viernes, 21 de octubre de 2011

Una joya: "Entender el mundo de hoy"

El pasado mes de julio busqué libros que podían ser útiles para introducirse en filosofía. Me interesé en autores optimistas, ya que el optimismo en filosofía es un gran punto de partida. A diferencia del entusiasmo o la tristeza, una actitud optimista es unificadora, abarca, con sencillez, temas que, a primera vista, pueden ser complejísimos y difíciles de entrelazar. Así se consiguen discursos coherentes, que no cierran, y que dejan abierto siempre el horizonte a nuevas consideraciones y perspectivas.

Encontré, pues, autores de ese estilo. Algunos eran antiguos, como Aristóteles, Platón o el mismo Agustín de Hipona, que en sus Confesiones muestra una actitud tan íntima, sincera y apasionada que me sobrecogió con su pensamiento. Pero no todo queda en los antiguos. La actualidad está repleta de autores de gran calado intelectual. Uno de ellos es el que escribió el libro que comentaré ahora, se llamaba Ricardo Yepes. Era español, profesor de filosofía, especializado en temas de Antropología. Murió en 1996 en un accidente de montaña, en los Pirineos. ¡Qué autor tan apropiado para un blog como este!

El libro se titula Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante. Está escrito en un estilo epistolar. De manera que se crea una atmósfera más acogedora en las reflexiones. Hay un diálogo entre el lector y el autor, ya que invita en cada página a pensar de una manera respetuosa y disimulada con su discurso. Habla de muchos temas en general, sobre todo de actualidad y relacionándolos con cuestiones fundamentales de la filosofía tradicional, definiendo, así, la filosofía como un saber perenne, que se mantiene en el tiempo y que es interesante hoy de la misma manera que lo fue hace miles de años.

No podemos olvidar que el autor es un filósofo que se considera en deuda siempre. No concibe el originalismo, sino que el filosofar es un aprender continuo. Por ello, todo filósofo es filósofo gracias a su maestro. Ricardo Yepes eligió al suyo, se llama Leonardo Polo. Este filósofo también es español. Fue Catedrático de Historia de la filosofía. Este autor tiene su propia trayectoria intelectual. Desde la filosofía moderna, descubrió la riqueza de la filosofía clásica y medieval. Conjugó los descubrimientos de los filósofos de cada época, considerando a cada uno como una cantera intelectual de la que podemos obtener nuevas consideraciones filosóficas que quedan latentes en el pensamiento. Pero lo más importante de Leonardo Polo es que realizó un descubrimiento filosófico, que lo convierte en un pensador innovador y, cómo no, en un optimista sin igual. Su descubrimiento fue el límite mental, desde el que propuso un método filosófico, al que denominó abandono del límite mental. A partir de este método ha desarrollado una filosofía amplísima, que aborda la mayoría de la temática filosófica, desde la que podemos partir para llegar aún más lejos en la comprensión del mundo, del hombre y de Dios.

Volvamos al libro. Lo más significativo es que, en conjunto, te hace ver lo que supone la experiencia de estar convencido de algo, de estar enamorado, de saber que tienes algo que hacer con tu vida… Esa experiencia es el encuentro con la verdad. Dice Yepes: “Quien ha sabido encontrar una verdad muy difícilmente renuncia a ella y a su inspiración”. También: “El encuentro con la verdad, ya te lo dije, tiene como fruto la tarea encomendada, el encargo de llevar a cabo en uno mismo y en el mundo esa verdad encontrada. La inspiración es el aliento recibido por ella y alienta las actitudes y decisiones de la libertad. Así se transforma en convicción”. El libro, como se puede ver, es una invitación a la filosofía llena de frescura y jovialidad. Se trata de una perspectiva muy valiosa para dirigirse al pensamiento actual, de la que estoy seguro se pueden obtener grandes frutos para la cultura.

lunes, 17 de octubre de 2011

El pequeño filósofo

Érase una vez un pequeño filósofo que escribió lo que ahora estás leyendo. Al comenzar sus estudios de filosofía no se dio cuenta de que la filosofía estaba acabada. Por ello se quedó admirado como un niño. Contempló los pensamientos de los filósofos como obras maestras y, como no entendía nada, vio el futuro de una manera optimista.

Sus profesores intentaron hacerle ver que la vida no tenía sentido. Él, en cambio, veía la vida misma como un sentido. Se decía a sí mismo que “la vista no puede verse” y ello le llevaba a no entender lo que todos entendían… Él le daba vueltas y vueltas a la cabeza y llegó a la conclusión de que un pensamiento que quiere pensarse es como una peonza: al final pierde su propia inercia y cae al suelo… hasta que vuelven a lanzarla.

Así que, como niño que era, un día lanzó la peonza… y, al ser muy torpe, cayó tan lejos que la perdió. En su tristeza anduvo cabizbajo por la calle. Sin preverlo, llegó hasta la playa cuando caía el sol. El naranja y el azul le hipnotizaron. Contempló el sol hasta que se puso. No quiso volver a casa pronto: miles de luces parpadeantes cubrieron el cielo y no tuvo más remedio que acompañarlas.

Nuestro pequeño filósofo se quedó admirado como si el hombre contemplase por primera vez el cielo. Su cabeza se libró de las dudas y tristezas que le habían acompañado hasta ese momento. Pero nuevas preguntas y misterios surgieron ante sus ojos. De la misma manera que Tales, Erastóstenes, Platón o Aristóteles se quedaron embobados tiempo atrás, él se quedó toda la noche mirando el cielo tumbado en la playa.

A la mañana siguiente, no podía creer lo que le había pasado: sin querer había comenzado a filosofar. Sin duda alguna, se había equivocado, porque no tendía dudas. Simplemente se había quedado mirando y pensando, sin entristecerse, sin darse cuenta de que estaba pensando. Dejó que el mundo le cautivara con su belleza sin que él pudiese ponerlo en tela de juicio… Pensó, por ello, que tenía que ser verdad lo que le había pasado, pues no sólo había dejado atrás la tristeza, sino que una alegría insospechada había enraizado en su corazón.

Volviendo a casa, se dijo: “Existe la verdad, pues si no existiera la verdad nunca conoceríamos la tristeza ni la alegría”. Al llegar habló un rato con su madre. Estaba preocupada. Él la tranquilizó como pudo e intentó hacerle ver que no había bebido. Ella no sabía qué pensar, ya que lo vio demasiado embobado. Él no se preocupó, pues sabía qué era lo que le mantenía en ese estado.

Fue a su cuarto, después de desayunar un poco, y se puso a escribir sus intuiciones. Por la tarde fue a clase. Al ver que sus profesores volvían con su coda intelectual se preocupó por ellos, y se preguntó si alguna vez habían tenido el privilegio de no dudar nada… y mirar el cielo como él lo había hecho.

sábado, 8 de octubre de 2011

El ser humano: un mundo de posibilidades



Esta semana he escuchado varias veces frases desesperanzadas sobre el ser humano. Todas ellas se referían a él como un ser perdido, acabado y sin capacidad de ser mejor. La tristeza y el desengaño envuelven la imagen que tenemos de nosotros mismos, como si las ilusiones que teníamos se hubiesen perdido y nuestro fuero interno hubiera perdido la aspiración a ser algo más…

Las imágenes que me mostraban eran tales como la crueldad y el engaño de la religión, como un elemento que usamos para dominarnos en base al miedo a lo desconocido; también me mostraban un ser humano descontrolado por el conocimiento científico, abusador y asesino de la naturaleza y de sí mismo. En modo alguno parece que podamos concebir algo diferente a nuestra condición y estemos abocados a la autodestrucción, como si esa faceta fuera nuestra mejor definición. A fin de cuentas, lo que pensaba Hobbes: homo homini lupus…

Si el ser humano es así, si estamos destinados al fracaso, nuestra condición es miserable. Sin embargo, no me fío de los pesimismos. Porque, como tales, los pesimismos conllevan una carga emocional incontrolada, y, por tanto, subjetiva. De la misma manera no me inspira confianza el utopismo. No obstante, sí que confío en el ser humano.

Se me puede decir: la religión es la causa de grandes males en el mundo, como las guerras de religión, la quema de brujas y también atenta contra la ciencia. Y yo puedo pensar, “sí, ha habido personas que en nombre de la fe han provocado el horror”. Pero… ¿todo aquel que tiene fe es por ello culpable de los males cometidos por otros? Teresa de Calcuta, por ejemplo, ayudaba a los pobres en nombre del Dios que defendía, asimismo, el inquisidor Torquemada. Entonces, no se puede decir: la religión “es la causa” de los males. De la misma manera, tampoco se puede afirmar que todos los que profesan una la fe son buenos. Debemos hablar siempre de casos particulares, de personas concretas. Pues a la hora de hablar de las acciones humanas, hay que descender siempre a lo concreto, pues ni todos son santos ni todos son asesinos. Se podría hacer, así, otra afirmación: inspirados por la fe que profesaban, muchos hombres y mujeres han realizado grandes acciones por la humanidad, e incluso han dado su vida por otros… Y esta sentencia sería más ponderada que la primera que hemos hecho. También se podría aplicar a los temas de ciencia, pues grandes científicos han sido creyentes: el mismo Galileo, con todas sus controversias, no renegó de la fe… (y no creo que no lo hiciera por miedo, sino porque no hay que mezclar las cosas).

A la ciencia se le podría decir: ¡bomba atómica!; ¡contaminación!; ¡campos de concentración!; ¡experimentación genética desmedida…! Y muchas malas consecuencias de su uso y avance. Pero yo vuelvo a preguntarme si por ello la ciencia es perjudicial en sí misma. A mi parecer, no, en absoluto la ciencia es mala. Es más, la ciencia es uno de los grandes descubrimientos humanos. El mismo método científico con el que se puede destruir la naturaleza puede servir para favorecerla. Por ejemplo, conforme avancemos en el conocimiento científico, podemos vivir en mayor conformidad con la naturaleza, encontrando alternativas a los problemas que surgen y ayudando a otras especies que se encuentren en peligro. Si destruimos con la ciencia, a mi parecer, es porque la usamos imprudentemente, sin calibrar bien los resultados y consecuencias de su uso. No podemos negar las aportaciones y descubrimientos de la ciencia en todos sus ámbitos, como, por ejemplo, la medicina. Volvemos, así, a decir que hay que descender a lo concreto y particular. Pues no podemos comparar al Dr.Mengele, que experimentó con seres humanos en los campos de concentración nazis, con el Dr.Fleming, descubridor de la penicilina…

El ser humano es, por todo esto, impredecible. Para bien o para mal, cada persona es inédita, y, como tal, es capaz de acciones nuevas. No se puede empaquetar a todo el género humano en una “generalización” determinante que lo malentienda como un ser destructivo (concepto que me parece bastante depresivo). El ser humano es como es, posee unas facultades que puede dirigir a lo más alto o lo más bajo de sí mismo. Y por ello merece un reconocimiento, un lugar apropiado desde donde poder dirigir sus pasos, reconociendo la libertad que le es propia y que puede ejercer para ser la especie más excelsa de la naturaleza.