lunes, 10 de agosto de 2009

Réquiem por un pulpito

Quizá esté en el mejor momento para explicar el porqué de mi anterior entrada. Pero, antes que nada, me gustaría preguntar a quienes lean esto si alguna vez se han sentido como ese pobre pulpito: completamente desorientados. A veces caemos en garajes como los del relato, sin conocerlos de antemano, y estamos dispuestos a dar un tentáculo tras otro, pero nos estorban mil complicaciones que no podemos prever.

No os voy a mentir, no es mi caso. No me encuentro como un pulpo en un garaje. Tampoco como una paloma en un volcán ni como un ornitorrinco en una tienda de juguetes, no. Yo me definiría como una tortuga; sí, como una tortuga de tierra. Lenta, sin mucha capacidad para moverse, y, sobre todo, dormilona. Pero ahora, imaginad a esa tortuga en medio de Londres. ¿No resultaría curioso? Una tortuga española en medio de una gran ciudad, siendo ella de pueblo –pues las “grandes ciudades” en la piel del toro son pequeñitas en otros lugares–, anda lenta y confusa, sin muchos aspavientos. Para colmo, ella habla el tortugués, y el inglés le resulta un poco difícil: su boca tiene la forma adecuada para el tortugués. Los ingleses le parece que hablan como pavos reales, muy rápido, sin meditar y con movimientos aeróbicos con los labios y la lengua.

¡Pobre tortuguita! Ha tenido que quitarse el caparazón para andar más rápido por la gran ciudad. Aunque no le desagrada. Este hábitat no le parece tan desolado. Es muy grande, demasiado grande, pero se está acostumbrando. Parece incluso que el inglés cobra forma y no es tan complicado. Además, la ciudad está repleta de lugares que visitar. Son preciosos, nunca había visto tales edificios. Otros le contaban cosas maravillosas de esta ciudad, pero ella no creía que fueran así. Ahora lo conoce de primera pata y su caparazón ya no es tan pesado. Puede moverse con facilidad y no estar tan quieta, tan miedosa en medio del mundo.

¡Qué bien les sienta a las tortugas aligerar el caparazón! Nuestra tortuga está muy contenta de haberlo logrado. Y Londres le resulta una ciudad muy agradable, incluso su té, que está riquísimo, según nos cuenta. Así que ¡felicidades tortuguita! Has tenido más suerte que el pulpito. ¡Pobre de él! Esperamos que el galleguiño haya disfrutado de un buen aperitivo. Y el escribidor puede asegurar –porque no ha mucho que estuvo en Santiago- que en Galicia se come muy bien. También en Inglaterra, aunque es diferente.
¡Hasta más leer!

4 comentarios:

rosario dijo...

Hijo, qué estrés ( o cuatro!). Después de asistir al funeral por el pulpiño engarajado, ahora nos lanzas, como la Armada Invencible, hacia la pérfida Albión, pero a paso de tortuga, que por mucho caparazón que le hayas quitado no deja de ser pausado y lentorro.¿No has pensado que, dado el caso y ya puestos a aligerarla, le iría de perlas recorrer Londres al paso de la oca, por aquello de The Battle of Ingland?

Bye-bye, turtle boy!

Rafa M. dijo...

¡Hombre!, tampoco es para tanto. Además, ninguno de los dos se pasa. El del pulpo era para liar un poco la cosa, que si no nos comemos demasiado el coco y después...

En cuanto a la tortuga, bueno, era para ser ilustrativos, nada más. No es tan lenta. Creo que, como decías tú en algunos de tus comentarios, es "metafórico". Y Albión no es tan pérfido como parece. Es un lugar interesante, y creo que se puede aprender mucho de los ingleses (y no sólo a contratar corsarios, sino, más bien, ese humor paradójico y sutil, para liberarnos un poco del castizo castellano).

Bye-bye, chamaleonic Rosery.

Rafa M. dijo...

Sorry, Rosary.

Miguel Fabra Pérez dijo...

Pues yo he estado en tierras gallegas y me he tomado unos pulpinhos....!! mua!! de chuparse los dedos!!