sábado, 20 de junio de 2009

Amor y Belleza I

El concepto de la belleza es uno de los más manoseados en el pensamiento. Ya sea por el intento de crear cánones objetivos que dicten unas normas impuestas al corazón, o por ese deseo incontrolable que surge desde lo más hondo del individuo, arrebatando al mundo su esencia y haciéndole ser según el albedrío incontrolado de lo subjetivo, la belleza es siempre objeto de opiniones de todo tipo.

Pero establecer una definición de lo que es o significa la belleza puede llevarnos toda una vida; por no decir que nunca podremos llegar a establecerla… Son tantas las obras de arte, tantos los artistas que han plasmado su ideal de vida en sus creaciones, y son tantas las culturas que, en su aspiración por cazar un instante en la eternidad, han objetivado los deseos más profundos de su espíritu, que cuando procuramos aproximarnos lo más mínimo al significado de la belleza, no podemos sino desesperarnos al ver que se nos escapa de las manos como el agua o cual fragancia exótica que se desvanece tras el soplo del viento…

A pesar de esta situación compleja, en la que la belleza es la deseada pero la nunca hallada en absoluto, seríamos infieles a la verdad negando la existencia de la belleza, pues no podemos negar ese deseo oculto en lo más íntimo del hombre sincero, que busca el sentido de la vida en todas las épocas de la Historia. Sea la sinceridad la disposición más adecuada para que el corazón pueda dilucidar, aunque sólo fuese tras el velo que cierra el paso al pleno conocimiento, la belleza que resplandece en el reino de la verdad. Al referirnos ahora a la verdad, surgirá, seguramente, la pregunta que se hará, o se debería hacer, todo ser humano: ¿qué es la verdad? Pero nuestro objeto ahora no es responder a tal pregunta; la razón de ello estriba en que la pregunta sobre la verdad está estrechamente unida a la pregunta «¿qué es la belleza?». Belleza y verdad no son, pues, sinónimos, aunque creemos que ambas no podrían subsistir la una sin la otra, de la misma manera que el agua no sería agua sin dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno.

El deseo de la belleza en el hombre es el mismo que la pasión oculta por la verdad que late en su interior. En el hombre sincero la nostalgia por la verdad y la belleza tiene tanta fuerza, que es un deseo que nunca se verá colmado. La búsqueda de la perfección y la armonía nunca tiene fin en el corazón sincero. Siempre se ve que cabe la posibilidad de más y más, de que nunca se ha llegado al final del camino; y cuando se tiene la ilusión de haber alcanzado una cima, podemos observar, como el montañero joven e ilusionado, que quedan miles de cumbres aún por colmar. Quizás sea Sócrates quien tenga la respuesta a esto afirmando que no sabemos nada. Saberse siempre ignorantes es la predisposición necesaria para comprender esto que estamos afirmando.

Así pues, el hombre que se sabe ignorante casi siempre tendrá cautela, nunca se precipitará en el camino y procurará estar atento a cada paso que da. Así podrá alcanzar, al menos, una de las miles de colinas que se le ofrecen. A lo largo de su vida no alcanzará muchas, porque nuestra capacidad es limitada, pero desde su humildad y modestia podrá contemplar admirado el paisaje que le ofrece la extensa cordillera y la grandeza de los montes que se le presentan. Aspirar a la belleza es tener claro que es algo que nos supera, un ideal cuyas extensiones nunca se podrán abarcar del todo. Aunque es un ideal del que “vale la pena” estar enamorado.
(Habrá otra entrada más)

1 comentario:

Palomitas de Maiz dijo...

Preciosa reflexión. Un toque de belleza inteligente. Estás muy inspirado. Gracias por este regalo. Seguro que la entrega siguiente será estupenda.