miércoles, 29 de septiembre de 2010

Las Sonatas I

Después de haber navegado sin rumbo en mis lecturas, he encontrado un destino al que quiero llegar. He descubierto mi América, o eso espero: Ramón del Valle-Inclán. Hacía mucho tiempo que mis sentimientos no eran tan afines a mis lecturas, y que las palabras que leía no me guiaban con tanta maestría. Este autor tiene, sobre todo, buen gusto. Su sentido del humor y capacidad para describir situaciones que pueden parecer serias es inigualable. La mirada con la que capta el mundo es aguda y sincera, capaz de trivializar sin caer en la burla…

He leído un par de sus Sonatas: Primavera y Estío. En ellas nos presenta “las «Memorias amables», que ya muy viejo empezó a escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez! Era feo, católico y sentimental”. ¡Ojalá pudiese yo dar testimonio de vivencias tan vivas! El Marqués no es un romántico cualquiera. Sabe vivir la vida. Es, diría yo, el vivo genio. No se presenta ante el instante con paradigmas, sino que actúa amando sin medida, saboreando cada momento como un caballero. En su escudo de armas está esculpido el mismísimo Carpe diem! con elegancia y sin el instinto del libertinaje.

Lo que más me ha gustado del libro son sus sentencias lapidarias. Los amores del Marqués son únicos, pero su filosofía es aún más original. En sus pensamientos, en sus palabras o en boca de otros personajes, nos encontramos con una sabiduría sincera, vital. Quizá sea, a veces, cínico, sin embargo no es motivo para dejarlo de lado. Dice, por ejemplo: “Yo, calumniado y mal comprendido, no fui otra cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz” –cada uno que juzgue por sí mismo–. También: “Cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreír, y que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido siempre mi mayor virtud!”. Y luego: “Por aquellos días de peregrinación sentimental era yo joven y algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no lo confesase, y acaso sin saberlo, era feliz, con esa felicidad indefinible que da el poder amar a todas las mujeres. Sin ser un donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada, pero de amor juvenil y bullente, de pasión equilibrada y sanguínea. Los decadentismos de la generación nueva no los he vivido jamás. Todavía hoy, después de haber pecado tanto, tengo las mañanas triunfantes, y no puedo menos de sonreír recordando que hubo una época lejana donde lloré por muerto mi corazón: Muerto de celos, de rabia y de amor”.

Estas son las confesiones de un converso a la vida. De una persona que tuvo fe, una fe verdadera, ferviente, en la vida misma. Que prescindió de prejuicios y desánimos. El Marqués se lanzó a la vida como un conquistador, quemando las naves y dejándolas atrás, sin dejar que el miedo lo dominase. A fin de cuentas, se enfrentó a las circunstancias como un verdadero hispano.

Veremos cómo acaban las Sonatas. Quedan dos: Otoño e invierno. Y podremos juzgar la vida de este hombre. Ojalá Valle no nos defraude.

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