jueves, 29 de septiembre de 2011

Ciencia, razón y fe: ¿un problema o una solución?



Es común desde hace unos siglos una imagen de lucha entre la razón y la fe. Al considerarlas contrapuestas o, más bien, como sustitutas entre sí cuando en defecto de una hacemos uso de la otra. Intentaré hacer un pequeño esbozo del tema, pues viene al caso plantearnos hasta qué punto razón y fe son negativas entre sí o, más bien, son complementarias debido a su objeto de conocimiento…

El objeto de la ciencia moderna, que es una de las modalidades del saber humano propias de la razón natural, parece claro: medición y aproximación al mundo mediante axiomas referentes al espacio y al tiempo, además de considerar las fuerzas y energías propias de la realidad física dándose a la vez y constituyéndola; todo ello mediante el método científico. En cambio, tendríamos que plantearnos cuál es el objeto de la fe como saber humano, para poder ver, así, si es en realidad un modo irracional de sustituir lo que es ignoto en cuanto a conocimiento científico. Incluso podríamos tener en cuenta si el método de conocimiento de la fe es diferente, porque, entonces, no sería competencia de la ciencia desacreditar el objeto propio de la fe, a decir: Dios.

Es competencia de la ciencia todo lo que a su objeto y método competen. También es propio de ella profundizar y esclarecer razonamientos que pueden ser erróneos y armonizar, por tanto, las verificaciones para poder comprender cada vez mejor el mundo desde un punto de vista lógico. Ahora es el momento de pensar si el conocimiento racional de la realidad difumina el objeto de la fe o, mejor dicho, lo amplía en cuanto objeto en sí mismo: si uno de los puntos clave de la fe es el tema de la Creación, el incremento del conocimiento del Cosmos puede que aumente la consideración del Dios-Creador, en vez de disminuirla; dando a entender que Dios como tema de conocimiento era considerado de una manera precaria antes de descubrir la inmensidad del Universo.

Entonces podríamos llegar a hacer una afirmación sobre Dios que ya hizo Anselmo de Canterbury con su sentencia: alliquid quo nihil maius cogitari potest (algo mayor que lo cual nada puede pensarse). Es decir, que Dios, como posible en cuanto conocido, escapa a nuestras posibilidades racionales. Podemos concebir que hay un ser superior a todo ser, sin embargo no podemos considerarlo como conocido, ya que se escapa de todo lo que podríamos llamar empírico, además de serle impropia toda atribución hecha según analogía. Pues de Dios sabemos más lo que no es que lo que es.

Dicho esto, ¿cómo podemos hablar de Dios? ¿Es posible nombrarlo? ¿Es la fe, por tanto, el conocimiento de lo que es imposible conocer? Y si es así, ¿cómo nos atrevemos a hacer afirmaciones sobre Dios? Aquí entra el mismo Dios en juego: es Dios quien dice quién es y cómo es. Si no fuera él mismo el que lo dijera continuaría siendo aquel ser desconocido al que llamamos Dios. En cambio, no parece que sea así. Ya que, según la fe tenemos lo que Dios ha dicho de sí mismo (esto es la fe: creer lo que Dios dice de sí como tal), Dios nos dice su nombre: Yo soy el que soy (Éxodo 3, 14). Y añade en Éxodo 3, 15: Éste es mi nombre para siempre; así seré invocado de generación en generación. Por tanto, el conocimiento de Dios no es sino desde Dios mismo.

De esta manera podemos ver que el objeto de la fe, Dios, no es tan irracional, sino misterioso. Ya que el misterio consiste en que el mismo Dios se da a conocer por sí mismo. Además, se manifiesta como un Dios inteligible, razonable: es Palabra, Logos, Verbo… que se encarna, que es hombre. No es un Dios distante que, desde la lejanía y recurriendo nosotros a grandes artificios llegamos a hablar con Él, no. Dios es el Dios-Hombre, como nosotros. Con el que podemos hablar de tú a tú, de la misma manera que hablaba Moisés con él cuando Dios le dijo cuál es su nombre. Y ¿quién es ese Dios-Hombre? ¿Quién puede decir “Yo soy” de la misma manera que lo dijo Dios? Sólo ha habido uno que lo haya afirmado con tanta contundencia: Jesús de Nazareth.

Así, vemos cómo poco a poco el objeto de la fe se va concretando y que no sólo debemos descubrirlo o caer en la cuenta de que está ahí, sino que se da a conocer él mismo. Y es un quién a partir del cual y con él vemos de quién se trata y qué nos dice de sí. En este punto hay una gran diferencia con el objeto de la ciencia, ya que la ciencia no trata de un quién, sino que trata siempre de un qué o de varios a la vez. Y el método científico difiere del método teológico como método, además de que su tema no tiene nada que ver y no le compete como tal. Sin embargo, que se diferencien los temas, no significa que uno valga y otro no, sino que el saber humano consta de ámbitos. Y cada ámbito es tratado según sus características y no de una manera: si un teólogo dijera que la realidad física es incognoscible porque no consta en la Biblia que Dios haya afirmado certezas científicas, podríamos calificarlo de ignorante; de igual modo, si un científico afirma que las verdades de la fe (que, como bien dice el concepto, son de fe) no son verdades porque en la realidad no se manifiestan, podríamos decir que tiene razón en cuanto que el dato revelado no es el dato de la realidad física, pero por ello no hay negatividad entre el dato de lo físico y el dato de la fe.

Por tanto, no podemos aceptar la contraposición entre ciencia y fe. Son dos ámbitos del saber diferentes. Y el creyente con su fe no altera el dato empírico ni las certezas que, hasta ahora, tenemos acerca del Universo. Por ejemplo, que Jesús de Nazareth sea Dios no modifica la física de Newton, tampoco contradice las afirmaciones de Einstein ni altera los axiomas matemáticos. El creyente puede afirmar las verdades de fe y, a la vez, profundizar en el conocimiento del Universo sin temor a que eso altere su fe. Además, si consideramos a Dios como Creador, ¿puede contraponerse el conocimiento del Creador al de su Creación? Y el científico que no comparta la fe no puede sentirse agredido cuando se afirma la fe, puesto que no altera su objeto y no le cierra el paso. A lo sumo, la fe amplía los temas que pueden ser tratados por la razón y ayuda a comprender mejor las preguntas que se refieren al origen y destino humano.

Como medida de prudencia, se podría tener en cuenta el principio de no-contradicción aristotélico para relacionar las afirmaciones de un método con las del otro. Y no olvidar que el saber siempre es susceptible de crecimiento y que es siempre inacabado. Por tanto no hay que quedarse perplejo cuando surgen dificultades entre los métodos, sino que eso es motivo para animar a investigaciones ulteriores en ambos ámbitos del saber.

Así con todo, fe y razón pueden convivir, incluso dialogar entre sí sin que se mutilen. Se podrían sacar a colación muchos más aspectos de ambas, pero ello ampliaría demasiado el texto y no creo que el lector esté dispuesto a leer mucho más si ha llegado hasta aquí. Son temas amplísimos y grandiosos que requieren tiempo y dedicación. Y conforme profundizamos en el conocimiento de los mismos, nos damos cuenta de lo poco que conocemos…

5 comentarios:

Sil dijo...

Yo leí un artículo que se llamaba así: ciencia, arte y revelación. Si te interesa me lo dices y te mando el doc por mail. ¡Besetes! ;)

Rodolfo Plata dijo...

La importancia de la crítica a la cristología de san Pablo, radica en que nos aporta los elementos de juicio necesarios para visualizar nítidamente __la omisión capital que cometió Pablo en sus epístolas al mutilar la naturaleza humana de Cristo. Desechando la prueba viviente en Cristo hombre que nos confirma que es posible alcanzar la trascendencia humana practicando las virtudes opuestas a nuestros defectos hasta adquirir el perfil de humanidad perfecta, patente en Cristo (cero defectos). Doctrina sustentada por filósofos y místicos __y la urgente necesidad de formular un cristianismo laico enmarcado en la doctrina y la teoría de la trascendencia humana, a fin de afrontar con éxito los retos y amenazas del ateismo, el islamismo, el judaísmo, el nihilismo, la nueva Era y la modernidad. http://es.scribd.com/doc/73578720/CRITICA-A-LA-CRISTOLOGIA-DE-SAN-PABLO

Rafa Monterde dijo...

¿Seguro? No sé si San Pablo negó a Cristo como hombre, porque eso es difícil: todos habían visto a Cristo tener sueño, comer, beber, reírse... Era evidente que Cristo era un ser humano. Lo que hace Pablo es defender la naturaleza divina de Cristo. No niega la humana, sino que afirma ambas a la vez. En modo alguno Pablo haría eso. Estoy seguro que de haberlo hecho, no sería Apóstol hasta hoy... ¿No te parece?

Anónimo dijo...

Hola, soy Tomás. Me ha gustado mucho tu texto, sabes que mi concepción del universo me hace tener una opinión distinta al catolicismo pero te diré que en el texto argumentas a la perfección como es totalmente compatible la fe y los conocimientos científicos. El mayor misterio de la existencia es incognoscible y por tanto no puede ser objeto de la ciencia.

Rafa Monterde dijo...

¡Tomás, tenemos que hablar más! ¡Hablemos sobre lo inefable, que es lo nuestro!