sábado, 29 de enero de 2011

La filosofía de los jubilados

La filosofía es el amor a la verdad. La verdad es, según nos enseñaron los griegos, lo que es. Aristóteles fue el gran pionero, la cúspide y el salto a la realidad. Aquel que se atrevió a atravesar los límites de la tradición filosófica, asimilando lo anterior y encontrando los nuevos cauces de la verdad. Tras la hazaña de Sócrates, reconocerse ignorante y sacrificarse por la verdad, Aristóteles fue consecuente con el pensamiento de su predecesor y lo llevó hasta el límite… Fue sincero, virtud indispensable para la verdad. Además, no fue original, ni se lo propuso. Porque ser original es el defecto de los acomplejados. La originalidad pertenece a aquellos que no la buscan. Y los filósofos auténticos no son originales, sino que son sinceros y aman la verdad.

La filosofía moderna es la filosofía de los originales. Los filósofos modernos, en cierta medida, están acomplejados. Buscan un sentido trágico de la vida –siguiendo las palabras de Unamuno-, quieren sentirse protagonistas del pensamiento y de la historia, cuando el papel principal del saber pertenece a la verdad. A mi parecer, los filósofos modernos son, en gran medida, unos oportunistas. Creen que están iluminados… (Cuando me encuentro con alguien que cree que puede arreglar el mundo, tengo miedo. Una persona que cree que tiene la clave de los sistemas del pensamiento, puede ser muy peligrosa. Porque seguramente tendrá capacidad para engañar). Los iluminados son como las bombillas: artificiales. Nos hacen permanecer despiertos en la noche, mediante una luz mortecina y triste, que desgasta nuestras pupilas al no poder contemplar la inmensidad del horizonte…

La filosofía moderna es una filosofía jubilada, vieja y triste. Sin esperanza. Cuando te encuentras con Descartes, Kant, Hume o Hegel (citando a unos entre tantos) crees que eres idiota o un genio. Actitudes, por otra parte, muy capitalistas: mecanismos de compra-venta. Se trata de la soberbia de la razón, más bien de su ceguera. La razón, en su iluminar, calcina la verdad, no la encuentra. Cae en el sinsentido. Se trata de la vejez de un hombre cansado y transido por el desaliento, que quiere, por fin, reposar en el panteón del saber. La razón tiene la necesidad de retrotraerse sobre sí misma. Quiere encontrar el pensamiento puro, el puro elemento del pensar, donde se germinan sus elucubraciones, donde los arsenales de la razón están preparados para bombardear los sectores fortificados de la realidad… Al final de tales preparativos, el pensar se convierte en una guerra de trincheras, de bombardeos y de desgaste de vidas. Y el Reich de la razón se ve desbordado ante la unión de la verdad, que crece siempre, sin descanso, a pesar de los intentos de aniquilarla.

Propongo poner la filosofía moderna en el banquillo. Desconfiar de todos y cada uno de los modernos. Atrevernos a pensar que pueden estar equivocados o que, quizá, nos están tomando el pelo. Puede que los filósofos modernos sean una panda de jubilados viejos y cansados que, al no haber podido experimentar la alegría de la vida, se dedican a hundir las ilusiones de aquellos que quieren saborear el manjar de la verdad y amar la vida.

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