miércoles, 5 de agosto de 2009

Como un pulpo en un garaje...

Érase una vez, en un lugar que no recordamos pero que añoramos en extremo, un pulpito que cayó por casualidad en un gran garaje. Tal era su sorpresa ante tal acontecimiento, que quedó atónito durante largo rato. No sabía realmente qué hacía allí, pero de lo que sí estaba seguro era de su absoluto desconocimiento del lugar.

¿Qué era todo aquello que le rodeaba? Ante sus verdosos ojos se plantaba un espléndido Jaguar negro con remaches plateados. Una figurilla hacía de guardián de aquella fortaleza que se le presentaba. Nuestro pulpo no supo cómo comportarse. La figurilla le amenazaba con sus garras y se mantenía impune ante su presencia. Decidió acercarse para hablar con ella cara a cara, sin complejos, pacíficamente. Así que avanzó tentaculeando hasta que pudo alzar uno de sus brazos ventosos. Tanteó y tanteó, tentáculo a tentáculo, para llegar junto a la figurilla del frío vigilante de aquella roca preciosa e insólita para él.

Le preguntó una serie de cosas que nunca hemos entendido, y, a pesar de su buena educación –en los mejores arrecifes de la costa australiana– , el vigilante no se dignaba siquiera a girar la cabeza. Nuestro querido amigo quedó indignado ante tal comportamiento. Pero, al darse cuenta de que era imposible que le comprendiera nadie, pues se encontraba fuera del agua –donde se puede entender perfectamente el pulpés– , decidió disculparse por tal entrometimiento. Porque ¿qué iba a hacer él indignándose si no estaba en su arrecife ni en sus aguas? Esta pregunta le hizo recordar que su cuerpecillo se estaba secando.

Por un momento se dispuso a otear desde lo alto de aquella roca negra –que, si no nos equivocamos, se llama Jaguar– y descubrió que el lugar donde se encontraba tenía miles de rocas parecidas, pero de distintos colores y formas, dispuestas en líneas rectas. Este panorama le dejó pasmado, totalmente fulminado, entre la impresión y el miedo. Más que nada, al descubrir que en el garaje no había ni una pizca de agua. El pánico se fue apoderando de él y el instinto de supervivencia le dominó hasta tal punto que saltó rápidamente del techo del coche. El corazón –si es que los pulpos tienen corazón (seguramente lo tendrán porque este escribidor lo intuye y lo afirma ciegamente)– comenzó a palpitar golpeándole su carnosa cabeza.


El espectáculo que se ofrecía en aquel lugar era de lo más insólito. ¡Un pulpo saltando alocadamente de un lado a otro! ¿Alguien se ha encontrado alguna vez con uno?

El pulpo tentaculó y tentaculó hasta que encontró un agujero rectangular que se extendía hacia arriba (para los despistados: una puerta). La colmaban unos signos que el pulpo no pudo entender, pero que, como todos hemos visto alguna vez, marcaban con claridad uvedoblecé. Entró lo más rápido que pudo, pues el instinto le gritaba que debía ir allí, y se encontró con un váter que tenía la tapa abierta. Dudó unos instantes antes de aproximarse a la taza y comprobar que estaba llena de agua. Se lanzó sin contemplaciones y pudo disfrutar durante un par de días de aquel lugar tan solitario y tranquilo.




Pero henos aquí que llegó el lunes. Cierto empleado de limpieza azuladamente vestido entró en el cuarto de baño.
–¡Oh, un pulpiño! –exclamó.

Consideramos que, por respeto a nuestro querido amigo, el pulpito, no debemos continuar con la historia. El resultado es evidente:


CONTINUARÁ... MAÑANA, TAL VEZ.

3 comentarios:

pablo blanco dijo...

Madre mía.
Qué gore... XD

Rafa M. dijo...

¿Es tan macabro? Ups! Igual me he pasado con la sal...

Palomitas de Maiz dijo...

Pues sí,meu fillu, parece que te has pasado un poquiño con las especias en general y la sal en particular....está visto que el futuro de un pulpo en un garaje...mejor aparcarlo ¿no?

Boas noites!