sábado, 6 de junio de 2009

Testigos de lo eterno

La mirada de los escritores y poetas me impresiona una y otra vez. Sientes un no sé qué, ese algo especial que te dice que conocen lo eterno. Pasa sobre todo con autores del Romanticismo. Esos que soñaban con ponerse en el papel del demiurgo para remodelar el universo. Esos que exaltaban el pathos sobre la ratio descarnada. Esos que se negaban a aceptar el mundo tal cual era, para hacerlo suyo como si lo tuviesen en la palma de la mano…

Esto me ocurre cada vez que pienso en Chateaubriand. Este genio que supo sobrevivir a su tiempo, en un momento en el que todo le era hostil. Es un ejemplo de fidelidad a uno mismo, de saber nadar a contracorriente. Nunca se dejó embaucar, nunca se le compró por la moda. Fue loado, admirado, querido; también odiado, rechazado y marginado por los sectores imperantes. Fue capaz de plantar cara al gran Napoleón cuando mandó la ejecución del Duque de Enghien, aun con la nobleza sobornada e inclinada ante el tirano de Europa.

Nunca se definió en una posición, no se le pusieron etiquetas, fue él mismo en todo momento. Y esta es la clave en un artista: ser fiel a uno mismo, al ideal de verdad y belleza que se persigue, que se conoce desde el interior… Como dice Andrei Tarkovski: “La idea de un artista surge en las dimensiones más profundas y ocultas de su ser. No puede serle dictada por una idea «exterior», objetiva, sino que necesariamente se halla unida a la psique y a la conciencia del artista, es un resultado de su completa actitud vital”.

1 comentario:

Palomitas de Maiz dijo...

Se podría llamar la soledad del coherente. No caer en las sugestivas ofertas del poder y mantener el propio camino de compromiso responsable con la vida, tiene a veces un precio muy alto, pero de lo que no se escapa un sólo coherente es de pagar el impuesto de la soledad. Es inevitable. No hacerse trampas a uno mismo, tiene esa "gracia", pero quien ve no puede evitarlo. Y la sostendrá sin enmendalla mientras viva o hasta que descubra, honestamente, que se había equivocado. Entonces, el coherente, pide perdón con la misma humildad con que mantuvo en alto la bandera de lo que creyó verdadero.
Me gusta Chateubriand!