miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA FILOSOFÍA Y NUESTRA GENTE

Los griegos definían la filosofía como el saber que se ocupa de todo lo que existe. Aristóteles decía que era el saber más universal, la ciencia o filosofía primera, debido a su importancia: al filósofo todo le parece interesante, nada se escapa a su atención si es valioso para la vida. Es posible que esa sea la razón por la que los filósofos son personas dispersas: la primera imagen que tenemos de la filosofía es la de Tales de Mileto, que cayó inesperadamente en un pozo mientras contemplaba las estrellas.

Las estrellas… ¡Qué mundo tan maravilloso! Lejanas, inmensas y, a la vez, parecen tan pequeñas… Los cuerpos más grandes del cosmos son minúsculos ante nuestros ojos. Eso es lo que más me fascina. De igual manera, las partículas más elementales se mueven a una velocidad tan rápida, que su movimiento hace que veamos el mundo parado, lento: su movimiento queda latente por la estabilidad del mundo. Todo se mueve, lo de arriba y lo de abajo. Ya dijo Heráclito que “todo fluye”. Pero lo más sorprendente es que se mantenga en el tiempo, que no perezca lo que existe, sino que a la corrupción sigue la generación, como diría Aristóteles.

El mérito de los griegos fue que descubrieron aquello que no pasa a pesar del tiempo. Los griegos se dieron cuenta de que lo intemporal también existía en comunión con lo temporal. De aquí nació el noús, el logos, el kosmós… Hay un orden invisible en el Universo existente que queda tras lo que aparece ante nuestros ojos. Una metafísica que hace que todo sea tal cual es. Esa comunión de tiempo y no-tiempo tan misteriosa, que, a pesar de todo, es objeto de nuestro conocimiento…

¿Cómo es posible que conozcamos lo intemporal? ¿Es una invención? ¿Un intento de anular el paso del tiempo? ¿La ilusión de unos niños que jugaban a ser pensadores? ¿No será que los pensadores se volvieron como niños? Seguiremos con los griegos, ya que son demasiado ricos como para dejarlos a un lado: dijeron que lo semejante se conoce por lo semejante. Platón lo ilustró muy bien cuando afirmó que la luz sólo puede ser vista por otra luz. Si nuestra mirada no iluminara a la vez, la luz del sol quedaría oculta; si nuestra mirada no fuera iluminada, todo quedaría a oscuras. Por eso cayeron en la cuenta de que en nosotros hay algo que rige, que no pasa tampoco: se trata del alma.

Los filósofos medievales recogieron muy bien este descubrimiento griego. Lo desarrollaron hasta concebir esa correspondencia entre dos inteligencias: la nuestra y la del Universo. El universo no nos es ajeno, sino que, como descubrieron los griegos, es semejante a nosotros: lo semejante se conoce por lo semejante. ¿En qué es semejante? Se trata de dos inteligencias que interactúan. Nuestra inteligencia, por ello, vive, crece, gracias a la del Universo, es medida por él, que siempre la supera. El Cosmos aparece ante nosotros como algo insuperable, que nos limita.

El Cosmos puede que aparezca con todo su señorío. Sin embargo, la fe de los filósofos medievales nos trajo algo de gran valor intelectual: la persona, concepto y realidad descubierta por la filiación divina. La persona es una fuente inagotable de temas filosóficos. Los medievales se dieron cuenta de uno: la persona es microcosmos. Cada persona es una realidad inmensa, tan grande como el Universo, que pasa desapercibida. ¿Nos hemos fijado en la importancia del mundo subatómico? Esas partículas puede que sean las más importantes del mundo físico y son las más discretas…

Hemos visto que el gran descubrimiento de los griegos es lo que pasa desapercibido. Lo inmenso siempre nos impresiona por su imponencia, pero lo pequeño debería asombrarnos por su discreción. Los filósofos, decíamos al principio, son personas dispersas, despistadas, aunque no se les escapa una… Porque darse cuenta de que la persona es un microcosmos es algo revolucionario. Muchos pasan por la vida sin darse cuenta de esto y, justo al final, cuando ya no queda tiempo, empiezan a valorar lo que era más importante: aquellos que le han acompañado a lo largo de la vida. El nacimiento de un niño es motivo de alegría para muchos, pero cuando se ve un funeral abarrotado de gente, tras la tristeza de los rostros se esconde la alegría de la vida del amigo que se ha ido…

Nadie llora la muerte de una estrella, nadie organiza una fiesta cuando un polluelo rompe el cascarón… Sólo añoramos lo que ya no va a volver, sólo nos alegramos cuando hay algo nuevo y único. Un hermano, un amigo tienen para nosotros el valor de todo lo que existe. Quizá lo más importante en la vida de un filósofo o en la vida de cualquiera sea descubrir a la persona. Pues descubrir a la persona que tienes a tu lado es, probablemente, el mayor descubrimiento de la historia, porque nadie más va a poder hacerlo.

Los griegos descubrieron el valor de las estrellas y de todo lo que no pasa. También descubrieron el valor de la amistad. El mismo Aristóteles habla de ella. Lo más lejano es importante, pero ¿qué valor tiene descubrirlo en realidad? Si no somos capaces de ver lo que nos es más cercano, es absurdo que veamos lo que está más alejado de nosotros… La sonrisa de mi hermano pequeño no la voy a encontrar en la luna llena, y estoy seguro que Aristóteles nunca podrá verla. Conocer y amar a la persona que tenemos al lado es el mayor reconocimiento de su importancia y su inmortalidad. Por eso, los mayores filósofos son los que aman a los suyos, nadie más podrá descubrirlos: nuestra gente es la auténtica filosofía.

2 comentarios:

Angelo dijo...

Te he dejado un regalo en mi blog

Andy dijo...

Muy buen post.

A mí me encanta la filosofía, constantemente estoy filosofando. Otra cuestión a determinar será el valor de dichas elucubraciones, jaja.

Bueno, soy Andrés, tengo 25 años y soy estudiante de Teología (laico). Me he pasado por tu blog para felicitarte por el premio.

Me agrego porque me ha parecido muy interesante.

¡Saludos!