martes 30 de noviembre de 2010

Soberbia

Me dicen que soy un soberbio... ¡Menuda novedad! Me dicen que soy tajante... ¡Qué curioso! Me dicen que no escucho... ¡Vaya! Me dicen que no tengo respeto a los mayores... ¡Y tanto! Me dicen... Me dicen... Me dicen... Vale, pues me callo. Se ve que le molesto a la gente. Pero, a mi parecer, y yo me fijo mucho en las cosas, molesto a un tipo de gente en particular. Curiosamente: la gente que se cree que sabe muchas cosas. No quiero decir nada sobre ellos, no obstante voy a hacerlo. ¡No me importa! Si les molesta lo que digo, ¿para qué me preguntan? Si no les gusta lo que escribo, ¿para qué me leen? Hoy me ha dicho un amigo que no se me entiende cuando escribo. Luego, ¿en qué fundan sus críticas, sus enfados, sus juicios? La mayoría saca la conclusión de que soy un orgulloso, un engreído, un soberbio... ¿Lo he negado alguna vez? Voy de listo. También sé ir de tonto. Y cuando voy de tonto, me preguntan aún más. A ver, ¿alguien se pone de acuerdo? Cuando voy de tonto, ellos son listos. Cuando voy de listo, no les valoro y soy un pedante... Aquí hay algo que me llama la atención. No sé, ¿vosotros qué decis? Escucho...

domingo 28 de noviembre de 2010

Se busca un Sócrates

Sócrates era un buen chico. Un chico astuto, más que nada. Se dio cuenta de que no sabía nada. Cosa difícil. No todo el mundo se da cuenta de que aquí nadie sabe nada. Por eso, Sócrates emprendió la tarea de demostrar a los que creían que sabían algo que no sabían nada… ¿Lo consiguió? Sí, creo que sí. El hecho de que al final le condenasen de corrupción, de que le descalificaran, menospreciaran y demás, son pruebas suficientes para pensar que Sócrates era un buen hombre. Tal es así, que cuando le preguntaron si era culpable, él respondió que era culpable de haber sido fiel a Atenas, de dar cumplimiento a sus leyes. Y por ello se merecía un premio como castigo, una especie de pensión completa para toda su vida. Como es de esperar, no se la dieron, porque nadie pensaba como él. ¡Claro, hacer que los demás vean su pecado es un gran pecado! ¿Quién se puede atrever a hacer algo así? Claro está: un loco o un genio. Y Sócrates era un genio.

Ojalá hubiese alguna persona dispuesta a ser como Sócrates. Ahora que hay tantos sofistas (sofista: pedante estúpido que se cree que sabe algo y se dedica a decirle a la gente que él lo sabe todo), creo que es un buen momento para que haya otro Sócrates. Propongo que se ponga un anuncio en el periódico. Por ejemplo: se busca filósofo dispuesto a morir por la verdad. A mi parecer, es poco atractivo, sin embargo muy sugerente. ¿Hay alguien dispuesto a decir la verdad? Lo pregunto para animaros a pensarlo. ¿A quién le interesa la verdad hoy en día? Creo que a muy pocos. Vamos a decir mentiras: todo el mundo es sincero; todo el mundo vive en la verdad; todo el mundo es honrado; todo el mundo cumple las leyes; todos los profesores de Derecho se saben las leyes y están de acuerdo con ellas; todos los sacerdotes tienen fe; todos los socialistas y comunistas piensan en el bien de los trabajadores; todos los sabios saben de lo que hablan; todos los políticos trabajan por la polis (polis: ciudad en la antigua Grecia); todos los miembros del Parlamento/Congreso de los Diputados atienden cuando se votan las leyes; todos los jugadores de fútbol sudan la camiseta por amor y no por dinero; y, para acabar, el dinero no mueve el mundo, es la solidaridad y el amor al prójimo…

Claro, antes hemos dicho mentiras, así que nadie me puede acusar de ser un mentiroso, porque antes he advertido que iba a decir mentiras. Yo no quiero decir mentiras, pero tampoco estoy dispuesto a decir la verdad. Razón de ello es que la verdad es peligrosa. Sócrates es un ejemplo de ello: decir la verdad puede matarte. Y como no me gusta morirme, ¡no voy a decir la verdad! Ahí os quedáis. Que la digan otros, porque yo ya estoy cansado de decirla…

No escribo esto como terapia autocompasiva. ¡Es verdad! Estoy muy, muy, muy cansado… Ahora me dedicaré a mirar los pájaros, disfrutar de las estrellas y, más adelante, me iré a vivir a la montaña. Tendré una casita en el campo, un pequeño campo de cultivo, formaré una familia (si encuentro una mujer que me quiera y de la que yo esté enamorado) y seguramente tendré un perro, un buen perro de caza. Pero creo que esto último no viene a cuento.

Eso: si alguien está dispuesto a ser filósofo, que lo sea. Yo ya no quiero.

jueves 25 de noviembre de 2010

Los preservativos del Papa

Preservativos sí, preservativos no... Menudo tema. ¿Por qué preocupa tanto lo que opine la Iglesia? En esta sociedad libre y laica, en la que ha triunfado la democracia, la tolerancia, la libertad... ¿qué importa lo que digan los curas? Si realmente la Iglesia ya no tiene poder temporal, en el sentido literal y real de la palabra, si la Iglesia ya no ejerce ese poder persecutorio de la Inquisición de los siglos anteriores... ¿qué importa su moral? Vamos, lo digo sin resentimiento y sin remordimiento. Si no creemos en la Iglesia, o algunos no creen, no nos debe importar lo que diga. Yo opino una cosa y tú opinas otra. Yo soy libre y tú eres libre. No tenemos por qué meternos en la cama de nadie ni preocuparnos de si se pone una goma en el pene o no. Si él es libre, o ella (porque sí, los hombres y las mujeres son libres, sin diferenciar ni discriminar), que haga lo que quiera. Claro, siempre y cuando al hacer el amor con otra persona no la mate provocándole un paro cardíaco. Porque en ese caso, me preocuparía encontrarme con un hombre o una mujer con una fogosidad tan, tan, tan, ardiente. Me daría mucho miedo, como hombre, que una mujer me amara hasta ese punto... Bueno, volvamos al Papa. ¡Que el Papa diga lo que quiera! Si quieres escucharle, ¡escúchale! Si no quieres hacerlo, ¡pasa del Papa! ¿Es tan difíci entender esto? ¡El Papa no obliga a nadie a ponerse o quitarse el condón! Que yo sepa, aún no me he encontrado a Joseph Ratzinger en mi cama diciéndome si hago esto mal o si aquello lo hago bien. Y si hay algún cura que lo haga, es imbécil. ¡Vive y deja vivir! Eso lo digo para todos. Para los católicos y para los que no son católicos. Si los católicos quieren vivir su sexualidad, cada uno, uno a uno, sin generalizar, de una manera... ¡dejemos que lo hagan! ¿Qué perdemos, qué ganamos dejando o impidiendo una cosa o la otra? Joder, en esta época de tanta tolerancia es cuando menos te dejan vivir como te da la gana. Los católicos, algunos y no todos, están preocupadísimos por saber qué haces cuando estás solo o con tu novia. Y los que no son católicos, a veces y algunos, parece que te obliguen a vivir tu sexualidad experimentándolo todo como si fuéramos una especie de perros o de conejos... Menuda mierda en ambos casos. Repito: ¡Vive y deja vivir! Y cuando lo digo me refiero a todos. Creo que el Papa ha demostrado que no es idiota. Creo yo que su expediente académico y su labor pastoral son bastante fiables. Yo lo contrataría para mi empresa (si la tengo algún día) en muchos casos... Por eso, no veo con malos ojos que el Papa nos diga lo que piensa. Ya que no es lo que se dice un ignorante. ¡Libertad para todos! ¡Vivamos con alegría!

La tentación de Fausto

Quiero hablar de la Ciencia, de su ambición. La Modernidad está enferma de ambición científica. Se busca la certeza, no el saber. La Sabiduría ahora mismo no interesa. Lo que mueve nuestro interés es la producción, la rapidez de los resultados esperados. No nos mueve la verdad sino la acción. Una pena. Perdemos muchas cosas, muchos principios, porque no los conocemos. Queremos ser nosotros el Principio. ¿Qué principio? La misma acción, el hacer, el producir. Tenemos hipótesis y queremos que esa hipótesis sea cierta, que produzca resultados. Pero ya. Hacemos planes de producción a corto, medio y largo plazo. No obstante, seamos sinceros: queremos el tiempo entero. El futuro ahora. Y el presente nos molesta, porque en el presente no tenemos nada. ¿Estamos seguros de esto? No, no estamos seguros de nada, ni de la misma certeza. Porque la certeza no es nada. La certeza se nos escapa en el mismo momento de la certeza. La certeza no da respuestas, sino que es un resultado inmediato. Lo queremos todo y lo queremos ya. Al quererlo todo y quererlo ya no tenemos nada, ni siquiera a nosotros mismos. Perdemos el ser. No somos y porque no somos, no hay nada. La ciencia no da respuestas. La ciencia moderna: mide, clasifica, organiza, remodela... Quizá, pero no responde a nada. Los números no son palabras. No resuenan, se procesan en la lógica de nuestros cálculos. No son nada. Son en nuestra cabeza, pero no se identifican con el ser que hay fuera de nosotros. Tampoco explican el porqué de nuestras acciones, el porqué de nuestra persona. Perplejidad. Nada. Queremos dominarlo todo, pero no sabemos nada. Razón de que no sabemos nada es que nada tiene sentido, porque la vida no se puede calcular. La vida se vive. Se es viviendo. ¿Vivimos? Parece que sí. La vida fluye. ¿Fluimos nosotros? Eso depende. Muchos de nosotros: no. Nos dejamos llevar. Nuestra vida no es nuestra ni es vida. Es pérdida. Es desgaste y resistencia al tiempo. Medimos el tiempo y no somos en el tiempo, no somos el tiempo: nuestro tiempo. Proyectamos la vida hacia delante y hacia atrás. Sin embargo, no somos ahora, no somos ya. Ya: aún-no. No actuamos: accionamos, hacemos, dejamos llevar... Calculamos: ciencia. Perdemos muchas cosas y queremos medirlas todas. Al medir, al analizar, no tenemos en cuenta muchos factores; y al calcular sin todos los factores intentamos dar respuesta a todo con pequeños fragmentos. Así nunca es suficente. Desesperanza. No podemos medirlo todo. No somos todo, lo comprobamos. Entonces nosotros no somos. Más perplejidad. Basura. Sinsentido. Nada... ¿Es así? No. Demasiadas pretensiones. Demasiada voluntad. PODER. No ser. Entonces ¿qué? ¿Nada? No, nunca. Conocemos poco y respondemos a todo. Y al responder no contestamos a las preguntas. Una pregunta lleva a otra, una certeza lleva a otra duda. Duda y duda, siempre dudar. Bla, bla, bla... Basta de dudar. Conozcamos. Veamos. Paremos. ¿Qué principios? ¿Qué ser? ¿El nuestro, el del mundo, el de Dios? Paciencia. In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum et Verbum erat Deum... Sencillez, niñez, inocencia.

martes 23 de noviembre de 2010

Justicia

Estoy cansado de la justicia de los hombres, que no saben perdonar. Estoy cansado de su falta de esperanza, de que quieran asentar el Reino Definitivo sobre la tierra. Estoy cansado de que no sepan mirar, de que la verdad quede oculta a sus ojos. Estoy cansado de su corazón marchito y angustiado, que mata la belleza que late a su alrededor. Estoy cansado de que destruyan el mundo con sus imposiciones. Estoy cansado... de la muerte.

Amo la vida, y porque vivo tengo esperanza. Tengo plena confianza en el mundo, en las personas, en la libertad y el amor. Sé que conozco y me hastía la falta de conocimiento de los demás... Pero cuanto más conozco más ignoro. Por eso he decidido callarme. Ya no quiero discutir con nadie. La vida es radiactiva y la libertad es luminosa. Sólo los que están despiertos pueden sentirla, ya que el sueño no les afecta y el cansancio nunca cansa. La verdad es perenne, nunca muere, por eso vive siempre. La verdad no es esclava ni pone cadenas. La verdad tiene las alas de la alegría. La alegría es sangínea y fluye por los latidos del corazón. Vivir es latir y latir es sentir con los otros. Sólo sienten los que viven y sólo viven los que están vivos. Los muertos mueren con los muertos y duermen con la muerte. Son el poso del abono y la vida es el agua que se escapa fluyente, gota a gota, de entre las grietas de las piedras de la muerte. Es el hielo que se condensa y que rompe los muros de la muerte...


Vivo, fluyo, siento... siendo en la verdad.

lunes 22 de noviembre de 2010

Me has arrancado el alma

Hace unas semanas me compré un libro de poesía. Es de Julio Marínez Mesanza. Este poeta me entusiasma. Su poesía no tiene límites, o, quizá, detecta cuáles son los límites. El libro: Entre el muro y el foso. Os pongo una poesía...





Me has arrancado el alma: ya no es mía.
Y, desde que no es mía, mi alma vive.
Era un lugar equivocado y pobre
como los sitios donde no me viste.
Si lo terrible debe ser hermoso,
no era terrible porque era hermosa.
Dije que las trincheras la cruzaban,
pero no había luz ni ruido en ella
y un campo de batalla es luz y ruido.
Podía ser un páramo, un fragmento
desolado de tiempo o la tristeza,
pero en esos espacios hay sentido
y orden e incluso vida vigorosa.
Y mi alma era lo menos o la nada,
ni la torre caída, ni el pantano
donde nunca hubo torres, sino menos,
un no del que no puedo decir nada.




domingo 21 de noviembre de 2010

León Tolstoi

Ayer fue veinte de noviembre. Era el aniversario de la muerte de un genio: León Tolstoi. Este autor es inclasificable, más o menos. No tiene igual, como todos los genios. Consigue, a su manera, hacer un juicio sobre la totalidad del mundo, sobre lo espiritual en particular. Para mí, desde luego, ha sido como un padre en el pensamiento.

León Tolstoi, como su propio nombre indica, devoró la vida. Se atrevió a despedazar y engullir al camello de los prejuicios morales, para convertirse en el león que afronta la vida, viviéndola con todo su vigor, para después poder contemplarla de nuevo con los ojos de un niño. Al final de su vida podemos encontrar algo semejante. Huyó de su casa, junto con su hija, pues no aguantaba vivir por más tiempo en contra de su pensamiento, y se lanzó a las calles heladas de Rusia siendo ya un anciano, al final murió de neumonía.

Creo que la vida de Tolstoi se puede identificar con una inmersión, con un sumergirse en las aguas de la vida, tomando el aire de la vida del espíritu, para enfrentarse a la crudeza de las apariencias que nos acorralan. Ante todo fue un hombre de fe. “La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo. Si no creyera que debe vivir por algo, moriría. Si no ve ni comprende que debe vivir por algo, no viviría. Si ni ve ni comprende el carácter ilusorio de lo finito, cree en lo finito. Si comprende el carácter ilusorio de lo finito, es preciso que crea en lo infinito. Sin fe es imposible vivir”.

Tolstoi fue, sobre todo, un hombre apasionado, un auténtico poeta de su vida. La inquietud por la verdad y el combate libérrimo contra las mentiras de su tiempo, formaban parte de su esencia como hombre. Tenía aguzada la vista para denunciar las injusticias, la falta de medios para los pobres y la corrupción y despotismo de las clases gobernantes. A pesar de ser un ferviente cristiano, no dudó en condenar a los eclesiásticos tibios, que mataban la fe viva por sus costumbres vacías. Tales posturas le llevaron a la incomprensión política y a que fuese excomulgado por la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Uno de los detalles a resaltar de este caballero de la verdad es su pacifismo y desobediencia cívica. Nunca, ¡nunca!, se comprometió con la violencia como medio de justificación política o social. Las experiencias que tuvo como soldado del Zar le ayudaron a comprender la crueldad y el sinsentido de la guerra. Llegó a entablar amistad con Gandhi, con el que mantuvo una correspondencia que aún hoy se conserva.

Las obras de Tolstoi son paradigmas de la literatura universal. Su sensibilidad y capacidad para captar el alma y las pasiones que en ella se engendran es sobrenatural. Para mí es un ejemplo a seguir, en todos los aspectos. Porque su vida entera fue una obra de arte. Y las obras que nos ha dejado son un regalo, un fiel reflejo de sí mismo en medio de este mundo que también es nuestro. Con ellas aprendemos a mirar la vida con otros ojos, atentos y ávidos de belleza, para así poder encontrar la verdad y el sentido de la vida.

viernes 19 de noviembre de 2010

Bob Esponja

Soy un gran admirador de Bob Esponja. Me encanta. Cuando tengo oportunidad de verlo, lo hago. Y como mi hermano pequeño ve la tele todos los días, ya tengo mi excusa. Los dibujos animados son una de mis pasiones. Sí, de mis pasiones. No me preguntéis por qué. Decídselo a Freud, que seguro que tiene una respuesta. La respuesta que os dará estará relacionada con la sexualidad, estoy seguro. Igual os dice que no me he masturbado lo suficiente o algo así. Da igual, dejemos a Segismundo tranquilo, que se agobiaba con facilidad. Me encanta Bob Esponja. Es un personaje inocente, al que no le afecta el mundo. Siempre alegre, siempre atento a sus amigos, sin preocuparse por los problemas del día a día. Para mí es un ejemplo. ¡Ojalá viese yo las cosas como Bob Esponja! Además, ¡cuántos amigos tiene! ¡Muchos y de verdad! Él quiere a todo el mundo, y, más o menos, todo el mundo le quiere a él... A nadie le niega su sonrisa. Tampoco al gruñón de Calamardo, que es un intelectualillo amargado. Para mí, Bob Esponja es un genio de la vida. Espero que no salga ahora un listillo y me diga que hay una pseudo teoría conspiratoria alrededor de Bob Esponja. Espero que no me diga que Bob Esponja pretende dominar las mentes de sus espectadores... ¡Porque uno de ellos soy yo! Si es así, me encanta que me manipulen psicológicamente. Mientras sea Bob Esponja, me dejo manipular. Al menos te alegra el día y te dibuja una sonrisa de oreja a oreja. Te hace ver las cosas como un niño...

miércoles 17 de noviembre de 2010

Sapientiae

Se escucha la sinfonía
de tus labios desde dentro.
Tú compones desde el centro
las notas y la armonía
que conducen para adentro.
Y cuanto más me concentro
tu Voz menos se silencia.
Con ella tengo paciencia
para poder encontrar
la Luz con que despertar
las voces de la conciencia.

Los cristianos actuales

Los cristianos tenemos un problema. Como el mismo Dios nos ha concedido el Saber Revelado, creemos que podemos exigírselo a cualquiera. Eso sí, usándolo sin más, como si fuera nuestro, sin ningún pudor. Por si fuera poco, creemos que el Saber de Dios es casi evidente, que el Misterio Revelado no tiene ninguna novedad. Pues no. El Saber de Dios ni es nuestro ni lo conocemos como debemos. Es una imprudencia absoluta el decir esto es "así" o "asá". ¿Quiénes nos creemos que somos, qué creemos que sabemos en profundidad? ¡Nadie y nada! ¡Cuánta arrogancia y desfachatez! Cuando veo a un cristiano predicando a destajo que las cosas son de una manera, que Dios quiere esto y que el Magisterio de la Iglesia es intachable, me dan ganas de vomitar. ¿Qué sabe él de la Verdad, de Dios, del Magisterio? Seguramente nada, poco. Habrá escuchado cuatro cosas mal predicadas en una catequesis y ya está. Creo que si empiezo a hurgar en su fe puedo descubrir muchísimas lagunas, por no decir que es posible que no tenga fe, que sea un ateo en toda regla. Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras. El cristiano debe, ante todo, callar. ¿Cómo va a decir nada verdadero si nunca ha habitado el Espíritu en su corazón? ¿Cómo va a decir nada con sentido si nunca ha meditado las Escrituras? Por favor, que se calle todo el mundo por un momento. Pensemos, con tranquilidad, no creamos que podemos solucionar los problemas de golpe, como si usásemos un martillo.

San Gregorio Nacianceno, Padre de la Iglesia, era un hombre bastante sensato y astuto. En su libro Fuga habla de una situación parecida. En el punto 79 dice: ¡Y ojalá fuera sólo vano! ¡Ojalá cayera la maldición sobre la cabeza de los impíos! Ha desaparecido de las almas cualquier temor, sustituido por la desvergüenza. El conocimiento y profundidad de espíritu son de quien los quiere. Coincidimos todos en una sola cosa, en poner de manifiesto nuestra piedad y acusar de impíos a los demás. Nos servimos de jueces impíos, lanzamos a los perros las cosas santas y a los cerdos las perlas, divulgando las cosas divinas; somos tan miserables que queremos cumplir las plegarias de nuestros enemigos y no nos avergonzamos de prostituirnos con nuestras acciones. Moabitas y Ammonitas, a los cuales antes ni siquiera les era permitido acercarse a la Iglesia de Dios, se pasean por nuestros lugares más sagrados. Hemos abierto a todos, no las puertas de la justicia, sino las de nuestra vileza y nuestros mutuos enconos. Para nosotros no es ya el mejor quien por temor de Dios no dice ni una palabra ociosa, sino quien destaca en la maledicencia contra el prójimo, abiertamente o de forma encubierta, quien guarda bajo su boca hiel y maldad o, por decirlo sin rodeos, veneno de serpiente.


Las palabras del nacianceno son duras y directas. Como él dice, sin rodeos. Los cristianos deben tener cuidado al acusar a los paganos de ser falsos y engañosos, pues quien mucho juzga, mucho peca. Con esto no defiendo a los paganos, pues no dudo que en muchos aspectos son realmente mentirosos. Sin embargo hago un poco de abogado del diablo. Para que no bajemos la guardia...

domingo 14 de noviembre de 2010

Oración


Señor:


Que mi única ambición seas Tú.


Que mi única libertad sean los demás.


Que mi único capricho sea tu Amor.

jueves 11 de noviembre de 2010

Europa está en Emaús

La visita del Papa a España me ha hecho pensar en Europa, en sus raíces y en su situación actual. ¿Dónde está Europa? Podemos contestar: al Oeste de Asia y al Norte de África. Pero bueno, eso no es suficiente. Me refiero a los fundamentos de Europa como cultura, como sociedad. Ya que, siendo sinceros y un poco objetivos, Europa es fundamental para todas las culturas. A mi parecer, se la podría denominar cultura de culturas.

No obstante, la cultura europea está en el banquillo. Ahora no parece que sea buena. Según nos dicen, la cultura europea es conflictiva y dominadora. Creo que estas consideraciones son inadecuadas. Ni es conflictiva ni dominadora. Es más, los europeos se caracterizan por ser capaces de innovar ante los problemas y ser capaces de unificar posiciones contrarias. Por eso es posible que en ocasiones sea “conflictiva”, porque es capaz de abarcar mucho entre sus brazos…

Hay actitudes en Europa que tienden a mirar hacia fuera, buscando la verdad en otras culturas. Como si en oriente o en las culturas indígenas se encontrase la razón pura e intacta, que aún no se ha enfrentado a las verdades científicas ni hace uso de la técnica. Me parece curioso. El sábado pasado estuve en Barcelona. Fui a ver al Papa. Pero antes de verlo tuve la ocasión de escuchar a un artista. Se llama Etsuro Scotoo. Es un escultor japonés que se está encargando de las esculturas de la Sagrada Familia, el famoso templo de Gaudí. Etsuro nos habló de su búsqueda de la verdad y de la belleza en el arte. Curiosamente, encontró esa verdad en Europa. Concretamente en el arte cristiano. Afirmó que se fue de Japón con las manos vacías y en Europa lo ha encontrado todo. Según parece, tenemos más de lo que nos merecemos. Los europeos nos valoramos poco, una pena.

Etsuro habló de la libertad. Se refirió a ella con dos términos: 1.Libertad horizontal; 2.Libertad vertical. La primera es la libertad común, la que nos encontramos cualquiera de nosotros. Es libertad de elección, simple elección, con la que no podemos llegar a mucho más, sólo podemos disponer de lo que nos es dado. En cambio, la libertad vertical es una libertad superior, no nos hace mirar hacia abajo, como la libertad horizontal, sino hacia arriba, hacia el cielo. Etsuro se refiere a la libertad de Dios. Dijo que las agujas de la Sagrada Familia le ayudaron a comprender esto. La Sagrada Familia es un templo que te hace mirar hacia el cielo, te ayuda a ver la luz entre las sombras. Los colores de las vidrieras se combinan como una sinfonía de estrellas, que resplandecen todas a la vez. Es la alegría de la verdad, la paz de la belleza.

Estas afirmaciones me ayudaron a pensar. Me pregunté qué pasaba en Europa. Llegué a la conclusión de que Europa está mirando al suelo, sin ser capaz de ver todas las riquezas que tiene a su alrededor. Riquezas espirituales, mucho más importantes que las materiales, y que esperan la atención de nuestra mirada para dársenos a nosotros de una vez por todas. Creo que es una situación similar a la de los discípulos de Emaús.

Los discípulos de Emaús estaban cansados, desencantados, como los europeos. Los discípulos “iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido” (Lc 24, 14). Sin embargo, “mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y se puso a caminar con ellos (…)” (Lc 24, 15). La belleza está en Europa y nosotros no la miramos, como los de Emaús que “(…) sus ojos eran incapaces de reconocerle (a Jesús)” (Lc 24, 16). Jesús se puso a hablar con ellos, escuchando sus preocupaciones por todos los hechos. Ellos le contaban sus desesperanzas por tan grandes expectativas. Ya que pensaban que, por fin, iba a venir el Reino de Dios. “Entonces Jesús les dijo: -¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los Profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?” (Lc 24, 25-26). Esto le pasa a Europa, no tiene fuerzas para escuchar ni mirar a su alrededor. Ni siquiera puede ver el rostro de Cristo, que nunca ha apartado su mirada de ella, como una primogénita de su Iglesia.

Por eso tengo esperanza en Europa. Sólo hay que dejar que recupere fuerzas, que se le caigan, como a Pablo, las escamas de los ojos. Está confundida: Europa está en Emaús. Y Cristo camina junto a ella hasta que sea capaz de verle de nuevo. Nada está perdido y todo está ganado.

martes 9 de noviembre de 2010

El sentido de la tragedia

El sentido de la tragedia nace cuando nos aviene el sinsentido. El nacimiento de la tragedia es el comienzo del sinsentido, cuando el sentido que considerábamos sentido es sustituido por el sentido fáctico de la tragedia. Entonces, hay tragedia. La tragedia, el fatum, es sobre nosotros, nos domina, y el sinsentido cobra el valor de absoluto. No obstante, ¿es así? La tragedia... ¿es tragedia? ¿Cuándo comienza la tragedia, cuándo termina? ¿O no termina? Quizá nunca comienza tal tragedia. Puede que la tragedia sea nuestra y no del mundo. La tragedia, al parecer, viene sobre nosotros, pero ¿desde dónde? A mi parecer, la tragedia no es tragedia, la tragedia es tragedia porque nosotros queremos que lo sea. ¿Por qué? Porque nos creemos demasiadas cosas y conocemos demasiado poco.

La razón de la tragedia es el horror. ¿Por qué el horror? Antes de la tragedia todo tenía sentido, después el sinsentido es el sentido; entonces, ¡el horror es el sentido! Ahora, preguntémonos: ¿la sinrazón es razonable? Seamos sinceros, creo que no, la sinrazón no es razón. Eso es absurdo, más que contradictorio. Una estupidez.

Tal vez, haya tragedia para los estúpidos. ¿Qué es un estúpido? Alguien que cree que sabe mucho y conoce muy poco, o nada. O sea: eso. Para evitar eso, intentemos no quedarnos perplejos. Hay que tener instinto aventurero. Sin aventuras, la vida es aburrida. Decía Chesterton que "el aburrimiento es, desde luego, un gran pecado, el pecado por el cual el universo entero tiende a ser infravalorado continuamente y a desvanecerse de la imaginación". Yo pienso que un hombre aburrido es un hombre muerto, es decir: un hombre trágico. Y es un hombre trágico porque se da demasiada importancia, es un pedante. Y los pedantes son estúpidos, porque creen mucho y saben poco. O sea: eso.

Para que no haya tragedia hay que ser aventureros. Siguiendo a Chesterton otra vez, "una aventura no es más que un inconveniente convenientemente considerado. Un inconveniente es sólo una aventura considerada equivocadamente". ¿Cuándo la consideramos equivocadamente? Cuando nos sobrevaloramos demasiado a nosotros mismos o cuando nos minusvaloramos en extremo. Es decir, cuando somos unos pedantes o unos acomplejados.

Pues nada, seamos sensatos y astutos, busquemos un punto medio; creo que siendo prudentes podemos solucionar muchos problemas. Pero hay que ser valientes para emprender una aventura, y no precipitarse, ya que entonces volvemos a quedarnos perplejos y sin saber nada: vuelve la tragedia. Pero la tragedia... ¿dónde está? Ya lo hemos dicho: ¡en ningún sitio! Es nuestro problema, y como tal una nueva ocasión para emprender una aventura. Y una aventura no la emprenden los más inteligentes, sino los sensatos y valientes.

Así con todo, la tragedia no tiene sentido. La tragedia es nuestra tragedia, y depende de nosotros el enfrentarnos a ella o hacer que nos domine. Y eso ya no depende de lo que yo diga, sino de lo que haga cada uno con libertad.

jueves 4 de noviembre de 2010

El momento de Hegel

Es una ficción

Una noche, Hegel tuvo un sueño extraño. Se despertó de súbito de madrugada y gritó agonizando. Su mujer, al oírlo, saltó sobre él y lo abrazó para tranquilizarlo, hasta que volvió a dormirse.

A la mañana siguiente tardó en levantarse, pero cuando lo hizo notó que no era el mismo. Fue a mirarse en el espejo del galán de noche y notó que su mirada era diferente, penetrante… Y lo comprendió todo. Se acabó, lo había conseguido.

-Ya está, todo se ha cumplido…-dijo.

Después fue a la cocina, y vio a su mujer y a sus hijos. No dijo nada, cosa natural en él, sin embargo poco habitual.

-Cariño, ¿cómo estás? –preguntó su mujer.
-Absolutamente bien.
-¿Qué te ha pasado esta noche?
-Nada… ¡Todo!
-¿Qué? ¿A qué te refieres?
-A nada… al TODO.
-Ya, bueno, piensas hasta cuando duermes… Da lo mismo. Pero tranquilízate, eh, que tienes que descansar… Además, ¡llegas tarde a la Universidad!
-Tarde…
-Sí, tarde, mi vida.
-Son ellos, ellos dependen… No yo. Tiempo… nada.
-Venga, venga… Da lo mismo. Vete ya.

Hegel se levantó y salió de casa.

-Mamá, ¿le pasa algo a papá? –preguntó Federico, el hijo mayor.
-Nada, corazón, nada… Cosas de tu padre. A ver, ¡todos! Darlos prisa, que tenéis que ir a la escuela.

Carlota, su esposa, se quedó preocupada. Nunca había visto a su marido así. No tan así…

En la Universidad, Hegel no saludó a nadie esa mañana. Se quedó en su despacho. Fue a verle su querido Arthur (Shopenhauer). Y ni siquiera a él le dijo nada. Arthur se quedó pasmado, ya que Hegel siempre tenía alguna respuesta. Ahora, nada, callaba… Incluso se preocupó. Fue a ver al decano. Y el decano fue a ver a Hegel. Este ni le miraba cuando hablaba. Así que el decano llamó a los discípulos del filósofo.

-¿Qué le pasa? –preguntó uno de sus discípulos.
-Todo… -dijo Hegel.
-¿Cómo que todo?
-Ya está, todo…
-¿El qué?
-El proceso, se ha parado, se ha completado…
-¿Qué proceso?
-Espíritu… Yo soy.
-¿Perdone? ¿Es qué?
-Yo.
-Ya, ¿es usted Dios?
-No digas eso, no soy Dios, mal dicho…
-¿Quién es usted?
-Dios…
-¿Cómo? ¿Qué le pasa, está enfermo? –preguntó a los demás discípulos.
-Dios… Todo… Ya… -continuaba Hegel.
-Bueno, se acabó, vamos a llevarlo a casa. ¿Nos lo permite, señor decano?
-Sí, claro. Hacedlo –dijo el decano.

Un par de sus discípulos lo acompañaron a casa. Lo metieron en la cama y dejaron que descansara. Le contaron lo que había pasado a Carlota, y ella se quedó acompañándole el resto del día.

Semanas después, Hegel murió. No se entendieron bien sus últimas palabras. Algunos de los que estaban allí creyeron escuchar ser y nada repetidas veces hasta que expiró.

Después de él poco se ha podido pensar. Sólo quedaba la acción. Y algunos jóvenes se tomaron en serio lo que dijo… Sobre todo un joven alemán, Adolfo, que lo intentó todo para alcanzar su sueño.

miércoles 3 de noviembre de 2010

Sombra

Soy la sombra
del polvo animado,
soy el tizón de
un fuego marchito.
Mi vida no es nada
si mi ser no te posee.
Esta agonía me mata
y vela mi razón
por no tenerte.
¡Que me roces,
tan sólo eso!
Y mi alma
quedará tranquila…