viernes, 2 de diciembre de 2011

Los filósofos agradables

Esta semana me he encontrado en situaciones filosóficas muy distintas. Totalmente contrarias. Una situación era muy agradable: he mantenido conversaciones filosóficas encantadoras, en las que las risas, los pensamientos profundos y las miradas comprensivas con los que hablaba iban entrelazadas, que son las que a mí me gustan. La situación desagradable ha sido, cómo no, des-agradable: caras serias, comentarios secos, pensamientos retorcidos y afirmaciones radicales contra la filosofía; me decían lo de siempre (que la filosofía no sirve para nada, el mayor mal de la historia, bla, bla, bla, cosas que ya sé).

No me gusta nada que se metan con la filosofía. Sobre todo porque no tengo ganas de dejar a nadie mal en público. Soy una persona relajada, tranquila y me gusta el chiste rápido y espontáneo para que la gente disfrute del momento. Y eso lo hago con la filosofía. Pero cuando se habla mal de la filosofía, no se puede hacer filosofía. Si lo primero que se hace es tachar a la otra persona… ¿puede uno pasárselo bien? ¡Es una situación incómoda! Ya que lo que pretende el que hace una afirmación de ese calado es dejar mal al filósofo y tener él la razón. ¡Y eso no es filosofía! Los filósofos no buscamos tener la razón, buscamos razones para razonar y encontrar la verdad. Si la razón empieza con una negación rotunda, con una descalificación, quien hace eso tiene un problema: si después resulta que la filosofía es el saber más alto y él ha dicho que era el más bajo, demuestra con sus palabras que es un ignorante en el asunto que trata. Por eso, cuando se meten con la filosofía, lo mejor es callarse, dejar que el otro se vaya por los cerros de Úbeda y que se le pasen las ganas de discutir. Filosofar no es discutir.

Sócrates es el mejor ejemplo de filósofo. Era una persona que sabía preguntar, mantener una conversación, dejar hablar al otro para exponer sus razones y, además, sabía suscitar la verdad en el otro sin que él tuviese que exponerla. Es lo que ahora se llama “método socrático”, concepto que no me gusta nada, porque Sócrates no es un filósofo moderno, tenía más sentido común que los modernos. Sócrates veía la filosofía como una forma de vida, como una manera de conocer la vida. No se trata de ser un charlatán, de conocer miles de datos científicos, literarios o históricos. La filosofía es sabiduría, la sabiduría contempla la verdad sin hacerla suya, sin manipularla. La filosofía es pudorosa, el filósofo es discreto y se relacionan con cariño, sin dominarse. Aunque el filósofo sabe que es un esclavo de la filosofía. Es lo que llamaríamos, con Don Quijote, un caballero andante. El filósofo es un enamorado. Por eso, cuando habla, cuando hace filosofía, enamora, no convence. El filósofo mira a la verdad a los ojos. Esa es la razón por la que, al exponer lo que piensa, resplandece en su mirada, en sus gestos y en sus palabras una luz ingenua e infantil, haciendo brillar en los ojos de sus espectadores la ilusión por conocer aquello que ama.

Podemos decir, después de todo, que la denominación de origen del filósofo es la infancia. Hablar con un filósofo es mirar a un niño ilusionado. El filósofo no es un hombre viejo que ha perdido la capacidad de ver cosas nuevas, es un niño que, aunque sea un anciano, lo ve siempre todo “de nuevo”. Decía San Agustín: ¡Oh belleza, siempre vieja, siempre joven! Por eso, la filosofía es para la gente joven, la filosofía es para disfrutarla, para vivir la vida siempre con ilusión y valentía, porque hay que ser valiente para no perder la ilusión ante los problemas. Los filósofos son agradables, los filósofos… hacen que el mundo sea mejor.

2 comentarios:

Angelo dijo...

Ya veo que has elegido muy bien tus estudios. Y que la práctica la llevas a cabo antes de terminarlos. ¡A mi me encantaría tener una de esas charlas contigo, deben ser apasionantes!Mucho ánimo,la filosofía forma parte de nuestra vida y necesitamos buenos filósofos. Un fuerte abrazo

Rafa Monterde dijo...

Gracias, Ángel. La verdad es que soy yo el que estaría encantado de hablar contigo. A ver si tenemos la oportunidad de conocernos algún día. Un fuerte abrazo, Rafa.