El arte del desnudo es una de las manifestaciones más bellas. El cuerpo humano cautiva por sí mismo. Sea el de un hombre o una mujer, el cuerpo humano es bello. Pocos artistas consiguen plasmar la delicadeza del desnudo. Y pocos son capaces de contemplarlo con sencillez.El desnudo tiene dos caras. Una de ellas no tiene desperdicio. Muestra la dulzura del cuerpo vista desde la inocencia. Pero podemos ser traicioneros. El desnudo no siempre es bello: puede salirse de tono, ser grotesco, feo… Puede ser mero esteticismo y no ser bueno. Es esa desnudez que hipnotiza, que no permite amar. Vela el pensamiento. No es un desnudo que se-des-nuda, que se muestra tal y como es, sino el desnudo que pre-tende: es avaricioso, egoísta… Es el desnudo del domino, no del cariño.
Sin embargo, ¿por qué el desnudo?: el cuerpo es expresivo. No podríamos manifestarnos sino por él. Junto con el lenguaje, los gestos y nuestro andar manifiestan cómo somos. No es sólo apariencia. Implica un todo que nos delata. Y, a la vez, nos oculta. El cuerpo puede ser el velo del espíritu.
No siempre se está dispuesto a des-velar-se. Produce inseguridad. Mostrar-se es difícil, implica confianza en el otro. Sentimos que no nos podemos mostrar a cualquiera. Y, a pesar de todo, nos mostramos. Es inevitable. Nuestro cuerpo nos des-vela. Estamos expuestos a los ojos del público. A los juicios y las consideraciones. Igual que los demás lo están para nosotros.
El desnudo parece ser la mejor forma de expresarse. Si es bello y sencillo es capaz presentarse como algo infantil y genuino. El cuerpo no tiene por qué cegar-nos. Quizá sea la mejor expresión de lo que somos y nos muestre la verdad de nuestra vida. Pero puede ser nuestro mejor disfraz.
A pesar de ello, hay un tipo de desnudez, y es la más costosa, de la que es imposible protegerse. No puede velar-nuestro-ser. Estamos totalmente indefensos. Es nuestro talón de Aquiles. Podemos cubrirla con nuestro cuerpo, pero nos pueden des-velar de igual manera. Se trata de la desnudez del espíritu. El espíritu es lo más íntimo, lo más privado. Nos es más propio que nuestro cuerpo. Y a la vez lo que es más desconocido para nosotros. Cuando contemplamos a los demás nos conocemos a nosotros mismos. Pero ¿cómo nos vemos en el otro? ¿Seremos capaces de desnudarnos para el otro? Quizá sí. Esto depende de la riqueza de nuestro espíritu, de nuestra belleza. No nos gusta mostrarnos feos. Por eso nos preparamos, nos cuidamos y estamos atentos ante el espejo para cuando contemplen nuestro cuerpo. Sin embargo, no pasa lo mismo con el espíritu. Preparar el espíritu es más difícil. Conocernos no es tan sencillo. Y el único espejo que encontramos para nuestro espíritu es la mirada de los otros.
La mirada está desnuda. Los ojos muestran aún más que el cuerpo. Decían los clásicos que la cara es el espejo del alma. Nos desnudamos cuando miramos a los ojos. Es un desnudo terrible, que delata lo más íntimo de nuestro ser. También es arrebatador. La belleza de una mirada cautiva más que el cuerpo mejor proporcionado. Igual es por el candor del alma, que alcanza más que el “calor” del cuerpo. El cuerpo no puede abrazar el espíritu, esto sólo puede hacerlo la mirada. Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Yo diría que una mirada vale más que diez mil.
Hay una frase en un film de José Luis Garci -Canción de cuna- que me gustó muchísimo: saber mirar es saber amar. Es una frase lúcida y llena de pureza. Muestra la riqueza de la mirada, la sencillez del corazón. Nos dice que no podemos vendernos a cualquier precio. Hay que saber mirar.
Por eso, el cuerpo lo reservaría para una última instancia, cuando se haya abrazado todo contemplando. El mundo no se conoce palpándolo, sino mirando. De la misma manera a las personas, de la misma manera a nosotros mismos. No podemos entregar el cuerpo sin entregar el espíritu, ya que supone un profundo vacío, un abismo que nunca se podrá llenar. El desnudo sincero es el de la mirada, que es la mejor acogida y la mejor entrega.
-Miremos. Aunque cueste. No tengamos pudor…
Saber mirar es un arte. Es la sensibilidad del verdadero artista. Y parece que no tenemos tiempo para mirar. Una pena. Si mirásemos con sinceridad todo cambiaría. Hallaríamos una desnudez oculta, verdadera y sencilla. Nuestro espíritu cobraría nueva vida. Nos re-conoceríamos contemplando los ojos de otra persona sin miedo. Porque nos desnuda-mos ante el otro. Así sería parte de nosotros, no podríamos prescindir de él: nos amaríamos en el otro. Miraríamos de nuevo con delicadeza, como niños. Asombrándonos ante la profundidad de la vida.
Por eso, el cuerpo lo reservaría para una última instancia, cuando se haya abrazado todo contemplando. El mundo no se conoce palpándolo, sino mirando. De la misma manera a las personas, de la misma manera a nosotros mismos. No podemos entregar el cuerpo sin entregar el espíritu, ya que supone un profundo vacío, un abismo que nunca se podrá llenar. El desnudo sincero es el de la mirada, que es la mejor acogida y la mejor entrega.
-Miremos. Aunque cueste. No tengamos pudor…
Saber mirar es un arte. Es la sensibilidad del verdadero artista. Y parece que no tenemos tiempo para mirar. Una pena. Si mirásemos con sinceridad todo cambiaría. Hallaríamos una desnudez oculta, verdadera y sencilla. Nuestro espíritu cobraría nueva vida. Nos re-conoceríamos contemplando los ojos de otra persona sin miedo. Porque nos desnuda-mos ante el otro. Así sería parte de nosotros, no podríamos prescindir de él: nos amaríamos en el otro. Miraríamos de nuevo con delicadeza, como niños. Asombrándonos ante la profundidad de la vida.




