sábado, 16 de enero de 2010

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La clase de matemáticas. Las doce de la mañana. El profesor no es muy gracioso y, para colmo, pregunta para fastidiar. Los números son para mí como las patatas fritas para los caracoles. O sea, eso. Y al profesor le gusta ver que la gente no entiende nada. Parece más inteligente. Me mira de reojo desde la pizarra mientras escribe una ecuación. “Juan, sal a la pizarra”, me dice. Yo salgo temblando. “¿Puedes hacerla?”, dice. No sé qué contestar. Pongo cara de poker. “¡Venga! ¿No sabes calcular?”, me pregunta. “Eso es evidente”, pienso. Mira a los compañeros. “¿Qué pensáis vosotros?”, pregunta. Levanta la mano Luis, el empollón. “¿Alguien más?”, vuelve a preguntar. “Pues mira”, me dice, “se hace así”, dice resolviendo la ecuación. “¿Tan difícil te parece?”. “No”, le contesto. “¿No? Entonces, ¿qué pasa? ¿No quieres hacerla?”, me pregunta. “No. Es que no creo en las matemáticas”, le contesto. Me doy la vuelta, me dirijo a la puerta y salgo de clase. El profesor se queda estupefacto. Y, mientras bajo las escaleras, veo que me sigue la mayoría de la clase. Luis es el único que sigue en su pupitre.