miércoles, 30 de marzo de 2011

Joseph Ratzinger

Si tuviera que mirar a un intelectual en el siglo XXI, no dudaría: me fijaría en Ratzinger. Este hombre es, a mi modo de ver, un paradigma intelectual en toda Europa. Más allá de su posición como Papa de la Iglesia Católica, es un pensador nato y un hombre con una sensibilidad aguda. Cuando lo leo no dejo de sentirme querido, pues sus palabras llegan hondo.


Creo que lo más importante en un sacerdote es saber mirar a los ojos y trasmitir lo que lleva dentro, es decir: a Jesucristo. Ratzinger, para mí, lo consigue. En sus escritos, discursos y homilías noto algo más que formalidades de un hombre que “trabaja” para la Iglesia; cuando él trasmite algo, lo hace desde el corazón, y percibo que tiene mucha vida interior. Él habla como el que conoce. Al hablar de Dios, de Cristo, lo hace contándote algo de alguien cercano, de un amigo. Por eso, creo que Ratzinger, dentro de todas las responsabilidades que tiene que asumir en la Iglesia, es un buen cristiano. Ya que, ante todo, trasmite la paz de Dios.


Sé que su figura está en entre dicho, porque no dice que sí a las propuestas del “progreso moral” (si podemos llamarlo “progreso”). Sin embargo, este hombre es ejemplar. Pues, defendiendo y viviendo la fe cristiana, demuestra cómo dicha fe es la fe de la libertad del hombre, la fe que confía en la razón humana y la fe que siempre trasmite esperanza.

domingo, 27 de marzo de 2011

El Salmo 41


Esta tarde le he echado un vistazo a los Salmos. El número 41 me ha llamado la atención, pues es, para mí, tierno e íntimo. Veo que en él se refleja el deseo de la creatura hacia el Creador. La búsqueda de ese Tú constante que es Dios: un ser personal. No se trata de un poder magmánimo u opresor que, desde las alturas, nos domina. Tampoco es un Dios indiferente o distraído, al que su obra no le importa. Sino que es el Dios vivo. El Dios de la vida, de la paz, de la esperanza... Se trata de Aquel que sacia la sed de dicha. El que, desde el corazón, consuela en la soledad y guía cuando nada está claro. Por eso, dice el Salmo: Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Me encanta cómo está expresado esto: se trata de un diálogo. Dios es el Dios que tiene rostro, el Dios que mira a los ojos. Claro está que pocos tienen la gracia de verlo cara a cara en esta vida, sin embargo no podemos dejar de verlo con los ojos del corazón. Dios, que es el Dios vivo, habla a los vivos, a aquellos que su corazón no se conforma ni se marchita con lo poco; Él habla al corazón encendido y consumido por la vida, al que, con esperanza, busca sin cesar y que, cuando parece que ya ha encontrado, se da cuenta de que siempre está empezando. Pues la felicidad en Dios no tiene cabida. No obstante, no faltan las dudas, la desesperación incluso: Mi alma, dentro de mí, desfallece.... Y también dice: Espera en Dios, que aún podré alabarlo, salvación de mi rostro y Dios mío. Tengo poca experiencia en la vida (21 años), pero creo que esto es cierto: basta esperar para que todo llegue a su tiempo. A veces, o muchas veces -demasiadas-, parece que Dios sea el Dios ausente, un Dios que se esconde... Ello nos da motivos para preguntarle "¿dónde estás ahora, justo cuando te necesito?". Y, por si fuera poco, no obtenemos respuesta la mayoría de las veces. Aunque es suficente la soledad del corazón para darnos cuenta de cuál es su verdadero hogar. Así, la espera tiene recompensa, pues en los momentos de más frialdad es donde el calor de Dios más actúa. Ya que, si nuestro corazón fuera, en verdad, abandonado por Dios, la vida dejaría de ser vida. Pienso que cuando notamos que Dios no está, es el tiempo en el que más nos acompaña. Después, con cautela, Dios se acomoda en el corazón y recupera su patrimonio. Y desde el corazón, gracias a la paciencia y a la fidelidad, podemos obsevar de nuevo, y con más intensidad, los ojos amables y bondadosos del Dios vivo...

miércoles, 23 de marzo de 2011

La muerte de Iván Ilitch

Un pequeño libro es, a veces, suficiente para explicar cosas profundas. No hacen falta más palabras. Mi profesor de Filosofía del lenguaje se empeñaba en decirme que lo breve y bueno, dos veces bueno. Y, habiendo leído La muerte de Iván Ilitch por segunda vez, puedo confirmarlo.

Este libro es inusual en Tolstoi. Él, que escribía largas novelas, redujo su visión de la muerte a una novelita. En ella, Iván, el protagonista, agoniza debido a una enfermedad. El paso de la monotonía de la vida a la extremidad de la misma por el final cercano es el tema de la novela. Es decir, la pregunta de siempre: “¿cuál es el sentido de la vida?”.

No voy a divagar en torno a este asunto, pues ya está más que manido. Y yo, que soy muy joven, o eso creo, no voy a resolverlo. Sin embargo, me he quedado con un aspecto principal de la novela: el amor y el cariño. Si tuviera que decir cuál es el trasfondo de la novela, es decir, cuál es el mensaje (si lo tiene), diría que son los detalles de humanidad. Pues en la novela hay poca humanidad. Al menos el personaje la echa de menos al final de su vida.

¿Qué quiero decir con humanidad? Con humanidad puedo referirme al concepto “humanidad”, como idea general, y no es eso lo que estoy diciendo. Cuando digo humanidad me refiero a tacto humano. Ya he hablado de esto. Diréis que soy un pesado, pero creo que es importante. Y la novela de Tolstoi me da pie a hablar de esto. Ya que el personaje, durante la novela, es un hombre que está solo.

Iván Ilitch parece un hombre realizado: tiene un buen trabajo en la Administración de Justicia, está casado, amigos, etc… No obstante, su vida es una vida como otra cualquiera, o, mejor dicho, es una vida aparente. Ya que no ama nada en el fondo. Su corazón está vacío. Y cuando digo que su corazón está vacío no hablo de sentimentalismos ni romanticismos al estilo de Hollywood (que me parecen absurdos, por cierto). Hablo del vínculo del amor, es decir: la dependencia libre de la persona respecto de los otros. Querer al otro porque sí, libremente, y sacrificarse día a día por esa persona con verdadero cariño. Y esto es lo que le falta a Iván Ilitch: el deseo del otro, querer. Que es, a mi modo de ver, la verdadera libertad.

Esa libertad es profundamente humana. Está plagada de detalles de afecto, de atención, disposiciones hacia los demás para hacerlos más felices. Todo esto sin afectamientos ni sensiblerías (no hay nada que me repugne más que la sensibilidad barata, pues hace que el cariño sea una bobada). Creo que la felicidad es algo sereno, igual que la libertad. No se trata de un estado extático o estático, sino recio y equilibrado; la felicidad te ayuda a estar pendiente de los otros. E Iván Ilich, al final de su vida, cuando más necesita de esa paz del corazón, de la paz de los otros, no la encuentra. Iván se da cuenta de que ha desaprovechado su vida, pues no ama a nadie y nadie le ama a él.

La novela es triste. Sin embargo, es una buena oportunidad para pensar un poco en estos temas. Al ser corta y ligera, es fácil de leer. La recomiendo. Además, me gustan mucho los rusos, aunque sean un poco pesados cuando escriben…

jueves, 10 de marzo de 2011

Tranquilidad


Si Dios es Creador, ¿de qué nos preocupamos?

martes, 8 de marzo de 2011

El joven cerilla

En una clase de Teoría del conocimiento, el profesor dijo “el fuego pensado no quema”, entre otras muchas cosas. Luis, que era de naturaleza cerebral –excesivamente cerebral-, se puso a pensar con ahínco en el fuego. Al cabo de unos minutos, su cabeza se encendió como una cerilla. Comenzó a correr de un lado para el otro de la clase, mientras sus compañeros eran presas del pánico. El profesor se quedó junto a la pizarra, con la tiza apoyada en ella. Luis, al final, acabó estampándose contra la pared y quedó inconsciente. Pudieron, así, echarle un cubo de agua sobre la cabeza. No tenía quemadura alguna. El profesor, con las cejas entornadas, lo miraba, pensando que, igual, el pensar es algo más serio y no un simple juego de palabras…

viernes, 4 de marzo de 2011

El espíritu y el rostro


La cara es el espejo del alma, dicen los clásicos. No se equivocan. Lo compruebo día a día. El hombre, que es espiritual, no puede ocultar su alma tras un rostro postizo. La sinceridad de una mirada, de una sonrisa, es mucho más elocuente que el mejor de los discursos o un papel bien interpretado en una película.

El rostro es sincero, un libro abierto. Es más que un libro abierto, pues no hacen falta palabras ante un rostro. Un escritor no puede interpretar un rostro, eso queda reservado a los pintores, los poetas y, si podemos considerar a algunos como artistas, a los directores de cine…

¡Cuántos rostros pasan a nuestro lado! Por lo que veo, las miradas están muertas. Pocas sonrisas trasmiten alegría y las risas son tristes. Esto me hace pensar y preguntarme qué le hace falta a las personas, a mí en particular.

Una amiga mía escribió sobre la insoportable incomunicabilidad del ser. Creo que esto va relacionado con el tema. Me preocupan las fachadas de las vidas de los otros. Vivimos de la apariencia. Ya lo decía Platón, yo lo sigo viendo. Quizá sea una constante humana y son pocos los que se preocupan por vivir en la verdad. Porque la verdad es, a mi modo de ver, la mejor red social que existe.

Dos almas despiertas en la verdad tienen certeza matemática cuando hablan de lo mismo. De la misma manera, cuando dos almas despiertas se encuentran, se reconocen al instante. Es sintonía, comunicación. Ante todo: alegría. La alegría es el síndrome de la verdad. Dudo mucho que una persona triste haya encontrado la verdad. La verdad mueve hacia el color, te saca de la sequedad del corazón para llevarlo arriba, hasta los manantiales, donde el agua aún es fría y no se ha ensuciado.

El rostro es la expresión del espíritu. Un rostro feliz, hace feliz. Se trasmite a los otros. Filosóficamente, eso se llama trascendencia. Es decir: ser-con. Por eso, creo que estoy hablando de la trascendencia humana. Si no me equivoco, me da la impresión de que todo en el ser humano es trascendencia. El hombre es un ser espiritual. No voy a decir por naturaleza, ya que eso no viene al caso. ¿Por qué es trascendente el ser humano? Lo voy a decir: porque es espiritual. Y me preguntarán, “¿por qué es espiritual?”. Y yo les diré que en su mismo hablar están manifestando su espiritualidad. Espero que no digan que los animales también se comunican, porque, en ese caso, tendré que contestarles que, quizá, la naturaleza es más espiritual de lo que parece…

Volviendo al tema de la comunicación, la sinceridad es importante para la trascendencia. Abrir el interior es una dura tarea de confianza y, sin la ayuda del otro, no podemos abrirnos. A veces, el corazón tiene complejo de molusco y, cuando siente el calor y el afecto, se siente inseguro y se cierra. Pero basta la constancia en el cariño para que, poco a poco, la confianza le haga sentir de nuevo la libertad. La confianza es síntoma de amor, de trascendencia, de verdad. Sin todos estos requisitos, la libertad es imposible y la mirada ante el mundo se torna marchita y, al final, muere.

Por eso, creo que es importante mirar a los ojos con cariño. Las relaciones humanas se han vuelto muy frías, casi hostiles. La falta de confianza entre las personas es la mejor manera de infelicidad. La confianza se trasmite en el gesto, la mirada, la sonrisa… Y si nuestro corazón es alegre, podremos alegrar a los demás. Es decir, reavivar su espíritu.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Detalles

Algo tan importante como el amanecer pasa desapercibido. El sol, que alegra tanto el día, se puede hacer habitual. Una pena. A veces no caigo en la cuenta. Una preocupación puede hacer que los detalles más sencillos y bellos no existan. El sufrimiento ahoga, como una soga, el alma, e impide que pueda ser, en cierta medida, todas las cosas… Aristóteles tenía razón. Pero él vivía de otra manera. Por eso los griegos llegaron a la verdad: eran capaces de contemplar. Ahora no hay tiempo. Sólo trabajo. Qué le vamos a hacer. Ni siquiera una mirada puede conmovernos, una lágrima o una mueca. Un espejo es más importante que el reflejo del agua. Un vídeo mejor que mirar el paisaje… Vivencias hipotecadas por el ambiente, corazones muertos por su vida.

martes, 1 de marzo de 2011

¡Pues vaya!

El sol sale cada mañana. Los coches se paran, casi siempre, cuando el semáforo está en rojo. Al encender la luz hay que pagar la factura… Una y otra vez. Vaya, menos mal que cambia la temperatura.