lunes, 12 de julio de 2010

¡CAMPEONES!

Después de tantos sinsabores, parece que nuestra selección ha conseguido acabar con las maldiciones. Ha sido este año, 2010, en el que nuestros jugadores han dado la talla como tocaba: son campeones del mundo. Es un momento de alegría. Para la derecha y la izquierda, para los de arriba y los de abajo, para... todos. Y es que, entre los avatares de la crisis y la estupidez política, nos merecemos, al menos, alegrías como estas. No somos los más cultos, tampoco un país modelo, pero tenemos un par de… bueno, tenemos los mejores deportistas del mundo. Espero que ese espíritu ganador se contagie y podamos, como los campeones, echarle cara a la vida.

Ayer, al acabar el partido, no dudé en salir a la calle para vivir un momento como este. No soy nada futbolero, y cuando digo nada es NADA, pero este mundial, no sé por qué, lo he visto enterito (los partidos de la selección, claro). En Valencia todo el mundo sacó sus banderas, subió a los coches y se empezó a gritar victoria. Las calles estaban abarrotadas y el frenesí nos invadió a todos. Por un momento, los colores de nuestra bandera inundaron cada palmo de la ciudad y cada uno de nosotros gritábamos con orgullo el haber nacido en España. Yo, desde luego, me alegré al ver, por fin, a tanta gente viviendo los colores, aunque sólo fuera por un día.

Esta mañana en Valencia todo estaba tranquilo. Los coches circulaban con normalidad y cada peatón vestía a su manera. El furor había cesado. Un amigo mío comentaba que el panorama era muy triste, falso. Yo no sabía qué contestarle. Él, al parecer, estaba indignado de que hubiese tanta falta de patriotismo. Consideraba que no era justa la rapidez con que la gente se cambia de camisa. Porque, según me decía, mañana pueden llamarte “facha” por decir que te sientes español. Le dije para tranquilizarle que, por lo menos, teníamos esos pequeños momentos, que no hay que darle tanta importancia. Pero él insistía. En cierta medida creo que tiene razón. Sin embargo, no me voy a rasgar las vestiduras porque la mayoría del país se sienta español tan sólo por “la roja”. Por mi parte, no encuentro otros motivos de orgullo en la actualidad. Podemos volvernos nostálgicos y conmemorar Lepanto o la Guerra de la Independencia, pero mi romanticismo está más que desgastado. Además de que considero estúpido decantarse por una franja morada o por un pollo engalanado.

En la Vieja Europa nos asombramos de que una nación como Estados Unidos esté “tan unida”. Quizá resulten infantiles o incluso estúpidos en algunos aspectos, pero nadie puede negarles el mérito de ser un país fuerte y emprendedor. Aunque no soy ningún experto, creo que esto es debido a que, como saben todos, es una nación joven que está formada por hijos de inmigrantes, gente que buscaba un mundo mejor…, con espíritu de lucha. Está claro que “la roja” no nos va a convertir en potencia mundial, pero es, a mi parecer, un ejemplo a seguir, un equipo que se ha superado a sí mismo.

¡Enhorabuena, campeones!

sábado, 10 de julio de 2010

VERSUS


Después de mi desaparición en el blog, retomo mis letras: he vuelto.

En Navidad pude ver Avatar en el cine, un auténtico espectáculo visual. La calidad de las imágenes y la explosión de colores que nos brindaba la pantalla fueron una novedad. Además, Cameron no hizo la típica historieta amorosa en tiempos revueltos, sino que se atrevió a indagar sobre lo infranatural en una cultura que es, a mi parecer, mesoamericana (más o menos). En fin: me gustó, sin más.

Una película de quinientos millones de dólares tiene esas cosas. El espectáculo está asegurado para todos. De una manera u otra, engancha. Sin embargo, el director de Titanic no obtuvo el mismo reconocimiento con Avatar. El jurado de los Oscar no dudó en conceder seis estatuillas a En tierra hostil, un film de Kathryn Bigelow, que es, nada más y nada menos, la exmujer de James Cameron (¡olé torito!). Lo más novedoso no es este detalle, sino que el presupuesto del film no superaba los diez millones de dólares. Al parecer, un buen vestuario y una realización aceptable pueden superar a los mejores pitufos digitales.

Es gracioso el enfoque que estos dos directores han concedido al ejército. Mientras que Cameron se ha centrado en el lado más irracional y mercenario de la guerra, Bigelow ha optado por lo humano, por la situación y las circunstancias concretas de cada soldado. Que es, creo yo, más meritorio que un sargento de hierro exterminador. Está claro que las tribus selváticas han sido y están siendo arrasadas por el capricho de “la civilización”, pero, desde luego, no creo que el desarrollo sea tan irracional. Al final resulta que el conocimiento científico no es conocimiento; el verdadero saber pertenece a los indios, que “saborean” la naturaleza. Bueno, seamos sinceros, esto es muy poético y queda bien, pero ni la madre de Cameron con toda su compasión aceptaría esta tesis. Con un porrete de por medio puedes imaginarte que el bosque tiene espíritus y libre albedrío, sin embargo no es lo mismo cuando estás sereno, hasta la coronilla y llevas dos días sin dormir bien en medio de la montaña.

Volvamos a nuestro tema. Son dos grandes películas, cada una en su tema y estilo. Recomiendo ambas, pero me ha convencido mucho más En tierra hostil. Ahí os lo dejo.