sábado, 24 de diciembre de 2011

Belén, la cuna de los filósofos

Aristóteles ya nos dijo que todos los hombres desean, por naturaleza, saber. Como buen filósofo, cayó en la cuenta de que los hombres somos seres que viven del saber, del sentido que encontramos en el mundo, en nosotros, en el cielo… La bóveda celeste era una guía para todos los hombres.

La tarea de los filósofos en el mundo antiguo era, entre otras, la de descifrar las estrellas, comprender su luz y sus movimientos. El cielo nos asombra: las estrellas están tan bien ordenadas, cumplen tan bien su papel, que cuando aparece una nueva sabemos que significa algo nuevo. Por ello, me gusta pensar que Aristóteles pudo haberse preguntado alguna vez cuál era el sentido de esa estrella que acabó posándose en Belén cuando nació Jesús, si hubiese vivido en ese momento.

Las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso Platón decía que la verdad nos resulta siempre familiar cuando la conocemos por primera vez, parece que ya nos perteneciera antes. La personalidad de los filósofos es, por eso, tan ingenua e inocente: cuando ven algo, no pasan de largo, se paran a contemplarlo siempre como si fuera una primera vez, aunque lo hayan hecho mil veces. ¡Cuántas veces tantos filósofos habrían visto la estrella de Belén y se habrían preguntado qué decía! Pero, claro, todo llega a su tiempo, la verdad no se muestra toda de una vez, sino poco a poco, “suavesito”, como dirían en América. En Belén no nacía Jesús todos los años. Sólo unos pocos filósofos pudieron contemplarlo por primera vez. Estoy seguro de que Sócrates, Platón o Aristóteles habrían envidiado a tantos pastores, labradores y artesanos que pudieron contemplar a Jesús a pocos pasos de su casa, cuando aquellos grandes filósofos se contentaban con el cielo lejano, precioso, de la noche estrellada para tener una pobre imagen suya en sus pensamientos.

Pero Dios nos ha hecho un gran regalo, nos ha dado lo más precioso al alcance del corazón. Ese es el gran hallazgo de Belén: lo más bello es cercano, Dios mismo se hace hombre. Nace entre paja, pobremente, junto a aquellas criaturas suyas en el establo: ese buey y esa mula que, junto con la estrella del cielo, representan, para mí, a la Creación glorificando a la Madre y al Niño-Dios. A pesar de ser una imagen tan bonita, no olvidemos a nuestros filósofos, a los Reyes Magos.

Me imagino que los Reyes Magos eran reyes por la riqueza de su sabiduría y la autoridad de su pensamiento; también magos por su consejo y agudeza a la hora de tratar temas divinos y humanos, que tanto se escapan de nuestra vista cuando perdemos la sensibilidad para percibirlos y parecen, por eso, de otro mundo. Esos reyes, ¡esos magos!, que contemplaban las estrellas desde tantos puntos de la Tierra se dieron cuenta de que, ¡por fin!, las estrellas revelaban su secreto, esa estrella tan discreta y misteriosa les dijo cuál era la trayectoria de su órbita y el fin de su movimiento: era la estrella del Rey de reyes. El deseo de saber, que Aristóteles encontró en nuestra naturaleza, era revelado por la misma naturaleza: la naturaleza reveló cuál era el culmen de la sabiduría, dónde nacía el “Filósofo de los filósofos”, y los llevó hasta ese pesebre de Belén.

Los filósofos que visitaron Belén se encontraron con una respuesta que no esperaban. La estrella les llevó hasta un niño. Imagino que en sus equipajes llevarían libros eruditos de la época, en los que se explicaban grandes teorías y cuestiones que habían contemplado con sus pensamientos. Lo que contemplaron en Belén era muy diferente: una mujer joven y hermosa sostenía a un niño entre sus brazos, que dormía a gusto después de haberse alimentado de su pecho. Supongo que nunca habrían pensado que el secreto de las estrellas, el secreto del saber de Dios, era un niño al que cuidaba una mujer adolescente, de mirada cristalina y sonrisa discreta. No dudo que al contemplar algo así, le preguntaron a José qué significaba eso, y él, mirando a los filósofos con cariño, hizo un gesto con su mano señalando a María. La conversación que mantuvieron fue sencilla, casi infantil, y los filósofos escucharon a María con atención.

Puede que en el portal de Belén se diese la primera clase de Filosofía de la Historia. María fue la primera filósofa que enseñó la sabiduría del corazón: su sonrisa y su mirada revelaron que Dios es el Dios del corazón, que Jesús es el Rey de los corazones y que Él nos ha regalado lo que nos es más íntimo, que el tesoro más alto y profundo lo tenemos dentro de nosotros. Por ello entregaron los filósofos sus riquezas, esas riquezas que traían de países lejanos (¡Egipto, Grecia, China, India!) y que se mencionan en el Evangelio: oro, incienso y mirra. Esos filósofos entregaron todo lo que tenían a una familia pobre de Belén y se fueron con las riquezas del corazón, que son más que las que podemos recoger con nuestras manos.

¡Cuánto habrían entregado Sócrates, Platón, Aristóteles, Confucio o Buda si hubiesen estado en Belén! ¡Cómo habrían escuchado a esa mujer joven y humilde, que conocía aquello que habían añorado durante toda su vida! Decía antes que las cosas bellas pertenecen a las almas bellas, por eso los filósofos, los Reyes Magos, que no tenían noticia de Jesús, del Mesías, lo encontraron. El Libro de la Naturaleza guía nuestros pensamientos hacia Aquel que lo ha escrito. Pero cuando encontramos a su Autor en un portal en manos de su Madre, caemos en la cuenta de lo poco que sabemos, dejamos a un lado nuestras elucubraciones para ponernos en las manos de María y para que nos susurre, como a su Hijo, los sentimientos de amor de Dios-Padre: Belén es la cuna de los filósofos.








¡FELIZ NAVIDAD!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Reseña: El pensamiento de Leonardo Polo, de Rafael Corazón

Hace unos días terminé de leer un ensayo sobre Leonardo Polo: El pensamiento de Leonardo Polo. Es un libro breve y denso: breve porque la filosofía de Polo es inmensa; denso porque en pocas páginas habla de temas fundamentales en filosofía. Es fácil de leer, pero hay que estar al tanto de los meollos filosóficos para coger el hilo de su exposición. Cuando habla de Antropología, de Teoría del Conocimiento o de Metafísica puede ser pesado si no se han leído otras cosas al respecto.

Si lo he entendido bien, creo que intenta exponer, más que nada, la riqueza del método filosófico propuesto por Leonardo Polo: el abandono del límite mental. El pensamiento de este filósofo no se podría entender sin su método, y lo que Rafael Corazón expone son algunos esbozos de los descubrimientos que ha hecho Polo con el método. Cuando habla de la libertad del hombre con tanto optimismo, del futuro de la filosofía, de la capacidad de amar que nos es propia y que nos descubre hacia los demás, está diciendo cosas evidentes, sin embargo dificilísimas de alcanzar con el pensamiento si no se abandona el límite.

Pero no hay que olvidar que el método es una propuesta: Polo no busca la exclusividad del pensamiento ni ser original como filósofo: su filosofía no es una gran refutación de las otras, es un diálogo profundo con todos los filósofos a la luz de su descubrimiento filosófico. Polo no nos dice lo que hay que pensar, sino que nos muestra lo que ha pensado él, es como un capitán de barco que nos cuenta todas las batallitas de sus viajes. Y, después, cada uno de nosotros decide qué hacer con su método. Parece que Polo nos incite a comenzar una aventura. Así, con el atractivo propio de la libertad, nos invita a atrevernos a ser libres, a pensar por nosotros mismos y descubrir las grandezas que él ha descubierto: la inagotable riqueza de la verdad.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Revisemos Europa

Europa es un continente que, desde el final de la Edad Media, está en continuo cambio cultural. Las iniciativas del Renacimiento por recuperar la cultura grecolatina fueron un gran avance, pues se revivió la cultura clásica con las aportaciones del cristianismo. Europa recuperó lo que era suyo, por decirlo de alguna manera. La recuperación de lo clásico trajo nuevos frutos para la cultura europea e iniciativas que hasta ese momento no se habían tenido. El humanismo cristiano de tantos intelectuales y artistas devolvió el aliento a una Europa cansada del medioevo. Así, el hombre se descubrió a sí mismo, los europeos descubrieron el valor del hombre, y se intentó proclamarlo por los cinco continentes.

El humanismo cristiano fue desarrollándose, pero las luchas religiosas hicieron que, poco a poco, la imagen de Dios en el hombre se difuminara. Dios fue perdiendo protagonismo para el hombre, el hombre se fue viendo solo, sin necesidad de Dios. Puede que el hombre aún no estuviera preparado para hablar de Dios. Puede que, al descubrir de nuevo sus propias riquezas, Dios fuera un tema demasiado grande y se lo tratara como un tema pequeño. Dios se convirtió en algo particular, en una imagen que se crea el hombre por su cuenta, para poder vivir tranquilo, sin necesidad de comparar una imagen de Dios con la otra. De esta manera, el humanismo cristiano pasó a mero humanismo: la armonía de Dios y el hombre fue sustituida por la armonía entre los hombres: el hombre era, en verdad, la medida de todas las cosas.

El hombre, pues, había alcanzado su mayoría de edad. La armonía entre fe y razón fue sustituida por una confianza plena en la razón natural del hombre. Una razón natural que casi sobrepasaba lo sobrenatural: la razón podía precisar qué era Dios, cómo era Dios y de qué manera había que pensarlo para que fuese, realmente, universal. Dios pasaba a un segundo plano, como un problema solucionado y que se podía dejar en el cajón de la mesilla de noche. Ahora le tocaba al hombre definirse…

Definir al ser humano es, posiblemente, una de las tareas más apasionantes y problemáticas que han intentado los europeos. Pero todos los problemas que ha generado ese intento han aportado gran cantidad de avances. Hemos descubierto el valor de la libertad, el de la sociedad, el del Estado. Las artes se han desarrollado a un ritmo vertiginoso, el mundo es, ahora, pequeño, pues hemos conseguido conectar todas las culturas. Hemos generado guerras mundiales y, al mismo tiempo, hemos sabido acabar con ellas. Las grandes paces han dado nuevas oportunidades al mundo entero. Los europeos encontramos oportunidades cuando surgen problemas. Somos los grandes solucionadores problemas.

Al intentar definir al ser humano hemos generado grandes problemas, ya que hemos visto, al final, que no sabemos qué define en realidad al ser humano. Pero hemos visto con claridad que sabemos enfrentarnos a cualquier circunstancia. Y eso es una gran definición del ser humano. Pues, ante todo, la colaboración ha sido el gran avance de Europa. Los europeos hemos encontrado el mayor tesoro de la Historia: la persona. La persona nos asusta, porque nos da miedo encuadrarla y quitarle la libertad, o, también, nos da miedo darle demasiada libertad.

Europa se encuentra ahora con el mismo problema que antes. ¿La libertad no tiene medida o la libertad hay que someterla a un absoluto control…? Ese es el gran tema de la crisis económica, si se me permite hacer una reducción así. ¿Qué le ha pasado al hombre? El hombre no se encuentra a sí mismo. Al no encontrarse, la persona no se comporta como una persona. No colabora con las otras, es egoísta. Así anula lo que más le define. La persona se define como colaborante, lo más característico de la persona es encontrarse con las otras. Es decir, la persona se conoce con las otras personas y vive con ellas. No puede estar sola. La crisis está poniendo en claro estos aspectos de la persona: basta aislarse para generar grandes problemas, basta no tener nada, ser pobre, para ver cómo nos necesitamos unos a otros. ¿Qué vamos a solucionar ahora, de nuevo, los europeos?

Los europeos necesitamos vernos de nuevo. La revisión que se hizo en el Renacimiento es, otra vez, necesaria. El Renacimiento, con su inspiración cristiana, acabó viendo que Dios era un problema. Pero, hoy en día, vemos que el problema es el hombre. Pues el hombre no se ve como una persona, sino como un dios, un dios autosuficiente. ¿Pero es autosuficiente, son los hombres “como dioses”, como esa promesa que hizo la serpiente a Adán y Eva? Es evidente que no. El hombre no puede ser autosuficiente. El hombre no es Dios. Y, de nuevo, surge la pregunta por Dios. Pero esa pregunta no debe darnos miedo. El hombre ha perdido su confianza, ese impulso ciego en sí mismo que le llevó a prescindir de Dios. Dios es algo más que un concepto. Dios es más que una imagen creada por nosotros. Dios no es nuestro, sino de todos. No es un tema privado, es el tema más público de todos. Pues Dios es aquel donde podemos mirarnos todos, donde encontramos nuestra identidad. La pregunta por el hombre es la pregunta por Dios. Y cuando la pregunta por el hombre nos lleva a la persona, cuando vemos que somos personas y que dependemos unos de otros, Dios salta a la vista, de nuevo, como algo universal. Europa necesita revisarse, como hizo en el Renacimiento, para ver dónde estaba su Dios. En el Renacimiento revisó qué tenía de Grecia, de Roma. En el siglo XXI necesita ver qué tiene de Cristo.

Jesucristo es un hombre revolucionario. Es un Dios que sabemos que conoce todas las jugadas en ajedrez, pone en juego tanto la fe como la razón. Por eso nos intimida pensar que Dios es más humano de lo que parece, porque si Dios es humano, le corresponde a Dios decirnos quiénes somos. Dios es capaz de hacernos un jaque y mate rápidamente si jugamos con él. Pero resulta que Dios nos enseña a jugar bien al ajedrez cuando jugamos con él. Dios nos enseña lo que es ser persona. Nos lo enseña dándonos a conocer a Cristo. Cristo es la armonía entre Dios y el hombre, y no los confunde. ¿Hay mejor solución al problema que han venido planteando los europeos hasta ahora? Cristo libera al hombre, el hombre es libre con Cristo…

Europa necesita recuperar lo que es suyo. Europa sigue siendo renacentista. Recuperó al hombre, ahora tiene que recuperar a Dios. Dios es el tema latente de Europa. Preguntar por el hombre es preguntar por Dios, decía antes. El gran intento de Europa es responder a la pregunta por Dios y el hombre. Seguimos siendo el futuro de las culturas. Si Europa cae en la cuenta de su importancia cultural, si se da cuenta de que el núcleo de las culturas se encuentra en sus raíces, en su profundo conocimiento del ser humano y de Dios, seguirá teniendo el protagonismo que ha tenido hasta ahora en la Historia. Si Europa descubre de nuevo a Dios, si muestra la humanidad de Dios, el humanismo cristiano volverá a ser el eje del desarrollo humano.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Los filósofos agradables

Esta semana me he encontrado en situaciones filosóficas muy distintas. Totalmente contrarias. Una situación era muy agradable: he mantenido conversaciones filosóficas encantadoras, en las que las risas, los pensamientos profundos y las miradas comprensivas con los que hablaba iban entrelazadas, que son las que a mí me gustan. La situación desagradable ha sido, cómo no, des-agradable: caras serias, comentarios secos, pensamientos retorcidos y afirmaciones radicales contra la filosofía; me decían lo de siempre (que la filosofía no sirve para nada, el mayor mal de la historia, bla, bla, bla, cosas que ya sé).

No me gusta nada que se metan con la filosofía. Sobre todo porque no tengo ganas de dejar a nadie mal en público. Soy una persona relajada, tranquila y me gusta el chiste rápido y espontáneo para que la gente disfrute del momento. Y eso lo hago con la filosofía. Pero cuando se habla mal de la filosofía, no se puede hacer filosofía. Si lo primero que se hace es tachar a la otra persona… ¿puede uno pasárselo bien? ¡Es una situación incómoda! Ya que lo que pretende el que hace una afirmación de ese calado es dejar mal al filósofo y tener él la razón. ¡Y eso no es filosofía! Los filósofos no buscamos tener la razón, buscamos razones para razonar y encontrar la verdad. Si la razón empieza con una negación rotunda, con una descalificación, quien hace eso tiene un problema: si después resulta que la filosofía es el saber más alto y él ha dicho que era el más bajo, demuestra con sus palabras que es un ignorante en el asunto que trata. Por eso, cuando se meten con la filosofía, lo mejor es callarse, dejar que el otro se vaya por los cerros de Úbeda y que se le pasen las ganas de discutir. Filosofar no es discutir.

Sócrates es el mejor ejemplo de filósofo. Era una persona que sabía preguntar, mantener una conversación, dejar hablar al otro para exponer sus razones y, además, sabía suscitar la verdad en el otro sin que él tuviese que exponerla. Es lo que ahora se llama “método socrático”, concepto que no me gusta nada, porque Sócrates no es un filósofo moderno, tenía más sentido común que los modernos. Sócrates veía la filosofía como una forma de vida, como una manera de conocer la vida. No se trata de ser un charlatán, de conocer miles de datos científicos, literarios o históricos. La filosofía es sabiduría, la sabiduría contempla la verdad sin hacerla suya, sin manipularla. La filosofía es pudorosa, el filósofo es discreto y se relacionan con cariño, sin dominarse. Aunque el filósofo sabe que es un esclavo de la filosofía. Es lo que llamaríamos, con Don Quijote, un caballero andante. El filósofo es un enamorado. Por eso, cuando habla, cuando hace filosofía, enamora, no convence. El filósofo mira a la verdad a los ojos. Esa es la razón por la que, al exponer lo que piensa, resplandece en su mirada, en sus gestos y en sus palabras una luz ingenua e infantil, haciendo brillar en los ojos de sus espectadores la ilusión por conocer aquello que ama.

Podemos decir, después de todo, que la denominación de origen del filósofo es la infancia. Hablar con un filósofo es mirar a un niño ilusionado. El filósofo no es un hombre viejo que ha perdido la capacidad de ver cosas nuevas, es un niño que, aunque sea un anciano, lo ve siempre todo “de nuevo”. Decía San Agustín: ¡Oh belleza, siempre vieja, siempre joven! Por eso, la filosofía es para la gente joven, la filosofía es para disfrutarla, para vivir la vida siempre con ilusión y valentía, porque hay que ser valiente para no perder la ilusión ante los problemas. Los filósofos son agradables, los filósofos… hacen que el mundo sea mejor.