lunes, 30 de noviembre de 2009

El desnudo

El arte del desnudo es una de las manifestaciones más bellas. El cuerpo humano cautiva por sí mismo. Sea el de un hombre o una mujer, el cuerpo humano es bello. Pocos artistas consiguen plasmar la delicadeza del desnudo. Y pocos son capaces de contemplarlo con sencillez.

El desnudo tiene dos caras. Una de ellas no tiene desperdicio. Muestra la dulzura del cuerpo vista desde la inocencia. Pero podemos ser traicioneros. El desnudo no siempre es bello: puede salirse de tono, ser grotesco, feo… Puede ser mero esteticismo y no ser bueno. Es esa desnudez que hipnotiza, que no permite amar. Vela el pensamiento. No es un desnudo que se-des-nuda, que se muestra tal y como es, sino el desnudo que pre-tende: es avaricioso, egoísta… Es el desnudo del domino, no del cariño.

Sin embargo, ¿por qué el desnudo?: el cuerpo es expresivo. No podríamos manifestarnos sino por él. Junto con el lenguaje, los gestos y nuestro andar manifiestan cómo somos. No es sólo apariencia. Implica un todo que nos delata. Y, a la vez, nos oculta. El cuerpo puede ser el velo del espíritu.

No siempre se está dispuesto a des-velar-se. Produce inseguridad. Mostrar-se es difícil, implica confianza en el otro. Sentimos que no nos podemos mostrar a cualquiera. Y, a pesar de todo, nos mostramos. Es inevitable. Nuestro cuerpo nos des-vela. Estamos expuestos a los ojos del público. A los juicios y las consideraciones. Igual que los demás lo están para nosotros.

El desnudo parece ser la mejor forma de expresarse. Si es bello y sencillo es capaz presentarse como algo infantil y genuino. El cuerpo no tiene por qué cegar-nos. Quizá sea la mejor expresión de lo que somos y nos muestre la verdad de nuestra vida. Pero puede ser nuestro mejor disfraz.

A pesar de ello, hay un tipo de desnudez, y es la más costosa, de la que es imposible protegerse. No puede velar-nuestro-ser. Estamos totalmente indefensos. Es nuestro talón de Aquiles. Podemos cubrirla con nuestro cuerpo, pero nos pueden des-velar de igual manera. Se trata de la desnudez del espíritu. El espíritu es lo más íntimo, lo más privado. Nos es más propio que nuestro cuerpo. Y a la vez lo que es más desconocido para nosotros. Cuando contemplamos a los demás nos conocemos a nosotros mismos. Pero ¿cómo nos vemos en el otro? ¿Seremos capaces de desnudarnos para el otro? Quizá sí. Esto depende de la riqueza de nuestro espíritu, de nuestra belleza. No nos gusta mostrarnos feos. Por eso nos preparamos, nos cuidamos y estamos atentos ante el espejo para cuando contemplen nuestro cuerpo. Sin embargo, no pasa lo mismo con el espíritu. Preparar el espíritu es más difícil. Conocernos no es tan sencillo. Y el único espejo que encontramos para nuestro espíritu es la mirada de los otros.

La mirada está desnuda. Los ojos muestran aún más que el cuerpo. Decían los clásicos que la cara es el espejo del alma. Nos desnudamos cuando miramos a los ojos. Es un desnudo terrible, que delata lo más íntimo de nuestro ser. También es arrebatador. La belleza de una mirada cautiva más que el cuerpo mejor proporcionado. Igual es por el candor del alma, que alcanza más que el “calor” del cuerpo. El cuerpo no puede abrazar el espíritu, esto sólo puede hacerlo la mirada. Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Yo diría que una mirada vale más que diez mil.


Hay una frase en un film de José Luis Garci -Canción de cuna- que me gustó muchísimo: saber mirar es saber amar. Es una frase lúcida y llena de pureza. Muestra la riqueza de la mirada, la sencillez del corazón. Nos dice que no podemos vendernos a cualquier precio. Hay que saber mirar.

Por eso, el cuerpo lo reservaría para una última instancia, cuando se haya abrazado todo contemplando. El mundo no se conoce palpándolo, sino mirando. De la misma manera a las personas, de la misma manera a nosotros mismos. No podemos entregar el cuerpo sin entregar el espíritu, ya que supone un profundo vacío, un abismo que nunca se podrá llenar. El desnudo sincero es el de la mirada, que es la mejor acogida y la mejor entrega.

-Miremos. Aunque cueste. No tengamos pudor…

Saber mirar es un arte. Es la sensibilidad del verdadero artista. Y parece que no tenemos tiempo para mirar. Una pena. Si mirásemos con sinceridad todo cambiaría. Hallaríamos una desnudez oculta, verdadera y sencilla. Nuestro espíritu cobraría nueva vida. Nos re-conoceríamos contemplando los ojos de otra persona sin miedo. Porque nos desnuda-mos ante el otro. Así sería parte de nosotros, no podríamos prescindir de él: nos amaríamos en el otro. Miraríamos de nuevo con delicadeza, como niños. Asombrándonos ante la profundidad de la vida.

martes, 24 de noviembre de 2009

L’Étranger I

Albert Camus escribió El extranjero en 1942. Es una novela que se desarrolla en Argelia. Meursault es el nombre de su protagonista. La temática es ambigua y me parece que no es fácil abordarla. Creo que trata el ateísmo, pero esta afirmación sería precipitada.

A veces se intenta encuadrar a Camus dentro del humanismo, para mí esto es cierto. Decir que la novela es nihilista es un error. Es profundamente humana. Se sumerge en el corazón del hombre haciéndonos sentir la aguda apatía del protagonista. La existencia del protagonista es absurda y no puede mirar al futuro. Ante todo está solo. Quizá sea esta la temática y la novela sea una historia sobre la soledad.
“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. El comienzo de la novela estremece. Meursault es huérfano. Además, le resulta indiferente la muerte de su madre. Pero ¿tiene él la culpa? ¿Se puede condenar a un hombre por no tener sentimientos? No. Debería suscitar en nosotros compasión. Estar solo es una desgracia. Aún peor estar solo cuando se está acompañado. Si perdiésemos las papilas gustativas los alimentos dejarían de satisfacernos. La buena cocina sería para nosotros una estupidez, ya que todos los alimentos serían iguales. Ocurre algo parecido cuando el corazón se acartona. Da lo mismo que esté frío o caliente, pues nunca percibiremos el aliento de la vida. Es el sentimiento de que “(…) nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto”, como dice Meursault. Igual que los alimentos, la vida puede volverse insípida. La existencia es como una resaca. “Me sentía completamente vacío y me dolía un poco la cabeza”.

En la novela juega un papel especial María, la mujer a la que ama Meursault. Puede decirse que ella es la razón de su vida, aunque él no lo manifieste. Esto es triste. El protagonista, a pesar de amar-la, no puede amar. Vive muerto. “La encontré muy bella, pero no supe decírselo”, dice estando preso. Es incapaz de expresarse ante la belleza, de removerse ante aquello que le cautiva. ¿Se puede ser libre con esta perspectiva? ¿Hay libertad sin amor?

Pero en la novela se trata un tema en especial: la sociedad y su justicia. ¿Puede ser juzgado un individuo que es ajeno al mundo? ¿Es sujeto de deberes una persona que no puede amar a nadie? Sin lazos, sin intimidad ¿hay sociedad? “Me expliqué también la extraña impresión que sentía de estar de más, de ser un poco intruso”, dice Meursault. ¿Podemos juzgar a una persona que no conocemos? Esta crítica da en el clavo. El juicio es plasmado por Camus con extrema ironía. “El procurador gritó: ¡Oh, no, es suficiente!, con tal ostentación y tal mirada triunfante hacia mi lado que por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo llorar porque sentí cuánto me detestaba toda esa gente”. Un hombre que ha sido olvidado desde la cuna, al que nadie ha querido, sólo una persona quizá -María- lo ha valorado por sí mismo, al que nada produce un sentimiento y que no conoce lo que es la culpa, ¿es posible juzgarlo? ¿Sería, acaso, justo? ¿La Justicia es justa haciéndolo?

Esto, personalmente, me preocupa. No son pocos los filósofos que consideran al Derecho la panacea del ser humano. ¿Es que va a darnos el Derecho la solución a todos nuestros anhelos? ¿Puede el Derecho sondear el alma humana? Creo que no. El sistema jurídico no tiene una respuesta a la pregunta sobre el ser humano. Lo peor de todo es que no lo conoce y lo encuadra dentro de un sistema de derechos y obligaciones. Además de que nunca va a dar una respuesta, se cree capaz de todo: pan y circo…
Ahora creo que podemos hablar del ateísmo. Cuando nada te vincula, cuando no hay amor, cuando la justicia no justifica y la vida pasa, se puede ser ateo. Y aquí comienza el absurdo. La esencia del ateísmo es la orfandad. Cuando se crece solo no te enseñan, te imponen; cuando se crece solo no se quiere nada, hay deberes; cuando se crece solo no hay amor, sólo la ley… Cuando se está solo Dios se convierte en un tirano, por ello se puede ser ateo, mejor serlo si se tiene esa idea de Dios. Quizá se pueda amar, al menos, a aquellos que te aman… “Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Amor y Belleza II

Amor y belleza I está entre las entradas de junio
La respuesta a la pregunta “¿qué es la belleza?” la encontramos en la humildad del individuo. La humildad nos abre las puertas a la contemplación. Es una ascensión por una escalera con paciencia. Sin embargo, la nostalgia nos invade al conocer nuestra finitud. Elevaremos nuestros corazones para después descender a la rutina, al comienzo, porque las cimas no pueden ser habitadas. En esto consiste una actitud humilde y conocedora de sí misma. La verdadera fidelidad no es la del vencedor que todo lo conquista y engulle, sino la del sabio y humilde monje que, a ejemplo del personaje de Tarkovsky[1], sube día a día a regar un árbol seco, esperando que algún día dé fruto. Y, asombrándonos, nuestra fidelidad en la búsqueda da sus frutos, y contemplamos admirados los brotes en las ramas secas pero reverdecidas, llenas de una vida esperada, aunque antes insospechada.

La vida del enamorado de la belleza es una constante lucha por la perfección interior. Para mantener la pureza del corazón y así alcanzar el amor (¿quién no quiere alcanzarlo?). Es una aspiración que le es intimísima y sincera. Es un pathos que engulle su interior liberándose de las ataduras de la finitud. Ante todo es incomprensión, pues la belleza no es evidente, como lo puede ser el oxígeno que respiramos. La percepción de la belleza pertenece al mundo del espíritu, que pocos habitan. Por eso podemos definir la aspiración a la belleza como amor, ya que supone sacrificio.

El sacrificio y el dolor parecen ajenos a lo bello. Quizá hasta se los considere contrapuestos. El esteticismo evita el sufrimiento, al que considera un mal. “Lo estético” es agradable, relaja. Se adueña de nuestra razón para trasladarnos a lo utópico. La mejor definición del esteticismo es utopía. No es belleza. Hace soñar, volar al templo de la estaticidad, donde nada pasa, donde nada es… Lo estético es el reino de la sinrazón, la tiranía de la razón pura. Lo estético es una mentira. Lo estético es estático. Es el reino de los dioses, donde nos sentimos dueños de la realidad y capaces de “crear” según nuestra potente voluntad. Lo estético está ligado al academicismo demiúrgico. Impone al mundo su razón de ser, midiéndolo y encriptándolo tras nuestra lógica. En el templo de lo estético somos los dioses: no hay libertad, hay sola voluntad; no hay sacrificio, hay imperio.

¿Dónde hay, entonces, sacrifico? El sacrificio es sacrum-facere, traer-hacer lo sacro, y lo sacro es la verdad. Esta no se impone, ella misma se entrega a aquellos que la buscan sinceramente. Y la sinceridad es pureza, e implica aún más esfuerzo por escuchar los latidos del ser. Este facere-sacrum es tarea del artista, no del académico. El hacer-sacro no se adquiere, es un don. No todos pueden ser artistas. Pocos pueden serlo, y pocos están dispuestos a sacrificar-se por un ideal tan alto. Por ello, hay sacrificio en aquel que no busca reconocimiento, en aquel que no obtiene beneficios, sino que lo entrega todo por necesidad, por amor. Es una disposición única, que sólo puede comprender aquel que la realiza. Así, la belleza late dentro del artista que “hace” lo sacro, que da a luz desde lo más hondo de su ser. Esto no es imperio, no es voluntad: es esclavitud. El artista está encarcelado entre los barrotes de su misión. Es partícipe de la eternidad que está sometida por la finitud de su ser. Y se convierte en víctima, inmolándose por el don del que es preso, realizándolo para alcanzar la plenitud de su existencia.

[1] Esta descripción la hace Alexander, uno de los personajes del film ‘Sacrificio (Offret)’, de Andrei Tarkovsky.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ecce Homo


Deja de mirarme. No lo soporto. Tus lágrimas no van a hacer que cambie. ¿No lo entiendes? ¿Por qué insistes? Te has quedado solo. Todos te han abandonado y nadie te comprende. Incluso esos que dices que son tus discípulos. Nadie te acompaña. ¿No ves lo despreciables que somos? Abandona, ¿qué puedes cambiar? Nada. Vas a morir. Te colgaremos de ese madero. Te despreciamos. Estás a tiempo de irte, de dejarlo todo y no continuar con esta locura. ¡Tanto tiempo predicando tu mensaje! ¿Para qué? Para quedarte solo, para que te matemos…

Dices que eres la Verdad. ¿Crees que puedes abarcarlo todo? ¿Puedes soportar todo esto? ¿No nos has visto? ¿La verdad? ¿Dónde? Nadie es sincero, nadie. Todos nos dejamos llevar por la vida, por los días que nos consumen. ¿No ves lo dolorosa que es la verdad? ¿No ves lo cerca que estás de la muerte? Ninguno la ha sobrevivido. Es la reina de la verdad, la que impera con toda su fuerza. Y tú… ¿vas a enfrentarte a ella? ¡Eres un hombre! ¡Como todos los demás! No la puedes detener. Lo verás con tus propios ojos. Sucumbirás ante su poder como todo el mundo. Estás consumido, destrozado. ¿Aún pretendes continuar?

Tú no eres rey. Eres pobre. ¿Dónde está tu corte? ¿Son esos pescadores? ¿Esas mujeres? ¿Los niños? Sé sincero: todo es una farsa, una ilusión. Nosotros tenemos el poder. Ya no necesitamos profetas, queremos un verdadero rey. Los artesanos no conocen la guerra. ¿Puedes darnos dinero? No. Eso es lo que necesitamos para nuestra revolución. Ese es el rey que esperamos. ¡Tú no! ¿Qué nos ofreces? ¡Amor! ¡Pan de vida! ¿Un rey puede mandar con amor? ¡Hace falta justicia! ¡El imperio de la ley! Déjalo ya. Me das asco. Basta de tanto teatro. ¿Cómo te atreves a decir que nos amas? No te creo. Es imposible amar. Amar al otro como a uno mismo… ¿Como a uno mismo? ¿Pretendes decirme que puedo amarme? Tú no nos conoces. Si supieras lo despreciable que es el hombre no dirías esas cosas. No necesitamos el amor. El amor es para los dioses. Y tú no eres Dios, no eres su Hijo. Eso te lo vamos a demostrar. Vas a odiarnos con todo tu corazón. Te torturaremos hasta que nos digas la verdad, hasta que demuestres lo que se oculta tras la falsedad de tu cariño. Vas a sufrir, te lo aseguro. Estás solo.

Pero te voy a dar una oportunidad. Saldrás fuera y pedirás perdón por intentar amarnos. Será lo único que te conceda. Si no dejas de hacerlo seré yo quien te clave en la cruz. Y no soy compasivo. Conozco a la gente como tú. Es fácil hacerlo. ¡Qué ilusos! ¿Tenéis esperanza? ¿Tú tienes esperanza? Haces sufrir a la gente diciendo eso. ¡Déjanos vivir con nuestra desgracia! Tenemos suficiente con no matarnos. Además, este mundo no está tan mal. Podemos vivir los pocos días que nos quedan. ¿Y te atreves a hablarnos de vida eterna? ¿No ves que eres el peor hombre que ha habido? ¡Eres una mentira! ¡No seas infantil! ¿Quién te ha engañado? ¿Quién te ha enseñado todo lo que predicas? No digas que es “tu Padre”, porque eso no es así. No hay ningún padre. Si lo hay es cruel y malvado. Su reino se ve por todas partes. Sólo nos queda soportarlo como podemos. Por eso te dejo que pidas perdón por estar engañado. Sal fuera y dilo. Es sencillo. Todos te creerán enseguida. Es más fácil eso que todo lo que nos has dicho. No pidas que tengamos fe en ti, pues eso será tu sentencia de muerte. Y te queda poco tiempo. Si lo haces ahora te dejaré libre, puede que hasta te conceda algún privilegio…

¿No? ¡Insistes! ¿Crees que puedes cargar con nuestros pecados, con nuestro odio y nuestro vacío? Bien, tú lo has querido. Vas a morir.

-¡No tenemos más rey que el César! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

domingo, 8 de noviembre de 2009

MUJER

Mujer, eres la esencia de la vida. No sé qué haría yo sin ti. ¿Seré capaz de igualar tu vitalidad? La fuerza de mis brazos queda mermada ante la intensidad de tu corazón. Tus latidos son como el volcán del que fluye el fuego de la vida.

Mujer, sé muy mujer. No te dejes ganar por mí. No seas como yo, pues la tristeza me encadena. ¿Qué soy yo comparado contigo? Mera fuerza, cabeza abstracta que se deshace en sus razonamientos. ¿Y tú? Vida, intensidad, dulzura… ¡corazón! ¿Puedo yo lograr algo con el mío, que es pobre? No, nada puedo. 


Tú eres la puerta del amor, el manantial del cariño generoso. No quieras perderte en mis costumbres, que son bruscas y vacías. ¡Sé corazón, sé mujer! No tengas miedo, no te sorprendas por mis gritos y por mi seriedad, que son apariencia. Soy el perro encadenado por el sinsentido, un polluelo encerrado en su cascarón.


Tu mirada me socorre en la soledad, cuando más huérfano me siento. ¿Acaso no lo somos los hombres? ¿No estamos perdidos en nuestra reputación, en la fortaleza de nuestra imagen? Esos ojos me dejan desnudo, sin armadura. Son saetas certeras. De nada me sirve protegerme, pues comprendo cuán hondo penetras con tu agudeza. Sé que me comprendes cuando me miras. No dejes de hacerlo. ¡Qué mirada más pura! 


Y esa sonrisa te delata y me dice que soy un niño desconsolado, arrinconado por la dureza de la existencia. ¡Devuélveme a la vida! No me abandones ahora, que tanto necesito de ti, de la sencillez de tus manos y de la suavidad de tus brazos.


Me has acompañado siempre, sin que yo lo notara. Me cogías de las manos cuando no sabía andar. Me sentía seguro a tu lado, sentía que era yo mismo porque no estaba abandonado... 


No me dejes ahora, cuando mi corazón está atrofiado, cuando mi alma anhela el infinito, que tú sólo posees. ¡Ah, vida mía, qué hermosa eres! Me fundes con tu calor, con el fuego de tu alma. No sonrías tanto, porque no me resisto. ¡Eres tan mujer! Eres mía, yo soy tuyo… Una misma esencia que no puede dividirse. Un corazón que no puede latir sin la fuerza de la vida.


Ahora soy hombre… porque tú eres mujer. Gracias porque lo eres, porque me has enseñado lo que es amar. Eres la más generosa, la más atenta. Yo, en cambio, me olvido de todo con facilidad. Pero no se me escapan tus detalles, pues se notan cuando faltan. 


Y vuelvo a estar solo, con mis pensamientos, con mi corazón oxidado. Chirría, se quiebra y es pesado. Se impregna con la grasa del desaliento, cuando necesita la pureza de tu vida. No soy nada sin ti.


Vuelve a mirarme para que sepa quién soy. Hazlo, aunque llore, aunque rompa en sollozos y te destroce el alma. No tengas compasión, pues el cáncer que me corroe acabará por el calor de tu alma. Estoy ciego y tú eres mi luz. Irradia con toda tu vitalidad el sentido de mi vida. Eclipsa mi soledad con el sol de tu dulzura. Pero, ante todo, no dejes de ser mujer.