sábado, 24 de diciembre de 2011

Belén, la cuna de los filósofos

Aristóteles ya nos dijo que todos los hombres desean, por naturaleza, saber. Como buen filósofo, cayó en la cuenta de que los hombres somos seres que viven del saber, del sentido que encontramos en el mundo, en nosotros, en el cielo… La bóveda celeste era una guía para todos los hombres.

La tarea de los filósofos en el mundo antiguo era, entre otras, la de descifrar las estrellas, comprender su luz y sus movimientos. El cielo nos asombra: las estrellas están tan bien ordenadas, cumplen tan bien su papel, que cuando aparece una nueva sabemos que significa algo nuevo. Por ello, me gusta pensar que Aristóteles pudo haberse preguntado alguna vez cuál era el sentido de esa estrella que acabó posándose en Belén cuando nació Jesús, si hubiese vivido en ese momento.

Las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso Platón decía que la verdad nos resulta siempre familiar cuando la conocemos por primera vez, parece que ya nos perteneciera antes. La personalidad de los filósofos es, por eso, tan ingenua e inocente: cuando ven algo, no pasan de largo, se paran a contemplarlo siempre como si fuera una primera vez, aunque lo hayan hecho mil veces. ¡Cuántas veces tantos filósofos habrían visto la estrella de Belén y se habrían preguntado qué decía! Pero, claro, todo llega a su tiempo, la verdad no se muestra toda de una vez, sino poco a poco, “suavesito”, como dirían en América. En Belén no nacía Jesús todos los años. Sólo unos pocos filósofos pudieron contemplarlo por primera vez. Estoy seguro de que Sócrates, Platón o Aristóteles habrían envidiado a tantos pastores, labradores y artesanos que pudieron contemplar a Jesús a pocos pasos de su casa, cuando aquellos grandes filósofos se contentaban con el cielo lejano, precioso, de la noche estrellada para tener una pobre imagen suya en sus pensamientos.

Pero Dios nos ha hecho un gran regalo, nos ha dado lo más precioso al alcance del corazón. Ese es el gran hallazgo de Belén: lo más bello es cercano, Dios mismo se hace hombre. Nace entre paja, pobremente, junto a aquellas criaturas suyas en el establo: ese buey y esa mula que, junto con la estrella del cielo, representan, para mí, a la Creación glorificando a la Madre y al Niño-Dios. A pesar de ser una imagen tan bonita, no olvidemos a nuestros filósofos, a los Reyes Magos.

Me imagino que los Reyes Magos eran reyes por la riqueza de su sabiduría y la autoridad de su pensamiento; también magos por su consejo y agudeza a la hora de tratar temas divinos y humanos, que tanto se escapan de nuestra vista cuando perdemos la sensibilidad para percibirlos y parecen, por eso, de otro mundo. Esos reyes, ¡esos magos!, que contemplaban las estrellas desde tantos puntos de la Tierra se dieron cuenta de que, ¡por fin!, las estrellas revelaban su secreto, esa estrella tan discreta y misteriosa les dijo cuál era la trayectoria de su órbita y el fin de su movimiento: era la estrella del Rey de reyes. El deseo de saber, que Aristóteles encontró en nuestra naturaleza, era revelado por la misma naturaleza: la naturaleza reveló cuál era el culmen de la sabiduría, dónde nacía el “Filósofo de los filósofos”, y los llevó hasta ese pesebre de Belén.

Los filósofos que visitaron Belén se encontraron con una respuesta que no esperaban. La estrella les llevó hasta un niño. Imagino que en sus equipajes llevarían libros eruditos de la época, en los que se explicaban grandes teorías y cuestiones que habían contemplado con sus pensamientos. Lo que contemplaron en Belén era muy diferente: una mujer joven y hermosa sostenía a un niño entre sus brazos, que dormía a gusto después de haberse alimentado de su pecho. Supongo que nunca habrían pensado que el secreto de las estrellas, el secreto del saber de Dios, era un niño al que cuidaba una mujer adolescente, de mirada cristalina y sonrisa discreta. No dudo que al contemplar algo así, le preguntaron a José qué significaba eso, y él, mirando a los filósofos con cariño, hizo un gesto con su mano señalando a María. La conversación que mantuvieron fue sencilla, casi infantil, y los filósofos escucharon a María con atención.

Puede que en el portal de Belén se diese la primera clase de Filosofía de la Historia. María fue la primera filósofa que enseñó la sabiduría del corazón: su sonrisa y su mirada revelaron que Dios es el Dios del corazón, que Jesús es el Rey de los corazones y que Él nos ha regalado lo que nos es más íntimo, que el tesoro más alto y profundo lo tenemos dentro de nosotros. Por ello entregaron los filósofos sus riquezas, esas riquezas que traían de países lejanos (¡Egipto, Grecia, China, India!) y que se mencionan en el Evangelio: oro, incienso y mirra. Esos filósofos entregaron todo lo que tenían a una familia pobre de Belén y se fueron con las riquezas del corazón, que son más que las que podemos recoger con nuestras manos.

¡Cuánto habrían entregado Sócrates, Platón, Aristóteles, Confucio o Buda si hubiesen estado en Belén! ¡Cómo habrían escuchado a esa mujer joven y humilde, que conocía aquello que habían añorado durante toda su vida! Decía antes que las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso los filósofos, los Reyes Magos, que no tenían noticia de Jesús, del Mesías, lo encontraron. El Libro de la Naturaleza guía nuestros pensamientos hacia Aquel que lo ha escrito. Pero cuando encontramos a su Autor en un portal en manos de su Madre, caemos en la cuenta de lo poco que sabemos, dejamos a un lado nuestras elucubraciones para ponernos en las manos de María y para que nos susurre, como a su Hijo, los sentimientos de amor de Dios-Padre: Belén es la cuna de los filósofos.








¡FELIZ NAVIDAD!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Reseña: El pensamiento de Leonardo Polo, de Rafael Corazón

Hace unos días terminé de leer un ensayo sobre Leonardo Polo: El pensamiento de Leonardo Polo. Es un libro breve y denso: breve porque la filosofía de Polo es inmensa; denso porque en pocas páginas habla de temas fundamentales en filosofía. Es fácil de leer, pero hay que estar al tanto de los meollos filosóficos para coger el hilo de su exposición. Cuando habla de Antropología, de Teoría del Conocimiento o de Metafísica puede ser pesado si no se han leído otras cosas al respecto.

Si lo he entendido bien, creo que intenta exponer, más que nada, la riqueza del método filosófico propuesto por Leonardo Polo: el abandono del límite mental. El pensamiento de este filósofo no se podría entender sin su método, y lo que Rafael Corazón expone son algunos esbozos de los descubrimientos que ha hecho Polo con el método. Cuando habla de la libertad del hombre con tanto optimismo, del futuro de la filosofía, de la capacidad de amar que nos es propia y que nos descubre hacia los demás, está diciendo cosas evidentes, sin embargo dificilísimas de alcanzar con el pensamiento si no se abandona el límite.

Pero no hay que olvidar que el método es una propuesta: Polo no busca la exclusividad del pensamiento ni ser original como filósofo: su filosofía no es una gran refutación de las otras, es un diálogo profundo con todos los filósofos a la luz de su descubrimiento filosófico. Polo no nos dice lo que hay que pensar, sino que nos muestra lo que ha pensado él, es como un capitán de barco que nos cuenta todas las batallitas de sus viajes. Y, después, cada uno de nosotros decide qué hacer con su método. Parece que Polo nos incite a comenzar una aventura. Así, con el atractivo propio de la libertad, nos invita a atrevernos a ser libres, a pensar por nosotros mismos y descubrir las grandezas que él ha descubierto: la inagotable riqueza de la verdad.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Revisemos Europa

Europa es un continente que, desde el final de la Edad Media, está en continuo cambio cultural. Las iniciativas del Renacimiento por recuperar la cultura grecolatina fueron un gran avance, pues se revivió la cultura clásica con las aportaciones del cristianismo. Europa recuperó lo que era suyo, por decirlo de alguna manera. La recuperación de lo clásico trajo nuevos frutos para la cultura europea e iniciativas que hasta ese momento no se habían tenido. El humanismo cristiano de tantos intelectuales y artistas devolvió el aliento a una Europa cansada del medioevo. Así, el hombre se descubrió a sí mismo, los europeos descubrieron el valor del hombre, y se intentó proclamarlo por los cinco continentes.

El humanismo cristiano fue desarrollándose, pero las luchas religiosas hicieron que, poco a poco, la imagen de Dios en el hombre se difuminara. Dios fue perdiendo protagonismo para el hombre, el hombre se fue viendo solo, sin necesidad de Dios. Puede que el hombre aún no estuviera preparado para hablar de Dios. Puede que, al descubrir de nuevo sus propias riquezas, Dios fuera un tema demasiado grande y se lo tratara como un tema pequeño. Dios se convirtió en algo particular, en una imagen que se crea el hombre por su cuenta, para poder vivir tranquilo, sin necesidad de comparar una imagen de Dios con la otra. De esta manera, el humanismo cristiano pasó a mero humanismo: la armonía de Dios y el hombre fue sustituida por la armonía entre los hombres: el hombre era, en verdad, la medida de todas las cosas.

El hombre, pues, había alcanzado su mayoría de edad. La armonía entre fe y razón fue sustituida por una confianza plena en la razón natural del hombre. Una razón natural que casi sobrepasaba lo sobrenatural: la razón podía precisar qué era Dios, cómo era Dios y de qué manera había que pensarlo para que fuese, realmente, universal. Dios pasaba a un segundo plano, como un problema solucionado y que se podía dejar en el cajón de la mesilla de noche. Ahora le tocaba al hombre definirse…

Definir al ser humano es, posiblemente, una de las tareas más apasionantes y problemáticas que han intentado los europeos. Pero todos los problemas que ha generado ese intento han aportado gran cantidad de avances. Hemos descubierto el valor de la libertad, el de la sociedad, el del Estado. Las artes se han desarrollado a un ritmo vertiginoso, el mundo es, ahora, pequeño, pues hemos conseguido conectar todas las culturas. Hemos generado guerras mundiales y, al mismo tiempo, hemos sabido acabar con ellas. Las grandes paces han dado nuevas oportunidades al mundo entero. Los europeos encontramos oportunidades cuando surgen problemas. Somos los grandes solucionadores problemas.

Al intentar definir al ser humano hemos generado grandes problemas, ya que hemos visto, al final, que no sabemos qué define en realidad al ser humano. Pero hemos visto con claridad que sabemos enfrentarnos a cualquier circunstancia. Y eso es una gran definición del ser humano. Pues, ante todo, la colaboración ha sido el gran avance de Europa. Los europeos hemos encontrado el mayor tesoro de la Historia: la persona. La persona nos asusta, porque nos da miedo encuadrarla y quitarle la libertad, o, también, nos da miedo darle demasiada libertad.

Europa se encuentra ahora con el mismo problema que antes. ¿La libertad no tiene medida o la libertad hay que someterla a un absoluto control…? Ese es el gran tema de la crisis económica, si se me permite hacer una reducción así. ¿Qué le ha pasado al hombre? El hombre no se encuentra a sí mismo. Al no encontrarse, la persona no se comporta como una persona. No colabora con las otras, es egoísta. Así anula lo que más le define. La persona se define como colaborante, lo más característico de la persona es encontrarse con las otras. Es decir, la persona se conoce con las otras personas y vive con ellas. No puede estar sola. La crisis está poniendo en claro estos aspectos de la persona: basta aislarse para generar grandes problemas, basta no tener nada, ser pobre, para ver cómo nos necesitamos unos a otros. ¿Qué vamos a solucionar ahora, de nuevo, los europeos?

Los europeos necesitamos vernos de nuevo. La revisión que se hizo en el Renacimiento es, otra vez, necesaria. El Renacimiento, con su inspiración cristiana, acabó viendo que Dios era un problema. Pero, hoy en día, vemos que el problema es el hombre. Pues el hombre no se ve como una persona, sino como un dios, un dios autosuficiente. ¿Pero es autosuficiente, son los hombres “como dioses”, como esa promesa que hizo la serpiente a Adán y Eva? Es evidente que no. El hombre no puede ser autosuficiente. El hombre no es Dios. Y, de nuevo, surge la pregunta por Dios. Pero esa pregunta no debe darnos miedo. El hombre ha perdido su confianza, ese impulso ciego en sí mismo que le llevó a prescindir de Dios. Dios es algo más que un concepto. Dios es más que una imagen creada por nosotros. Dios no es nuestro, sino de todos. No es un tema privado, es el tema más público de todos. Pues Dios es aquel donde podemos mirarnos todos, donde encontramos nuestra identidad. La pregunta por el hombre es la pregunta por Dios. Y cuando la pregunta por el hombre nos lleva a la persona, cuando vemos que somos personas y que dependemos unos de otros, Dios salta a la vista, de nuevo, como algo universal. Europa necesita revisarse, como hizo en el Renacimiento, para ver dónde estaba su Dios. En el Renacimiento revisó qué tenía de Grecia, de Roma. En el siglo XXI necesita ver qué tiene de Cristo.

Jesucristo es un hombre revolucionario. Es un Dios que sabemos que conoce todas las jugadas en ajedrez, pone en juego tanto la fe como la razón. Por eso nos intimida pensar que Dios es más humano de lo que parece, porque si Dios es humano, le corresponde a Dios decirnos quiénes somos. Dios es capaz de hacernos un jaque y mate rápidamente si jugamos con él. Pero resulta que Dios nos enseña a jugar bien al ajedrez cuando jugamos con él. Dios nos enseña lo que es ser persona. Nos lo enseña dándonos a conocer a Cristo. Cristo es la armonía entre Dios y el hombre, y no los confunde. ¿Hay mejor solución al problema que han venido planteando los europeos hasta ahora? Cristo libera al hombre, el hombre es libre con Cristo…

Europa necesita recuperar lo que es suyo. Europa sigue siendo renacentista. Recuperó al hombre, ahora tiene que recuperar a Dios. Dios es el tema latente de Europa. Preguntar por el hombre es preguntar por Dios, decía antes. El gran intento de Europa es responder a la pregunta por Dios y el hombre. Seguimos siendo el futuro de las culturas. Si Europa cae en la cuenta de su importancia cultural, si se da cuenta de que el núcleo de las culturas se encuentra en sus raíces, en su profundo conocimiento del ser humano y de Dios, seguirá teniendo el protagonismo que ha tenido hasta ahora en la Historia. Si Europa descubre de nuevo a Dios, si muestra la humanidad de Dios, el humanismo cristiano volverá a ser el eje del desarrollo humano.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Los filósofos agradables

Esta semana me he encontrado en situaciones filosóficas muy distintas. Totalmente contrarias. Una situación era muy agradable: he mantenido conversaciones filosóficas encantadoras, en las que las risas, los pensamientos profundos y las miradas comprensivas con los que hablaba iban entrelazadas, que son las que a mí me gustan. La situación desagradable ha sido, cómo no, des-agradable: caras serias, comentarios secos, pensamientos retorcidos y afirmaciones radicales contra la filosofía; me decían lo de siempre (que la filosofía no sirve para nada, el mayor mal de la historia, bla, bla, bla, cosas que ya sé).

No me gusta nada que se metan con la filosofía. Sobre todo porque no tengo ganas de dejar a nadie mal en público. Soy una persona relajada, tranquila y me gusta el chiste rápido y espontáneo para que la gente disfrute del momento. Y eso lo hago con la filosofía. Pero cuando se habla mal de la filosofía, no se puede hacer filosofía. Si lo primero que se hace es tachar a la otra persona… ¿puede uno pasárselo bien? ¡Es una situación incómoda! Ya que lo que pretende el que hace una afirmación de ese calado es dejar mal al filósofo y tener él la razón. ¡Y eso no es filosofía! Los filósofos no buscamos tener la razón, buscamos razones para razonar y encontrar la verdad. Si la razón empieza con una negación rotunda, con una descalificación, quien hace eso tiene un problema: si después resulta que la filosofía es el saber más alto y él ha dicho que era el más bajo, demuestra con sus palabras que es un ignorante en el asunto que trata. Por eso, cuando se meten con la filosofía, lo mejor es callarse, dejar que el otro se vaya por los cerros de Úbeda y que se le pasen las ganas de discutir. Filosofar no es discutir.

Sócrates es el mejor ejemplo de filósofo. Era una persona que sabía preguntar, mantener una conversación, dejar hablar al otro para exponer sus razones y, además, sabía suscitar la verdad en el otro sin que él tuviese que exponerla. Es lo que ahora se llama “método socrático”, concepto que no me gusta nada, porque Sócrates no es un filósofo moderno, tenía más sentido común que los modernos. Sócrates veía la filosofía como una forma de vida, como una manera de conocer la vida. No se trata de ser un charlatán, de conocer miles de datos científicos, literarios o históricos. La filosofía es sabiduría, la sabiduría contempla la verdad sin hacerla suya, sin manipularla. La filosofía es pudorosa, el filósofo es discreto y se relacionan con cariño, sin dominarse. Aunque el filósofo sabe que es un esclavo de la filosofía. Es lo que llamaríamos, con Don Quijote, un caballero andante. El filósofo es un enamorado. Por eso, cuando habla, cuando hace filosofía, enamora, no convence. El filósofo mira a la verdad a los ojos. Esa es la razón por la que, al exponer lo que piensa, resplandece en su mirada, en sus gestos y en sus palabras una luz ingenua e infantil, haciendo brillar en los ojos de sus espectadores la ilusión por conocer aquello que ama.

Podemos decir, después de todo, que la denominación de origen del filósofo es la infancia. Hablar con un filósofo es mirar a un niño ilusionado. El filósofo no es un hombre viejo que ha perdido la capacidad de ver cosas nuevas, es un niño que, aunque sea un anciano, lo ve siempre todo “de nuevo”. Decía San Agustín: ¡Oh belleza, siempre vieja, siempre joven! Por eso, la filosofía es para la gente joven, la filosofía es para disfrutarla, para vivir la vida siempre con ilusión y valentía, porque hay que ser valiente para no perder la ilusión ante los problemas. Los filósofos son agradables, los filósofos… hacen que el mundo sea mejor.

martes, 29 de noviembre de 2011

La discreción de las cosas grandes

Últimamente estoy fijándome más en las estrellas. Subo a mi azotea a contemplarlas con el telescopio cuando puedo. Cuando lo hago me evado por completo del mundo. Digamos, con Aristóteles, que dejo el mundo sublunar para adentrarme en la bóveda celeste. Me introduzco en el maravilloso mundo de las estrellas, los planetas y satélites (porque, por desgracia, mi telescopio no da para mucho más). Ese mundo donde lo grande parece pequeño, minúsculo, sin importancia…

Es fascinante que un cuerpo tan grande como la luna lo contemplemos como si fuese una canica. Cabe perfectamente en el objetivo de mi telescopio. Pero si nos fijamos con detenimiento, la luna está bombardeada por todas partes: tiene cráteres inmensos, algunos mayores que las ciudades más grandes de la Tierra. Cuando se encuentra en estado creciente o decreciente, las sombras se ven con más claridad. Te das cuenta de que es una esfera, un grandísimo cuerpo que gira alrededor de nuestro planeta, no se trata sólo de un punto en el cielo que aparece y desaparece. Si dejas pasar el tiempo, puedes ver cómo la luna, las estrellas, el Universo entero está en movimiento. Un movimiento que hace que las carreras de Fórmula 1 o los aviones a reacción sean un chiste en comparación con el movimiento del Cosmos. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa y, para nosotros, se presenta lenta, casi inmóvil, cuando se trata de todo lo contrario.

Lo más grande parece pequeño, pero basta acercarse a lo más grande para ver nuestra pequeñez: basta intentar seguir su ritmo para darnos cuenta de cuán poco podemos. Lo discreto, lo más grande, puede más que lo más pequeño y parece que lo que hace sea pequeño. Las estrellas son un ejemplo de ello: no podríamos vivir sin el Sol. Sin embargo, parece que el Sol, a muchos, sólo les preocupe para que en verano puedan lucir el bronceado… Pero ¿cuánta importancia tiene el Sol? Absoluta. Sin el Sol, apaga y vámonos, no hay nada que hacer. No podemos sustituir el Sol, ni siquiera podemos valorar, en su totalidad, qué importancia tiene el Sol para la vida en la Tierra. ¿Cuánta importancia tendrá, pues, nuestra Galaxia, las demás, el Universo entero? ¡Ah, nunca lo sabremos, parece tan pequeño ante nuestros ojos…!

Las estrellas que más llaman nuestra atención no están en el cielo, sino aquí, a ras de suelo. Juegan al fútbol, hacen películas, dirigen los países y ganan mucho dinero. Lo más triste es que, en realidad, no tienen ninguna importancia para nuestra vida, pero hacen más ruido que las estrellas de verdad. Esas estrellas agotan su vida. Muchas se la quitan o hacen que otros arruinen la suya, no son como las estrellas de verdad. Las personas jugamos a ser estrellas. ¿Cuántas lo consiguen en realidad? ¿Cuántas personas son estrellas, es decir, cuántas aportan, de verdad, a la vida? ¿Quiénes son nuestras estrellas?

Las estrellas de verdad pasan desapercibidas. Hacen que nuestra vida esté llena de riquezas y nosotros, yo más que nadie, no vemos todo lo que nos dan. Seguramente están a mi lado, a nuestro lado. Son esas personas grandes como soles, como estrellas, que nos dan calor, que llenan nuestras vidas y que estamos acostumbrados a verlas cada mañana, cada noche. Hacen que la vida entre en movimiento, sin que se note. Viven con nosotros, son nuestros padres, abuelos, un amigo, una amiga (o muchos); puede ser ese profesor que te corrige cuando te equivocas, tu hermano cuando te gasta una broma pesada o tu hermana cuando no te deja ver lo que tú quieres en la tele. Pero, como las estrellas del cielo, hace falta pararse un momento, subir a la azotea, acercarse un poco al cielo que nos ofrecen y mirar por el telescopio para ver, con asombro, que estamos rodeados de cosas grandes, de estrellas inmensas que parecen pequeñas…

martes, 22 de noviembre de 2011

Los que no sabemos leer



Nota: Nadie me ha insultado. He escrito esto deportivamente, sólo por gusto. Se me ha ocurrido y me ha hecho gracia escribirlo. Es pura diversión...


La lectura y la escritura van unidas. Un buen escritor es, generalmente, un gran lector. Pero no todos los lectores llegan a ser escritores. Yo no soy buen lector, porque no sé leer. Quizá por ello tampoco sé escribir.

Me han dicho en más de una ocasión que escribo mal. Dicen que no se me entiende, que intento hacer juegos de palabras para expresar ideas que no tienen ningún sentido. Lo cierto es que tienen razón: no sé escribir. No sé escribir porque me cuesta entender las cosas que leo. Cuando me expreso me pasa lo mismo: expreso cosas que probablemente no entiendo. O puede que eso es lo que me dicen. Porque la pregunta puede que no vaya referida a quien escribe, sino a quien lee lo que se ha escrito. El problema puede que no lo tenga el escritor que ha escrito una cosa difícil de escribir, sino que lo tiene el que ha leído algo que era difícil de escribir. Por ello no lo entiende. Entonces, ¿quién no sabe a fin de cuentas, el lector o el escritor? Los dos a la vez.

Cuando alguien critica alguna cosa, cree que sabe algo sobre aquello que critica. Cuando criticamos una obra de arte, seguramente le estamos diciendo al artista que nosotros somos más artistas que él. De la misma manera, cuando criticamos una reflexión escrita, estamos diciéndole al escritor que sabemos pensar, leer y escribir mejor que él. Esto no lo niego para mí, porque soy un lector y un escritor pésimo, y dudo mucho que haya pensado algo alguna vez. Pero cuando se critica algo porque no se entiende, el juego cambia bastante. Cuando un lector, un buen lector, no entiende algo que ha leído, tiene dos opciones: a) sentir insultada su inteligencia y decir que el que ha escrito eso no sabe escribir; b) intrigarse y preguntarse si cabe la posibilidad de que él no tenga ni idea de aquello que ha leído.

Esto me ha pasado a mí en más de una ocasión. Sea lector o escritor, no entiendo muchas veces aquello que leo y no se me entiende cuando escribo. Puede que sea por mi manera de pensar, si es que pienso… Digamos que imito. Imito a gente que sí que ha escrito cosas difíciles de escribir y de pensar. Por eso no sé ni escribir ni pensar. Si no se me entiende cuando escribo, lo que me gustaría pedir es que no me insultaran. Me conformaría con que me dijeran educadamente que soy un inepto en las letras. Lo digo de verdad. Pero no me gusta que me insulten porque alguien que me lee se sienta insultado. Yo no insulto a nadie. El problema es que no insulta quien puede, sino quien quiere. Quien quiera sentirse insultado, puede sentirse insultado, pero no piense que porque quiere sentirse insultado, han intentando insultarle…

Me conformo con que me recuerden mis pocas facultades de escritura y reflexión, pero no que me insulten porque se sienten insultados al leerme. Quizá el que se insulta es uno mismo al darse cuenta de que en realidad es él, el que lee creyendo que sabe leer, el que es insultante cuando cae en la cuenta de que no sabe leer y mucho menos reflexionar… Pero bueno, como yo ya me he incluido en el grupo de los que no saben leer, me excluyo por completo del grupo de los que saben insultar escribiendo… ¡Soy de los que no sabemos leer!

jueves, 17 de noviembre de 2011

La madre de Hobbes

Los filósofos modernos tienen una manera especial para fundar la sociedad. Me imagino que la mayoría de nosotros habremos escuchado frases de Hobbes o de Rousseau. En ellas se nos dice de modo lapidario que el hombre es mejor que esté solo. Tiene que estar solo para que se le pueda controlar o, también, para que no se corrompa cuando entra en contacto con la sociedad. Estos son los fundamentos de la sociedad moderna y contemporánea, las ideas base de nuestra democracia…

Lo primero que se deduce de planteamientos así es la sospecha. La sospecha es la actitud primordial de la sociedad democrática. No somos buenos o no podemos llegar a serlo. Somos, digámoslo de algún modo, unos miserables que nos necesitamos unos a otros para enriquecernos, pero cuando el otro sujeto o individuo no nos sirve, se acaba el vínculo social… Se trata de un contrato económico o de un pacto de no agresión. Pero es un contrato en el que nos cubrimos las espaldas, en las que los otros son peligrosos para mí y sé que yo soy peligroso para los otros.

Parémonos en Hobbes. Su frase es muy famosa: HOMO HOMINI LUPUS (el hombre es un lobo para el hombre). Es una sentencia llena de terror. Vemos a los otros como enemigos. Es fácil darse cuenta de cómo los genocidios están vinculados a este concepto del ser humano. Cuando un pueblo estorba mis intenciones, no es un compañero, mucho menos un adversario, es un objetivo que quitar de en medio. El mismo símil se puede hacer con una empresa, un banco, un compañero de trabajo… Cuando pienso en filósofos que dicen cosas así de nosotros (porque nos definen a nosotros, a ti y a mí), me gustaría ver cómo trataban con sus madres. ¿Estos filósofos no recibieron cariño de sus madres? ¿No sabían lo que era estar en deuda con otras personas? Los padres son un ejemplo de una deuda y un favor que no se puede devolver. Se les debe mucho en realidad, aunque hayan sido buenos o malos padres. Hobbes tendrá que perdonarme, pero creo que se ha olvidado de una etapa esencial en la vida humana. Probablemente, el primer rostro que reconocemos en nuestra vida no es el nuestro, sino el de nuestra madre. Recordamos su sonrisa, sus caricias, los momentos en los que consolaba el llanto (todo esto, claro está, queda en la conciencia, no en el recuerdo)… ¡Qué importantes son las madres, los padres!

Ahora veamos a Rousseau. Este filósofo dijo: El hombre nace libre, pero por todas partes se encuentra encadenado. ¿Es esta una frase de confianza? ¿Es esta la frase de un demócrata? Está llena de ironía. Es una manera de decir, con sutilidad, lo mismo que Hobbes: la sociedad es un límite para mi libertad; los demás son mis contrincantes en el duelo de la vida (Rousseau era un hombre problemático, siempre acababa retando a duelos). Vuelve a establecer la desconfianza como base de la sociedad. Para colmo, es el comienzo de su libro, Du contract social. La base de la sociedad es la lucha de los contrarios. Por ello hay que ponerle freno mediante un contrato que los mantenga contentos a todos. Pero… ¿qué pasa cuando el contrato no gusta? ¿Qué pasa cuando el contrato no resulta como esperábamos? ¿Todos están incluidos en el contrato, todos lo conocen de igual manera? Tal vez ocurra lo que dijo Napoleón, el cerdo del libro de George Orwell: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. Aquí ya tenemos los ingredientes perfectos para definir una lucha de clases, un conflicto de intereses insoluble, una revolución social…

¿Es esto lo que queremos? ¿La sociedad va a ser siempre un caldo de cultivo de conflictos y revoluciones? Si soy sincero, las revoluciones me dan pena. Las revoluciones no cambian nada, la mayoría de ellas dejan las cosas peor que como estaban. Sobre todo cuando son violentas. La violencia no soluciona nada. Es un fracaso humano. Cuando dicen que la especie humana es la única que puede destruirse a sí misma, el corazón me da un vuelco. Me dan ganas de gritar que eso es falso, porque eso es así cuando queremos que ocurra. Habría que ver con detenimiento cuántos se benefician de los conflictos y cuántos pierden. Los que se benefician son más culpables que los que entran en conflicto. Puede que un banquero en un paraíso fiscal sea más culpable que un soldado que tira a una granada y mata por accidente civiles inocentes. La violencia económica es más cruel que la bélica en muchos casos…

¿Cómo vamos a solucionar esto? Hemos visto que hay un problema de base: la sospecha, la desconfianza en la sociedad. Todo está previsto para que haya conflictos y no haya verdadero entendimiento. ¿Es la desconfianza la base de la sociedad? No, en modo alguno. ¿Dónde empieza la sociedad? La sociedad empieza en una mirada. En una sonrisa. La Madre Teresa de Calcuta decía que la paz comienza con tu sonrisa. La sonrisa es señal de confianza, de alegría, de verdadero vínculo. Es más económica de lo que parece. Muchos enfados se solucionan con una sonrisa. Puede que a Rousseau y a Hobbes no les sonrieran lo suficiente en sus vidas. La sonrisa no es una tontería, Leonardo Polo dice que se puede hacer una “metafísica de la sonrisa”.

La democracia comienza en la familia. No hablo de la democracia de la igualdad de condiciones. Lo que genera verdadera democracia es el vínculo del cariño, la dependencia de unos y otros. La persona nunca está en igualdad de condiciones, las personas siempre estamos en deuda con nuestros padres, nuestros amigos… La igualdad se genera en la generosidad, en la capacidad de dar al otro lo que le corresponde y, luego, en la capacidad de darle “de más”, porque nosotros queremos. Esto se ve claramente en una familia: esté unida o rota, la familia es escuela de ciudadanía.

Sólo hay sociedad si hay confianza, sólo hay sociedad si hay comprensión, sólo continúa la sociedad si también hay perdón… El perdón es lo que nos hace más humanos, lo que más nos diferencia de los animales. Un animal no perdona. La persona es capaz de perdonar, pero es muy difícil ver en el otro a una persona si no le perdonamos, si le consideramos un lobo, si vemos que es la cadena que nos ata y no nos deja vivir. Cuando en realidad se trata de todo lo contrario: el hombre es un necesitado del hombre, y con el otro vive la libertad.

martes, 15 de noviembre de 2011

La muerte de Dios

“Dios ha muerto”, dijo Nietzsche. No sin razón el filósofo alemán proclamó el acontecimiento más importante de la Historia: la muerte de Dios es un hecho inaudito para cualquiera que considere su existencia como necesaria, como un ser absoluto del que no podemos prescindir. Nietzsche era un gran amante de la vida, pero la muerte fue siempre su gran enemiga. Pues la muerte es la mayor de las injusticias, el fin radical de todo ser vivo. La muerte de Dios abre, así, el camino para una vida nueva, eterna, como diría Nietzsche. La eternidad es inmolada en pro de otra eternidad, una nueva eternidad que nunca se ha visto antes pero que siempre es igual para el alemán…

Nietzsche comprendió que el único ser que puede proclamar la vida tras la muerte de Dios es el mismo hombre. El hombre es la expresión máxima de la vida, de la libertad, del arte… Nietzsche, sin lugar a dudas, comprendió perfectamente a Cristo. Esa es la razón por la que se revolvía al pensar en la muerte de la eternidad, en la muerte de la vida, en la muerte de Dios. Porque ese hombre, Cristo, había hecho algo verdaderamente nuevo, artístico: Dios se había hecho hombre y, además, había muerto en la cruz condenado por los hombres. Y Nietzsche, siendo fiel a los griegos, a los dioses griegos, que nunca llegaban a morir por los hombres, se negó en absoluto a aceptar este hecho.

Si Dios había muerto, su muerte era eterna. La única vida que quedaba era la del hombre. El hombre vivía aún tras la muerte del ser absoluto. Sin embargo, no era ese hecho lo único que había deshonrado a Dios, para Nietzsche lo verdaderamente horroroso es la resurrección de Dios… La resurrección ponía en entre dicho la vida que proclamaba Nietzsche: una vida eterna en su finitud, en el extremo mismo del ahora, como un cometa se agota luchando por avanzar, a pesar del rozamiento que se le impone… y que recomienza siempre cuando acaba. La vida de un mortal que desafía a la misma muerte.

La resurrección es abominable para un Dios. Pues del mismo Dios no se puede predicar la muerte y menos aún su resurrección. Pero Cristo afirmaba esa contradicción en el concepto de Dios. No sólo lo negaba, Cristo transmutaba el concepto mismo de Dios. Los griegos concebían la finitud como una degradación de la eternidad. La eternidad, asimismo, nunca podía entrar en contacto con lo finito. Acaso podía iluminarlo desde su posición absoluta, pero no tomar la finitud como algo propio de la eternidad. Nietzsche habría estado de acuerdo, incluso, con Platón en este punto, y con él habría dicho que a lo sumo había participación en el ser, y el Uno, el Bien, permanecía inmaculado, siempre, en su eternidad. Por esa razón, el cristianismo había aniquilado el mundo clásico predicando a Cristo. En el sentido de la independencia del ser absoluto respecto del ser finito: la Encarnación del Verbo eterno da una nueva imagen de Dios.

La imagen de Dios era inexistente hasta Jesucristo. Dios era manifestación de la eternidad sin que se pudiese verlo. Nos había dado nombres propios, como Yahvé, Palabra, el Dios de Isaac o el Dios de Moisés, entre otros. Pero Dios nunca se había manifestado realmente, de una manera palpable. Por primera vez en la Historia, Dios tenía rostro, Dios nos miraba a los ojos cara a cara. Podíamos ver la sonrisa de Dios, sus lágrimas, lo veíamos cansado en una barca mientras sus discípulos temían la tormenta… Dios era hombre. ¡Este suceso es totalmente nuevo! Un griego habría arqueado las cejas con escepticismo al escuchar algo así.

Además de este suceso, que ya cambia por completo al mismo Dios, había otro: Dios muere en la cruz y, luego, resucita. Aquí es donde podemos entender que Cristo diga que hace nuevas todas las cosas: Dios es el ser eterno (absoluto) e inabarcable que marca el Todo de la eternidad y que define todo ser finito; ese Todo que es Dios y que no cambiaba en su eternidad ha cambiado al hacerse hombre; ese Dios inmortal había muerto; la eternidad se había suspendido con la muerte de Dios, todo, realmente Todo, había acabado; la muerte de la eternidad marca la vida nueva, absoluta y eterna, con la resurrección de Dios. ¡Cristo ha hecho nuevo al mismo Dios, no sólo a los seres finitos! Ha ocurrido algo en la eternidad, la eternidad tiene historia y ha asumido la historia como suya… Realmente, el tiempo, el mundo, todo es nuevo porque el Todo ya es nuevo.

Nietzsche podía enfadarse al contemplar una representación así de Dios y de la vida. Cristo había cambiado todo, Cristo era el verdadero artista, “el único” en el sentido romántico de la palabra. Ese hebreo, ese hombre había hecho que Dios cambiara. Ese Dios era, para Nietzsche, un pusilánime que se había entregado a la muerte. Un Dios débil, mancillado por el hombre. Un Dios que no era Dios. Por ello, era más dios quien había matado a Dios: el hombre, el superhombre…, aquel que se enfrenta a la muerte matando la eternidad y toda oportunidad de vida después de la muerte. Ese hombre era más que Dios, podía prescindir de Él: no necesitaba la resurrección para vivir.

¿Es esto así? ¿Dios es un pusilánime? ¿Dios muere en vano a manos del hombre? La última pregunta deja en suspenso la tesis de Nietzsche. Si Dios realmente lo ha cambiado todo, hasta a sí mismo, Nietzsche no tiene nada que hacer. ¡Es esto lo que más le desespera! ¡Dios es nuevo, todo es nuevo, hasta el ser humano es nuevo! Un luterano como Nietzsche se entristecería al ver que la fe en Cristo es algo más que simple fe en que es Dios: Cristo supone una perspectiva aún mayor, pues la fe engendra esperanza y caridad. La fe te hace como Cristo, te hace Cristo mismo…, cambia la vida ¡ahora! Y Cristo representa al Dios que muere, al Dios que ama sin que comprendamos su amor incondicional, su misericordia… No es el Dios poderoso e imperativo al que aspira Nietzsche con el superhombre, es el Dios Amor: el Resucitado.

Lo que más aterra al filósofo alemán es que la eternidad, la inmortalidad, suponga amor, porque ese amor cristiano contradice el imperio, el poder, de los dioses inmortales griegos. Ciertamente, “Dios ha muerto”, pero su muerte es la vida, la eternidad del amor, que nunca muere en verdad… Y no muere porque el amor es “con”. El amor dice que Dios no está solo ni nos deja solos, el amor dice que Dios es más poderoso que el imperio del poder: el amor es capaz de hacer que lo más grande se haga pequeño, que el Todo se haga una parte de lo finito para salvarlo. Cristo es el Dios que no está solo, el que acompaña al hombre sufriente en su dolor. Algo que la poesía de la vida de Nietzsche quiere eliminar de raíz… Nietzsche diría convencido: “si Dios ha muerto, yo soy Dios: sólo yo sigo vivo”. Pero Dios ha resucitado, Cristo vive, y esto Nietzsche ahora no puede negarlo si es verdad…

domingo, 13 de noviembre de 2011

La exclusividad de la verdad

El pasado jueves, después de un seminario de filosofía moral, los compañeros y compañeras de primero de filosofía nos fuimos al bar a tomar unas cervezas. Allí tuve la oportunidad de mantener una conversación, que me pareció interesantísima, con unas compañeras. Puedo decir a su favor que me considero un privilegiado por ser su compañero… En primer lugar porque ellas hacen que la carrera de filosofía sea más interesante; en segundo porque mi clase es en su mayoría masculina, y eso para mí supone una gran pérdida…

La conversación que mantuvimos fue edificante, moral, elevada, ¡sublime!, como diría un romántico. Me recordó un poco a Kierkegaard, que también fue un gran tabernero y sabía cómo ganar la atención de todo el mundo, a pesar de que era jorobado y no tenía buen parecido para las mujeres. La conversación fue así:

“Después de haber hablado de varios temas sin importancia, mi corazón se llenó de sinceridad al mirar bien los ojos de mis compañeras…

RAFA (YO): Si os digo que estoy enamorado de vosotras, ¿me creéis?
CHICA 1: ¿Cómo, de nosotras dos? ¡No, eso no puede ser!
RAFA (YO): Pues sí, sí que puede ser, porque estoy enamorado de las dos, os lo aseguro…
CHICA 2: No me lo creo, eso es imposible. Sólo te puedes enamorar de verdad de una. Si no es así, no estás enamorado.
RAFA (YO): Os lo aseguro, estoy enamorado de las dos…
CHICA 1: ¿Cómo es eso posible? Sólo puedes tener sentimientos de verdad para una.
RAFA (YO): Es que tengo un corazón muy grande, ¿sabes?, y necesito querer a muchas mujeres. Si no, no podré querer de verdad…
CHICA 2: ¿Cómo? ¡Mira este qué espabilado! No, chaval, de eso nada…
CHICA 1: Sí, es verdad, eso no puede ser. Tienes que elegir una.
RAFA (YO): No puedo, lo siento, eso es muy cruel…
CHICA 1: Vale, pues al menos tienes que elegir algo de cada una con lo que te quieres quedar.
CHICA 2: Sí, eso, elige algo de cada una, me parece bien.
RAFA (YO): Pues… Ay, no sé, ¿de verdad tengo que hacerlo?
CHICA 1 y CHICA 2: ¡Sí!
RAFA (YO): Si me obligáis, vale, tendré que elegir… ¡Me quedo con vuestros corazones!
CHICA 1: ¡Qué tío!
CHICA 2: Eso no vale, macho…
RAFA (YO): Ya he elegido, lo siento…

La conversación siguió, me hicieron cambiar de elección. Al final tuve que elegir sus cabellos, pues una es rubia y otra morena. De ahí sacaron la conclusión de que a mí me gustan las mujeres castañas… Pero la conversación no llegó más lejos, porque tenía que irme en pocos minutos a cuidar de mi hermano pequeño…”.

La filosofía se enriquece con las cosas cotidianas, saca conclusiones de sucesos sin importancia. Y como soy un filosofador, esta conversación me sirvió para pensar qué es la verdad. Me gustó ver cómo mis compañeras se empeñaban en que tenía que elegir a una de ellas. También cómo, al ver que yo no me decidía, me daban una oportunidad al quedarme con un aspecto de cada una. Pero esto, sin lugar a dudas, era una farsa. Creo que intentaban ponerme contra las cuerdas. Ya que, si hubiese elegido un aspecto que favoreciera más a una que a otra, me habría delatado…

Con la verdad pasa algo parecido. Es una amante celosa, es exclusiva. Sólo podemos estar con ella o con nadie; si no es así, no podemos contar con ella, nos quedamos solos… Tenemos que entregarnos a ella por completo. No caben las miradas furtivas que se escabullan de su encanto. La verdad lo abarca todo o no abarca nada. Y eso es lo que más me gusta de ella: es posesiva y apasionada, pero se mantiene discreta y silenciosa; no se entrega con facilidad ni se deja ver por cualquiera. Hay que ganarse el mérito de tratar con la verdad, de ser su amigo y, más tarde, su amante…

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Indignados o inconformes?

Los indignados se han hecho famosos. Están por todas partes. Indignarse se ha convertido en una actitud de vanguardia en tiempos de crisis económica. Pueden amenazar con su indignidad a cualquier político, pontífice o economista. Y por ello ya tienen cierto poder.

El poder es peligroso. Sobre todo cuando no sabemos a quién pertenece. Cuando el poder es anónimo o general, como diría Rousseau, puede ser ejercido por todos y por nadie. A causa de ello nadie es responsable de sus actos y es el grupo o la masa lo que justifica los hechos. Así se afirma lo que decía Vico sobre la verdad: la verdad son los hechos. Es decir, una vez se ha hecho algo, eso ya es verdadero y no cabe cambiarlo.

Esta postura respecto a la verdad es revolucionaria. Es revolucionaria no porque sea nueva y lo cambie todo, sino porque es típica de los revolucionarios, que lo cambian todo sin que les importe nada: sólo quieren cambiar algo para sentir que hay algo nuevo, y lo nuevo, después, resulta que no es mejor que lo viejo… Lo que más se puede resaltar en la sentencia de Vico es “la posibilidad”. Si una cosa es posible, es verdadera. Si puedo hacer una cosa a pesar de que me lo impidan, es que eso que me impiden es verdadero, y por tanto me están privando de mi libertad.

Lo que resulta de este planteamiento es claro: lo establecido es un límite impuesto, no acordado, con el que me engañan para que me quede parado. Este pensamiento conlleva muchos problemas. El primero es que el principio de legalidad queda abolido por la fuerza propia de los hechos: si se puede actuar al margen de la ley o contra la ley, es que la ley es falsa. Pero ¿es esto cierto? ¿Realmente es lícito quitar algo si podemos hacerlo simplemente? El poder hacer es tentador, jugoso, pero, como decía antes, es ciego. Porque cuando actuamos “en masa” no se diferencian unos de otros, como una gran falange espartana que lo detiene todo y arrasa cualquier obstáculo que se ponga en su camino…

Por otra parte, el término “indignado” no me gusta. Ya que el “in-” es excluyente. La dignidad es propia de las personas, y junto a la dignidad está la libertad, sin que puedan separarse. Cuando no se tiene dignidad no se puede ser responsable de lo que se hace. Puedo encabritarme si nadie me doma o detiene y al final me convierto en un toro bravo. Para colmo, los toros son típicos de los ibéricos y el movimiento de los indignados ha empezado en España (¿hay alguna relación?). Bromas aparte, las personas, ontológicamente hablando, son dignas, son dignidad en sí mismas por ser personas. La dignidad y la libertad humanas no son una concesión de ningún Estado o sociedad, sino un reconocimiento de algo que es propio. ¡Nadie puede privarse de su dignidad ni de su libertad! Por eso no me gusta el término “indignado”, porque es claudicar ante el Estado, darle un poder que no tiene: darnos dignidad o libertad.

Para protestar me gusta más que me califiquen de “inconforme”. El inconforme manifiesta una rebeldía con nombre y apellidos. Dice quién es. La conformidad o inconformidad es, además, moderada. Porque se está inconforme con algunas cosas, posturas o pensamientos sin que, por ello, quieras excluir algo en bloque. Respeta y es respetado, a pesar de que le hagan injusticias. El inconforme es bastante socrático. Quizá Sócrates sea un ejemplo para cualquier democracia, ya que la criticó, la amó y la respetó a la vez. Hasta aceptó la última voluntad de la democracia y fue condenado a muerte. Es decir, Sócrates fue fiel a la democracia a pesar de que no estaba siendo justa. Pero no calló ni una sola vez cuando vio que la democracia se estaba degenerando. ¡Qué difícil es la fidelidad en tiempos de crisis!

Hay que recordar en tiempos de crisis ese pensamiento socrático tan importante: más vale padecer una injusticia que cometerla. ¡Hay que conservar la dignidad, no podemos perderla! Si la crisis hace que cometamos injusticias, habremos sido protagonistas y cómplices en un delito gravísimo. Yo no quiero convertirme en un delincuente más en la crisis. ¡Prefiero evitarla, solucionarla, sin ser partícipe de la crisis! No estoy conforme con la crisis ni con muchas cosas. Soy un inconforme…

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA FILOSOFÍA Y NUESTRA GENTE

Los griegos definían la filosofía como el saber que se ocupa de todo lo que existe. Aristóteles decía que era el saber más universal, la ciencia o filosofía primera, debido a su importancia: al filósofo todo le parece interesante, nada se escapa a su atención si es valioso para la vida. Es posible que esa sea la razón por la que los filósofos son personas dispersas: la primera imagen que tenemos de la filosofía es la de Tales de Mileto, que cayó inesperadamente en un pozo mientras contemplaba las estrellas.

Las estrellas… ¡Qué mundo tan maravilloso! Lejanas, inmensas y, a la vez, parecen tan pequeñas… Los cuerpos más grandes del cosmos son minúsculos ante nuestros ojos. Eso es lo que más me fascina. De igual manera, las partículas más elementales se mueven a una velocidad tan rápida, que su movimiento hace que veamos el mundo parado, lento: su movimiento queda latente por la estabilidad del mundo. Todo se mueve, lo de arriba y lo de abajo. Ya dijo Heráclito que “todo fluye”. Pero lo más sorprendente es que se mantenga en el tiempo, que no perezca lo que existe, sino que a la corrupción sigue la generación, como diría Aristóteles.

El mérito de los griegos fue que descubrieron aquello que no pasa a pesar del tiempo. Los griegos se dieron cuenta de que lo intemporal también existía en comunión con lo temporal. De aquí nació el noús, el logos, el kosmós… Hay un orden invisible en el Universo existente que queda tras lo que aparece ante nuestros ojos. Una metafísica que hace que todo sea tal cual es. Esa comunión de tiempo y no-tiempo tan misteriosa, que, a pesar de todo, es objeto de nuestro conocimiento…

¿Cómo es posible que conozcamos lo intemporal? ¿Es una invención? ¿Un intento de anular el paso del tiempo? ¿La ilusión de unos niños que jugaban a ser pensadores? ¿No será que los pensadores se volvieron como niños? Seguiremos con los griegos, ya que son demasiado ricos como para dejarlos a un lado: dijeron que lo semejante se conoce por lo semejante. Platón lo ilustró muy bien cuando afirmó que la luz sólo puede ser vista por otra luz. Si nuestra mirada no iluminara a la vez, la luz del sol quedaría oculta; si nuestra mirada no fuera iluminada, todo quedaría a oscuras. Por eso cayeron en la cuenta de que en nosotros hay algo que rige, que no pasa tampoco: se trata del alma.

Los filósofos medievales recogieron muy bien este descubrimiento griego. Lo desarrollaron hasta concebir esa correspondencia entre dos inteligencias: la nuestra y la del Universo. El universo no nos es ajeno, sino que, como descubrieron los griegos, es semejante a nosotros: lo semejante se conoce por lo semejante. ¿En qué es semejante? Se trata de dos inteligencias que interactúan. Nuestra inteligencia, por ello, vive, crece, gracias a la del Universo, es medida por él, que siempre la supera. El Cosmos aparece ante nosotros como algo insuperable, que nos limita.

El Cosmos puede que aparezca con todo su señorío. Sin embargo, la fe de los filósofos medievales nos trajo algo de gran valor intelectual: la persona, concepto y realidad descubierta por la filiación divina. La persona es una fuente inagotable de temas filosóficos. Los medievales se dieron cuenta de uno: la persona es microcosmos. Cada persona es una realidad inmensa, tan grande como el Universo, que pasa desapercibida. ¿Nos hemos fijado en la importancia del mundo subatómico? Esas partículas puede que sean las más importantes del mundo físico y son las más discretas…

Hemos visto que el gran descubrimiento de los griegos es lo que pasa desapercibido. Lo inmenso siempre nos impresiona por su imponencia, pero lo pequeño debería asombrarnos por su discreción. Los filósofos, decíamos al principio, son personas dispersas, despistadas, aunque no se les escapa una… Porque darse cuenta de que la persona es un microcosmos es algo revolucionario. Muchos pasan por la vida sin darse cuenta de esto y, justo al final, cuando ya no queda tiempo, empiezan a valorar lo que era más importante: aquellos que le han acompañado a lo largo de la vida. El nacimiento de un niño es motivo de alegría para muchos, pero cuando se ve un funeral abarrotado de gente, tras la tristeza de los rostros se esconde la alegría de la vida del amigo que se ha ido…

Nadie llora la muerte de una estrella, nadie organiza una fiesta cuando un polluelo rompe el cascarón… Sólo añoramos lo que ya no va a volver, sólo nos alegramos cuando hay algo nuevo y único. Un hermano, un amigo tienen para nosotros el valor de todo lo que existe. Quizá lo más importante en la vida de un filósofo o en la vida de cualquiera sea descubrir a la persona. Pues descubrir a la persona que tienes a tu lado es, probablemente, el mayor descubrimiento de la historia, porque nadie más va a poder hacerlo.

Los griegos descubrieron el valor de las estrellas y de todo lo que no pasa. También descubrieron el valor de la amistad. El mismo Aristóteles habla de ella. Lo más lejano es importante, pero ¿qué valor tiene descubrirlo en realidad? Si no somos capaces de ver lo que nos es más cercano, es absurdo que veamos lo que está más alejado de nosotros… La sonrisa de mi hermano pequeño no la voy a encontrar en la luna llena, y estoy seguro que Aristóteles nunca podrá verla. Conocer y amar a la persona que tenemos al lado es el mayor reconocimiento de su importancia y su inmortalidad. Por eso, los mayores filósofos son los que aman a los suyos, nadie más podrá descubrirlos: nuestra gente es la auténtica filosofía.

viernes, 21 de octubre de 2011

Una joya: "Entender el mundo de hoy"

El pasado mes de julio busqué libros que podían ser útiles para introducirse en filosofía. Me interesé en autores optimistas, ya que el optimismo en filosofía es un gran punto de partida. A diferencia del entusiasmo o la tristeza, una actitud optimista es unificadora, abarca, con sencillez, temas que, a primera vista, pueden ser complejísimos y difíciles de entrelazar. Así se consiguen discursos coherentes, que no cierran, y que dejan abierto siempre el horizonte a nuevas consideraciones y perspectivas.

Encontré, pues, autores de ese estilo. Algunos eran antiguos, como Aristóteles, Platón o el mismo Agustín de Hipona, que en sus Confesiones muestra una actitud tan íntima, sincera y apasionada que me sobrecogió con su pensamiento. Pero no todo queda en los antiguos. La actualidad está repleta de autores de gran calado intelectual. Uno de ellos es el que escribió el libro que comentaré ahora, se llamaba Ricardo Yepes. Era español, profesor de filosofía, especializado en temas de Antropología. Murió en 1996 en un accidente de montaña, en los Pirineos. ¡Qué autor tan apropiado para un blog como este!

El libro se titula Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante. Está escrito en un estilo epistolar. De manera que se crea una atmósfera más acogedora en las reflexiones. Hay un diálogo entre el lector y el autor, ya que invita en cada página a pensar de una manera respetuosa y disimulada con su discurso. Habla de muchos temas en general, sobre todo de actualidad y relacionándolos con cuestiones fundamentales de la filosofía tradicional, definiendo, así, la filosofía como un saber perenne, que se mantiene en el tiempo y que es interesante hoy de la misma manera que lo fue hace miles de años.

No podemos olvidar que el autor es un filósofo que se considera en deuda siempre. No concibe el originalismo, sino que el filosofar es un aprender continuo. Por ello, todo filósofo es filósofo gracias a su maestro. Ricardo Yepes eligió al suyo, se llama Leonardo Polo. Este filósofo también es español. Fue Catedrático de Historia de la filosofía. Este autor tiene su propia trayectoria intelectual. Desde la filosofía moderna, descubrió la riqueza de la filosofía clásica y medieval. Conjugó los descubrimientos de los filósofos de cada época, considerando a cada uno como una cantera intelectual de la que podemos obtener nuevas consideraciones filosóficas que quedan latentes en el pensamiento. Pero lo más importante de Leonardo Polo es que realizó un descubrimiento filosófico, que lo convierte en un pensador innovador y, cómo no, en un optimista sin igual. Su descubrimiento fue el límite mental, desde el que propuso un método filosófico, al que denominó abandono del límite mental. A partir de este método ha desarrollado una filosofía amplísima, que aborda la mayoría de la temática filosófica, desde la que podemos partir para llegar aún más lejos en la comprensión del mundo, del hombre y de Dios.

Volvamos al libro. Lo más significativo es que, en conjunto, te hace ver lo que supone la experiencia de estar convencido de algo, de estar enamorado, de saber que tienes algo que hacer con tu vida… Esa experiencia es el encuentro con la verdad. Dice Yepes: “Quien ha sabido encontrar una verdad muy difícilmente renuncia a ella y a su inspiración”. También: “El encuentro con la verdad, ya te lo dije, tiene como fruto la tarea encomendada, el encargo de llevar a cabo en uno mismo y en el mundo esa verdad encontrada. La inspiración es el aliento recibido por ella y alienta las actitudes y decisiones de la libertad. Así se transforma en convicción”. El libro, como se puede ver, es una invitación a la filosofía llena de frescura y jovialidad. Se trata de una perspectiva muy valiosa para dirigirse al pensamiento actual, de la que estoy seguro se pueden obtener grandes frutos para la cultura.

lunes, 17 de octubre de 2011

El pequeño filósofo

Érase una vez un pequeño filósofo que escribió lo que ahora estás leyendo. Al comenzar sus estudios de filosofía no se dio cuenta de que la filosofía estaba acabada. Por ello se quedó admirado como un niño. Contempló los pensamientos de los filósofos como obras maestras y, como no entendía nada, vio el futuro de una manera optimista.

Sus profesores intentaron hacerle ver que la vida no tenía sentido. Él, en cambio, veía la vida misma como un sentido. Se decía a sí mismo que “la vista no puede verse” y ello le llevaba a no entender lo que todos entendían… Él le daba vueltas y vueltas a la cabeza y llegó a la conclusión de que un pensamiento que quiere pensarse es como una peonza: al final pierde su propia inercia y cae al suelo… hasta que vuelven a lanzarla.

Así que, como niño que era, un día lanzó la peonza… y, al ser muy torpe, cayó tan lejos que la perdió. En su tristeza anduvo cabizbajo por la calle. Sin preverlo, llegó hasta la playa cuando caía el sol. El naranja y el azul le hipnotizaron. Contempló el sol hasta que se puso. No quiso volver a casa pronto: miles de luces parpadeantes cubrieron el cielo y no tuvo más remedio que acompañarlas.

Nuestro pequeño filósofo se quedó admirado como si el hombre contemplase por primera vez el cielo. Su cabeza se libró de las dudas y tristezas que le habían acompañado hasta ese momento. Pero nuevas preguntas y misterios surgieron ante sus ojos. De la misma manera que Tales, Erastóstenes, Platón o Aristóteles se quedaron embobados tiempo atrás, él se quedó toda la noche mirando el cielo tumbado en la playa.

A la mañana siguiente, no podía creer lo que le había pasado: sin querer había comenzado a filosofar. Sin duda alguna, se había equivocado, porque no tendía dudas. Simplemente se había quedado mirando y pensando, sin entristecerse, sin darse cuenta de que estaba pensando. Dejó que el mundo le cautivara con su belleza sin que él pudiese ponerlo en tela de juicio… Pensó, por ello, que tenía que ser verdad lo que le había pasado, pues no sólo había dejado atrás la tristeza, sino que una alegría insospechada había enraizado en su corazón.

Volviendo a casa, se dijo: “Existe la verdad, pues si no existiera la verdad nunca conoceríamos la tristeza ni la alegría”. Al llegar habló un rato con su madre. Estaba preocupada. Él la tranquilizó como pudo e intentó hacerle ver que no había bebido. Ella no sabía qué pensar, ya que lo vio demasiado embobado. Él no se preocupó, pues sabía qué era lo que le mantenía en ese estado.

Fue a su cuarto, después de desayunar un poco, y se puso a escribir sus intuiciones. Por la tarde fue a clase. Al ver que sus profesores volvían con su coda intelectual se preocupó por ellos, y se preguntó si alguna vez habían tenido el privilegio de no dudar nada… y mirar el cielo como él lo había hecho.

sábado, 8 de octubre de 2011

El ser humano: un mundo de posibilidades



Esta semana he escuchado varias veces frases desesperanzadas sobre el ser humano. Todas ellas se referían a él como un ser perdido, acabado y sin capacidad de ser mejor. La tristeza y el desengaño envuelven la imagen que tenemos de nosotros mismos, como si las ilusiones que teníamos se hubiesen perdido y nuestro fuero interno hubiera perdido la aspiración a ser algo más…

Las imágenes que me mostraban eran tales como la crueldad y el engaño de la religión, como un elemento que usamos para dominarnos en base al miedo a lo desconocido; también me mostraban un ser humano descontrolado por el conocimiento científico, abusador y asesino de la naturaleza y de sí mismo. En modo alguno parece que podamos concebir algo diferente a nuestra condición y estemos abocados a la autodestrucción, como si esa faceta fuera nuestra mejor definición. A fin de cuentas, lo que pensaba Hobbes: homo homini lupus…

Si el ser humano es así, si estamos destinados al fracaso, nuestra condición es miserable. Sin embargo, no me fío de los pesimismos. Porque, como tales, los pesimismos conllevan una carga emocional incontrolada, y, por tanto, subjetiva. De la misma manera no me inspira confianza el utopismo. No obstante, sí que confío en el ser humano.

Se me puede decir: la religión es la causa de grandes males en el mundo, como las guerras de religión, la quema de brujas y también atenta contra la ciencia. Y yo puedo pensar, “sí, ha habido personas que en nombre de la fe han provocado el horror”. Pero… ¿todo aquel que tiene fe es por ello culpable de los males cometidos por otros? Teresa de Calcuta, por ejemplo, ayudaba a los pobres en nombre del Dios que defendía, asimismo, el inquisidor Torquemada. Entonces, no se puede decir: la religión “es la causa” de los males. De la misma manera, tampoco se puede afirmar que todos los que profesan una la fe son buenos. Debemos hablar siempre de casos particulares, de personas concretas. Pues a la hora de hablar de las acciones humanas, hay que descender siempre a lo concreto, pues ni todos son santos ni todos son asesinos. Se podría hacer, así, otra afirmación: inspirados por la fe que profesaban, muchos hombres y mujeres han realizado grandes acciones por la humanidad, e incluso han dado su vida por otros… Y esta sentencia sería más ponderada que la primera que hemos hecho. También se podría aplicar a los temas de ciencia, pues grandes científicos han sido creyentes: el mismo Galileo, con todas sus controversias, no renegó de la fe… (y no creo que no lo hiciera por miedo, sino porque no hay que mezclar las cosas).

A la ciencia se le podría decir: ¡bomba atómica!; ¡contaminación!; ¡campos de concentración!; ¡experimentación genética desmedida…! Y muchas malas consecuencias de su uso y avance. Pero yo vuelvo a preguntarme si por ello la ciencia es perjudicial en sí misma. A mi parecer, no, en absoluto la ciencia es mala. Es más, la ciencia es uno de los grandes descubrimientos humanos. El mismo método científico con el que se puede destruir la naturaleza puede servir para favorecerla. Por ejemplo, conforme avancemos en el conocimiento científico, podemos vivir en mayor conformidad con la naturaleza, encontrando alternativas a los problemas que surgen y ayudando a otras especies que se encuentren en peligro. Si destruimos con la ciencia, a mi parecer, es porque la usamos imprudentemente, sin calibrar bien los resultados y consecuencias de su uso. No podemos negar las aportaciones y descubrimientos de la ciencia en todos sus ámbitos, como, por ejemplo, la medicina. Volvemos, así, a decir que hay que descender a lo concreto y particular. Pues no podemos comparar al Dr.Mengele, que experimentó con seres humanos en los campos de concentración nazis, con el Dr.Fleming, descubridor de la penicilina…

El ser humano es, por todo esto, impredecible. Para bien o para mal, cada persona es inédita, y, como tal, es capaz de acciones nuevas. No se puede empaquetar a todo el género humano en una “generalización” determinante que lo malentienda como un ser destructivo (concepto que me parece bastante depresivo). El ser humano es como es, posee unas facultades que puede dirigir a lo más alto o lo más bajo de sí mismo. Y por ello merece un reconocimiento, un lugar apropiado desde donde poder dirigir sus pasos, reconociendo la libertad que le es propia y que puede ejercer para ser la especie más excelsa de la naturaleza.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Ciencia, razón y fe: ¿un problema o una solución?



Es común desde hace unos siglos una imagen de lucha entre la razón y la fe. Al considerarlas contrapuestas o, más bien, como sustitutas entre sí cuando en defecto de una hacemos uso de la otra. Intentaré hacer un pequeño esbozo del tema, pues viene al caso plantearnos hasta qué punto razón y fe son negativas entre sí o, más bien, son complementarias debido a su objeto de conocimiento…

El objeto de la ciencia moderna, que es una de las modalidades del saber humano propias de la razón natural, parece claro: medición y aproximación al mundo mediante axiomas referentes al espacio y al tiempo, además de considerar las fuerzas y energías propias de la realidad física dándose a la vez y constituyéndola; todo ello mediante el método científico. En cambio, tendríamos que plantearnos cuál es el objeto de la fe como saber humano, para poder ver, así, si es en realidad un modo irracional de sustituir lo que es ignoto en cuanto a conocimiento científico. Incluso podríamos tener en cuenta si el método de conocimiento de la fe es diferente, porque, entonces, no sería competencia de la ciencia desacreditar el objeto propio de la fe, a decir: Dios.

Es competencia de la ciencia todo lo que a su objeto y método competen. También es propio de ella profundizar y esclarecer razonamientos que pueden ser erróneos y armonizar, por tanto, las verificaciones para poder comprender cada vez mejor el mundo desde un punto de vista lógico. Ahora es el momento de pensar si el conocimiento racional de la realidad difumina el objeto de la fe o, mejor dicho, lo amplía en cuanto objeto en sí mismo: si uno de los puntos clave de la fe es el tema de la Creación, el incremento del conocimiento del Cosmos puede que aumente la consideración del Dios-Creador, en vez de disminuirla; dando a entender que Dios como tema de conocimiento era considerado de una manera precaria antes de descubrir la inmensidad del Universo.

Entonces podríamos llegar a hacer una afirmación sobre Dios que ya hizo Anselmo de Canterbury con su sentencia: alliquid quo nihil maius cogitari potest (algo mayor que lo cual nada puede pensarse). Es decir, que Dios, como posible en cuanto conocido, escapa a nuestras posibilidades racionales. Podemos concebir que hay un ser superior a todo ser, sin embargo no podemos considerarlo como conocido, ya que se escapa de todo lo que podríamos llamar empírico, además de serle impropia toda atribución hecha según analogía. Pues de Dios sabemos más lo que no es que lo que es.

Dicho esto, ¿cómo podemos hablar de Dios? ¿Es posible nombrarlo? ¿Es la fe, por tanto, el conocimiento de lo que es imposible conocer? Y si es así, ¿cómo nos atrevemos a hacer afirmaciones sobre Dios? Aquí entra el mismo Dios en juego: es Dios quien dice quién es y cómo es. Si no fuera él mismo el que lo dijera continuaría siendo aquel ser desconocido al que llamamos Dios. En cambio, no parece que sea así. Ya que, según la fe tenemos lo que Dios ha dicho de sí mismo (esto es la fe: creer lo que Dios dice de sí como tal), Dios nos dice su nombre: Yo soy el que soy (Éxodo 3, 14). Y añade en Éxodo 3, 15: Éste es mi nombre para siempre; así seré invocado de generación en generación. Por tanto, el conocimiento de Dios no es sino desde Dios mismo.

De esta manera podemos ver que el objeto de la fe, Dios, no es tan irracional, sino misterioso. Ya que el misterio consiste en que el mismo Dios se da a conocer por sí mismo. Además, se manifiesta como un Dios inteligible, razonable: es Palabra, Logos, Verbo… que se encarna, que es hombre. No es un Dios distante que, desde la lejanía y recurriendo nosotros a grandes artificios llegamos a hablar con Él, no. Dios es el Dios-Hombre, como nosotros. Con el que podemos hablar de tú a tú, de la misma manera que hablaba Moisés con él cuando Dios le dijo cuál es su nombre. Y ¿quién es ese Dios-Hombre? ¿Quién puede decir “Yo soy” de la misma manera que lo dijo Dios? Sólo ha habido uno que lo haya afirmado con tanta contundencia: Jesús de Nazareth.

Así, vemos cómo poco a poco el objeto de la fe se va concretando y que no sólo debemos descubrirlo o caer en la cuenta de que está ahí, sino que se da a conocer él mismo. Y es un quién a partir del cual y con él vemos de quién se trata y qué nos dice de sí. En este punto hay una gran diferencia con el objeto de la ciencia, ya que la ciencia no trata de un quién, sino que trata siempre de un qué o de varios a la vez. Y el método científico difiere del método teológico como método, además de que su tema no tiene nada que ver y no le compete como tal. Sin embargo, que se diferencien los temas, no significa que uno valga y otro no, sino que el saber humano consta de ámbitos. Y cada ámbito es tratado según sus características y no de una manera: si un teólogo dijera que la realidad física es incognoscible porque no consta en la Biblia que Dios haya afirmado certezas científicas, podríamos calificarlo de ignorante; de igual modo, si un científico afirma que las verdades de la fe (que, como bien dice el concepto, son de fe) no son verdades porque en la realidad no se manifiestan, podríamos decir que tiene razón en cuanto que el dato revelado no es el dato de la realidad física, pero por ello no hay negatividad entre el dato de lo físico y el dato de la fe.

Por tanto, no podemos aceptar la contraposición entre ciencia y fe. Son dos ámbitos del saber diferentes. Y el creyente con su fe no altera el dato empírico ni las certezas que, hasta ahora, tenemos acerca del Universo. Por ejemplo, que Jesús de Nazareth sea Dios no modifica la física de Newton, tampoco contradice las afirmaciones de Einstein ni altera los axiomas matemáticos. El creyente puede afirmar las verdades de fe y, a la vez, profundizar en el conocimiento del Universo sin temor a que eso altere su fe. Además, si consideramos a Dios como Creador, ¿puede contraponerse el conocimiento del Creador al de su Creación? Y el científico que no comparta la fe no puede sentirse agredido cuando se afirma la fe, puesto que no altera su objeto y no le cierra el paso. A lo sumo, la fe amplía los temas que pueden ser tratados por la razón y ayuda a comprender mejor las preguntas que se refieren al origen y destino humano.

Como medida de prudencia, se podría tener en cuenta el principio de no-contradicción aristotélico para relacionar las afirmaciones de un método con las del otro. Y no olvidar que el saber siempre es susceptible de crecimiento y que es siempre inacabado. Por tanto no hay que quedarse perplejo cuando surgen dificultades entre los métodos, sino que eso es motivo para animar a investigaciones ulteriores en ambos ámbitos del saber.

Así con todo, fe y razón pueden convivir, incluso dialogar entre sí sin que se mutilen. Se podrían sacar a colación muchos más aspectos de ambas, pero ello ampliaría demasiado el texto y no creo que el lector esté dispuesto a leer mucho más si ha llegado hasta aquí. Son temas amplísimos y grandiosos que requieren tiempo y dedicación. Y conforme profundizamos en el conocimiento de los mismos, nos damos cuenta de lo poco que conocemos…

jueves, 22 de septiembre de 2011

La realidad, el sueño y el "yo" que no se aclara con lo su-yo



La carrera de filosofía ha comenzado. Ciertamente es una auténtica carrera, porque si te quedas parado pensando un momento lo que estás pensando, pierdes la cabeza. Las primeras clases me están gustando, ya que no se han tratado muchos temas filosóficos.

En cambio, ayer empezamos a tratar un poco algunos meollos filosóficos. Si alguien apareciese de repente en la clase, pensaría que estamos dando Metafísica pura y dura o, quizá, un seminario rápido de psiquiatría… A pesar de todo, no damos esas materias ahora mismo. Estamos estudiando introducciones. Y ayer, ciertamente, nos introdujeron en la filosofía demostrándonos que no sabemos demostrar lo que es demostrable: cuando dormimos, no sabemos si estamos dormidos, y cuando estamos despiertos puede que estemos dormidos…

Un tema como el que acabo de mencionar nos trajo a todos de cabeza durante una hora. Y no he mencionado algunos más que surgieron durante esa hora, porque, a fin de cuentas, el profesor nos quería preguntar cómo sabemos que no somos “un cerebro en una cubeta”. A mí, en primer lugar, se me ocurrió preguntarle quién había descubierto la cubeta, porque ese sería un genio o un auténtico desgraciado.

El tema del sueño me gustó mucho más, ya que me recordaba a la obra de Calderón de la Barca: La vida es sueño. Y no deja de ser entrañable. Yo intenté dirigir mi argumento hacia el realismo. Ya que lo que ocurre en la realidad ocurre ciertamente: si te rompes una pierna en un sueño, te despiertas y a la pierna no le ha pasado nada. Otro ejemplo podría ser encontrarte con la chica de tus sueños, en cuyo caso, incluso estando dormido, puedes llegar a sospechar que lo que ocurre es un sueño, porque sabes que nunca te vas a encontrar con tal mujer… Pero al final de la clase se me ocurrió un auténtico argumento, en el que coinciden realidad y sueño de una manera total. Además, en el momento en el que se da el hecho en el sueño también sucede en la realidad física.

¿Cuál es ese argumento? Quizá parezca vulgar, es sencillo: cuando uno va a hacer pis (mear, orinar, cambiarle el agua al canario, etc…) en el sueño, piensa que lo hace bien, piensa que el pis cae donde tiene que caer; sin embargo, para nuestro asombro y vergüenza, nos damos cuenta de que un calor repentino va empapando nuestro cuerpo; entonces, en el momento en el que la misma lógica del sueño se ve interrumpida por la experiencia real, nos damos cuenta de que no hemos hecho pis donde tocaba y, probablemente, nos despertaremos. Acto seguido, seguramente, recurriremos a nuestras heces de una manera metafórica para referirnos al mundo y a las demás víctimas de nuestro intestino grueso… Dicho de otra manera: cuando meas en un sueño, en realidad te lo haces encima.

En la segunda hora de la clase nos plantearon el problema de la subjetividad. Más concretamente: puede que “el yo” no sea su-yo. A fin de cuentas, el profesor, si lo he entendido bien, intentaba decirnos que nosotros no podemos estar seguros de que somos nosotros mismos y que, al final, nuestra vida es una especie de ficción. Además, nuestra vida es una participación de las vidas de otros y no somos protagonistas de la nuestra. Es decir: no hay “yo”, tal “yo” se da en tanto que toma prestado o asimila “otro yo” o varios a la vez. Aquí yo tengo una objeción, o quizá, directamente, me parece absurdo que nos planteemos algo así.

La objeción es: si yo no tengo “yo” y acabo viviendo de “otro yo”, es imposible que viva de “otro yo”, ya que ese “otro yo” no poseía antes su-yo. ¿Qué quiero decir? Si yo no soy, el otro tampoco puede ser y no puedo tomar “el yo” de otro para que yo tenga “yo”. Esto que digo ahora se parece al tema de la causa primera: debe haber un “yo primero” (probablemente anterior a todo “yo” y que sea absoluto) para que se de “otro yo segundo” y así sucesivamente. Esto habría que precisarlo y dedicarle más tiempo, porque puede dirigir nuestros pensamientos hacia temas más trascendentales.

En fin, la carrera de filosofía me está gustando mucho. Mis compañeros no tienen desperdicio: somos bastante diferentes y eso siempre enriquece. Seguiré contando cosas que se me pasen por la cabeza.

martes, 6 de septiembre de 2011

DEFENSA DE LOS INÚTILES



Este curso comienzo la carrera de Filosofía. Sé que es una carrera admirable, que todos querrían estudiar, pero pocos están dispuestos a arriesgar sus neuronas para estudiarla. Por eso, cada vez que digo que he decidido estudiar Filosofía, la gente me pregunta si estudiar eso sirve para algo. Y, como es evidente que no, yo arqueo mis cejas y sonrío a mis inquisidores, para encontrar una mirada bondadosa o algún gesto de compasión…, pues sé que soy un inútil.



Escribo esto para proclamarme inútil universal. Como es asunto de los filósofos tratar temas universales, comienzo partiendo de mí mismo, como hizo Descartes, y me declaro universalmente inútil (soy inútil, luego existo). A mi modo de ver, es un buen comienzo para filosofar. Sin embargo, por ser inútil no me considero innecesario. Ya que en este mundo hace falta gente de todo tipo. Y, cómo no, debe haber espacio para los inútiles como yo.



¿Qué sería de este mundo sin los inútiles? Poca cosa. Sin inútiles la vida no sería divertida. ¡A todos les gusta escuchar alguna vez los pensamientos confusos de algún filósofo! Digamos que los inútiles son los que encuentran el sentido de las cosas. Son quienes se preguntan cosas que no todos se preguntan. Cosas cercanas, que tenemos al alcance de la mano y que pasan desapercibidas a nuestros ojos. Sin embargo, no son habituales para los filósofos. Los filósofos son personas más lentas que las demás. Necesitan ver las cosas varias veces, dar una vuelta tras otra a una plaza para darse cuenta de que es redonda. Y cuando se dan cuenta de que es redonda, gritan admirados “¡eureka, la plaza es redonda!”.




¿No es acaso un privilegio ser un inútil? La admiración es un tesoro. Uno de los tesoros más escasos hoy en día. Por eso es importante que haya filósofos, pues son las personas más ricas del mundo. Y como estamos en tiempo de crisis, no sólo económica sino también espiritual e intelectual, los filósofos, sin dejar de ser inútiles, son necesarios. Son, económicamente hablando, “bienes de primera necesidad” en el siglo XXI. Por ello escribo esta “defensa”, pues soy hijo de abogado y me he acostumbrado a defender lo que a mi parte le corresponde (además de que, hasta este año, estudiaba Derecho).



Así con todo, como está de moda sentirse orgulloso de tu género, estoy orgulloso de ser un inútil. Invito a todos los inútiles del mundo a gritar juntos como antes se gritaba en el sindicato: ¡INÚTILES DEL MUNDO, UNÍOS!

martes, 5 de julio de 2011

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Un mundo sin belleza es una injusticia.

lunes, 13 de junio de 2011

Motivos para vivir


Un día cualquiera de un año cualquiera, pero del mes de mayo, estaban paseando dos amigos por un parque, en el que abundaban las flores, también el césped, y los árboles eran altos. Uno se llamaba José, el otro Alberto. Y hablaban sobre el sentido de la vida...

-Entonces, ¿tienes algún motivo para vivir? -dijo Alberto.
-¡Puff! Vivir... Eso es muy fácil, pero también es difícil decir por qué vivimos sin decir algo típico... -contestó José.
-¿Como qué?
-No sé, lo de siempre, ¿no? Puedes decir que lo que te mueve es el amor, el dinero, tu madre, tú mismo...
-¡Venga, hombre! -dijo Alberto riéndose.
-¿Te parece poco?
-No, eso está bien, esos motivos no los discuto. Aunque parece que a ti no te gustan...
-Gustar, lo que se dice "gustar", no.
-¿Por qué?
-Pues... me dan igual esos motivos.
-¿Y eso?
-No sé. Supongo que hay cosas más importantes.
-¿El qué?
-A ver... -decía José llevándose las manos a la barbilla-. Mozart, ¿quizá?
-¡Mozart! ¿Eso es un motivo?
-¡Claro que sí! ¡No me digas que no te parece un buen motivo para vivir!
-Bueno, puede serlo... cuando lo escuchas... Pero no es suficiente.
-Pues escuchas a Mozart todo lo que puedas.
-Ya, ¿algo más para vivir?
-Pues... ¿más Mozart?
-Aparte de Mozart...
-Em, ¿Bach? -dijo José con cara de duda.
-¡Ah, no tienes remedio! ¿Puedes decir algo sin tomarle el pelo a la gente?
-¡No te estoy tomando el pelo!
-¿No? Entonces, estás mal de la cabeza.
-¿Por qué?
-¿Te parece normal tener a Mozart o Bach como motivos para vivir?
-¿Qué pasa? Otros tienen a Ronaldo o Shakira como motivos y yo no digo nada...
-Vaya, en eso tienes razón...
-¿No has pensado que puede que no haya motivos para vivir?
-Hombre, eso sería muy triste...
-No, el motivo para vivir es la vida misma, sin más. No tenemos por qué liarnos más la cabeza, ¿no?
-Em, bueno, pues... Algo más habrá... -dijo Alberto mirando cabizbajo al suelo.
-¡Ja! Ya sé qué quieres que te diga.
-¿Sí, el qué?
-El motivo de siempre, pero este no está tan mal. Tiene sentido, porque es un quebradero de cabeza para todos...
-¿Cuál?
-¡Cuál va a ser! ¡Dios, hombre, Dios! El motivo por antonomasia.
-Ya, pero... no sé.
-¡Ahora eres tú el que no tiene motivos para vivir!
-No, no es eso. Es que no quiero hablar de Dios.
-Ah, vale, lo entiendo. Es un tema complicado...

Continuaron hablando sobre muchas cosas, tampoco demasiadas. Salieron después del parque y se fueron a comer (un Kebab, creo).

miércoles, 25 de mayo de 2011

La revolución pendiente

Las revoluciones se han convertido en una necesidad cultural en Europa. La edad contemporánea está teñida de muchas que, de una manera u otra, han aportado avances y, por desgracia, retrocesos en muchos aspectos. Avances, porque proponen una perspectiva de futuro; retrocesos, porque el horizonte es cada vez más estrecho…

España es un país que necesita de tales avances, sin embargo no sabe hacia dónde dirigir sus pasos. El fenómeno de la “Spanish revolution” es un ejemplo de ello. Los jóvenes españoles, entre los que me incluyo, estamos descontentos con la situación actual. Por ello queremos cambiar algo. ¿El qué? Eso no lo sabemos con claridad. Ya que ¿qué queremos en realidad, qué esperamos del futuro?

Desde la transición política de 1978, España ha vivido un continuo devenir de cambios y libertades que, hasta ahora, no se habían tenido. Por ello me pregunto si, concretamente, se puede esperar algo más de la libertad. Al haberla vivido sin límites ni dirección, la libertad parece que está agotada ahora mismo. Protestamos contra la libertad misma que hemos logrado. La libertad no ha sido tan liberadora: los problemas continúan o, más bien, hemos generado unos nuevos que no sabemos resolver.

La libertad que se vive ahora es el resultado de la nueva libertad de la democracia. ¿Es hora de cambiarla? ¿Podemos vivir “más” libertad, podemos vivir “otra” libertad? Creo que aquí es donde deberíamos poner nuestra atención. El tema de la libertad es el más importante para definirnos como sociedad. Ambas son inconcebibles si no están ligadas. Y, además, suponen los factores sin los cuales no podemos obtener el resultado que deseamos: la democracia.

¿Dónde está, entonces, el horizonte de nuestra libertad ahora? Habiendo manifestado ya que estamos descontentos, ¿qué esperamos ahora? Porque, quizá, la verdadera revolución de la juventud sea esperar algo, que es lo más propio de la misma. A mi modo de ver, no sólo deberíamos mejorar “el sistema”. Tal “sistema” u otro serán siempre, de suyo, deficientes. Sin embargo, hay algo que nunca falla, y es la actitud, el espíritu.

¿Cuál es el espíritu de la libertad? El espíritu de esa libertad está en el desafío de mejorarse a sí misma, no está en cambiar unas libertades por otras, tampoco unos sistemas por otros. El desafío de la libertad es ser capaz de mirar hacia atrás y adelante para cambiar el presente, para mejorarlo. Es decir, que, paulatinamente, cada generación mejore a la precedente. Los jóvenes quizá debamos plantearnos si podemos ser mejores que nuestros padres...

La revolución pendiente en España, para mí, es querer algo más que lo que se nos ofrece. En cuanto personas, sobre todo. Si somos mejores personas, seremos más libres, seremos más sociedad. E incluso “el sistema” mejorará, pues aquellos que se hagan cargo del mismo serán diferentes de los que lo están dirigiendo. Si nuestra generación se propone ser mejor, si no se acomoda en la facilidad del ocio y considera la responsabilidad que implica la libertad, habrá una verdadera revolución en España, mayor que las que hacen ruido en la calle: la revolución pendiente es la revolución por la excelencia humana.

jueves, 14 de abril de 2011

La beatificación de Juan Pablo II


El próximo 1 de Mayo beatificarán a Juan Pablo II. No tengo palabras para hablar de esto. Un hombre como él, igual que todos los santos, es incomparable. ¿Qué cabe decir cuando se habla de personas que han aceptado a Dios en su vida? Tan sólo el asombro, pues vidas así son inconcebibles en este mundo y en cualquier otro.

No cabe duda: Dios es una locura, pues el Amor mismo es una locura. La locura de la incondicionalidad, del sacrificio, de la felicidad..., de los enamorados. La locura de una cuestión insoluble, tan sólo manifiesta por la misma vida de aquellos que siguen a Jesucristo. Y Karol Wojtyla fue uno de aquellos que le siguió, un ejemplo para los que le siguen ahora.

domingo, 3 de abril de 2011

El futuro de la democracia

La democracia ha aportado grandes avances y valores a la sociedad. Nadie duda de que nuestro sistema político haya dado una nueva vivencia de la libertad. Sin embargo, la actitud de la sociedad me alarma, pues no veo que se cuide la democracia.

La libertad humana requiere una actitud sincera y solidaria. La libertad de cada persona es solidaria con la de otra persona. Por ello veo que la libertad que se fomenta en nuestra democracia es perjudicial para la misma democracia. La libertad que más mueve nuestra sociedad es la del individualismo. La del “sujeto de derechos” por antonomasia. Y esa concepción y práctica de la persona no es propia de ella, ya que la desliga, al final, de las demás. Junto con ello, el desarrollo integral de la persona no se realiza.

No me gusta la política. Aunque la veo necesaria. Veo que influye en nuestras vidas más de lo que debería. Tanto es así, que el nuevo paradigma de valores, tendencias humanas y pensamiento es dictado por los partidos políticos, además de los medios de comunicación. Esa es la razón por la que me preocupa la política: la misma clase política es un fraude en muchos aspectos.

Los políticos son, además, el ejemplo de demócratas que tenemos en los medios de comunicación. Y vemos que no son de fiar… ¿Cómo debo entender entonces la democracia, siendo joven? Al ver que quienes sustentan la democracia son los primeros que la corrompen, ¿qué debo hacer yo, que soy libre, tan libre como esos políticos que la aborrecen? La respuesta más sensata sería: “no es para tanto, sigue viviendo tu vida”. Y yo contestaría que es cierto, que no vale la pena preocuparse.

No obstante, no puedo pensar así. Veo que la sociedad se va a pique. La corrupción no es sólo económica o jurídica, sino humana. Por ello me alarmo: es imposible la libertad sin personas que la vivan. Y sin libertad, no hay sociedad. Sin sociedad, no hay democracia. Sin democracia, hoy en día, no puede haber paz política… A fin de cuentas: temo por la democracia, pues tiene sus días contados. Si la actitud de la sociedad sigue siendo el egoísmo individualista, que se ve plasmado en todos los aspectos de la vida, no creo que las democracias sean verdaderas democracias.

Me gustaría señalar un factor conflictivo en la democracia: está supeditada a la economía. La política se mueve al compás del dinero. ¿Es eso democracia, es eso política? Ahora es cuando se podrá pensar que soy un ingenuo, que no veo el mundo tal cual es. Y yo creo que… quizá tengan razón cuando dicen eso. Pero no es casualidad que Platón y Aristóteles ya temieran por la democracia griega cuando se referían a su economía...

Si se quiere recuperar la democracia, a mi modo de ver, hay que encontrar el lugar idóneo de la economía, establecer un orden de factores que rijan la sociedad de otra manera. Así se podrá encauzar la sociedad en orden a un progreso equilibrado, más humano. Quizá haya que dar más importancia a la educación, la familia y, por supuesto, restar importancia a los partidos políticos en el sistema. Es decir, mayor participación ciudadana. Porque los ciudadanos de a pie son, a fin de cuentas, la democracia.

Esto son propuestas, al fin y al cabo…