, pero todas serían insuficientes. Es preferible encararse con la historia y que opine cada uno. Me parece que la trama se presta a múltiples interpretaciones. Tanto es así, que la última película basada en esta obra ha metido la pata hasta el fondo.

Las tres partes del libro tienen su peculiaridad. Puede que, porque soy aún universitario, me haya gustado mucho la primera, pero todas ellas tienen un mensaje lúcido y sencillo, profundo y transparente. Tal y como es el estilo del escritor. El final es sobrecogedor, pues es del todo inesperado. Waugh consigue mantener el hilo durante toda la novela.

Debo mencionar a Aloysious, el osito de Sebastian. Es su mejor compañero de cuitas y alegrías en la universidad. Cuando aparecía este osito tan tierno me saltaban las lágrimas de risa. Sebastian es excéntrico y alocado, pero quizá sea eso por lo que me parece tan atractivo. Además, en el fondo tiene un corazón de oro. Es un joven de una sensibilidad desbocada y que no se le ha comprendido del todo. En una de sus cartas a Charles, su mejor amigo y uno de los protagonistas de la novela, escribe: hoy estoy de luto por mi inocencia perdida. ¡Qué genialidad, qué soltura! ¿No habremos sentido esto nosotros alguna vez? Por ello necesita Sebastian a Aloysious, ya que siempre le ha comprendido desde pequeño y no quiere olvidarlo.

No quiero hacer apología de la nostalgia. Tan sólo era una pequeña nota. En conjunto se tratan multitud de aspectos del alma humana. No es Shakespeare, pero no dudaría que Waugh lo conoce en profundidad. Sólo por eso vale la pena leer a un autor como él. Si tenéis la oportunidad de leerla, no lo dudéis, pues creo que no os decepcionará…

viernes, 21 de agosto de 2009

El Gran Desconocido

Los museos se erigieron como santuarios de la Historia para que nos asombremos ante las maravillas de las pasadas civilizaciones como si se tratara de triunfos de la Humanidad en el Tiempo. Se puede asistir a un museo por muchas razones, pero la mayoría de ellas será por la admiración que nos suscita aquello que se nos expone.

Pretendemos estudiar los pueblos pasados escépticamente, buscando juicios objetivos para clasificarlos dentro de un marco de desarrollo. Capta nuestra atención la calidad de vida, las creencias, los avances en la ciencia, su pensamiento… Así el romanticismo nos invade, y más de uno susurrará en su corazón que los tiempos pasados fueron mejores.


He podido visitar el British Museum hace poco. No sé si por un excesivo amor al arte o un espíritu aventurero típico de los isleños, los ingleses guardan entre las paredes de aquel edificio piezas únicas, milenarias, además de templos enteros. Si Fidias visitase ahora Inglaterra se quedaría sorprendido al ver su obra maestra entre los muros de un templo ajeno al que él diseñó… Pero, dejando sutilezas aparte, gracias a ese afán de los británicos, y a la suerte que tuve de estar allí, recorrí miles de años de Historia en una mañana (mea maxima culpa).


Las esculturas de Osiris o Anubis, Júpiter o Venus son piezas claves de la exposición. Son un ejemplo del culto de los antiguos. Los dioses eran adorados y temidos, se les tenía respeto como si de un gran poder se tratara. Sus estatuas eran, en muchos casos, colosales, y hacían estremecerse hasta al más poderoso de los reyes. Todos se inclinaban ante ellas; nadie podía dudar de aquel poderoso ser, aquel ídolo, que se imponía con sus ojos de cuarzo y esmeralda.


Cuando se presentan las civilizaciones de este modo me surgen ciertas preguntas: ¿cómo se presentará la nuestra? ¿Es digna de ser expuesta en un museo? ¿Suscitará algún tipo de admiración contemplar nuestras tumbas y estudiar nuestras creencias?


El pueblo egipcio vivía de cara al más allá. Sus creencias, sus ritos y costumbres estaban encaminadas a completar la vida junto a los dioses. El resultado de estas creencias ha sido grandioso para el arte y las ciencias.


Durante mi visita me quedé parado unos minutos ante una momia, siendo uno más entre la multitud de turistas. La contemplábamos cada uno según nuestros pensamientos. No era la típica momia con su sarcófago esmaltado y pintado religiosamente, sino, concretamente, una momia desnuda, pobre. Había sido un hombre corriente, del que no se habla en los libros de Historia, del que no se escriben grandes epopeyas ni se le dedican monumentos. Y ahí estaba él, su cuerpo desnudo y seco, de color oscuro, encogido en su agujero a cientos de kilómetros de lo que fue su tierra y su hogar, siendo fotografiado por nosotros, ajenos a sus experiencias y al sentido de su vida. Lo mirábamos con extrañeza sin ningún pudor, gracias al entrometimiento de aquellos que buscaban títulos y reconocimiento (y que, imagino, residen ahora entre las tablas de un ataúd carcomido en algún cementerio británico).


Ese hombre había creído en la trascendencia, en un más allá. A lo largo de su vida albergó en su corazón el deseo de obtener un sitio en la eternidad junto con sus seres queridos. Y, siendo corriente, seguramente un trabajador asalariado de esos nobles que invertían en sus tumbas suntuosas, había mantenido la fe y ahorrado para tener la oportunidad al final de su vida de un pequeño nicho, escarbado en la árida arena de Egipto, y de un ritual funerario para preparar su cuerpo y alma para la otra vida.

Por todo esto, vuelvo a preguntarme, ¿y nosotros? ¿Es nuestra civilización, nuestra “cultura”, una como aquéllas que merezca el asombro de los hombres del futuro? ¿Acaso nuestras “creencias” suscitarán algún tipo de reconocimiento por parte de los estudiosos e inspirarán a los poetas para escribir obras que elogien nuestros tiempos? ¿Es nuestra civilización así?


¿Cuáles son nuestros dioses? ¿Cuáles nuestros ritos? Somos nosotros mismos. Cuando tengan que estudiar aquello en lo que creíamos, dirán: un coche, un Mercedes plateado con asientos de cuero y motor de gasolina; su cuerpo, unos senos esbeltos y unos glúteos firmes; el Corte Inglés, los artículos de Massimo Dutti y las joyas de Cartier… Estos son nuestros cultos, nuestros ídolos, nuestra religión. En la sección de “Religión” del Museo Nacional dentro de dos mil años, tendrán que poner en las vitrinas nuestros huesos, pues habrán sido el mejor ejemplo del culto actual.


No existen dioses ahora, nadie a quien adorar. Dios pasa por este mundo como el Gran Desconocido. Es objeto de burla y de superstición, habiéndose convertido en un payaso de feria risible para cualquiera o un fetiche para aquellos asustadizos espiritistas que temen la aparición de almas errantes en este mundo sordo a la trascendencia.


Los dioses imperativos han muerto. Cuando se pierde esa fuerza del miedo, cuando la idea de un Dios vengador es abandonada, pensamos que ese Dios dominante ya no existe, que era una ilusión, mero infantilismo de los hombres sometidos por la ignorancia. Por eso, al proponerse un Dios que se humilla, necesitado y hambriento, que se hace hombre para demostrar una vez más su amor, surge en nosotros esa mueca del escepticismo, esa seguridad del adulto ante el niño iluso e inocente que no conoce. No comprendemos que ese Dios al que habíamos temido, al que teníamos por un tirano y al que estábamos obligados a obedecer, es la misma bondad, la ternura y el Amor que deseamos entre tanta injusticia.


Se trata de un Dios que proclama la niñez como forma de vida, como paradigma para la felicidad y la creencia. Un Dios que no destruye, que no arrasa, mas deja que se le crucifique y destroce, que se le insulte y escupa soportándolo todo. Y, enterneciéndose nuestro corazón ante imagen tan pésima, respondemos con más dureza, con más fuerza y brutalidad; gritándole que pare, que no ame en extremo, pues nuestra existencia la consideramos la más mezquina y la más rastrera, sin ninguna oportunidad de salvación. Deseamos angustiadamente que sea justiciero, que se erija como el Gran Legislador que todo lo controla, ya que nuestra raza es indomable para nosotros. Es la raza que hemos intentado una y otra vez amaestrar para que sea humana, pero es un deseo que nunca se ha llegado a colmar.


Siendo un Dios humilde y cercano, que no domina y que siempre perdona, le echamos de nuestro fuero interno, lo rechazamos una y otra vez cuando él llama a la puerta presentándose como un niño a punto de nacer; pues en la posada de nuestro corazón no cabe niño tan pobre, quizás sólo un establo maloliente sea lo que le prestemos, junto a las bestias, que serán lo más seguro criaturas más fieles que nosotros.


Así Dios pasa inadvertido en la Historia, cuando es Él su mayor protagonista; como ese egipcio pobre y trabajador, es olvidado entre el mundanal ruido y las llamativas acciones de hombres escandalosos y vacíos. Pues al no darse a conocer como nosotros imaginábamos, todo poder y fuerza, le ignoramos queriendo ocupar nosotros su puesto. Convirtiéndonos por ello en la cultura del sinsentido, de la que se estudiará poco y se recordará mucho. Porque nos hemos convertido en el único pueblo que ha deseado desembarazarse de sí mismo y de su origen, buscando para no encontrar, bajo la excusa de descifrar el mundo para encriptar al Creador bajo sistemas que emborronan el sentido de la existencia.


Con todo ello, acudimos a los museos para admirar a aquellos que buscaban la vida. Aquellos que se acercaban a la eternidad a cada paso que daban en la existencia, siendo conscientes del papel que desempeñaban en la Historia. De los que no dudo que estarían participando a su manera, aquella que les fue concedida, en la verdadera Vida. Para ser nosotros los más perdidos, los que nuestros pasos son en falso en las profundidades de un progreso torrencial e incontrolado, desembocando en una nada en la que nos regocijamos.


Los museos son de esta manera los santuarios de la nostalgia, pues nos permiten observar entristecidos cómo la ilusión de los antiguos ha sido sustituida por nuestra certera ignorancia. Añorando poder encontrar esa página de la trascendencia que hemos arrancado del libro de nuestra cultura.

lunes, 10 de agosto de 2009

Réquiem por un pulpito

Quizá esté en el mejor momento para explicar el porqué de mi anterior entrada. Pero, antes que nada, me gustaría preguntar a quienes lean esto si alguna vez se han sentido como ese pobre pulpito: completamente desorientados. A veces caemos en garajes como los del relato, sin conocerlos de antemano, y estamos dispuestos a dar un tentáculo tras otro, pero nos estorban mil complicaciones que no podemos prever.

No os voy a mentir, no es mi caso. No me encuentro como un pulpo en un garaje. Tampoco como una paloma en un volcán ni como un ornitorrinco en una tienda de juguetes, no. Yo me definiría como una tortuga; sí, como una tortuga de tierra. Lenta, sin mucha capacidad para moverse, y, sobre todo, dormilona. Pero ahora, imaginad a esa tortuga en medio de Londres. ¿No resultaría curioso? Una tortuga española en medio de una gran ciudad, siendo ella de pueblo –pues las “grandes ciudades” en la piel del toro son pequeñitas en otros lugares–, anda lenta y confusa, sin muchos aspavientos. Para colmo, ella habla el tortugués, y el inglés le resulta un poco difícil: su boca tiene la forma adecuada para el tortugués. Los ingleses le parece que hablan como pavos reales, muy rápido, sin meditar y con movimientos aeróbicos con los labios y la lengua.

¡Pobre tortuguita! Ha tenido que quitarse el caparazón para andar más rápido por la gran ciudad. Aunque no le desagrada. Este hábitat no le parece tan desolado. Es muy grande, demasiado grande, pero se está acostumbrando. Parece incluso que el inglés cobra forma y no es tan complicado. Además, la ciudad está repleta de lugares que visitar. Son preciosos, nunca había visto tales edificios. Otros le contaban cosas maravillosas de esta ciudad, pero ella no creía que fueran así. Ahora lo conoce de primera pata y su caparazón ya no es tan pesado. Puede moverse con facilidad y no estar tan quieta, tan miedosa en medio del mundo.

¡Qué bien les sienta a las tortugas aligerar el caparazón! Nuestra tortuga está muy contenta de haberlo logrado. Y Londres le resulta una ciudad muy agradable, incluso su té, que está riquísimo, según nos cuenta. Así que ¡felicidades tortuguita! Has tenido más suerte que el pulpito. ¡Pobre de él! Esperamos que el galleguiño haya disfrutado de un buen aperitivo. Y el escribidor puede asegurar –porque no ha mucho que estuvo en Santiago- que en Galicia se come muy bien. También en Inglaterra, aunque es diferente.
¡Hasta más leer!

miércoles, 5 de agosto de 2009

Como un pulpo en un garaje...

Érase una vez, en un lugar que no recordamos pero que añoramos en extremo, un pulpito que cayó por casualidad en un gran garaje. Tal era su sorpresa ante tal acontecimiento, que quedó atónito durante largo rato. No sabía realmente qué hacía allí, pero de lo que sí estaba seguro era de su absoluto desconocimiento del lugar.

¿Qué era todo aquello que le rodeaba? Ante sus verdosos ojos se plantaba un espléndido Jaguar negro con remaches plateados. Una figurilla hacía de guardián de aquella fortaleza que se le presentaba. Nuestro pulpo no supo cómo comportarse. La figurilla le amenazaba con sus garras y se mantenía impune ante su presencia. Decidió acercarse para hablar con ella cara a cara, sin complejos, pacíficamente. Así que avanzó tentaculeando hasta que pudo alzar uno de sus brazos ventosos. Tanteó y tanteó, tentáculo a tentáculo, para llegar junto a la figurilla del frío vigilante de aquella roca preciosa e insólita para él.

Le preguntó una serie de cosas que nunca hemos entendido, y, a pesar de su buena educación –en los mejores arrecifes de la costa australiana– , el vigilante no se dignaba siquiera a girar la cabeza. Nuestro querido amigo quedó indignado ante tal comportamiento. Pero, al darse cuenta de que era imposible que le comprendiera nadie, pues se encontraba fuera del agua –donde se puede entender perfectamente el pulpés– , decidió disculparse por tal entrometimiento. Porque ¿qué iba a hacer él indignándose si no estaba en su arrecife ni en sus aguas? Esta pregunta le hizo recordar que su cuerpecillo se estaba secando.

Por un momento se dispuso a otear desde lo alto de aquella roca negra –que, si no nos equivocamos, se llama Jaguar– y descubrió que el lugar donde se encontraba tenía miles de rocas parecidas, pero de distintos colores y formas, dispuestas en líneas rectas. Este panorama le dejó pasmado, totalmente fulminado, entre la impresión y el miedo. Más que nada, al descubrir que en el garaje no había ni una pizca de agua. El pánico se fue apoderando de él y el instinto de supervivencia le dominó hasta tal punto que saltó rápidamente del techo del coche. El corazón –si es que los pulpos tienen corazón (seguramente lo tendrán porque este escribidor lo intuye y lo afirma ciegamente)– comenzó a palpitar golpeándole su carnosa cabeza.


El espectáculo que se ofrecía en aquel lugar era de lo más insólito. ¡Un pulpo saltando alocadamente de un lado a otro! ¿Alguien se ha encontrado alguna vez con uno?

El pulpo tentaculó y tentaculó hasta que encontró un agujero rectangular que se extendía hacia arriba (para los despistados: una puerta). La colmaban unos signos que el pulpo no pudo entender, pero que, como todos hemos visto alguna vez, marcaban con claridad uvedoblecé. Entró lo más rápido que pudo, pues el instinto le gritaba que debía ir allí, y se encontró con un váter que tenía la tapa abierta. Dudó unos instantes antes de aproximarse a la taza y comprobar que estaba llena de agua. Se lanzó sin contemplaciones y pudo disfrutar durante un par de días de aquel lugar tan solitario y tranquilo.




Pero henos aquí que llegó el lunes. Cierto empleado de limpieza azuladamente vestido entró en el cuarto de baño.
–¡Oh, un pulpiño! –exclamó.

Consideramos que, por respeto a nuestro querido amigo, el pulpito, no debemos continuar con la historia. El resultado es evidente:


CONTINUARÁ... MAÑANA, TAL VEZ.

lunes, 27 de julio de 2009

STALKER: ENTRE LA SEGURIDAD Y EL ABANDONO


Escribir sobre una película tan relevante no hace sino intimidarme. Se pueden hacer tantas interpretaciones, y cada una de ellas tan original, que no me creo la persona más indicada para hacerlo. Pero no es esto lo que nos atañe ahora.

He podido contemplar este film con detenimiento en un par de ocasiones, y en las dos me he quedado con ganas de volver a verlo, de repetir en especial algunas tomas; que son, por cierto, algunas de las más relevantes en la historia del arte y de la filosofía. A pesar de su larga duración, los films de Tarkovsky me dejan boquiabierto, y siempre deseo que me cuenten más y más… Que me acerquen a ese universo de la belleza, de la vida misma, y de las inquietudes que surgen dentro del corazón humano.

Vuelvo a confesarme como eslavófilo, pero no me importa. ¿Acaso encontramos en la actualidad mejores ejemplos de reflexión filosófica y de búsqueda de la fe? En pleno siglo XXI, salvo que recurramos a otros autores más antiguos u originales –o, en particular, a teólogos de la talla de Ratzinger o von Balthasar–, la profundidad intelectual y humana de colosos como Dostoyevski y Tarkovsky es sorprendente. Se erigen como defensores de los anhelos más íntimos del hombre, como poetas de la verdad, como caballeros de la resignación… Siendo testigos de una realidad que no siempre es respetada y que en la mayoría de las ocasiones es rechazada de antemano.

‘STALKER’ es una película que se ambienta en La Zona, un lugar donde hubo un cataclismo y, a raíz de ello, se abrió una habitación en la que se cumplen los deseos más recónditos de los que se introducen en ella. El Stalker es el elegido para conducir a los más desgraciados hasta la habitación, y para ello debe guiarlos a través de La Zona. Los stalkeros son supervivientes del accidente en La Zona y por ello son los verdaderos conocedores de la misma, pues es su verdadero “hogar”. Todos aquellos afortunados a los que han conducido hasta allá no volvieron de la habitación. Ya fuera porque muriesen por el camino o porque conseguían alcanzar la felicidad, ninguno ha vuelto.

Los que tienen que cruzar La Zona ahora son el Escritor y el Profesor. Estos nombres son puestos por Stalker para no conocerlos por quienes son, sino por aquello que piensan, dicen y hacen en La Zona. De esta manera sabe si sus intenciones son honestas o no. Se trata de auténticos intelectuales del momento, formados y estudiosos, que tienen una vida exitosa y sin irregularidades; pero les falta algo, se sienten insatisfechos, desgraciados, y por ello quieren llegar hasta esa habitación, para colmar esa sed de dicha que no alcanzan entre las cosas y los lujos del mundo.

Casi toda la película se desarrolla en el tránsito de La Zona. Puedo asegurar que tiene una calidad artística insuperable, puro Tarkovsky… Los planos, la atmósfera creada por el director, la interpretación de los actores, todo resulta único y original. A veces califican a Tarkovsky como un poeta del cine, y creo que no se equivocan. Basta leer con detenimiento su libro ‘Esculpir en el tiempo’ para darse cuenta de que es un artista fuera de lo común en su siglo; se trata de un verdadero artista, contemplativo y conocedor de una realidad que no es alcanzable para todos, y de la que se sabe esclavo, elegido para trasmitirla, como si fuese una especie de Stalker… Él afirma que el artista no es libre, que se encuentra sujeto a una misión que cumplir y que él mismo no puede ser infiel a la misma. El artista es un conocedor de la verdad y por ello la expresa irremediablemente.

En cuanto a ‘STALKER’, es un fiel reflejo de este mensaje. Las reflexiones sobre la verdad, la religión y el arte que hace el autor en sus obras son continuas. Este film no es una excepción. El Escritor y el Profesor consiguen llegar hasta el final de La Zona, después de innumerables dificultades y de pruebas extremas. Resulta especialmente duro al Escritor, que tiene que cruzar “el molino de carne”. Se trata de un túnel por el que es necesario cruzar, pero no todos sobreviven al mismo. Creo que este pasaje es clave en la película, pues se pone de manifiesto el miedo ante la duda y la inseguridad de nuestra vida. Gracias a ello, y habiendo pasado “el molino”, Escritor consigue hacer una confesión sobre su vida, reconocerse a sí mismo como si estuviese ante un espejo y juzgarse. ¡Aquí tenemos algo de gran relevancia filosófica! Es como el letrero del oráculo de Delfos: conócete a ti mismo. Es decir, ¡sé sincero!, no intentes aparentar lo que no eres, no tergiverses las verdades que se encierran en tu corazón por la propia opinión ni por el mundo que te rodea, ¡sé fiel a ti mismo! Por esta confesión el Stalker le dice al Escritor: por esto vivirá usted cien años. Pero el Escritor, como reflexión sincera y última del hombre, contesta interrogándose: ¿y por qué no toda la vida?

Esta frase me parece de absoluta trascendencia. Muestra esa aspiración a la eternidad que se encierra en el interior del hombre, que guarda ese deseo de una vida completa, que anhela la felicidad. El hombre no sería hombre si no aspirara a lo eterno. Somos el único ser sobre la tierra que quiere llegar hasta este punto. Como personas, lo deseamos, sin que podamos evitarlo. Porque sin la eternidad, ¿qué sentido tiene nuestra existencia? Siendo capaces de percibir el paso del tiempo y de exasperarnos ante este fluir de la vida, este “todo pasa” heraclitiano, ¿qué nos queda sino desesperar si no podemos atrapar un solo instante en la eternidad, si nuestra vida va a ser como el polvo que se levanta por una ráfaga de viento o como una flor bella que se parchita al perecer? Por esta razón, buscamos la eternidad en esos instantes que nos arrebatan, que nos hacen experimentar una sensación de lo eterno, pero siempre se nos escapa. Creemos encontrarla en medio del mundo –de lo mundano, mejor dicho–, con la fama, el éxito y las riquezas. Pero no, esto no nos lo proporciona. Tenemos un ejemplo tras otro de grandes famosos que se han volado la cabeza o que han sucumbido por el alcohol y las drogas. Entonces, ¿qué deseamos ardientemente?; ¿qué nos aporta el verdadero sentido en este mundo y nos encamina hacia lo eterno?; ¿qué buscamos en este peregrinaje de la existencia? Sin lugar a dudas, la felicidad. De esto trata la película.

La película puede compararse con un peregrinaje, y en ese peregrinaje surgen miles de complicaciones, de dudas, de rechazos continuos que no entendemos. Por esta razón nos rebelamos contra ello, nuestro yo no tolera la duda, buscamos la certeza y la seguridad en la vida. Ello se debe a que no estamos dispuestos a abandonarnos en la Providencia y en la Fe. No admitimos a Dios, renegamos de él. Una y otra vez le gritamos con fuerza «¡no, tú no! ¡Déjame, ¿no ves que estoy buscando otra cosa?! Tú no eres más que un engaño, una ilusión infantil propia de la ignorancia. No eres el Creador, eres el mentiroso que ha estado imponiéndose al hombre desconocedor, al niño que se contentaba con cuentos de hadas; pero ahora sé que no es eso, ¡no eres tú!». Preferimos encontrarnos con otra cosa que no sea Él, por ello queremos destruir la Fe, como grita Stalker en la película, desesperado ante la pasividad y la arrogancia del Escritor y el Profesor. Él se da cuenta que en el fondo estos dos hombres no buscan la felicidad, sino a sí mismos, quieren reafirmarse en su posición; no les hace falta la Fe, no la desean. Por ello quieren destruirla, se trata de un obstáculo en su vida, aquello que les hace tambalearse entre sus murallas, en esa fortaleza de la reputación y la certeza matemática.

Ante todo esto, Stalker desespera. Puede parecer triste, pero es así. Es un hombre que es “un simplón”, así le califica incluso su mujer. Pero ella le quiere, es feliz con él en medio de todas las desgracias de la vida, igual que él. Los dos se aman. Esta es la razón de ser en su vida: el amor. El abandono en el otro es su esperanza. Es un “ser-para” el otro. Forman una familia, que es un vínculo de amor entre sus miembros. El Escritor y el Profesor no lo entienden. ¿Un Stalker feliz y siendo amado? ¿Con una hija peculiar y discapacitada? Imposible para ellos. Pero no. Stalker también es un desgraciado, pero conoce el amor, se entrega a los demás una y otra vez para que sean felices. Le llena de gozo su vocación, incluso cuando es rechazado, porque siempre encuentra el consuelo de una mujer que le comprende hasta el fondo y que le ama.

No hablaremos ahora de las escenas de la película, tan sólo que cada una de ellas está cargada de belleza. Es una reflexión profunda sobre el sentido de la existencia y está repleta de contenido. Se presta a miles de interpretaciones. Una de ellas, que me ha parecido a primera vista, es la confrontación entre la seguridad y el abandono que experimentamos a lo largo de nuestra vida. En primer lugar cuando nos confiamos en el otro, y, después, en el “salto de fe”, del que hablaba Kierkegaard, y que encontramos una y otra vez en autores como Dostoyevski. Al final, el idiota, “el simplón”, que es el más humilde y conocedor de la inocencia de la fe, es quien está en condiciones de trasmitir el mensaje de la fe, de la felicidad y de la esperanza. Tesis que encontramos repetidas veces en autores cristianos de corte existencialista.

Así con todo, el amor y la fe, la esperanza que engendran ambos, son la receta de lo eterno, los verdaderos ingredientes que nos introducen en la eternidad y nos hacen participar de una realidad insospechada ahora, pero que se engrandece a lo largo de la vida, en la medida en que se abandona uno en ellos. Ese “ser-para” y “ser-con” acaban por completar un vacío que nos acecha en la vida del hoy y del mañana, pero que nos abren las puertas del camino hacia la verdad, y que nos permiten la contemplación del rostro de un Dios que se nos ha dado a conocer y que vive con nosotros.