domingo, 13 de diciembre de 2009

Nihilismo

Nihilismo es una palabra que todos conocemos pero que pocos comprenden. Se puede usar para designar a personas; pero, sobre todo, a personas que son cultas y a muchos artistas. Quizá sea un piropo. Si no me equivoco, ser nihilista es algo que diferencia, una originalidad.

Un nihilista parece ser una persona lúcida, alguien que no tiene complejos para llamar las cosas por su nombre. Mira a su alrededor y es capaz de no tener pelos en la lengua. No se trata de un Quijote, y menos aún de un Sancho. Un nihilista sabe ir más allá. Comprueba el vacío del mundo, su sinsentido y la absurdez de la vida. Ciertamente, el nihilista es un visionario.

El nihilismo se impuso como corriente intelectual a finales del siglo diecinueve (pero no es tan nueva: siempre hubo nihilistas). Un gran grupo de intelectuales comprobaron la estrechez de miras de la Ilustración y el fracaso de las revoluciones que supuestamente aportarían la libertad.

El sabor del nihilismo es el desencanto. Es como ser adolescente. A los dieciséis años intuyes alegremente un futuro prometedor y te sientes capaz de atrapar el mundo como una canica. Pero basta llegar a los diecisiete para que la canica se convierta en una bola gigantesca y te aplaste. Compruebas tu falta de fuerza y el mundo te sobrepasa: el desengaño hace imperio en nuestro fuero interno. Igual que cuando te dicen que el Ratoncito Pérez ya no te traerá más moneditas.

Surge entonces cierta puerilidad y rebeldía que busca autoafirmarse. Esta es una actitud que se ha venido repitiendo desde que el ser humano es ser humano (desde que se le cayeron los pelos y no come plátanos). Los filósofos modernos comienzan intentando certificar la propia existencia. Un francés estuvo delante de una estufa durante semanas pensando para darse cuenta de que pensaba. Como los nihilistas, los filósofos modernos eran muy originales. Salieron de la filosofía medieval sin saber quiénes eran y decidieron empezar la filosofía partiendo del yo. Lo curioso de esto es que acaba afirmando el velamiento del yo bajo la fluidez incognoscible del ser real.

El problema del nihilismo es la adolescencia. El pensamiento medieval era un pensamiento viejo. La escolástica había dado sus últimos coletazos como una bestia abatida y moribunda. Habiendo perdido el espíritu de búsqueda de la verdad que la motivaba, se encerró dentro de su lógica haciendo que proposiciones absurdas fuesen grandes enigmas filosóficos. Los juegos del lenguaje posmodernos no se alejan mucho de esto. Ante el escepticismo senil de la escolástica los modernos decidieron encontrar la certeza y estar seguros de que sabían algo. Esta es la razón de que pensasen para saber si pensaban. Así podrían decir si se podía conocer algo del mundo y tener seguridad de su existencia.

Aseguraron que tenían manos, cogieron la canica y comenzaron a estrujarla con entusiasmo. Al principio fue la gran garantía de fuerza: la canica resultaba infantil e inofensiva. La deslizaban de un lado para el otro, jugando con ella. Pero conforme hacían esto con ella se fue haciendo más grande y escurridiza. Y cuando intentaron lanzarla al aire para verla mejor, perdieron el equilibrio y se les vino a la cabeza. Entonces comenzaron a llorar. Aunque se sentían desconsolados no se atrevieron a decirlo: apretaron los dientes y arremetieron contra la canica.

De los dieciséis años pasaron así a los diecisiete. Esta es la edad más importante del pensamiento, porque puedes rectificar o continuar en el error. Los posmodernos prefirieron volver a justificar la existencia del yo voluntariamente intentando negar la canica. Fracasaron. Pegaron tantos martillazos que no consiguieron hacer metafísica. Vieron entonces que si no podían jugar con la canica, al menos podrían jugar con el lenguaje de los que habían dicho algo de ella. Los jóvenes se hicieron viejos y los viejos se hicieron tan viejos que se fosilizaron: el polvo de los fósiles se va acumulando haciéndolos desaparecer...

Ahora estudiamos los fósiles. Nos quedaremos por ello con lo que nos han dicho nuestros hermanos mayores pensando que pensaban sin saber quiénes eran. Aunque surgen ciertos visionarios que se atreven a decir lo que parece que es: la nada. Porque sin tener la canica en las manos, ¿podemos decir que existimos?

El problema de la adolescencia es el de la identidad. Los adolescentes no saben quiénes son y quieren demostrarlo a toda costa. Se hacen llamar intelectuales o artistas para querer ser originales. Al final dicen muchos: N A D A… Y se quedan extasiados buscando identificarse en aquello que se les oculta. Así podemos decir seguros que el nihilista es una persona que dilucida el sinsentido de su in-identidad…

2 comentarios:

Marcela Duque dijo...

No sé si has escuchado una canción de Juanes a la que justo en mi adolescencia le di muchas vueltas. No es una canción típica de Juanes, que no es nada nihilista, pero es toda una letanía existencial en la que al final queda... NADA, que es el título de la canción. Y el vídeo, bueno, es lo único que se puede esperar... Y aún con todo es una canción que me encanta.
Todo consiste en lo que "ya no tengo", lo que "ya no siento", lo que "ya no me asombra". Y lo único que no se niega es el deseo de hallar el propio destino, que no deja de ser desesperante porque desde la nada es un poco difícil.

"El sabor del nihilismo es el desencanto." Totalmente. Y viviendo lo que vivimos no es de asombrar que, después de todo, el nihilismo también esté presente.

Rafa M. dijo...

Lo mejor de todo es que no hay destino. Sino que nosotros nos destinamos. Depende totalmente de nosotros. No podemos caer en el fatum porque es una mentira. El hombre es libre, sólo que le cuesta saber cómo serlo. Un saludo.