viernes, 21 de agosto de 2009

El Gran Desconocido

Los museos se erigieron como santuarios de la Historia para que nos asombremos ante las maravillas de las pasadas civilizaciones como si se tratara de triunfos de la Humanidad en el Tiempo. Se puede asistir a un museo por muchas razones, pero la mayoría de ellas será por la admiración que nos suscita aquello que se nos expone.

Pretendemos estudiar los pueblos pasados escépticamente, buscando juicios objetivos para clasificarlos dentro de un marco de desarrollo. Capta nuestra atención la calidad de vida, las creencias, los avances en la ciencia, su pensamiento… Así el romanticismo nos invade, y más de uno susurrará en su corazón que los tiempos pasados fueron mejores.


He podido visitar el British Museum hace poco. No sé si por un excesivo amor al arte o un espíritu aventurero típico de los isleños, los ingleses guardan entre las paredes de aquel edificio piezas únicas, milenarias, además de templos enteros. Si Fidias visitase ahora Inglaterra se quedaría sorprendido al ver su obra maestra entre los muros de un templo ajeno al que él diseñó… Pero, dejando sutilezas aparte, gracias a ese afán de los británicos, y a la suerte que tuve de estar allí, recorrí miles de años de Historia en una mañana (mea maxima culpa).


Las esculturas de Osiris o Anubis, Júpiter o Venus son piezas claves de la exposición. Son un ejemplo del culto de los antiguos. Los dioses eran adorados y temidos, se les tenía respeto como si de un gran poder se tratara. Sus estatuas eran, en muchos casos, colosales, y hacían estremecerse hasta al más poderoso de los reyes. Todos se inclinaban ante ellas; nadie podía dudar de aquel poderoso ser, aquel ídolo, que se imponía con sus ojos de cuarzo y esmeralda.


Cuando se presentan las civilizaciones de este modo me surgen ciertas preguntas: ¿cómo se presentará la nuestra? ¿Es digna de ser expuesta en un museo? ¿Suscitará algún tipo de admiración contemplar nuestras tumbas y estudiar nuestras creencias?


El pueblo egipcio vivía de cara al más allá. Sus creencias, sus ritos y costumbres estaban encaminadas a completar la vida junto a los dioses. El resultado de estas creencias ha sido grandioso para el arte y las ciencias.


Durante mi visita me quedé parado unos minutos ante una momia, siendo uno más entre la multitud de turistas. La contemplábamos cada uno según nuestros pensamientos. No era la típica momia con su sarcófago esmaltado y pintado religiosamente, sino, concretamente, una momia desnuda, pobre. Había sido un hombre corriente, del que no se habla en los libros de Historia, del que no se escriben grandes epopeyas ni se le dedican monumentos. Y ahí estaba él, su cuerpo desnudo y seco, de color oscuro, encogido en su agujero a cientos de kilómetros de lo que fue su tierra y su hogar, siendo fotografiado por nosotros, ajenos a sus experiencias y al sentido de su vida. Lo mirábamos con extrañeza sin ningún pudor, gracias al entrometimiento de aquellos que buscaban títulos y reconocimiento (y que, imagino, residen ahora entre las tablas de un ataúd carcomido en algún cementerio británico).


Ese hombre había creído en la trascendencia, en un más allá. A lo largo de su vida albergó en su corazón el deseo de obtener un sitio en la eternidad junto con sus seres queridos. Y, siendo corriente, seguramente un trabajador asalariado de esos nobles que invertían en sus tumbas suntuosas, había mantenido la fe y ahorrado para tener la oportunidad al final de su vida de un pequeño nicho, escarbado en la árida arena de Egipto, y de un ritual funerario para preparar su cuerpo y alma para la otra vida.

Por todo esto, vuelvo a preguntarme, ¿y nosotros? ¿Es nuestra civilización, nuestra “cultura”, una como aquéllas que merezca el asombro de los hombres del futuro? ¿Acaso nuestras “creencias” suscitarán algún tipo de reconocimiento por parte de los estudiosos e inspirarán a los poetas para escribir obras que elogien nuestros tiempos? ¿Es nuestra civilización así?


¿Cuáles son nuestros dioses? ¿Cuáles nuestros ritos? Somos nosotros mismos. Cuando tengan que estudiar aquello en lo que creíamos, dirán: un coche, un Mercedes plateado con asientos de cuero y motor de gasolina; su cuerpo, unos senos esbeltos y unos glúteos firmes; el Corte Inglés, los artículos de Massimo Dutti y las joyas de Cartier… Estos son nuestros cultos, nuestros ídolos, nuestra religión. En la sección de “Religión” del Museo Nacional dentro de dos mil años, tendrán que poner en las vitrinas nuestros huesos, pues habrán sido el mejor ejemplo del culto actual.


No existen dioses ahora, nadie a quien adorar. Dios pasa por este mundo como el Gran Desconocido. Es objeto de burla y de superstición, habiéndose convertido en un payaso de feria risible para cualquiera o un fetiche para aquellos asustadizos espiritistas que temen la aparición de almas errantes en este mundo sordo a la trascendencia.


Los dioses imperativos han muerto. Cuando se pierde esa fuerza del miedo, cuando la idea de un Dios vengador es abandonada, pensamos que ese Dios dominante ya no existe, que era una ilusión, mero infantilismo de los hombres sometidos por la ignorancia. Por eso, al proponerse un Dios que se humilla, necesitado y hambriento, que se hace hombre para demostrar una vez más su amor, surge en nosotros esa mueca del escepticismo, esa seguridad del adulto ante el niño iluso e inocente que no conoce. No comprendemos que ese Dios al que habíamos temido, al que teníamos por un tirano y al que estábamos obligados a obedecer, es la misma bondad, la ternura y el Amor que deseamos entre tanta injusticia.


Se trata de un Dios que proclama la niñez como forma de vida, como paradigma para la felicidad y la creencia. Un Dios que no destruye, que no arrasa, mas deja que se le crucifique y destroce, que se le insulte y escupa soportándolo todo. Y, enterneciéndose nuestro corazón ante imagen tan pésima, respondemos con más dureza, con más fuerza y brutalidad; gritándole que pare, que no ame en extremo, pues nuestra existencia la consideramos la más mezquina y la más rastrera, sin ninguna oportunidad de salvación. Deseamos angustiadamente que sea justiciero, que se erija como el Gran Legislador que todo lo controla, ya que nuestra raza es indomable para nosotros. Es la raza que hemos intentado una y otra vez amaestrar para que sea humana, pero es un deseo que nunca se ha llegado a colmar.


Siendo un Dios humilde y cercano, que no domina y que siempre perdona, le echamos de nuestro fuero interno, lo rechazamos una y otra vez cuando él llama a la puerta presentándose como un niño a punto de nacer; pues en la posada de nuestro corazón no cabe niño tan pobre, quizás sólo un establo maloliente sea lo que le prestemos, junto a las bestias, que serán lo más seguro criaturas más fieles que nosotros.


Así Dios pasa inadvertido en la Historia, cuando es Él su mayor protagonista; como ese egipcio pobre y trabajador, es olvidado entre el mundanal ruido y las llamativas acciones de hombres escandalosos y vacíos. Pues al no darse a conocer como nosotros imaginábamos, todo poder y fuerza, le ignoramos queriendo ocupar nosotros su puesto. Convirtiéndonos por ello en la cultura del sinsentido, de la que se estudiará poco y se recordará mucho. Porque nos hemos convertido en el único pueblo que ha deseado desembarazarse de sí mismo y de su origen, buscando para no encontrar, bajo la excusa de descifrar el mundo para encriptar al Creador bajo sistemas que emborronan el sentido de la existencia.


Con todo ello, acudimos a los museos para admirar a aquellos que buscaban la vida. Aquellos que se acercaban a la eternidad a cada paso que daban en la existencia, siendo conscientes del papel que desempeñaban en la Historia. De los que no dudo que estarían participando a su manera, aquella que les fue concedida, en la verdadera Vida. Para ser nosotros los más perdidos, los que nuestros pasos son en falso en las profundidades de un progreso torrencial e incontrolado, desembocando en una nada en la que nos regocijamos.


Los museos son de esta manera los santuarios de la nostalgia, pues nos permiten observar entristecidos cómo la ilusión de los antiguos ha sido sustituida por nuestra certera ignorancia. Añorando poder encontrar esa página de la trascendencia que hemos arrancado del libro de nuestra cultura.

2 comentarios:

Jaime Nubiola dijo...

Está mucho mejor! Jaime

Rafa M. dijo...

¡Gracias! Seguiremos esforzándonos... Un saludo