domingo, 27 de marzo de 2011

El Salmo 41


Esta tarde le he echado un vistazo a los Salmos. El número 41 me ha llamado la atención, pues es, para mí, tierno e íntimo. Veo que en él se refleja el deseo de la creatura hacia el Creador. La búsqueda de ese Tú constante que es Dios: un ser personal. No se trata de un poder magmánimo u opresor que, desde las alturas, nos domina. Tampoco es un Dios indiferente o distraído, al que su obra no le importa. Sino que es el Dios vivo. El Dios de la vida, de la paz, de la esperanza... Se trata de Aquel que sacia la sed de dicha. El que, desde el corazón, consuela en la soledad y guía cuando nada está claro. Por eso, dice el Salmo: Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Me encanta cómo está expresado esto: se trata de un diálogo. Dios es el Dios que tiene rostro, el Dios que mira a los ojos. Claro está que pocos tienen la gracia de verlo cara a cara en esta vida, sin embargo no podemos dejar de verlo con los ojos del corazón. Dios, que es el Dios vivo, habla a los vivos, a aquellos que su corazón no se conforma ni se marchita con lo poco; Él habla al corazón encendido y consumido por la vida, al que, con esperanza, busca sin cesar y que, cuando parece que ya ha encontrado, se da cuenta de que siempre está empezando. Pues la felicidad en Dios no tiene cabida. No obstante, no faltan las dudas, la desesperación incluso: Mi alma, dentro de mí, desfallece.... Y también dice: Espera en Dios, que aún podré alabarlo, salvación de mi rostro y Dios mío. Tengo poca experiencia en la vida (21 años), pero creo que esto es cierto: basta esperar para que todo llegue a su tiempo. A veces, o muchas veces -demasiadas-, parece que Dios sea el Dios ausente, un Dios que se esconde... Ello nos da motivos para preguntarle "¿dónde estás ahora, justo cuando te necesito?". Y, por si fuera poco, no obtenemos respuesta la mayoría de las veces. Aunque es suficente la soledad del corazón para darnos cuenta de cuál es su verdadero hogar. Así, la espera tiene recompensa, pues en los momentos de más frialdad es donde el calor de Dios más actúa. Ya que, si nuestro corazón fuera, en verdad, abandonado por Dios, la vida dejaría de ser vida. Pienso que cuando notamos que Dios no está, es el tiempo en el que más nos acompaña. Después, con cautela, Dios se acomoda en el corazón y recupera su patrimonio. Y desde el corazón, gracias a la paciencia y a la fidelidad, podemos obsevar de nuevo, y con más intensidad, los ojos amables y bondadosos del Dios vivo...

4 comentarios:

Angelo dijo...

También es uno de los salmos que más me interpelan, que más consuelo me producen. He posteado varias veces sobre él y en mi sidebar tengo a la cierva bebiendo del agua que tanto ha buscado. Nuestra alma experimenta muchas veces una gran sequedad, un desierto donde es fácil sucumbir, y vamos en busca continua de ese agua que apague nuestra sed y nos llene de vida para seguir.
Una vez un sacerdote me dijo que lo habitual en la vida espiritual es caminar en ese desierto, así que nuestra petición debe ser la de pedir agua sin cesar.
Me ha encantado tu reflexión. Un abrazo
Te dejo mi último post sobre este salmo Deseo de desearte

Mora Fandos dijo...

Así es, y muy bien contado.

Marcela Duque dijo...

Es una cosa curiosa cuando lees algo de otra persona pensando que perfectamente podría ser tuya. Es lo que me pasa a mí ahora. ¡Cuántas veces he pensado en este salmo!

Luzmaral dijo...

vi esta entrada tuya un día que no tenía tiempo de leerla...e imaginate que no lo he hecho hasta hoy... pero creo que era claramente el momento oportuno.
gracias, rafa.
coincido cien por cien con marcela.