miércoles, 23 de marzo de 2011

La muerte de Iván Ilitch

Un pequeño libro es, a veces, suficiente para explicar cosas profundas. No hacen falta más palabras. Mi profesor de Filosofía del lenguaje se empeñaba en decirme que lo breve y bueno, dos veces bueno. Y, habiendo leído La muerte de Iván Ilitch por segunda vez, puedo confirmarlo.

Este libro es inusual en Tolstoi. Él, que escribía largas novelas, redujo su visión de la muerte a una novelita. En ella, Iván, el protagonista, agoniza debido a una enfermedad. El paso de la monotonía de la vida a la extremidad de la misma por el final cercano es el tema de la novela. Es decir, la pregunta de siempre: “¿cuál es el sentido de la vida?”.

No voy a divagar en torno a este asunto, pues ya está más que manido. Y yo, que soy muy joven, o eso creo, no voy a resolverlo. Sin embargo, me he quedado con un aspecto principal de la novela: el amor y el cariño. Si tuviera que decir cuál es el trasfondo de la novela, es decir, cuál es el mensaje (si lo tiene), diría que son los detalles de humanidad. Pues en la novela hay poca humanidad. Al menos el personaje la echa de menos al final de su vida.

¿Qué quiero decir con humanidad? Con humanidad puedo referirme al concepto “humanidad”, como idea general, y no es eso lo que estoy diciendo. Cuando digo humanidad me refiero a tacto humano. Ya he hablado de esto. Diréis que soy un pesado, pero creo que es importante. Y la novela de Tolstoi me da pie a hablar de esto. Ya que el personaje, durante la novela, es un hombre que está solo.

Iván Ilitch parece un hombre realizado: tiene un buen trabajo en la Administración de Justicia, está casado, amigos, etc… No obstante, su vida es una vida como otra cualquiera, o, mejor dicho, es una vida aparente. Ya que no ama nada en el fondo. Su corazón está vacío. Y cuando digo que su corazón está vacío no hablo de sentimentalismos ni romanticismos al estilo de Hollywood (que me parecen absurdos, por cierto). Hablo del vínculo del amor, es decir: la dependencia libre de la persona respecto de los otros. Querer al otro porque sí, libremente, y sacrificarse día a día por esa persona con verdadero cariño. Y esto es lo que le falta a Iván Ilitch: el deseo del otro, querer. Que es, a mi modo de ver, la verdadera libertad.

Esa libertad es profundamente humana. Está plagada de detalles de afecto, de atención, disposiciones hacia los demás para hacerlos más felices. Todo esto sin afectamientos ni sensiblerías (no hay nada que me repugne más que la sensibilidad barata, pues hace que el cariño sea una bobada). Creo que la felicidad es algo sereno, igual que la libertad. No se trata de un estado extático o estático, sino recio y equilibrado; la felicidad te ayuda a estar pendiente de los otros. E Iván Ilich, al final de su vida, cuando más necesita de esa paz del corazón, de la paz de los otros, no la encuentra. Iván se da cuenta de que ha desaprovechado su vida, pues no ama a nadie y nadie le ama a él.

La novela es triste. Sin embargo, es una buena oportunidad para pensar un poco en estos temas. Al ser corta y ligera, es fácil de leer. La recomiendo. Además, me gustan mucho los rusos, aunque sean un poco pesados cuando escriben…

4 comentarios:

Fandescribi dijo...

Parece interesante,se agradece la recomendacion.

Angelo dijo...

Aunque Tolstoi me cuesta un poquito, me fio de tu recomendación y lo anoto en mi lista de pendientes y de los regalables. Un abrazo

Luis Ballesteros Andreu dijo...

A mí me gustó mucho hace años, cuando la leí. No suelo releer pero en este caso a lo mejor me animo.

Raquel dijo...

A mí me gustó, sí. También me costó. Sobre todo me hizo pensar mucho. Ahora iré a por "El diablo". ¿La has leído?

Un saludo!