martes, 29 de noviembre de 2011

La discreción de las cosas grandes

Últimamente estoy fijándome más en las estrellas. Subo a mi azotea a contemplarlas con el telescopio cuando puedo. Cuando lo hago me evado por completo del mundo. Digamos, con Aristóteles, que dejo el mundo sublunar para adentrarme en la bóveda celeste. Me introduzco en el maravilloso mundo de las estrellas, los planetas y satélites (porque, por desgracia, mi telescopio no da para mucho más). Ese mundo donde lo grande parece pequeño, minúsculo, sin importancia…

Es fascinante que un cuerpo tan grande como la luna lo contemplemos como si fuese una canica. Cabe perfectamente en el objetivo de mi telescopio. Pero si nos fijamos con detenimiento, la luna está bombardeada por todas partes: tiene cráteres inmensos, algunos mayores que las ciudades más grandes de la Tierra. Cuando se encuentra en estado creciente o decreciente, las sombras se ven con más claridad. Te das cuenta de que es una esfera, un grandísimo cuerpo que gira alrededor de nuestro planeta, no se trata sólo de un punto en el cielo que aparece y desaparece. Si dejas pasar el tiempo, puedes ver cómo la luna, las estrellas, el Universo entero está en movimiento. Un movimiento que hace que las carreras de Fórmula 1 o los aviones a reacción sean un chiste en comparación con el movimiento del Cosmos. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa y, para nosotros, se presenta lenta, casi inmóvil, cuando se trata de todo lo contrario.

Lo más grande parece pequeño, pero basta acercarse a lo más grande para ver nuestra pequeñez: basta intentar seguir su ritmo para darnos cuenta de cuán poco podemos. Lo discreto, lo más grande, puede más que lo más pequeño y parece que lo que hace sea pequeño. Las estrellas son un ejemplo de ello: no podríamos vivir sin el Sol. Sin embargo, parece que el Sol, a muchos, sólo les preocupe para que en verano puedan lucir el bronceado… Pero ¿cuánta importancia tiene el Sol? Absoluta. Sin el Sol, apaga y vámonos, no hay nada que hacer. No podemos sustituir el Sol, ni siquiera podemos valorar, en su totalidad, qué importancia tiene el Sol para la vida en la Tierra. ¿Cuánta importancia tendrá, pues, nuestra Galaxia, las demás, el Universo entero? ¡Ah, nunca lo sabremos, parece tan pequeño ante nuestros ojos…!

Las estrellas que más llaman nuestra atención no están en el cielo, sino aquí, a ras de suelo. Juegan al fútbol, hacen películas, dirigen los países y ganan mucho dinero. Lo más triste es que, en realidad, no tienen ninguna importancia para nuestra vida, pero hacen más ruido que las estrellas de verdad. Esas estrellas agotan su vida. Muchas se la quitan o hacen que otros arruinen la suya, no son como las estrellas de verdad. Las personas jugamos a ser estrellas. ¿Cuántas lo consiguen en realidad? ¿Cuántas personas son estrellas, es decir, cuántas aportan, de verdad, a la vida? ¿Quiénes son nuestras estrellas?

Las estrellas de verdad pasan desapercibidas. Hacen que nuestra vida esté llena de riquezas y nosotros, yo más que nadie, no vemos todo lo que nos dan. Seguramente están a mi lado, a nuestro lado. Son esas personas grandes como soles, como estrellas, que nos dan calor, que llenan nuestras vidas y que estamos acostumbrados a verlas cada mañana, cada noche. Hacen que la vida entre en movimiento, sin que se note. Viven con nosotros, son nuestros padres, abuelos, un amigo, una amiga (o muchos); puede ser ese profesor que te corrige cuando te equivocas, tu hermano cuando te gasta una broma pesada o tu hermana cuando no te deja ver lo que tú quieres en la tele. Pero, como las estrellas del cielo, hace falta pararse un momento, subir a la azotea, acercarse un poco al cielo que nos ofrecen y mirar por el telescopio para ver, con asombro, que estamos rodeados de cosas grandes, de estrellas inmensas que parecen pequeñas…

martes, 22 de noviembre de 2011

Los que no sabemos leer



Nota: Nadie me ha insultado. He escrito esto deportivamente, sólo por gusto. Se me ha ocurrido y me ha hecho gracia escribirlo. Es pura diversión...


La lectura y la escritura van unidas. Un buen escritor es, generalmente, un gran lector. Pero no todos los lectores llegan a ser escritores. Yo no soy buen lector, porque no sé leer. Quizá por ello tampoco sé escribir.

Me han dicho en más de una ocasión que escribo mal. Dicen que no se me entiende, que intento hacer juegos de palabras para expresar ideas que no tienen ningún sentido. Lo cierto es que tienen razón: no sé escribir. No sé escribir porque me cuesta entender las cosas que leo. Cuando me expreso me pasa lo mismo: expreso cosas que probablemente no entiendo. O puede que eso es lo que me dicen. Porque la pregunta puede que no vaya referida a quien escribe, sino a quien lee lo que se ha escrito. El problema puede que no lo tenga el escritor que ha escrito una cosa difícil de escribir, sino que lo tiene el que ha leído algo que era difícil de escribir. Por ello no lo entiende. Entonces, ¿quién no sabe a fin de cuentas, el lector o el escritor? Los dos a la vez.

Cuando alguien critica alguna cosa, cree que sabe algo sobre aquello que critica. Cuando criticamos una obra de arte, seguramente le estamos diciendo al artista que nosotros somos más artistas que él. De la misma manera, cuando criticamos una reflexión escrita, estamos diciéndole al escritor que sabemos pensar, leer y escribir mejor que él. Esto no lo niego para mí, porque soy un lector y un escritor pésimo, y dudo mucho que haya pensado algo alguna vez. Pero cuando se critica algo porque no se entiende, el juego cambia bastante. Cuando un lector, un buen lector, no entiende algo que ha leído, tiene dos opciones: a) sentir insultada su inteligencia y decir que el que ha escrito eso no sabe escribir; b) intrigarse y preguntarse si cabe la posibilidad de que él no tenga ni idea de aquello que ha leído.

Esto me ha pasado a mí en más de una ocasión. Sea lector o escritor, no entiendo muchas veces aquello que leo y no se me entiende cuando escribo. Puede que sea por mi manera de pensar, si es que pienso… Digamos que imito. Imito a gente que sí que ha escrito cosas difíciles de escribir y de pensar. Por eso no sé ni escribir ni pensar. Si no se me entiende cuando escribo, lo que me gustaría pedir es que no me insultaran. Me conformaría con que me dijeran educadamente que soy un inepto en las letras. Lo digo de verdad. Pero no me gusta que me insulten porque alguien que me lee se sienta insultado. Yo no insulto a nadie. El problema es que no insulta quien puede, sino quien quiere. Quien quiera sentirse insultado, puede sentirse insultado, pero no piense que porque quiere sentirse insultado, han intentando insultarle…

Me conformo con que me recuerden mis pocas facultades de escritura y reflexión, pero no que me insulten porque se sienten insultados al leerme. Quizá el que se insulta es uno mismo al darse cuenta de que en realidad es él, el que lee creyendo que sabe leer, el que es insultante cuando cae en la cuenta de que no sabe leer y mucho menos reflexionar… Pero bueno, como yo ya me he incluido en el grupo de los que no saben leer, me excluyo por completo del grupo de los que saben insultar escribiendo… ¡Soy de los que no sabemos leer!

jueves, 17 de noviembre de 2011

La madre de Hobbes

Los filósofos modernos tienen una manera especial para fundar la sociedad. Me imagino que la mayoría de nosotros habremos escuchado frases de Hobbes o de Rousseau. En ellas se nos dice de modo lapidario que el hombre es mejor que esté solo. Tiene que estar solo para que se le pueda controlar o, también, para que no se corrompa cuando entra en contacto con la sociedad. Estos son los fundamentos de la sociedad moderna y contemporánea, las ideas base de nuestra democracia…

Lo primero que se deduce de planteamientos así es la sospecha. La sospecha es la actitud primordial de la sociedad democrática. No somos buenos o no podemos llegar a serlo. Somos, digámoslo de algún modo, unos miserables que nos necesitamos unos a otros para enriquecernos, pero cuando el otro sujeto o individuo no nos sirve, se acaba el vínculo social… Se trata de un contrato económico o de un pacto de no agresión. Pero es un contrato en el que nos cubrimos las espaldas, en las que los otros son peligrosos para mí y sé que yo soy peligroso para los otros.

Parémonos en Hobbes. Su frase es muy famosa: HOMO HOMINI LUPUS (el hombre es un lobo para el hombre). Es una sentencia llena de terror. Vemos a los otros como enemigos. Es fácil darse cuenta de cómo los genocidios están vinculados a este concepto del ser humano. Cuando un pueblo estorba mis intenciones, no es un compañero, mucho menos un adversario, es un objetivo que quitar de en medio. El mismo símil se puede hacer con una empresa, un banco, un compañero de trabajo… Cuando pienso en filósofos que dicen cosas así de nosotros (porque nos definen a nosotros, a ti y a mí), me gustaría ver cómo trataban con sus madres. ¿Estos filósofos no recibieron cariño de sus madres? ¿No sabían lo que era estar en deuda con otras personas? Los padres son un ejemplo de una deuda y un favor que no se puede devolver. Se les debe mucho en realidad, aunque hayan sido buenos o malos padres. Hobbes tendrá que perdonarme, pero creo que se ha olvidado de una etapa esencial en la vida humana. Probablemente, el primer rostro que reconocemos en nuestra vida no es el nuestro, sino el de nuestra madre. Recordamos su sonrisa, sus caricias, los momentos en los que consolaba el llanto (todo esto, claro está, queda en la conciencia, no en el recuerdo)… ¡Qué importantes son las madres, los padres!

Ahora veamos a Rousseau. Este filósofo dijo: El hombre nace libre, pero por todas partes se encuentra encadenado. ¿Es esta una frase de confianza? ¿Es esta la frase de un demócrata? Está llena de ironía. Es una manera de decir, con sutilidad, lo mismo que Hobbes: la sociedad es un límite para mi libertad; los demás son mis contrincantes en el duelo de la vida (Rousseau era un hombre problemático, siempre acababa retando a duelos). Vuelve a establecer la desconfianza como base de la sociedad. Para colmo, es el comienzo de su libro, Du contract social. La base de la sociedad es la lucha de los contrarios. Por ello hay que ponerle freno mediante un contrato que los mantenga contentos a todos. Pero… ¿qué pasa cuando el contrato no gusta? ¿Qué pasa cuando el contrato no resulta como esperábamos? ¿Todos están incluidos en el contrato, todos lo conocen de igual manera? Tal vez ocurra lo que dijo Napoleón, el cerdo del libro de George Orwell: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. Aquí ya tenemos los ingredientes perfectos para definir una lucha de clases, un conflicto de intereses insoluble, una revolución social…

¿Es esto lo que queremos? ¿La sociedad va a ser siempre un caldo de cultivo de conflictos y revoluciones? Si soy sincero, las revoluciones me dan pena. Las revoluciones no cambian nada, la mayoría de ellas dejan las cosas peor que como estaban. Sobre todo cuando son violentas. La violencia no soluciona nada. Es un fracaso humano. Cuando dicen que la especie humana es la única que puede destruirse a sí misma, el corazón me da un vuelco. Me dan ganas de gritar que eso es falso, porque eso es así cuando queremos que ocurra. Habría que ver con detenimiento cuántos se benefician de los conflictos y cuántos pierden. Los que se benefician son más culpables que los que entran en conflicto. Puede que un banquero en un paraíso fiscal sea más culpable que un soldado que tira a una granada y mata por accidente civiles inocentes. La violencia económica es más cruel que la bélica en muchos casos…

¿Cómo vamos a solucionar esto? Hemos visto que hay un problema de base: la sospecha, la desconfianza en la sociedad. Todo está previsto para que haya conflictos y no haya verdadero entendimiento. ¿Es la desconfianza la base de la sociedad? No, en modo alguno. ¿Dónde empieza la sociedad? La sociedad empieza en una mirada. En una sonrisa. La Madre Teresa de Calcuta decía que la paz comienza con tu sonrisa. La sonrisa es señal de confianza, de alegría, de verdadero vínculo. Es más económica de lo que parece. Muchos enfados se solucionan con una sonrisa. Puede que a Rousseau y a Hobbes no les sonrieran lo suficiente en sus vidas. La sonrisa no es una tontería, Leonardo Polo dice que se puede hacer una “metafísica de la sonrisa”.

La democracia comienza en la familia. No hablo de la democracia de la igualdad de condiciones. Lo que genera verdadera democracia es el vínculo del cariño, la dependencia de unos y otros. La persona nunca está en igualdad de condiciones, las personas siempre estamos en deuda con nuestros padres, nuestros amigos… La igualdad se genera en la generosidad, en la capacidad de dar al otro lo que le corresponde y, luego, en la capacidad de darle “de más”, porque nosotros queremos. Esto se ve claramente en una familia: esté unida o rota, la familia es escuela de ciudadanía.

Sólo hay sociedad si hay confianza, sólo hay sociedad si hay comprensión, sólo continúa la sociedad si también hay perdón… El perdón es lo que nos hace más humanos, lo que más nos diferencia de los animales. Un animal no perdona. La persona es capaz de perdonar, pero es muy difícil ver en el otro a una persona si no le perdonamos, si le consideramos un lobo, si vemos que es la cadena que nos ata y no nos deja vivir. Cuando en realidad se trata de todo lo contrario: el hombre es un necesitado del hombre, y con el otro vive la libertad.

martes, 15 de noviembre de 2011

La muerte de Dios

“Dios ha muerto”, dijo Nietzsche. No sin razón el filósofo alemán proclamó el acontecimiento más importante de la Historia: la muerte de Dios es un hecho inaudito para cualquiera que considere su existencia como necesaria, como un ser absoluto del que no podemos prescindir. Nietzsche era un gran amante de la vida, pero la muerte fue siempre su gran enemiga. Pues la muerte es la mayor de las injusticias, el fin radical de todo ser vivo. La muerte de Dios abre, así, el camino para una vida nueva, eterna, como diría Nietzsche. La eternidad es inmolada en pro de otra eternidad, una nueva eternidad que nunca se ha visto antes pero que siempre es igual para el alemán…

Nietzsche comprendió que el único ser que puede proclamar la vida tras la muerte de Dios es el mismo hombre. El hombre es la expresión máxima de la vida, de la libertad, del arte… Nietzsche, sin lugar a dudas, comprendió perfectamente a Cristo. Esa es la razón por la que se revolvía al pensar en la muerte de la eternidad, en la muerte de la vida, en la muerte de Dios. Porque ese hombre, Cristo, había hecho algo verdaderamente nuevo, artístico: Dios se había hecho hombre y, además, había muerto en la cruz condenado por los hombres. Y Nietzsche, siendo fiel a los griegos, a los dioses griegos, que nunca llegaban a morir por los hombres, se negó en absoluto a aceptar este hecho.

Si Dios había muerto, su muerte era eterna. La única vida que quedaba era la del hombre. El hombre vivía aún tras la muerte del ser absoluto. Sin embargo, no era ese hecho lo único que había deshonrado a Dios, para Nietzsche lo verdaderamente horroroso es la resurrección de Dios… La resurrección ponía en entre dicho la vida que proclamaba Nietzsche: una vida eterna en su finitud, en el extremo mismo del ahora, como un cometa se agota luchando por avanzar, a pesar del rozamiento que se le impone… y que recomienza siempre cuando acaba. La vida de un mortal que desafía a la misma muerte.

La resurrección es abominable para un Dios. Pues del mismo Dios no se puede predicar la muerte y menos aún su resurrección. Pero Cristo afirmaba esa contradicción en el concepto de Dios. No sólo lo negaba, Cristo transmutaba el concepto mismo de Dios. Los griegos concebían la finitud como una degradación de la eternidad. La eternidad, asimismo, nunca podía entrar en contacto con lo finito. Acaso podía iluminarlo desde su posición absoluta, pero no tomar la finitud como algo propio de la eternidad. Nietzsche habría estado de acuerdo, incluso, con Platón en este punto, y con él habría dicho que a lo sumo había participación en el ser, y el Uno, el Bien, permanecía inmaculado, siempre, en su eternidad. Por esa razón, el cristianismo había aniquilado el mundo clásico predicando a Cristo. En el sentido de la independencia del ser absoluto respecto del ser finito: la Encarnación del Verbo eterno da una nueva imagen de Dios.

La imagen de Dios era inexistente hasta Jesucristo. Dios era manifestación de la eternidad sin que se pudiese verlo. Nos había dado nombres propios, como Yahvé, Palabra, el Dios de Isaac o el Dios de Moisés, entre otros. Pero Dios nunca se había manifestado realmente, de una manera palpable. Por primera vez en la Historia, Dios tenía rostro, Dios nos miraba a los ojos cara a cara. Podíamos ver la sonrisa de Dios, sus lágrimas, lo veíamos cansado en una barca mientras sus discípulos temían la tormenta… Dios era hombre. ¡Este suceso es totalmente nuevo! Un griego habría arqueado las cejas con escepticismo al escuchar algo así.

Además de este suceso, que ya cambia por completo al mismo Dios, había otro: Dios muere en la cruz y, luego, resucita. Aquí es donde podemos entender que Cristo diga que hace nuevas todas las cosas: Dios es el ser eterno (absoluto) e inabarcable que marca el Todo de la eternidad y que define todo ser finito; ese Todo que es Dios y que no cambiaba en su eternidad ha cambiado al hacerse hombre; ese Dios inmortal había muerto; la eternidad se había suspendido con la muerte de Dios, todo, realmente Todo, había acabado; la muerte de la eternidad marca la vida nueva, absoluta y eterna, con la resurrección de Dios. ¡Cristo ha hecho nuevo al mismo Dios, no sólo a los seres finitos! Ha ocurrido algo en la eternidad, la eternidad tiene historia y ha asumido la historia como suya… Realmente, el tiempo, el mundo, todo es nuevo porque el Todo ya es nuevo.

Nietzsche podía enfadarse al contemplar una representación así de Dios y de la vida. Cristo había cambiado todo, Cristo era el verdadero artista, “el único” en el sentido romántico de la palabra. Ese hebreo, ese hombre había hecho que Dios cambiara. Ese Dios era, para Nietzsche, un pusilánime que se había entregado a la muerte. Un Dios débil, mancillado por el hombre. Un Dios que no era Dios. Por ello, era más dios quien había matado a Dios: el hombre, el superhombre…, aquel que se enfrenta a la muerte matando la eternidad y toda oportunidad de vida después de la muerte. Ese hombre era más que Dios, podía prescindir de Él: no necesitaba la resurrección para vivir.

¿Es esto así? ¿Dios es un pusilánime? ¿Dios muere en vano a manos del hombre? La última pregunta deja en suspenso la tesis de Nietzsche. Si Dios realmente lo ha cambiado todo, hasta a sí mismo, Nietzsche no tiene nada que hacer. ¡Es esto lo que más le desespera! ¡Dios es nuevo, todo es nuevo, hasta el ser humano es nuevo! Un luterano como Nietzsche se entristecería al ver que la fe en Cristo es algo más que simple fe en que es Dios: Cristo supone una perspectiva aún mayor, pues la fe engendra esperanza y caridad. La fe te hace como Cristo, te hace Cristo mismo…, cambia la vida ¡ahora! Y Cristo representa al Dios que muere, al Dios que ama sin que comprendamos su amor incondicional, su misericordia… No es el Dios poderoso e imperativo al que aspira Nietzsche con el superhombre, es el Dios Amor: el Resucitado.

Lo que más aterra al filósofo alemán es que la eternidad, la inmortalidad, suponga amor, porque ese amor cristiano contradice el imperio, el poder, de los dioses inmortales griegos. Ciertamente, “Dios ha muerto”, pero su muerte es la vida, la eternidad del amor, que nunca muere en verdad… Y no muere porque el amor es “con”. El amor dice que Dios no está solo ni nos deja solos, el amor dice que Dios es más poderoso que el imperio del poder: el amor es capaz de hacer que lo más grande se haga pequeño, que el Todo se haga una parte de lo finito para salvarlo. Cristo es el Dios que no está solo, el que acompaña al hombre sufriente en su dolor. Algo que la poesía de la vida de Nietzsche quiere eliminar de raíz… Nietzsche diría convencido: “si Dios ha muerto, yo soy Dios: sólo yo sigo vivo”. Pero Dios ha resucitado, Cristo vive, y esto Nietzsche ahora no puede negarlo si es verdad…

domingo, 13 de noviembre de 2011

La exclusividad de la verdad

El pasado jueves, después de un seminario de filosofía moral, los compañeros y compañeras de primero de filosofía nos fuimos al bar a tomar unas cervezas. Allí tuve la oportunidad de mantener una conversación, que me pareció interesantísima, con unas compañeras. Puedo decir a su favor que me considero un privilegiado por ser su compañero… En primer lugar porque ellas hacen que la carrera de filosofía sea más interesante; en segundo porque mi clase es en su mayoría masculina, y eso para mí supone una gran pérdida…

La conversación que mantuvimos fue edificante, moral, elevada, ¡sublime!, como diría un romántico. Me recordó un poco a Kierkegaard, que también fue un gran tabernero y sabía cómo ganar la atención de todo el mundo, a pesar de que era jorobado y no tenía buen parecido para las mujeres. La conversación fue así:

“Después de haber hablado de varios temas sin importancia, mi corazón se llenó de sinceridad al mirar bien los ojos de mis compañeras…

RAFA (YO): Si os digo que estoy enamorado de vosotras, ¿me creéis?
CHICA 1: ¿Cómo, de nosotras dos? ¡No, eso no puede ser!
RAFA (YO): Pues sí, sí que puede ser, porque estoy enamorado de las dos, os lo aseguro…
CHICA 2: No me lo creo, eso es imposible. Sólo te puedes enamorar de verdad de una. Si no es así, no estás enamorado.
RAFA (YO): Os lo aseguro, estoy enamorado de las dos…
CHICA 1: ¿Cómo es eso posible? Sólo puedes tener sentimientos de verdad para una.
RAFA (YO): Es que tengo un corazón muy grande, ¿sabes?, y necesito querer a muchas mujeres. Si no, no podré querer de verdad…
CHICA 2: ¿Cómo? ¡Mira este qué espabilado! No, chaval, de eso nada…
CHICA 1: Sí, es verdad, eso no puede ser. Tienes que elegir una.
RAFA (YO): No puedo, lo siento, eso es muy cruel…
CHICA 1: Vale, pues al menos tienes que elegir algo de cada una con lo que te quieres quedar.
CHICA 2: Sí, eso, elige algo de cada una, me parece bien.
RAFA (YO): Pues… Ay, no sé, ¿de verdad tengo que hacerlo?
CHICA 1 y CHICA 2: ¡Sí!
RAFA (YO): Si me obligáis, vale, tendré que elegir… ¡Me quedo con vuestros corazones!
CHICA 1: ¡Qué tío!
CHICA 2: Eso no vale, macho…
RAFA (YO): Ya he elegido, lo siento…

La conversación siguió, me hicieron cambiar de elección. Al final tuve que elegir sus cabellos, pues una es rubia y otra morena. De ahí sacaron la conclusión de que a mí me gustan las mujeres castañas… Pero la conversación no llegó más lejos, porque tenía que irme en pocos minutos a cuidar de mi hermano pequeño…”.

La filosofía se enriquece con las cosas cotidianas, saca conclusiones de sucesos sin importancia. Y como soy un filosofador, esta conversación me sirvió para pensar qué es la verdad. Me gustó ver cómo mis compañeras se empeñaban en que tenía que elegir a una de ellas. También cómo, al ver que yo no me decidía, me daban una oportunidad al quedarme con un aspecto de cada una. Pero esto, sin lugar a dudas, era una farsa. Creo que intentaban ponerme contra las cuerdas. Ya que, si hubiese elegido un aspecto que favoreciera más a una que a otra, me habría delatado…

Con la verdad pasa algo parecido. Es una amante celosa, es exclusiva. Sólo podemos estar con ella o con nadie; si no es así, no podemos contar con ella, nos quedamos solos… Tenemos que entregarnos a ella por completo. No caben las miradas furtivas que se escabullan de su encanto. La verdad lo abarca todo o no abarca nada. Y eso es lo que más me gusta de ella: es posesiva y apasionada, pero se mantiene discreta y silenciosa; no se entrega con facilidad ni se deja ver por cualquiera. Hay que ganarse el mérito de tratar con la verdad, de ser su amigo y, más tarde, su amante…

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Indignados o inconformes?

Los indignados se han hecho famosos. Están por todas partes. Indignarse se ha convertido en una actitud de vanguardia en tiempos de crisis económica. Pueden amenazar con su indignidad a cualquier político, pontífice o economista. Y por ello ya tienen cierto poder.

El poder es peligroso. Sobre todo cuando no sabemos a quién pertenece. Cuando el poder es anónimo o general, como diría Rousseau, puede ser ejercido por todos y por nadie. A causa de ello nadie es responsable de sus actos y es el grupo o la masa lo que justifica los hechos. Así se afirma lo que decía Vico sobre la verdad: la verdad son los hechos. Es decir, una vez se ha hecho algo, eso ya es verdadero y no cabe cambiarlo.

Esta postura respecto a la verdad es revolucionaria. Es revolucionaria no porque sea nueva y lo cambie todo, sino porque es típica de los revolucionarios, que lo cambian todo sin que les importe nada: sólo quieren cambiar algo para sentir que hay algo nuevo, y lo nuevo, después, resulta que no es mejor que lo viejo… Lo que más se puede resaltar en la sentencia de Vico es “la posibilidad”. Si una cosa es posible, es verdadera. Si puedo hacer una cosa a pesar de que me lo impidan, es que eso que me impiden es verdadero, y por tanto me están privando de mi libertad.

Lo que resulta de este planteamiento es claro: lo establecido es un límite impuesto, no acordado, con el que me engañan para que me quede parado. Este pensamiento conlleva muchos problemas. El primero es que el principio de legalidad queda abolido por la fuerza propia de los hechos: si se puede actuar al margen de la ley o contra la ley, es que la ley es falsa. Pero ¿es esto cierto? ¿Realmente es lícito quitar algo si podemos hacerlo simplemente? El poder hacer es tentador, jugoso, pero, como decía antes, es ciego. Porque cuando actuamos “en masa” no se diferencian unos de otros, como una gran falange espartana que lo detiene todo y arrasa cualquier obstáculo que se ponga en su camino…

Por otra parte, el término “indignado” no me gusta. Ya que el “in-” es excluyente. La dignidad es propia de las personas, y junto a la dignidad está la libertad, sin que puedan separarse. Cuando no se tiene dignidad no se puede ser responsable de lo que se hace. Puedo encabritarme si nadie me doma o detiene y al final me convierto en un toro bravo. Para colmo, los toros son típicos de los ibéricos y el movimiento de los indignados ha empezado en España (¿hay alguna relación?). Bromas aparte, las personas, ontológicamente hablando, son dignas, son dignidad en sí mismas por ser personas. La dignidad y la libertad humanas no son una concesión de ningún Estado o sociedad, sino un reconocimiento de algo que es propio. ¡Nadie puede privarse de su dignidad ni de su libertad! Por eso no me gusta el término “indignado”, porque es claudicar ante el Estado, darle un poder que no tiene: darnos dignidad o libertad.

Para protestar me gusta más que me califiquen de “inconforme”. El inconforme manifiesta una rebeldía con nombre y apellidos. Dice quién es. La conformidad o inconformidad es, además, moderada. Porque se está inconforme con algunas cosas, posturas o pensamientos sin que, por ello, quieras excluir algo en bloque. Respeta y es respetado, a pesar de que le hagan injusticias. El inconforme es bastante socrático. Quizá Sócrates sea un ejemplo para cualquier democracia, ya que la criticó, la amó y la respetó a la vez. Hasta aceptó la última voluntad de la democracia y fue condenado a muerte. Es decir, Sócrates fue fiel a la democracia a pesar de que no estaba siendo justa. Pero no calló ni una sola vez cuando vio que la democracia se estaba degenerando. ¡Qué difícil es la fidelidad en tiempos de crisis!

Hay que recordar en tiempos de crisis ese pensamiento socrático tan importante: más vale padecer una injusticia que cometerla. ¡Hay que conservar la dignidad, no podemos perderla! Si la crisis hace que cometamos injusticias, habremos sido protagonistas y cómplices en un delito gravísimo. Yo no quiero convertirme en un delincuente más en la crisis. ¡Prefiero evitarla, solucionarla, sin ser partícipe de la crisis! No estoy conforme con la crisis ni con muchas cosas. Soy un inconforme…

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA FILOSOFÍA Y NUESTRA GENTE

Los griegos definían la filosofía como el saber que se ocupa de todo lo que existe. Aristóteles decía que era el saber más universal, la ciencia o filosofía primera, debido a su importancia: al filósofo todo le parece interesante, nada se escapa a su atención si es valioso para la vida. Es posible que esa sea la razón por la que los filósofos son personas dispersas: la primera imagen que tenemos de la filosofía es la de Tales de Mileto, que cayó inesperadamente en un pozo mientras contemplaba las estrellas.

Las estrellas… ¡Qué mundo tan maravilloso! Lejanas, inmensas y, a la vez, parecen tan pequeñas… Los cuerpos más grandes del cosmos son minúsculos ante nuestros ojos. Eso es lo que más me fascina. De igual manera, las partículas más elementales se mueven a una velocidad tan rápida, que su movimiento hace que veamos el mundo parado, lento: su movimiento queda latente por la estabilidad del mundo. Todo se mueve, lo de arriba y lo de abajo. Ya dijo Heráclito que “todo fluye”. Pero lo más sorprendente es que se mantenga en el tiempo, que no perezca lo que existe, sino que a la corrupción sigue la generación, como diría Aristóteles.

El mérito de los griegos fue que descubrieron aquello que no pasa a pesar del tiempo. Los griegos se dieron cuenta de que lo intemporal también existía en comunión con lo temporal. De aquí nació el noús, el logos, el kosmós… Hay un orden invisible en el Universo existente que queda tras lo que aparece ante nuestros ojos. Una metafísica que hace que todo sea tal cual es. Esa comunión de tiempo y no-tiempo tan misteriosa, que, a pesar de todo, es objeto de nuestro conocimiento…

¿Cómo es posible que conozcamos lo intemporal? ¿Es una invención? ¿Un intento de anular el paso del tiempo? ¿La ilusión de unos niños que jugaban a ser pensadores? ¿No será que los pensadores se volvieron como niños? Seguiremos con los griegos, ya que son demasiado ricos como para dejarlos a un lado: dijeron que lo semejante se conoce por lo semejante. Platón lo ilustró muy bien cuando afirmó que la luz sólo puede ser vista por otra luz. Si nuestra mirada no iluminara a la vez, la luz del sol quedaría oculta; si nuestra mirada no fuera iluminada, todo quedaría a oscuras. Por eso cayeron en la cuenta de que en nosotros hay algo que rige, que no pasa tampoco: se trata del alma.

Los filósofos medievales recogieron muy bien este descubrimiento griego. Lo desarrollaron hasta concebir esa correspondencia entre dos inteligencias: la nuestra y la del Universo. El universo no nos es ajeno, sino que, como descubrieron los griegos, es semejante a nosotros: lo semejante se conoce por lo semejante. ¿En qué es semejante? Se trata de dos inteligencias que interactúan. Nuestra inteligencia, por ello, vive, crece, gracias a la del Universo, es medida por él, que siempre la supera. El Cosmos aparece ante nosotros como algo insuperable, que nos limita.

El Cosmos puede que aparezca con todo su señorío. Sin embargo, la fe de los filósofos medievales nos trajo algo de gran valor intelectual: la persona, concepto y realidad descubierta por la filiación divina. La persona es una fuente inagotable de temas filosóficos. Los medievales se dieron cuenta de uno: la persona es microcosmos. Cada persona es una realidad inmensa, tan grande como el Universo, que pasa desapercibida. ¿Nos hemos fijado en la importancia del mundo subatómico? Esas partículas puede que sean las más importantes del mundo físico y son las más discretas…

Hemos visto que el gran descubrimiento de los griegos es lo que pasa desapercibido. Lo inmenso siempre nos impresiona por su imponencia, pero lo pequeño debería asombrarnos por su discreción. Los filósofos, decíamos al principio, son personas dispersas, despistadas, aunque no se les escapa una… Porque darse cuenta de que la persona es un microcosmos es algo revolucionario. Muchos pasan por la vida sin darse cuenta de esto y, justo al final, cuando ya no queda tiempo, empiezan a valorar lo que era más importante: aquellos que le han acompañado a lo largo de la vida. El nacimiento de un niño es motivo de alegría para muchos, pero cuando se ve un funeral abarrotado de gente, tras la tristeza de los rostros se esconde la alegría de la vida del amigo que se ha ido…

Nadie llora la muerte de una estrella, nadie organiza una fiesta cuando un polluelo rompe el cascarón… Sólo añoramos lo que ya no va a volver, sólo nos alegramos cuando hay algo nuevo y único. Un hermano, un amigo tienen para nosotros el valor de todo lo que existe. Quizá lo más importante en la vida de un filósofo o en la vida de cualquiera sea descubrir a la persona. Pues descubrir a la persona que tienes a tu lado es, probablemente, el mayor descubrimiento de la historia, porque nadie más va a poder hacerlo.

Los griegos descubrieron el valor de las estrellas y de todo lo que no pasa. También descubrieron el valor de la amistad. El mismo Aristóteles habla de ella. Lo más lejano es importante, pero ¿qué valor tiene descubrirlo en realidad? Si no somos capaces de ver lo que nos es más cercano, es absurdo que veamos lo que está más alejado de nosotros… La sonrisa de mi hermano pequeño no la voy a encontrar en la luna llena, y estoy seguro que Aristóteles nunca podrá verla. Conocer y amar a la persona que tenemos al lado es el mayor reconocimiento de su importancia y su inmortalidad. Por eso, los mayores filósofos son los que aman a los suyos, nadie más podrá descubrirlos: nuestra gente es la auténtica filosofía.