lunes, 31 de enero de 2011

Hablando... se complican las cosas


La comunicación es un don complicado. En mi día a día lo compruebo: no creo que hablar sirva de mucho. Se dice: hablando se entiende la gente… Bueno, yo no sé qué pensar de eso. A veces: hablar es peor que callar. El ser humano es un ser que se comunica. Al menos lo intenta. El problema está en que hablamos demasiado. No es fácil callar. Sobre todo en España. Es muy difícil que te dejen hablar y que se te entienda en España. Porque hablamos demasiado. Quizá sea esa la razón por la que haya buenos escritores. Ya que, cuando no pueden hablar con la gente, al menos pueden escribir. Eso: comunicar no es fácil. Menos entender. Más bien: que te entiendan. Eso sí que es complicado. Porque algunos tienden a explicarse, a afirmar, a juzgar… Sin embargo, ¿cuántos están dispuestos a escuchar? Y lo peor de todo es que me obligan a que yo escuche. Claro, la gente quiere comunicarse conmigo, pero muy pocos me dejan que me comunique con ellos… ¡Ay, al final hablar va a ser un problema en vez de una solución! Quizá por ello me resulte tan atractivo el lenguaje. A fin de cuentas: entenderse no es fácil.

sábado, 29 de enero de 2011

La filosofía de los jubilados

La filosofía es el amor a la verdad. La verdad es, según nos enseñaron los griegos, lo que es. Aristóteles fue el gran pionero, la cúspide y el salto a la realidad. Aquel que se atrevió a atravesar los límites de la tradición filosófica, asimilando lo anterior y encontrando los nuevos cauces de la verdad. Tras la hazaña de Sócrates, reconocerse ignorante y sacrificarse por la verdad, Aristóteles fue consecuente con el pensamiento de su predecesor y lo llevó hasta el límite… Fue sincero, virtud indispensable para la verdad. Además, no fue original, ni se lo propuso. Porque ser original es el defecto de los acomplejados. La originalidad pertenece a aquellos que no la buscan. Y los filósofos auténticos no son originales, sino que son sinceros y aman la verdad.

La filosofía moderna es la filosofía de los originales. Los filósofos modernos, en cierta medida, están acomplejados. Buscan un sentido trágico de la vida –siguiendo las palabras de Unamuno-, quieren sentirse protagonistas del pensamiento y de la historia, cuando el papel principal del saber pertenece a la verdad. A mi parecer, los filósofos modernos son, en gran medida, unos oportunistas. Creen que están iluminados… (Cuando me encuentro con alguien que cree que puede arreglar el mundo, tengo miedo. Una persona que cree que tiene la clave de los sistemas del pensamiento, puede ser muy peligrosa. Porque seguramente tendrá capacidad para engañar). Los iluminados son como las bombillas: artificiales. Nos hacen permanecer despiertos en la noche, mediante una luz mortecina y triste, que desgasta nuestras pupilas al no poder contemplar la inmensidad del horizonte…

La filosofía moderna es una filosofía jubilada, vieja y triste. Sin esperanza. Cuando te encuentras con Descartes, Kant, Hume o Hegel (citando a unos entre tantos) crees que eres idiota o un genio. Actitudes, por otra parte, muy capitalistas: mecanismos de compra-venta. Se trata de la soberbia de la razón, más bien de su ceguera. La razón, en su iluminar, calcina la verdad, no la encuentra. Cae en el sinsentido. Se trata de la vejez de un hombre cansado y transido por el desaliento, que quiere, por fin, reposar en el panteón del saber. La razón tiene la necesidad de retrotraerse sobre sí misma. Quiere encontrar el pensamiento puro, el puro elemento del pensar, donde se germinan sus elucubraciones, donde los arsenales de la razón están preparados para bombardear los sectores fortificados de la realidad… Al final de tales preparativos, el pensar se convierte en una guerra de trincheras, de bombardeos y de desgaste de vidas. Y el Reich de la razón se ve desbordado ante la unión de la verdad, que crece siempre, sin descanso, a pesar de los intentos de aniquilarla.

Propongo poner la filosofía moderna en el banquillo. Desconfiar de todos y cada uno de los modernos. Atrevernos a pensar que pueden estar equivocados o que, quizá, nos están tomando el pelo. Puede que los filósofos modernos sean una panda de jubilados viejos y cansados que, al no haber podido experimentar la alegría de la vida, se dedican a hundir las ilusiones de aquellos que quieren saborear el manjar de la verdad y amar la vida.

jueves, 27 de enero de 2011

El misterio de escribir


El misterio de escribir es tan sencillo como esto que estoy haciendo: escribir. ¡Oh, escritura, cuna de la intelectualidad y de la cultura! Veamos: estoy escribiendo. Escribo. Sigo escribiendo. ¿Parece algo tan, tan, tan, tan, tan... misterioso? Continuo con mi misterio: ¡ESCRIBO! Espero que ahora que he resuelto el misterio, me hagan un monumento en Madrid o, quizá, en Italia, que es la cuna de los poetas... (para mí lo es).



Estoy escribiendo... ¡Qué misterio tan sublime!

martes, 18 de enero de 2011

Algo más...

Palabras… ¿y qué más? No me digas que con eso vale. No calcules el perímetro de tus conceptos, ni sumes tus juicios intentando llegar a una conclusión clara. Conclusión: ¿qué? ¿Desde cuándo piensas? ¿Por qué crees que piensas? ¿Qué dices, de qué hablas? Dicen que es una convención… ¿Convención? Me hace gracia que el misterio se resuelva con una palabra: convención. Nos hemos puesto de acuerdo para no decir nada. Para simular una ilusión vana, para vivir en la agonía: frente a un espejo que no refleja nuestra imagen. Los animales también se comunican. Eso parece. Los seres humanos… lo intentan. ¿Cuándo lo hacen? Eso es difícil. El alma puede ser la peor de las cárceles, no el cuerpo. El alma puede ser una tortura, la que verdaderamente oprime, cuando no puede vivir, ni ser… El cuerpo ya es solo. ¿El alma? No. Si no se da cuenta de que está viva y no vive, vive muerta. Y el cuerpo errante, sin viento, se fatiga, esperando volver a la tierra, al agua y a expulsar el aire, porque el fuego no arde ni reúne. Palabras… un pequeño destello, no me digas que son convencionales, no me digas que son mentira. Las palabras expresan la unión, mejor: relación: el asombro. Las palabras nacen del asombro. Quien no conoce: menciona. Quien conoce: ama, respeta y no se queda en la apariencia… A fin de cuentas: algo más que palabras.

domingo, 16 de enero de 2011

Combatiente

Decir mentiras no está bien. Decir la verdad puede ser problemático. Quizá no valga la pena decir nada. Al menos con palabras. Las palabras no significan lo que significan. Desde que la gente puede decir lo que le da la gana, nuestras palabras ya no se pueden tomar al pie de la letra. A mí me pasa a menudo. Siempre he querido decir la verdad. No ha sido bueno. Para mí puede que sí, para mi conciencia. Para mi alrededor... no estoy muy bien de la cabeza. Por eso puedo decir la verdad. Pero decir la verdad puede ser un síntoma de locura. Porque no todo el mundo está acostumbrado a la verdad, menos aún a las palabras que la expresan. Las palabras ofenden. El pensamiento también. En cambio, hay que respetar la opinión ajena. Eso es sagrado. Preguntan: ¿te crees que estás en posesión de la verdad? Es una pregunta muy común. Dicen a veces: no se puede obtener una verdad absoluta. Quizá. Tú, con esa actitud, seguro que no la encuentras. Mejor: no quiero encontrar ninguna verdad absoluta. Eso sería más sincero. Más que hablar de relativismo: no queremos encontrar la verdad, no nos apetece ver nuestra vida. Parece más cómodo, ¿no? Decía al principio: decir mentiras no está bien. No, claro. Aunque la mentira no es verdad. La mentira es mentira: nada, estupidez. ¿De qué sirve? Nada. La mentira es... ¿qué? No puede llegar a ser nada. Por eso no quiero decir mentiras. La verdad: es imposible mentir. Se puede, también se paga: la mentira es el veneno del alma. Muerte, ceguera, oscuridad. Mejor me callo. No me gusta escribir cosas feas. Lo feo... para otro día. La verdad puede ser problemática... para los demás. Nunca para uno mismo. Una verdad es una cuchillada en el corazón engañado, por eso puede ser problemática. Me estoy acostumbrado a la paz de la guerra...

martes, 4 de enero de 2011

Desarrollo y conocimiento

El tema del desarrollo científico, a mi parecer, va en función de las necesidades. Cuando tenemos problemas que resolver, tenemos la oportunidad de encontrar alternativas o, quizá, la ocasión de imbuirnos en el problema para resolverlo. Un aspecto de la ciencia es la utilidad. La ciencia tiene un fin práctico, sobre todo. El mucho abarcar de la ciencia moderna, la deteriora. No es necesario el continuo desarrollo de la ciencia, ni la ambición con la que ésta es ejercida. El ansia científica mata la inquietud natural del intelecto despierto. El buen científico intenta resolver problemas y... conocer. Pero ¿cómo conocemos? Ese es un detalle que hay que resolver. Un problema del conocimiento científico está en el tema de la aplicación. Es posible que el método aplicado sea carente al tema que se aplica. El tema puede superar al método. Entonces, hay que reconsiderar la red que echamos en el mar. Es imposible abarcar el mar entero con una red. El método científico es una red. Luego, ¿es imposible conocer nada científicamente? No, eso no podemos decirlo. Ya que negar el conocimiento científico sería absurdo. Conocemos. Sin embargo, puede que estemos mal gastando el método en temas que no le conciernen. Ya que lo más importante de la ciencia es resolver problemas, no crearlos. ¿Por qué digo esto? Por el progreso científico. Más que decir progreso, yo lo llamaría consumo. Porque me parece que la ciencia está perdiendo sus virtudes. Cuando supeditamos la ciencia al enriquecimiento, la ciencia pierde su carácter benéfico, de ayuda al ser humano, se convierte en un instrumento de poder económico, un producto del mercado. Y eso es una pena. La ciencia está para ayudar al ser humano, no para ofrecerle productos que comprar y con los que evadirse de la realidad. Porque si nos evadimos de la realidad, en el futuro tampoco habrá ciencia. El progreso científico depende de la limpidez de la mirada sobre las cosas, del descubrimiento de las causas que motivan los efectos y el movimiento, los principios que rigen la naturaleza... Por eso, si queremos que haya progreso, debe haber verdadero conocimiento, sencillez intelectual. Antes decíamos que la ansiedad intelectual mata la inquietud; mientras que la inquietud natural hacia el saber, si no queda confundida por la ambición ni las ganas de dominar el mundo, puede ser motivo suficiente de progreso científico, porque si descubrimos las necesidades que hay en la sociedad en la que vivimos, tendremos razones para querer más desarrollo, más progreso y mayor colaboración social.