martes, 15 de noviembre de 2011

La muerte de Dios

“Dios ha muerto”, dijo Nietzsche. No sin razón el filósofo alemán proclamó el acontecimiento más importante de la Historia: la muerte de Dios es un hecho inaudito para cualquiera que considere su existencia como necesaria, como un ser absoluto del que no podemos prescindir. Nietzsche era un gran amante de la vida, pero la muerte fue siempre su gran enemiga. Pues la muerte es la mayor de las injusticias, el fin radical de todo ser vivo. La muerte de Dios abre, así, el camino para una vida nueva, eterna, como diría Nietzsche. La eternidad es inmolada en pro de otra eternidad, una nueva eternidad que nunca se ha visto antes pero que siempre es igual para el alemán…

Nietzsche comprendió que el único ser que puede proclamar la vida tras la muerte de Dios es el mismo hombre. El hombre es la expresión máxima de la vida, de la libertad, del arte… Nietzsche, sin lugar a dudas, comprendió perfectamente a Cristo. Esa es la razón por la que se revolvía al pensar en la muerte de la eternidad, en la muerte de la vida, en la muerte de Dios. Porque ese hombre, Cristo, había hecho algo verdaderamente nuevo, artístico: Dios se había hecho hombre y, además, había muerto en la cruz condenado por los hombres. Y Nietzsche, siendo fiel a los griegos, a los dioses griegos, que nunca llegaban a morir por los hombres, se negó en absoluto a aceptar este hecho.

Si Dios había muerto, su muerte era eterna. La única vida que quedaba era la del hombre. El hombre vivía aún tras la muerte del ser absoluto. Sin embargo, no era ese hecho lo único que había deshonrado a Dios, para Nietzsche lo verdaderamente horroroso es la resurrección de Dios… La resurrección ponía en entre dicho la vida que proclamaba Nietzsche: una vida eterna en su finitud, en el extremo mismo del ahora, como un cometa se agota luchando por avanzar, a pesar del rozamiento que se le impone… y que recomienza siempre cuando acaba. La vida de un mortal que desafía a la misma muerte.

La resurrección es abominable para un Dios. Pues del mismo Dios no se puede predicar la muerte y menos aún su resurrección. Pero Cristo afirmaba esa contradicción en el concepto de Dios. No sólo lo negaba, Cristo transmutaba el concepto mismo de Dios. Los griegos concebían la finitud como una degradación de la eternidad. La eternidad, asimismo, nunca podía entrar en contacto con lo finito. Acaso podía iluminarlo desde su posición absoluta, pero no tomar la finitud como algo propio de la eternidad. Nietzsche habría estado de acuerdo, incluso, con Platón en este punto, y con él habría dicho que a lo sumo había participación en el ser, y el Uno, el Bien, permanecía inmaculado, siempre, en su eternidad. Por esa razón, el cristianismo había aniquilado el mundo clásico predicando a Cristo. En el sentido de la independencia del ser absoluto respecto del ser finito: la Encarnación del Verbo eterno da una nueva imagen de Dios.

La imagen de Dios era inexistente hasta Jesucristo. Dios era manifestación de la eternidad sin que se pudiese verlo. Nos había dado nombres propios, como Yahvé, Palabra, el Dios de Isaac o el Dios de Moisés, entre otros. Pero Dios nunca se había manifestado realmente, de una manera palpable. Por primera vez en la Historia, Dios tenía rostro, Dios nos miraba a los ojos cara a cara. Podíamos ver la sonrisa de Dios, sus lágrimas, lo veíamos cansado en una barca mientras sus discípulos temían la tormenta… Dios era hombre. ¡Este suceso es totalmente nuevo! Un griego habría arqueado las cejas con escepticismo al escuchar algo así.

Además de este suceso, que ya cambia por completo al mismo Dios, había otro: Dios muere en la cruz y, luego, resucita. Aquí es donde podemos entender que Cristo diga que hace nuevas todas las cosas: Dios es el ser eterno (absoluto) e inabarcable que marca el Todo de la eternidad y que define todo ser finito; ese Todo que es Dios y que no cambiaba en su eternidad ha cambiado al hacerse hombre; ese Dios inmortal había muerto; la eternidad se había suspendido con la muerte de Dios, todo, realmente Todo, había acabado; la muerte de la eternidad marca la vida nueva, absoluta y eterna, con la resurrección de Dios. ¡Cristo ha hecho nuevo al mismo Dios, no sólo a los seres finitos! Ha ocurrido algo en la eternidad, la eternidad tiene historia y ha asumido la historia como suya… Realmente, el tiempo, el mundo, todo es nuevo porque el Todo ya es nuevo.

Nietzsche podía enfadarse al contemplar una representación así de Dios y de la vida. Cristo había cambiado todo, Cristo era el verdadero artista, “el único” en el sentido romántico de la palabra. Ese hebreo, ese hombre había hecho que Dios cambiara. Ese Dios era, para Nietzsche, un pusilánime que se había entregado a la muerte. Un Dios débil, mancillado por el hombre. Un Dios que no era Dios. Por ello, era más dios quien había matado a Dios: el hombre, el superhombre…, aquel que se enfrenta a la muerte matando la eternidad y toda oportunidad de vida después de la muerte. Ese hombre era más que Dios, podía prescindir de Él: no necesitaba la resurrección para vivir.

¿Es esto así? ¿Dios es un pusilánime? ¿Dios muere en vano a manos del hombre? La última pregunta deja en suspenso la tesis de Nietzsche. Si Dios realmente lo ha cambiado todo, hasta a sí mismo, Nietzsche no tiene nada que hacer. ¡Es esto lo que más le desespera! ¡Dios es nuevo, todo es nuevo, hasta el ser humano es nuevo! Un luterano como Nietzsche se entristecería al ver que la fe en Cristo es algo más que simple fe en que es Dios: Cristo supone una perspectiva aún mayor, pues la fe engendra esperanza y caridad. La fe te hace como Cristo, te hace Cristo mismo…, cambia la vida ¡ahora! Y Cristo representa al Dios que muere, al Dios que ama sin que comprendamos su amor incondicional, su misericordia… No es el Dios poderoso e imperativo al que aspira Nietzsche con el superhombre, es el Dios Amor: el Resucitado.

Lo que más aterra al filósofo alemán es que la eternidad, la inmortalidad, suponga amor, porque ese amor cristiano contradice el imperio, el poder, de los dioses inmortales griegos. Ciertamente, “Dios ha muerto”, pero su muerte es la vida, la eternidad del amor, que nunca muere en verdad… Y no muere porque el amor es “con”. El amor dice que Dios no está solo ni nos deja solos, el amor dice que Dios es más poderoso que el imperio del poder: el amor es capaz de hacer que lo más grande se haga pequeño, que el Todo se haga una parte de lo finito para salvarlo. Cristo es el Dios que no está solo, el que acompaña al hombre sufriente en su dolor. Algo que la poesía de la vida de Nietzsche quiere eliminar de raíz… Nietzsche diría convencido: “si Dios ha muerto, yo soy Dios: sólo yo sigo vivo”. Pero Dios ha resucitado, Cristo vive, y esto Nietzsche ahora no puede negarlo si es verdad…

No hay comentarios: