domingo, 18 de abril de 2010

Libertad e injusticia

Las tres niñas de la portada de Todo fluye anuncian la crítica de su autor. Vasili Grossman consigue con esta obra estremecer nuestra conciencia. Nos traslada a un pasado no muy lejano, en el que mujeres y hombres eran despojados de sus raíces sin motivo, en el que el imperio de la ley era más fuerte que el nombre y la dignidad de cualquier persona.

La obra es una gran crítica del Estado estalinista. Una dictadura que no resuena lo suficiente y que fue camuflada tras las promesas fallidas de la revolución socialista. La gran empresa hegeliana y marxista por alcanzar las cotas más altas de la razón, intentando superar a la propia realidad, se hizo patente en los estados totalitarios que surgieron a lo largo del siglo XX, en especial en el soviético y en el nazi. La pugna hegeliana traspasó los libros para encarnarse en todos los hombres que fueron asesinados en los campos de exterminio. Así, el desarrollo dialéctico de los diferentes progresos (de los nuevos mesías) transformó la faz de Europa, Asia, África y América. Y ahora, tranquilos, vemos reportajes ajenos a la experiencia de aquellos que padecieron la injusticia y que vivieron los miedos de los tiranos a la libertad.

Todo fluye: unas injusticias siguen a otras y las promesas calman las angustias de la vida. La vida siempre sorprende y nunca se acaba cediendo ante la desesperanza. El autor nos introduce en las hambrunas que asolaron a los campesinos rusos. “Conocí a una mujer –dice el autor-, tenía cuatro hijos. Les contaba cuentos para que olvidaran el hambre, aunque apenas podía mover la lengua; los cogía en brazos, aunque no tenía fuerzas para levantarlos. Y es que el amor vivía en ella. La gente se dio cuenta de que allí donde vencía el odio, morían más rápidamente. Aunque el amor tampoco salvó ninguna vida. El pueblo entero murió. La vida desapareció”. Palabras duras, llenas de sentimiento y que nos recuerdan la violencia de un régimen casi olvidado. El hambre transformaba a las personas, les devolvía todo lo animal que reside en nosotros. Así se cometían atrocidades de todo tipo y la necesidad les llevaba hasta extremos que no desearían en circunstancias normales. Grossman llega a decir que la crueldad del Estado soviético llegó a superar a la de los soldados alemanes durante la segunda guerra mundial.

Las críticas al Estado no son pocas. Grossman se jugó la vida como escritor y tuvo la valentía de ser libre en toda circunstancia. Dice: “En este Estado, no sólo los pequeños pueblos, tampoco el pueblo ruso tiene libertad nacional. Allí donde no hay libertad humana no puede haber libertad nacional, ya que la libertad nacional es sobre todo libertad del hombre”. Y añade: “En este Estado no hay sociedad, puesto que la sociedad se basa en la libre intimidad y en el libre antagonismo de la gente, y un Estado sin libertad, libertad de intimidad y libertad de antagonismo son inconcebibles”. Además, se atreve a decir que Stalin era un hipócrita. Y dice de la libertad en Rusia: “El contenido infinitamente precioso, vivo, radiactivo de la libertad y de la democracia fue asesinado y transformado en un animal disecado, en cáscara de palabras”.

Por mi parte me pregunto si las revoluciones han valido la pena. Si la justicia pagada por millones de personas ha sido suficiente para paliar las injusticias anteriores. ¿Y el progreso? ¿Habrá sido acertado? Porque si hubo víctimas de las dialécticas del progreso, ¿cuáles serán las víctimas actuales? Seguramente las estará habiendo y en nuestras sociedades libres no se esté dando a conocer las consecuencias de nuestro progreso.

¿Será tan cara la libertad? Quizá la libertad sea un producto de alto valor en la sociedad del consumo y sólo pueda ser comprada por unos pocos. No sé si será así. Mi intención no es ser pesimista. Considero la libertad el mayor bien del hombre y la defiendo en todas las circunstancias. Pero me preocupa este tema. Ya que la libertad material sólo puede ser vivida en buenas condiciones, y esas condiciones de vida no pueden ser alcanzadas por todos los seres humanos. Es una pérdida en la que participamos todos y que deberíamos solucionar. ¿Por dónde empezar? No lo sé, no quiero ser Marx ni Platón, tampoco Tolstoi. Quizá deba ser tomada por cada persona, poco a poco, para colaborar en las pequeñas relaciones o algo así. Es un tema que me supera.

El libro me ha gustado mucho. Lo recomiendo. Creo que es una lectura obligada. Puede que sea duro, que remueva, pero vale la pena. El autor combina el estilo novelístico con el del ensayo. Y, por otra parte, es profundamente humano.

lunes, 5 de abril de 2010

In vino veritas


Me he leído un libro de Kierkegaard: In vino veritas. Se trata de un diálogo ambientado en una cena donde abunda el vino. Bajo los efectos de la bebida se entregan a sus elucubraciones entorno a la mujer y el amor. Esto me es gracioso, porque no se aleja para nada de la realidad: basta ir a tomar cerveza con los amigos para encontrar un símil de esta situación. Sin quererlo ni beberlo, la conversación se puede volver trascendente o estúpida; y cuando se vuelve trascendente se pueden llegar a superar los diálogos de Platón. No creo que Kierkegaard pretendiese superarlos, pero, desde luego, los imita.

El autor es bastante provocador, además de irónico. Pone en boca de sus personajes las opiniones más curiosas sobre la mujer. Creo que en el fondo está tomándonos el pelo, pues parece ser que ninguno de los personajes tiene la más mínima idea acerca de la mujer. Todos hablan en base a su experiencia. Y por ello digo que son provocadores, porque sus opiniones no son del todo correctas: casi todas son desesperanzadoras o descerebradas. Parece que el amor entre el hombre y la mujer es una ilusión. Que no queda nada por hacer, ya que las mujeres, según dicen los personajes, no tienen remedio. Son el sexo débil (en el libro) y están condenadas a los seductores, las modas y la irracionalidad. Aunque yo creo que esto no lo piensa Kierkegaard. Al final de libro muestra un matrimonio anciano en el que el marido alaba a su mujer y le demuestra que le ama. Esto a pesar de haber renunciado a otras cosas. Es una escena entrañable.

Por mi parte, el libro me ha resultado interesante. Me ha sorprendido. Yo esperaba algo con más enjundia filosófica, un diálogo al estilo de Platón. Pero no ha sido así. Sino que la enjundia estaba de fondo. He podido sacar mis conclusiones. Una de ellas es que la filosofía versa sobre la vida misma, sobre el ser humano. Si no es así, la filosofía se convierte en algo alejado de la realidad. Si no se consigue encontrar el sentido de las relaciones humanas y de la vida, ¿para qué la filosofía? La vida es el objeto de la filosofía. Y la vida gira en torno a las relaciones humanas, en las que el hombre se desarrolla y crece. Por eso, todo aquello que emborrone el sentido de la vida debe ser desechado. No puede ser filosofía aquello que exalta el sinsentido y la tristeza. Como decía Tolstoi, la filosofía es la ciencia de la vida.

No sé si Kierkegaard pretendía trasmitir esto, pero yo lo creo así. Espero que no sea el último libro que me lea de él. Lo repito, me ha gustado, aunque es un poco confuso en su estilo y sus razonamientos.