domingo, 22 de noviembre de 2009

Amor y Belleza II

Amor y belleza I está entre las entradas de junio
La respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” la encontramos en la humildad del individuo. La humildad nos abre las puertas a la contemplación. Es una ascensión por una escalera con paciencia. Sin embargo, la nostalgia nos invade al conocer nuestra finitud. Elevaremos nuestros corazones para después descender a la rutina, al comienzo, porque las cimas no pueden ser habitadas. En esto consiste una actitud humilde y conocedora de sí misma. La verdadera fidelidad no es la del vencedor que todo lo conquista y engulle, sino la del sabio y humilde monje que, a ejemplo del personaje de Tarkovsky[1], sube día a día a regar un árbol seco, esperando que algún día dé fruto. Y, asombrándonos, nuestra fidelidad en la búsqueda da sus frutos, y contemplamos admirados los brotes en las ramas secas pero reverdecidas, llenas de una vida esperada, aunque antes insospechada.

La vida del enamorado de la belleza es una constante lucha por la perfección interior. Para mantener la pureza del corazón y así alcanzar el amor (¿quién no quiere alcanzarlo?). Es una aspiración que le es intimísima y sincera. Es un pathos que engulle su interior liberándose de las ataduras de la finitud. Ante todo es incomprensión, pues la belleza no es evidente, como lo puede ser el oxígeno que respiramos. La percepción de la belleza pertenece al mundo del espíritu, que pocos habitan. Por eso podemos definir la aspiración a la belleza como amor, ya que supone sacrificio.

El sacrificio y el dolor parecen ajenos a lo bello. Quizá hasta se los considere contrapuestos. El esteticismo evita el sufrimiento, al que considera un mal. “Lo estético” es agradable, relaja. Se adueña de nuestra razón para trasladarnos a lo utópico. La mejor definición del esteticismo es utopía. No es belleza. Hace soñar, volar al templo de la estaticidad, donde nada pasa, donde nada es… Lo estético es el reino de la sinrazón, la tiranía de la razón pura. Lo estético es una mentira. Lo estético es estático. Es el reino de los dioses, donde nos sentimos dueños de la realidad y capaces de “crear” según nuestra potente voluntad. Lo estético está ligado al academicismo demiúrgico. Impone al mundo su razón de ser, midiéndolo y encriptándolo tras nuestra lógica. En el templo de lo estético somos los dioses: no hay libertad, hay sola voluntad; no hay sacrificio, hay imperio.

¿Dónde hay, entonces, sacrifico? El sacrificio es sacrum-facere, traer-hacer lo sacro, y lo sacro es la verdad. Esta no se impone, ella misma se entrega a aquellos que la buscan sinceramente. Y la sinceridad es pureza, e implica aún más esfuerzo por escuchar los latidos del ser. Este facere-sacrum es tarea del artista, no del académico. El hacer-sacro no se adquiere, es un don. No todos pueden ser artistas. Pocos pueden serlo, y pocos están dispuestos a sacrificar-se por un ideal tan alto. Por ello, hay sacrificio en aquel que no busca reconocimiento, en aquel que no obtiene beneficios, sino que lo entrega todo por necesidad, por amor. Es una disposición única, que sólo puede comprender aquel que la realiza. Así, la belleza late dentro del artista que “hace” lo sacro, que da a luz desde lo más hondo de su ser. Esto no es imperio, no es voluntad: es esclavitud. El artista está encarcelado entre los barrotes de su misión. Es partícipe de la eternidad que está sometida por la finitud de su ser. Y se convierte en víctima, inmolándose por el don del que es preso, realizándolo para alcanzar la plenitud de su existencia.

[1] Esta descripción la hace Alexander, uno de los personajes del film ‘Sacrificio (Offret)’, de Andrei Tarkovsky.

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