domingo, 8 de noviembre de 2009

MUJER

Mujer, eres la esencia de la vida. No sé qué haría yo sin ti. ¿Seré capaz de igualar tu vitalidad? La fuerza de mis brazos queda mermada ante la intensidad de tu corazón. Tus latidos son como el volcán del que fluye el fuego de la vida.

Mujer, sé muy mujer. No te dejes ganar por mí. No seas como yo, pues la tristeza me encadena. ¿Qué soy yo comparado contigo? Mera fuerza, cabeza abstracta que se deshace en sus razonamientos. ¿Y tú? Vida, intensidad, dulzura… ¡corazón! ¿Puedo yo lograr algo con el mío, que es pobre? No, nada puedo. 


Tú eres la puerta del amor, el manantial del cariño generoso. No quieras perderte en mis costumbres, que son bruscas y vacías. ¡Sé corazón, sé mujer! No tengas miedo, no te sorprendas por mis gritos y por mi seriedad, que son apariencia. Soy el perro encadenado por el sinsentido, un polluelo encerrado en su cascarón.


Tu mirada me socorre en la soledad, cuando más huérfano me siento. ¿Acaso no lo somos los hombres? ¿No estamos perdidos en nuestra reputación, en la fortaleza de nuestra imagen? Esos ojos me dejan desnudo, sin armadura. Son saetas certeras. De nada me sirve protegerme, pues comprendo cuán hondo penetras con tu agudeza. Sé que me comprendes cuando me miras. No dejes de hacerlo. ¡Qué mirada más pura! 


Y esa sonrisa te delata y me dice que soy un niño desconsolado, arrinconado por la dureza de la existencia. ¡Devuélveme a la vida! No me abandones ahora, que tanto necesito de ti, de la sencillez de tus manos y de la suavidad de tus brazos.


Me has acompañado siempre, sin que yo lo notara. Me cogías de las manos cuando no sabía andar. Me sentía seguro a tu lado, sentía que era yo mismo porque no estaba abandonado... 


No me dejes ahora, cuando mi corazón está atrofiado, cuando mi alma anhela el infinito, que tú sólo posees. ¡Ah, vida mía, qué hermosa eres! Me fundes con tu calor, con el fuego de tu alma. No sonrías tanto, porque no me resisto. ¡Eres tan mujer! Eres mía, yo soy tuyo… Una misma esencia que no puede dividirse. Un corazón que no puede latir sin la fuerza de la vida.


Ahora soy hombre… porque tú eres mujer. Gracias porque lo eres, porque me has enseñado lo que es amar. Eres la más generosa, la más atenta. Yo, en cambio, me olvido de todo con facilidad. Pero no se me escapan tus detalles, pues se notan cuando faltan. 


Y vuelvo a estar solo, con mis pensamientos, con mi corazón oxidado. Chirría, se quiebra y es pesado. Se impregna con la grasa del desaliento, cuando necesita la pureza de tu vida. No soy nada sin ti.


Vuelve a mirarme para que sepa quién soy. Hazlo, aunque llore, aunque rompa en sollozos y te destroce el alma. No tengas compasión, pues el cáncer que me corroe acabará por el calor de tu alma. Estoy ciego y tú eres mi luz. Irradia con toda tu vitalidad el sentido de mi vida. Eclipsa mi soledad con el sol de tu dulzura. Pero, ante todo, no dejes de ser mujer.

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