martes, 2 de junio de 2009

Paz... ¡libertad!


La inmensidad de la paz que posee un corazón enamorado es tal que, aunque se juntara la violencia de todos los corazones infectados por el odio, nunca se podría abarcar. Una de las consecuencias directas de la paz del corazón es la libertad. El corazón que ama es libre, está por encima de las circunstancias y supera todas las adversidades. Si hay algo que caracteriza a los hombres libres es la serenidad, la paz del alma. Es algo inconfundible, que siempre se da en aquellos que son libres de verdad. No necesitan manifestarlo, ni gritarlo a todo el mundo armando escándalo. Los hombres libres viven el día a día sin aspavientos, son conscientes de que lo son, y por ello no necesitan que se lo recuerden. Son sencillos, siempre están atentos y nunca se quejan. Hay algo que les envuelve y les hace especiales, salta a la vista, se manifiesta en su mirada y en sus gestos. Pero la paz es consecuencia de algo evidente, que es inseparable de la misma, deriva directamente del amor y, por ello, de la verdadera libertad. El corazón libre ama, no conoce límites, tampoco entiende las diferencias, cree en la igualdad. No busca destacar ni distinguirse de los demás, tan sólo transmite la paz que lleva dentro, y quiere encontrar la verdad. En cambio, los corazones iracundos son diferentes. Éstos no dan paz, sino que transmiten intranquilidad. Posiblemente no produzcan nada bueno, o tan sólo no saben dar nada. Están esclavizados por sus pasiones, por sus malas pasiones. Son violentos y buscan siempre tener razón, aunque no la tengan. Porque son esclavos intentan esclavizar a los demás imponiéndose por la fuerza. Además, no soportan la serenidad de los corazones libres, no la entienden. Los hombres poseídos de esta manera sufren mucho y no saben por qué. Buscan tranquilidades en cosas o ideologías que nunca se las darán. Desean creerse libres y lo gritan a todo el mundo, pero lo hacen así porque se saben esclavos. No buscan la verdad, intentan dictarla. Los hombres libres son grandes, pero no llaman la atención. Defienden la justicia y no soportan que se la viole. Sin embargo, no claman ante la injusticia, no reclaman venganza, pues no está en su interior. Permanecen tranquilos mientras afianzan la justicia ante el ajetreo de aquellos que no la desean, que no la aman. Siempre perdonan a aquellos que les agravian procurando que entren en razón.

4 comentarios:

andresbar_ dijo...

Vaya Blog más mdiocre!! jajaja es broma. Me alegra saber que aún hay gente que usa la cabeza para algo más que para ponerse las gafas de sol. Un Abrazo. Andrés Barcia

Rafa M. dijo...

Gracias por el comentario, Andrés. El diseño lo he aprendido de ti, jeje. Un saludo, Rafa.

Anónimo dijo...

raffffffffffffaaaaaaaaaa!!!
soy pacooo!!!
del vedat!!!!
cuanto tiempo!!!
q tal te va???
cuando vienes a valencia??
un abrazo mu grande!!!

Sol Ruiz dijo...

Los hombres grandes de verdad suelen ser los que menos se hacen notar, como las violetas. Pequeñitas, casi imperceptibles, escondidas y sin embrago hay que ver como perfuman todo desde su minimez.
A veces un hombre grande, luminoso y numinoso, se ve obligado a agazaparse detrás de un disfraz vulgar para no desmoralizar al resto de la especie. Vamos, que es como si el edelweis se disfrazase de hilito de hierba, de hoja de olivo o de punta de áloe, para que no se le note la rareza de ser una flor de altura en medio de un seto entre el humo de los coches. Y seguir con la fotosíntesis sin contonearse por la pasarela de un desfile de modelos. Nadie sabe quién es de verdad. Sólo Aquél que le ha colocado en ese lugar privilegiado, que le permite trabajar sin interferencias.

Bon día y hasta luego, Rafa!