miércoles 30 de diciembre de 2009

El espejo

Hay autores que rompen con los esquemas clásicos, que deshacen todo tipo de encuadres lógicos y metafísicos. Llegan hasta lo más profundo de la existencia menoscabando las articulaciones preconcebidas del pensamiento. Se introducen con valentía en la selva del ser sin importarles lo que les digan y soportando todo tipo de ignorancia crítica. Uno de estos autores fue Andrei Tarkovsky.

Este director de cine no tiene semejante. Es único. Y es único porque fue irreductible. Trabajó a contracorriente y se atrevió a desafiar a los académicos. Creyó y vivió en la libertad y en la verdad, y confió de toda gana en su capacidad para llegar más allá. Pudo hablar del alma en la URSS, donde, en concreto, no se tenía en cuenta el espíritu. Hasta fue capaz de renunciar a su amada Rusia para continuar con su obra. Huyó a Italia, donde pudo desafiar a la nostalgia para continuar creando. Fruto de ello es ‘Nostalgia’ y ‘Sacrificio’, películas que desvirtúan toda concepción cinematográfica.

Ayer pude ver ‘El espejo’. Es uno de sus films. Precioso. Aunque íntimo. Tarkovsky se salta incluso a sí mismo. Creo que es un pequeño capricho. Un regalo que hizo a sus padres. Conjuga el recuerdo con el sueño, el futuro con la historia y el amor con la ofensa. Es demasiado humano. Podría introducirse en nuestra alma y desmantelar todos nuestros muros. Con Tarkovsky todo queda a un lado. Te desvela, y por eso es difícil de comprender. No se mete en la cabeza, sino que descuadra el corazón. Plasma la vida tal cual es. Con la fluidez y la estaticidad; la dureza y la dulzura; el sentido y el horror.

Pasas de la vejez a la infancia, de la madurez a la pubertad y del nacimiento a la muerte. Todo cabe en los films de Tarkovsky. No podemos definirlo: es Tarkovsky. Encasillarlo es un crimen. Igual que Leonardo, no conocemos su técnica. Sus témperas son de propia manufactura. No se puede copiar. De la misma manera que Caravaggio atravesó los límites de la pintura, Tarkovsky pudo atravesar los límites del celuloide.

Su cine no es cine. Es más, es arte. Sintetiza sin sintetizar todos los lenguajes. Respeta y coquetea con la verdad. Supera el lenguaje. No se enzarza con las normas. Observa con sencillez y maestría la vida y su sentido. Por eso es capaz de crear auténticas obras de arte. No tiene pretensiones: conoce.

Una mujer joven se observa ante el espejo y se ve anciana. El tiempo pasa, y la vida no se detiene. Su marido va y viene. Casi siempre a solas. Sus hijos van creciendo y su padre es casi un fantasma, un alma que se aparece a intervalos. Y, como una estrella fugaz, se presenta cuando el corazón se encuentra a oscuras y cuando se presentan miles de lucecillas más que se mantienen quietas. Apariencias, deseos y proyectos junto con el esfuerzo y el desconsuelo. Y llegan las ilusiones y las oportunidades. Pero el espejo ya no es un reflejo, es nuestra imagen.

Tarkovsky: ver para creer. Dejemos la Coca Cola, ahora toca un reserva. Sólo para paladares escogidos. Ojos claros y corazón inquieto. No se trata de razón pura, sino del noúmeno en toda su esencia. Un viaje más allá de los límites de la experiencia posible fuera de parámetros y prejuicios. El barroquismo posmoderno dinamitado por la sinceridad. El nihilismo superado por la sensatez. Un camino en el que sólo podemos ser peregrinos.

domingo 27 de diciembre de 2009

Plenitud de los tiempos

Plenitud de los tiempos… Curioso concepto. ¿Qué es plenitud de los tiempos? El tiempo ¿puede ser pleno? Quizá llegue un momento en el que el “fluir” sea claro, perfecto, sin medida; en el que el tiempo no nos desintegre como el viento a la esfinge o como las olas del mar erosionan el acantilado… Pero ¿acaso ha ocurrido eso? ¿Plenitud de los tiempos es inmutabilidad?

Dicen que hace unos dos mil años nació un niño en Judea. Para unos no tuvo importancia su nacimiento, para otros fue una amenaza y un desafío a la erudición, y para algunos filósofos y pastores fue la salvación. A ese niño se le llamó el Mesías para ensalzarlo y ajusticiarlo. Fue signo de contradicción. Sólo cabía aceptarlo de toda gana o rechazarlo hasta desearle la muerte. No hay punto medio. Igual que ocurre con el tiempo: o se vive en él o nos erosiona el alma. Y si ese niño era la plenitud de los tiempos no se podía prescindir de él.

Tras ese niño, tras dos mil años de cristianismo, ¿ha llegado la plenitud de los tiempos? ¿Es el hombre más humano? ¿Han acabado los males, sucumbido los tiranos y engordado los que pasaban hambre? Al parecer, el ambiente no es muy favorecedor. A derecha e izquierda vemos el horror del hombre, el poder de su impotencia. Pero sólo en apariencia: todo pasa. Unos hombres siguen a otros, y cada uno vuelve a empezar. El tiempo concede oportunidades. Entonces, ¿qué era ese niño? Poca cosa: nació en un establo junto a los animales. Sus padres eran campesinos y vivían de la artesanía. Él no aprendió nada de los eruditos. No fue a Atenas ni a Alejandría, tampoco a Roma. Y, para asombro y temor de todos, se proclamó Camino, Verdad y Vida.

Nadie duda que Jesús fuera un gran hombre. Un hombre bueno que padeció la injusticia. Sin embargo, ¿cómo pudo ser este hombre el Signo del tiempo si sucumbió al mismo tiempo, si fue crucificado como un villano y tomado por loco? Seguirle parece una temeridad. En los primeros años de su legado fueron crucificados, quemados, torturados y engullidos por las fieras aquellos que se decían sus hermanos. Por eso, ¿ha sido Jesús la plenitud del tiempo? ¿Qué supone tal plenitud? Todo sigue pasando de igual manera (¿de igual manera?). Siguen las guerras, las enfermedades y todo tipo de penurias. Y aquellos que quieren hacer el bien viven con cierta resignación ante tanta injusticia. ¿Cómo puede darnos esperanza Jesús? Él se fue, nosotros, cada uno de nosotros, está aquí expuesto al tiempo. ¿Qué hacer, pues? ¿Vivir de utopías, de melancolía, de desengaños? ¿Qué puedo hacer yo?

El tiempo es poderoso. No hay mal que perdure ni tirano que no sucumba al tiempo. El problema es ver al mal y al tirano como entes vivos y capaces. Porque no lo son. ¿Dónde están? En ningún sitio. Se trata de algo concreto, de un alguien que lo propugna. De igual manera pasa con el bien, pues no es sino por nosotros que lo hacemos. Depende de nosotros: podemos gritar la crucifixión como los fariseos, prescindir de la verdad como Pilato o estar al pie de la cruz como María, la Virgen.

¿Qué es, pues, la plenitud del tiempo? Entender que nada ha pasado. El tiempo no es tiempo. El ayer no es y el mañana no ha llegado. Sólo existe un ahora que se nos escapa en el sueño. El ahora de la eternidad de ese niño que se presenta en un portal. El ahora del Tiempo que no es tiempo, que no empobrece, sino que da, que crece. Plenitud es crecimiento, Vida. Un fluir desbordante y vigoroso. Nos convertimos en torrente embravecido para adelantarnos al tiempo al ser con el Tiempo, que es Origen y Plenitud. Así podemos contemplar asombrados el nacimiento del Niño Dios.

jueves 17 de diciembre de 2009

Moralina

Cuando estás aprendiendo a andar te cogen de las manos para ayudarte. Todo es gigantesco y, en apariencia, insorteable. Te tienes que enfrentar con los muebles de la casa, los columpios y a esa oscuridad del pasillo que parece poderosa. Esa oscuridad que no te permite ver más allá, que domina tu imaginación haciéndote creer que bestias terribles o espectros sutiles te van a abordar: la cabeza de un niño es un mundo increíble…

Los pasos son inciertos, arriesgados. Más de una vez nos caemos y necesitamos apoyarnos en los muebles. Más de una vez necesitamos de las manos de otro para poder andar… Pero no será así siempre: llegará un momento en el que te tienen que dejar solo. Los músculos tomarán forma a base de esfuerzo y decisión, y los que eran colosos se convierten en microbios. Incluso a fuerza de correr atravesando la oscuridad sientes la seguridad de que no hay nada, de que no era para tanto. Y los columpios se convierten en tus más fieles lacayos y llegas a lo más alto del tobogán para lanzarte sin miedo hacia abajo.

Es importante aprender a andar. Aunque hay cierta timidez en algunas niñeras que no dejan que los niños anden y aprendan por sí mismos. Nunca sueltan sus manos ni dejan que se caigan, ni que atraviesen el pasillo por sí mismos, pues temen que se hagan daño. Una pena, porque el niño no aprenderá a hacer nada por sí mismo.

De igual manera pasa con algunas personas miedosas y listas que temen que otros empiecen a pensar. Se precipitaron en sus razonamientos (si es que los tuvieron) sin ningún tipo de equilibrio y perdieron la seguridad. No siendo capaces de sortear ningún obstáculo y habiendo llorado durante horas sin poder cruzar el pasillo oscuro o, tal vez, por no poder caminar sin las manos de otro, pregonan a destajo a cualquiera que se encuentran que tengan cuidado y que no anden. Intentan enseñarles cómo andar para que no se hagan daño diciéndoles que se queden quietos y que no den un solo paso, que esperen a que lo hagan otros: han visto que no pueden andar por sí mismos. Así se vuelven paralíticos, intentando paralizar a todo aquel que desee avanzar en el pensamiento.

No estando contentos con su parálisis mental, desean enseñar a otros a pensar diciendo que piensen. Precisamente porque ellos no han andado nunca ni han jugado con los columpios del pensamiento, inventan unos juegos del lenguaje que dinamitan el ingenio volviéndolo paralítico: los que quieren enseñar a pensar son los primeros que imponen su pensamiento.

La moralina tiene mucho que ver con el logicismo, y ambos son hijos de la ignorancia. Cuando no se conoce lo que es la persona ni el ser que ella implica, algunos intentan imponerle unas normas de conducta para encorsetarla dentro de un sistema antropomórfico. Los que no conocen nada del pensamiento desean reducirlo a simple morfología mental que anula toda visibilidad: el pasillo es oscuro y está lleno de monstruos. Por eso, si se hace caso a las personas que tienen miedo de andar por sí mismas, se corre el riesgo de quedarse paralítico y de conformarse con una moralina insípida. Para colmo, el pensamiento se queda sin papilas gustativas y las ideas carecen de sabor...

martes 15 de diciembre de 2009

De la escritura

De entre las personas que escriben, las tenemos de dos clases. No todas las personas que escriben lo hacen conscientemente, y no todas las personas que escriben lo hacen de verdad.

Escribir no es simplemente una técnica. No podemos concebir la escritura como simple estilo. Esto es otra cosa. Lo más seguro es que esto sólo sea esteticismo, academicismo. O, quizá, técnica de aficionados: cualquiera puede escribir. Rilke dice que escribir debe ser una necesidad. Y no creo que todas las personas que han escrito algo lo hagan por necesidad. Por ese deseo ardiente que consume desde lo más hondo, haciéndote expresar aquello que clama desde dentro. Muchas personas escriben para sentirse bien, para creer que pueden hacerlo. Esto es comprensible, pues a todos se nos pasa por la cabeza ese pensamiento de querer ser famoso, firmar libros y demás. Pero hemos de fijarnos en aquellos que han escrito algo de verdad: Cervantes lo pasó muy mal. No podemos decir que este escritor disfrutara con su “afición” (¿afición?). Si prestamos atención a su vida vemos una y otra vez el desconsuelo y el fracaso entre unos pocos reconocimientos. ¿Es atractiva una vida así? Cervantes se enfrentó contra viento y marea, y, en particular, contra el Fénix de los ingenios (Lope). Ante este tuvo que bajar la cabeza y reconocer su maestría… Y no dejó de escribir. Ahora todos ven a Cervantes como un genio y de su burla de caballerías una obra maestra. No todos lo vieron así en su momento. A pesar de todo, Miguel de Cervantes, manco, pobre y olvidado, escribió durante toda su vida y su Quijote es una obra en la que todos los hombres pueden verse reflejados.

Tenemos así dos clases de personas que escriben. Una de ellas es la del ESCRITOR. El ESCRITOR es un hombre que expresa la verdad, que no oculta sus intenciones. Se arriesga. No tiene complejos a la hora de plasmar con la pluma (pilot, máquina de escribir, el ordenador…) lo que de verdad percibe y anhela. Una característica del ESCRITOR es la universalidad. No se encuentra condicionado por su entorno. Lo pueden leer en China o en Marruecos y lo entienden igualmente. El ESCRITOR es un ser humano, porque “es” de verdad y “escribe lo que es”. Se da cuenta de lo que late en todos los corazones… Pero tenemos otro tipo de persona que escribe. Esta es el ESCRIBIDOR. El ESCRIBIDOR tiene muchas denominaciones. Cada una de ellas particular. No podemos decirlas todas. Una es la de oportunista. El ESCRIBIDOR es un pícaro. Da lo que sabe que tiene que dar cuando toca. Lo que importa es destacar. Y si puede ganar dinero, mejor (igual escribe por eso). Al ESCRIBIDOR no le importa el arte, sino lo inmediato. Pero no podemos ser duros con el ESCRIBIDOR. Los hay por afición y gusto. Y esto es respetable. Incluso puede que lleguen a hacerlo por necesidad, pero no significa por ello que se arriesguen a que se les rechace. Quizá lo hagan inconscientemente.

No todos son ESCRITORES. Pero todos podemos ser ESCRIBIDORES. Y eso, si soy sincero, es un consuelo. Además, los novatos tenemos mucho de ESCRIBIDORES. Y si los veteranos se consideran ESCRITORES, por favor, que lo reconsideren, porque no quiero darles el disgusto y decirles que puede que sean ESCRIBIDORES…

domingo 13 de diciembre de 2009

Nihilismo

Nihilismo es una palabra que todos conocemos pero que pocos comprenden. Se puede usar para designar a personas; pero, sobre todo, a personas que son cultas y a muchos artistas. Quizá sea un piropo. Si no me equivoco, ser nihilista es algo que diferencia, una originalidad.

Un nihilista parece ser una persona lúcida, alguien que no tiene complejos para llamar las cosas por su nombre. Mira a su alrededor y es capaz de no tener pelos en la lengua. No se trata de un Quijote, y menos aún de un Sancho. Un nihilista sabe ir más allá. Comprueba el vacío del mundo, su sinsentido y la absurdez de la vida. Ciertamente, el nihilista es un visionario.

El nihilismo se impuso como corriente intelectual a finales del siglo diecinueve (pero no es tan nueva: siempre hubo nihilistas). Un gran grupo de intelectuales comprobaron la estrechez de miras de la Ilustración y el fracaso de las revoluciones que supuestamente aportarían la libertad.

El sabor del nihilismo es el desencanto. Es como ser adolescente. A los dieciséis años intuyes alegremente un futuro prometedor y te sientes capaz de atrapar el mundo como una canica. Pero basta llegar a los diecisiete para que la canica se convierta en una bola gigantesca y te aplaste. Compruebas tu falta de fuerza y el mundo te sobrepasa: el desengaño hace imperio en nuestro fuero interno. Igual que cuando te dicen que el Ratoncito Pérez ya no te traerá más moneditas.

Surge entonces cierta puerilidad y rebeldía que busca autoafirmarse. Esta es una actitud que se ha venido repitiendo desde que el ser humano es ser humano (desde que se le cayeron los pelos y no come plátanos). Los filósofos modernos comienzan intentando certificar la propia existencia. Un francés estuvo delante de una estufa durante semanas pensando para darse cuenta de que pensaba. Como los nihilistas, los filósofos modernos eran muy originales. Salieron de la filosofía medieval sin saber quiénes eran y decidieron empezar la filosofía partiendo del yo. Lo curioso de esto es que acaba afirmando el velamiento del yo bajo la fluidez incognoscible del ser real.

El problema del nihilismo es la adolescencia. El pensamiento medieval era un pensamiento viejo. La escolástica había dado sus últimos coletazos como una bestia abatida y moribunda. Habiendo perdido el espíritu de búsqueda de la verdad que la motivaba, se encerró dentro de su lógica haciendo que proposiciones absurdas fuesen grandes enigmas filosóficos. Los juegos del lenguaje posmodernos no se alejan mucho de esto. Ante el escepticismo senil de la escolástica los modernos decidieron encontrar la certeza y estar seguros de que sabían algo. Esta es la razón de que pensasen para saber si pensaban. Así podrían decir si se podía conocer algo del mundo y tener seguridad de su existencia.

Aseguraron que tenían manos, cogieron la canica y comenzaron a estrujarla con entusiasmo. Al principio fue la gran garantía de fuerza: la canica resultaba infantil e inofensiva. La deslizaban de un lado para el otro, jugando con ella. Pero conforme hacían esto con ella se fue haciendo más grande y escurridiza. Y cuando intentaron lanzarla al aire para verla mejor, perdieron el equilibrio y se les vino a la cabeza. Entonces comenzaron a llorar. Aunque se sentían desconsolados no se atrevieron a decirlo: apretaron los dientes y arremetieron contra la canica.

De los dieciséis años pasaron así a los diecisiete. Esta es la edad más importante del pensamiento, porque puedes rectificar o continuar en el error. Los posmodernos prefirieron volver a justificar la existencia del yo voluntariamente intentando negar la canica. Fracasaron. Pegaron tantos martillazos que no consiguieron hacer metafísica. Vieron entonces que si no podían jugar con la canica, al menos podrían jugar con el lenguaje de los que habían dicho algo de ella. Los jóvenes se hicieron viejos y los viejos se hicieron tan viejos que se fosilizaron: el polvo de los fósiles se va acumulando haciéndolos desaparecer...

Ahora estudiamos los fósiles. Nos quedaremos por ello con lo que nos han dicho nuestros hermanos mayores pensando que pensaban sin saber quiénes eran. Aunque surgen ciertos visionarios que se atreven a decir lo que parece que es: la nada. Porque sin tener la canica en las manos, ¿podemos decir que existimos?

El problema de la adolescencia es el de la identidad. Los adolescentes no saben quiénes son y quieren demostrarlo a toda costa. Se hacen llamar intelectuales o artistas para querer ser originales. Al final dicen muchos: N A D A… Y se quedan extasiados buscando identificarse en aquello que se les oculta. Así podemos decir seguros que el nihilista es una persona que dilucida el sinsentido de su in-identidad…