jueves, 17 de noviembre de 2011

La madre de Hobbes

Los filósofos modernos tienen una manera especial para fundar la sociedad. Me imagino que la mayoría de nosotros habremos escuchado frases de Hobbes o de Rousseau. En ellas se nos dice de modo lapidario que el hombre es mejor que esté solo. Tiene que estar solo para que se le pueda controlar o, también, para que no se corrompa cuando entra en contacto con la sociedad. Estos son los fundamentos de la sociedad moderna y contemporánea, las ideas base de nuestra democracia…

Lo primero que se deduce de planteamientos así es la sospecha. La sospecha es la actitud primordial de la sociedad democrática. No somos buenos o no podemos llegar a serlo. Somos, digámoslo de algún modo, unos miserables que nos necesitamos unos a otros para enriquecernos, pero cuando el otro sujeto o individuo no nos sirve, se acaba el vínculo social… Se trata de un contrato económico o de un pacto de no agresión. Pero es un contrato en el que nos cubrimos las espaldas, en las que los otros son peligrosos para mí y sé que yo soy peligroso para los otros.

Parémonos en Hobbes. Su frase es muy famosa: HOMO HOMINI LUPUS (el hombre es un lobo para el hombre). Es una sentencia llena de terror. Vemos a los otros como enemigos. Es fácil darse cuenta de cómo los genocidios están vinculados a este concepto del ser humano. Cuando un pueblo estorba mis intenciones, no es un compañero, mucho menos un adversario, es un objetivo que quitar de en medio. El mismo símil se puede hacer con una empresa, un banco, un compañero de trabajo… Cuando pienso en filósofos que dicen cosas así de nosotros (porque nos definen a nosotros, a ti y a mí), me gustaría ver cómo trataban con sus madres. ¿Estos filósofos no recibieron cariño de sus madres? ¿No sabían lo que era estar en deuda con otras personas? Los padres son un ejemplo de una deuda y un favor que no se puede devolver. Se les debe mucho en realidad, aunque hayan sido buenos o malos padres. Hobbes tendrá que perdonarme, pero creo que se ha olvidado de una etapa esencial en la vida humana. Probablemente, el primer rostro que reconocemos en nuestra vida no es el nuestro, sino el de nuestra madre. Recordamos su sonrisa, sus caricias, los momentos en los que consolaba el llanto (todo esto, claro está, queda en la conciencia, no en el recuerdo)… ¡Qué importantes son las madres, los padres!

Ahora veamos a Rousseau. Este filósofo dijo: El hombre nace libre, pero por todas partes se encuentra encadenado. ¿Es esta una frase de confianza? ¿Es esta la frase de un demócrata? Está llena de ironía. Es una manera de decir, con sutilidad, lo mismo que Hobbes: la sociedad es un límite para mi libertad; los demás son mis contrincantes en el duelo de la vida (Rousseau era un hombre problemático, siempre acababa retando a duelos). Vuelve a establecer la desconfianza como base de la sociedad. Para colmo, es el comienzo de su libro, Du contract social. La base de la sociedad es la lucha de los contrarios. Por ello hay que ponerle freno mediante un contrato que los mantenga contentos a todos. Pero… ¿qué pasa cuando el contrato no gusta? ¿Qué pasa cuando el contrato no resulta como esperábamos? ¿Todos están incluidos en el contrato, todos lo conocen de igual manera? Tal vez ocurra lo que dijo Napoleón, el cerdo del libro de George Orwell: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. Aquí ya tenemos los ingredientes perfectos para definir una lucha de clases, un conflicto de intereses insoluble, una revolución social…

¿Es esto lo que queremos? ¿La sociedad va a ser siempre un caldo de cultivo de conflictos y revoluciones? Si soy sincero, las revoluciones me dan pena. Las revoluciones no cambian nada, la mayoría de ellas dejan las cosas peor que como estaban. Sobre todo cuando son violentas. La violencia no soluciona nada. Es un fracaso humano. Cuando dicen que la especie humana es la única que puede destruirse a sí misma, el corazón me da un vuelco. Me dan ganas de gritar que eso es falso, porque eso es así cuando queremos que ocurra. Habría que ver con detenimiento cuántos se benefician de los conflictos y cuántos pierden. Los que se benefician son más culpables que los que entran en conflicto. Puede que un banquero en un paraíso fiscal sea más culpable que un soldado que tira a una granada y mata por accidente civiles inocentes. La violencia económica es más cruel que la bélica en muchos casos…

¿Cómo vamos a solucionar esto? Hemos visto que hay un problema de base: la sospecha, la desconfianza en la sociedad. Todo está previsto para que haya conflictos y no haya verdadero entendimiento. ¿Es la desconfianza la base de la sociedad? No, en modo alguno. ¿Dónde empieza la sociedad? La sociedad empieza en una mirada. En una sonrisa. La Madre Teresa de Calcuta decía que la paz comienza con tu sonrisa. La sonrisa es señal de confianza, de alegría, de verdadero vínculo. Es más económica de lo que parece. Muchos enfados se solucionan con una sonrisa. Puede que a Rousseau y a Hobbes no les sonrieran lo suficiente en sus vidas. La sonrisa no es una tontería, Leonardo Polo dice que se puede hacer una “metafísica de la sonrisa”.

La democracia comienza en la familia. No hablo de la democracia de la igualdad de condiciones. Lo que genera verdadera democracia es el vínculo del cariño, la dependencia de unos y otros. La persona nunca está en igualdad de condiciones, las personas siempre estamos en deuda con nuestros padres, nuestros amigos… La igualdad se genera en la generosidad, en la capacidad de dar al otro lo que le corresponde y, luego, en la capacidad de darle “de más”, porque nosotros queremos. Esto se ve claramente en una familia: esté unida o rota, la familia es escuela de ciudadanía.

Sólo hay sociedad si hay confianza, sólo hay sociedad si hay comprensión, sólo continúa la sociedad si también hay perdón… El perdón es lo que nos hace más humanos, lo que más nos diferencia de los animales. Un animal no perdona. La persona es capaz de perdonar, pero es muy difícil ver en el otro a una persona si no le perdonamos, si le consideramos un lobo, si vemos que es la cadena que nos ata y no nos deja vivir. Cuando en realidad se trata de todo lo contrario: el hombre es un necesitado del hombre, y con el otro vive la libertad.

5 comentarios:

Ana dijo...

Entiendo en parte a Hobbes, no seria tan tajante pero, hoy por hoy, si volviera a empezar no escolarizaria a mis hijos hasta los 10-11años.No es que piense que el hombre es mejor que este solo, no, pero los niños si es mejor que se eduquen en casa con sus padres y hermanos, si los tienen. Desde muy pequeñitos, cada vez antes, pasan demasiadas horas fuera del hogar y... aprenden lo que no tienen que aprender, como dicen por aqui por el sur, se malean y lo peor de todo se vuelven desconfiados y competitivos. Dos antivirtudes que luego en casa son dificiles de corregir.
El porque los niños salen pronto de casa para ir a la guarde tiene varias explicaciones y yo me reservo la mia porque es muy pero que muy politicamente incorrecta,sobre todo viniendo de una mujer.
En fin es tema largo y complejo...verdad?
Como ves sigo leyendote,
Animo!

Rafa Monterde dijo...

Muchas gracias, Ana. Tienes mucha razón. La educación es un tema pendiente para fundamentar la sociedad. Hay que verlo con detenimiento, pues la primera sociedad en la que aprendemos a ser personas es la familia. Si se nos aparta de ella, queda un vacío que es difícil de llenar. Pero bueno, ya sabemos que Dios escribe recto con renglones torcidos... Muchísimas gracias por comentar.

Raquel dijo...

A ver...

Creo que hay demasiadas ideas en esta entrada. Valga como análisis de café, pero si seguimos con la discusión que teníamos en facebook, con esto no llegamos a ninguna parte.

No puede juzgar la teoría de Hobbes o Rousseau desde la sociedad de hoy o nuestra concepción política. Los problemas y sociedades que tienen delante son muy diferentes y mucho más simples. Además habría que profundizar en la idea de hombre que manejan y las cirscuntancias históricas que viven. Teniendo todo esto en cuenta se entiende por qué proponen lo que proponen, pero no se puede extrapolar sus teorías a hoy. En realidad, nadie lo hace en serio.

Por otra parte, está el tema de la sociedad y la desconfianza. La sociedad no se funda en ella, pero no tengo tan claro que no sea el fundamento de la democracia. Creo que el problema es muy complejo como para despacharlo tan rápido y con tan buenas intenciones. La política es todo menos algo bonito.

Hay un filósofo español Daniel Innerarity que tiene alguna cosa interesante a este respecto.

Un saludo,
Raquel

Rocío Miralles dijo...

Buenas, Rafa. Enhorabuena por atreverte a "meterte" con estos dos filósofos. Es verdad que Raquel dice bien al comentar "a ver..." porque hay que pararse a reflexionar con todas las de la ley pero está claro que el ser humano es un ser complejo y que nunca acabamos de conocernos completamente. Sabemos cómo comportarnos pero nos nublamos enseguida. Hay una fuerza interna que no nos deja salir de esas cadenas y todo por no querer romperlas uno mismo con total voluntad y confianza. Como si no fueran suficientes los miles y miles de ejemplos de vida que nos han precedido llevando esa vida plena en las virtudes y valores. En fin, el humanismo, ¡qué gran misterio!

Rafa Monterde dijo...

Hola, Rocío. Como ves, el tema es complicado. La entrada la escribí hace tiempo. Ahora mismo la habría enfocado de otro modo, pero creo que las ideas básicas están ahí. No me gusta el pesimismo político de la Modernidad. Ese pesimismo es el que ha llevado, y lleva aún, a pensar que las revoluciones políticas están justificadas. Me refiero a aquellas que entienden el uso de la violencia como algo legítimo. Además, estos planteamientos revolucionarios tienen una carga de mesianismo bastante importante y que no se nos debe pasar por alto. Hay una religiosidad que teje las ideas de los revolucionarios modernos, una esperanza de cambio que es propia de la esperanza judeocristiana. Hay que advertir esto, porque si lo olvidamos perdemos la oportunidad de reclamar aquello que es propio de la fe: saber que el hombre puede salvarse, que Dios se empeña en salvarlo; es imposible salvar al hombre sin la acción de Dios. ¿No te parece?