jueves, 8 de noviembre de 2012

El libro de Job


«¿Dónde estabas cuando Yo cimentaba la tierra? Explícamelo, si tanto sabes. ¿Quién fijó sus dimensiones, si lo sabes, o quién extendió sobre ella el cordel? ¿Sobre qué se apoyan sus pilares? ¿Quién asentó su piedra angular, cuando cantaban a una las estrellas matutinas y clamaban todos los ángeles de Dios?»
(Job 38, 4-7)


Trataremos de comentar el Libro de Job. La interpretación que vamos a hacer la enfocaremos desde un punto de vista sapiencial, intentado desgranar el significado de la narración bíblica.

La historia de Job es la de un hombre justo. “Era un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal” (Job 1, 1). Se trata de un hombre que cumple con los mandatos de Dios, que, cumpliéndolos, es feliz, pues hace feliz a su Señor. Por hacer feliz a su Señor, además, era el hombre más afortunado de todos, pues Dios respondía por su justicia.

Dios se regocijaba en Job, veía en él el ejemplo del buen siervo. De hecho, hablando con Satán, Dios le dice: “¿Te has fijado en mi siervo Job? Nadie como él hay en toda la tierra; es íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal.” (Job 1, 8). Sin embargo, la narración nos cuenta cómo Satán sugiere a Dios que Job puede no ser tan justo y bueno. Según él, que es el acusador, Job renegará de Dios en cuanto sobrevengan penalidades. “Bastará con extender tu mano y tocar un poco lo que posee para que te maldiga en tu cara” (Job 1, 11). Pero como se ve en el texto, Job es fiel y Dios lo sabe. Por ello, Dios, confiando en Job, deja a Satán que actúe y haga que Job sufra a pesar de su bondad, para ver si es verdad que vacila en su justicia.

Este es el tema central de la narración de Job, a mi modo de ver. Se trata del sufrimiento. En concreto, de cómo es posible que Dios permita el sufrimiento en la vida de los justos. El justo, en el libro de Job, no tiene respuesta para su sufrimiento. Después de haber sido fiel a los mandatos de su Señor, después de no haber desfallecido en ninguna ocasión y de haber sido agradable a la mirada de Dios en todo momento, Job recibe el dolor en su vida de una manera contundente; injusta, al parecer.

No obstante, Job sigue siendo fiel, hasta su mujer se sorprende de ello. Vemos en el texto bíblico: “Su propia mujer le decía: -¿Todavía te mantienes firme en tu integridad? Maldice a Dios y muérete” (Job 2, 9). Pero Job, con sensatez, le responde: “Hablas como la más necia de las mujeres. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿cómo no vamos a aceptar los males?” (Job 2, 10).

Puede que en esta pregunta se cifre toda la actitud de Job a lo largo de la narración. Porque a pesar de que él responda con tanta serenidad a su mujer, no sabe cómo comprenderse en sus dolores, que le hacen desesperar. Job no sabe aceptar el dolor. Esa es la razón por la que reclama el consuelo de Dios, su respuesta, porque su dolor ahoga su corazón en desánimos y torturas de las que no sabe salir…

Job desfallece ante el dolor, su alma se retuerce ante el sinsentido. Al llegar sus amigos “Job abrió su boca y maldijo el día de su nacimiento” (Job 3, 1). Ya no es una cuestión de infidelidad a Dios, de buscar una razón por la cual sepa por qué es castigado; Job renuncia a su propia vida, desesperado… “Perezca el día que me vio nacer, la noche que dijo: «Un varón ha sido concebido».” (Job 3, 3).

Puede que en nuestro tiempo esta actitud se comprenda, pues la ausencia de Dios y su respuesta ante el dolor son actuales, actualísimas, a mi modo de ver… Podemos responder en nuestra vida con escepticismo, negando que haya ese Dios en el que teníamos puesta nuestra esperanza, o podemos intentar vivir justamente a pesar de ese dolor, intentando comprender por qué nos ha llegado ese dolor. Esta última respuesta ante el dolor es la que trata la historia de Job.

Cuando los amigos de Job lo encuentran en ese estado tan lamentable, intentan darle razones para ese sufrimiento. A lo largo de la narración se entabla una especie de diálogo o una sucesión de discursos, en los cuales se exponen las razones de los amigos y las réplicas de Job a tales razones. Pues Job, a pesar de que sus amigos le intentan explicar por qué sufre, no comparte tales explicaciones. Dado que en ninguna de ellas se da la respuesta adecuada: ellos buscan la injusticia cometida por Job para merecer el castigo, Elifaz, de hecho, le dice: “Por lo que he visto, los que cultivan la maldad y siembran la perfidia, la cosechan.” (Job 4, 8); Job, en cambio, no duda de su justicia, sabe que ha sido fiel a Dios en su corazón y en sus acciones: “Instruidme y yo callaré; mostradme en qué he fallado” (Job 6, 24). Así, argumenta a sus amigos que no tienen razón, que no comprenden sus sufrimientos porque, en primer lugar, no están en su situación, y, en segundo lugar, porque él no ha sido infiel y no tienen motivos para acusarle de nada.

Job sólo está desesperado: “¡Si pudiera pesarse mi aflicción o mis desgracias en la balanza estuvieran juntas, pesarían más que la arena de los mares!” (Job 6, 1). Y él reclama consuelo para su desesperación. Pero cualquiera que haya experimentado la desesperación y la angustia sabe que, en esas circunstancias, toda razón es poca, ya que las razones se escapan a los sentimientos más profundos del alma.

El alma humana, a mi juicio, es lo más difícil de comprender. El alma, en la situación de angustia, encuentra razones fuera de lo que puede llegar a comprender la razón, pues el ser humano, dentro de los límites de la razón, no encuentra el sentido suficiente con el que afrontar el sufrimiento, y ahí es donde entra Dios en juego.

Dios alcanza más que la razón; el dolor de Job tiene que ver con algo más íntimo que con el cumplimiento de una norma o el haber faltado a ella; precisamente, Job sufre en su corazón, sobre todo, porque Dios, que era lo más preciado para él, le ha fallado, según parece… Es, creo yo, una especie de desamor, un desamor que es sentido por la criatura respecto a su Creador, pues no alcanza a comprender esa situación, esa realidad tan incomprensible que, tantas veces, vivimos todos: pensar que Dios ya no es Dios, que no vela por nosotros... Un sentimiento de desgarramiento total y de orfandad.

El mismo Pascal se refiere a las razones del corazón, que no pueden ser entendidas por la misma razón; de igual manera, no hay razones para Job, pues su mal no tiene justificación racional, sino que su mal está enraizado en lo más profundo de su alma: su dolor le ha desarraigado de su bondad y de su paz, llenándole de angustia, y ello es lo que más le pesa, pues no tiene consuelo y no se reconoce en esas circunstancias; Dios ya no está de su lado; Él, que es el Justo y el Bueno, ha abandonado a su siervo bueno.

Job está solo. Mientras estaba acompañado por Dios y él le servía, siéndole fiel, sabía quién era. Ahora, en el dolor, en el sinsentido que provoca el dolor, ¿quién es en realidad? Mejor dicho, ¿quién es Dios? ¿Dónde está Dios en ese momento tan difícil? Cuando todo le era favorable, cuando su casa estaba llena de alegría y él podía ser quien quería ser en su relación hacia Dios, él sabía responder ante la voluntad de ese Dios y sabía cómo actuar. Ahora no. Ese Dios en el que confiaba, ese Dios que él pensaba conocer, le ha dejado a la intemperie, sin cobijo; no hay en él nada sano, ni en el cuerpo ni en el alma, todo es dolor y angustia para Job… ¿Qué puede hacer ahora, si Dios ha apartado de él su mirada, si le mira ahora con toda su ira, cargándole de penas que no entiende?

¿Cómo puede ser justo Dios si permite que la injusticia sobrevenga sobre los hombres buenos? Un Dios así es, a primera vista, arbitrario, puede que incluso cruel, pues juega con sus fieles como un niño juega con sus juguetes. ¿Cómo puede ser Dios bueno, si abandona a su suerte a los que le aman? ¿Cómo puede Dios, en su justicia, no responder ante los llantos de los justos, que sufren la injusticia de los malvados? “¿Por qué siguen viviendo los impíos?” (Job 21, 7), se pregunta Job.

La sentencia más dura que lanza Job a Dios, respondiendo a la tercera intervención de Elifaz, deja clara la desesperación más aguda del hombre: “En la ciudad gimen los moribundos y el alma de los heridos pide auxilio; pero Dios no presta oído a su oración” (Job 24, 12). Dios guarda silencio. Los gritos más agudos del corazón humano resuenan en el vacío, sin que Dios escuche los gemidos de los inocentes. Podemos leer esto en el Salmo 22: “Dios mío, te invoco de día, y no escuchas; de noche, y no encuentro descanso”. En este salmo también vemos la angustia del hombre, que reclama el cobijo de su Señor.

El silencio de Dios… ¿cabe mayor injusticia? Esta es la pregunta que nos hacemos. ¿Puede Dios callar cuando es la Palabra? ¿Puede Dios cerrar los ojos cuando Él es el que todo lo ve?

Estas preguntas pueden surgirnos a todos. De la misma manera que Job reclama el sentido y la respuesta, todos los hombres, en el fondo del alma, buscamos responder a las dudas y sinsabores que provoca el dolor. Y al parecer, no hay respuesta para ello. Ese es el motivo por el que la bondad de Dios es puesta en duda, el motivo por el que Dios parece absurdo en estas circunstancias. Todo parece fácil y bello cuando no hay dolor en la relación con Dios y se le puede ser fiel, pero cuando el sufrimiento se convierte en el dueño de nuestra existencia, ya no es así: surge el llanto, y nuestra respuesta puede ser, como hemos dicho, vivir al margen de Dios o, en la medida de las posibilidades, seguir siendo fieles.

Centrándonos en el texto bíblico lo veremos mejor. Job, después de las intervenciones de sus amigos y de que éstos le intenten persuadir para que acepte la pena que le ha impuesto Dios, reclama su inocencia. No sólo reclama su inocencia y sabe que es cierta, sino que renuncia a cometer injusticia: “Mientras haya en mí aliento y conserve en mis narices un hálito de Dios, no dirán mis labios falsedades ni mi lengua dirá mentiras” (Job 27, 3-4).

Job sigue siendo fiel a Dios a ciegas. Quizá aquí veamos una actitud parecida a la de Abrahám, padre del pueblo de Israel, que sin saber muy bien si debía cumplir la voluntad de Dios, ofreciendo a Isaac en sacrificio, es fiel a Dios manteniendo firme su fe, a pesar del dolor que le provocaba realizar una acción así. Como hemos dicho, el tema de fondo en la narración de Job es cómo ser fiel a Dios cuando parece que no es posible serlo, cuando hay que responder a ciegas a sus designios. Ese es, a mi modo de ver, el contenido sapiencial de este libro.

Y, teniendo contenido sapiencial, no podía dejarse de lado en la narración bíblica una referencia a la sabiduría. Job, mostrando su fidelidad, hace una apología de la sabiduría, que es la que guía el corazón del hombre a realizar las buenas obras y la que diluye las dudas del corazón, devolviéndole la firmeza en el bien y el seguimiento de Dios. “En el temor del Señor está la sabiduría, y en apartarse del mal, la inteligencia” (Job 28, 28).

Job da una lección de sabiduría a sus amigos en medio de sus dolores: en su corazón no ha arraigado del todo el rechazo a su Señor, sino que se mantiene fiel. Pero sigue sufriendo. La sabiduría ayuda a no perder la dirección en la justicia, sin embargo sigue dejando sin responder las preguntas que a lo largo del comentario hemos ido formulando… ¿Quién aliviará, pues, el dolor de Job?

Tras el discurso sobre la sabiduría, sigue la intervención de Elihú, que en su juventud y apasionamiento reprocha a Job su desesperanza a pesar de su fidelidad, recriminándole ser presuntuoso. En su firmeza, no entiende a Job y le acusa de no ser sabio, pues, según Elihú, Job no es, en verdad, fiel, debido a su dolor, y su sabiduría no es suficiente para entender a Dios. Así, con indignación, realiza un discurso, en el que vuelve a acusar a Job, como el resto de los amigos, con dureza, intentando reducir las razones que llevan a Job a pensar que sigue siendo justo y que se mantiene en la sabiduría.

Nadie entiende a Job. Ni siquiera Job sabe cómo responderse, como hemos visto. No podemos saber cómo puede ser que el dolor sea un designio de Dios para aquellos que son fieles y justos.

Entonces, tras el discurso firme y contundente de Elihú, interviene Dios, después de haber escuchado todos los discursos, tanto de Job como de los amigos, sin que ellos lo supieran: “¿Quién es este que enturbia mis designios con palabras sin sentido?” (Job 38, 2). Parece que Dios no reconozca a su siervo. Tras todo el dolor padecido, Job parece transformado, pues en su dolor el corazón se ha nublado, y ni siquiera Dios entiende cómo puede lamentarse tanto. Parece que Job haya olvidado las palabras que le dirigió a su mujer: “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿cómo no vamos a aceptar los males?” (Job 2, 10). Ni Job se reconoce ni Dios le reconoce. Quizá Satán tuviera razón al sugerirle a Dios que bastaría “con extender tu mano y tocar un poco lo que posee para que te maldiga en tu cara” (Job 1, 11), y Job haya cambiado… Pero Dios le dice: “Cíñete la cintura como un hombre, Yo te preguntaré y tú me instruirás” (Job 38, 3). El Señor reclama a su siervo firmeza, hombría, pues confía en su fidelidad, por ello le dice que él le instruirá. No duda de que Job es fiel y que puede seguir siéndolo, a pesar de los dolores.

Ahora es el momento en el que Dios demuestra a su siervo todo su poder. El discurso que dirige va encaminado a hacer una defensa de sí mismo, demostrando que ningún hombre puede valorar sus acciones. Realiza numerosas preguntas retóricas, que recuerdan a Job que todo lo  que hace Él es justo y que sabe por  qué lo  hace. Así, intenta dar confianza a su siervo, demostrando que su Señor también es fiel y que conserva su poder sobre su señorío.

La clave puede estar contenida aquí: “¿Dónde estabas cuando Yo cimentaba la tierra? Explícamelo, si tanto sabes. ¿Quién fijó sus dimensiones, si lo sabes, o quién extendió sobre ella el cordel? ¿Sobre qué se apoyan sus pilares? ¿Quién asentó su piedra angular cuando cantaban a una las estrellas matutinas y clamaban todos los ángeles de Dios?” (Job 38, 4-7).

Estas preguntas de Dios, que parecen un reproche, son, a mi juicio, un consuelo de Dios a su  siervo. Pues es una manera de contestar a todo el sufrimiento padecido. Todo ese largo calvario sufrido por Job sin sentido, tiene en los planes de Dios un sentido claro, pero para Job queda oculto hasta que  Dios quiera revelarle la razón de ello. La demostración de su poder es una manera de decirle que debe tener confianza, pues Dios cuida lo que es suyo y a aquellos que le son fieles.

De este modo, Dios, al terminar su discurso, se dirige a Job así: “¿Querrá disputar todavía el censor con el Omnipotente? El que critica a Dios, ¿querrá replicar?” (Job 40, 2). Y Job, comprendiendo que no tenía motivo, en realidad, para dudar de su Señor y hablar así de Él, dice: “He hablado con ligereza, ¿qué podría replicar? Me taparé la boca con la mano. He hablado una vez y no responderé de nuevo, dos veces y no añadiré más” (Job 40, 4-5).

Job acepta el designio de Dios: “Comprendo que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta inalcanzable” (Job 42, 2). Ser fiel es el punto central en la vida del israelita. De hecho, Job, después de aceptar que lo sufrido también era voluntad de Dios y de reconocer su falta, al no haber sabido ver la inmensidad del Señor, es recompensado. El relato bíblico no nos deja duda de ello. “El Señor cambió la suerte de Job por haber intercedido por sus amigos, y le duplicó todos los bienes que antes poseía” (Job 42, 10). Así se ve que Dios recompensa la fidelidad de sus siervos.

¿Cuál es, entonces, el valor sapiencial del Libro de Job? La historia de Job nos enseña cuál es el valor de la fidelidad. Más bien, narra la fidelidad de Dios y de sus siervos. Se trata de una fidelidad bilateral: no sólo son fieles los siervos, sino que el Señor es fiel a sus siervos. Esto, si lo interpretamos dentro del contexto de la cultura de Israel, puede sernos útil para entender las preocupaciones del pueblo hebreo. No son pocos los pasajes en los que la Alianza se vuelve dudosa y parece que, como le ocurre a Job, Dios ha abandonado al pueblo de Israel. Pero el Libro de Job exhorta a los que lo leen a confiar en Dios, a caer en la cuenta de que, si son fieles a pesar del sufrimiento, Dios les recompensará. Es una manera de dar esperanza, pues algún día la Alianza se cumplirá…

Por ello, la sabiduría que aporta el libro de Job es que Dios cumple su Alianza. Visto en clave cristiana, la narración de Job nos hace entender, también, la fidelidad de Cristo al Padre, que cumple sus designios. Podemos comparar la angustia de Job con la de Jesús en el huerto de los olivos, cuando, orando, pide al Padre poder comprender el dolor que va a sufrir en la Pasión. Para el cristianismo, que ve en las narraciones de las Sagradas Escrituras una intención común de todos los escritores para revelar la venida del Mesías, el Libro de Job ayuda a ser fiel también. Así, Job y Cristo son fieles, aceptan la voluntad de Dios, que es, a fin de cuentas, la enseñanza capital tanto para los judíos como para los cristianos, el pilar de la fe. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

¿Y si Dios se ha ido?


No puedes imaginarte las ganas que tengo de reír cuando me haces esa pregunta. Preguntar si Dios se ha ido, si se va a ir o si nunca ha estado aquí es como preguntar si hemos dejado de respirar oxígeno. ¿Estás respirando ahora mismo? ¿Tus ojos están mirando estas letras y tu mente las está inteligiendo? ¿De verdad crees que podrías leer estas palabras si Dios no sustentase tu existencia? No puedes ver a Dios, del mismo modo que los peces no pueden vivir fuera del agua. Sin embargo, sabemos que hay agua y que hay oxígeno, que las sustancias se componen y complementan. No puedes ver a Dios, porque Dios no está aquí. Pero todo lo que está aquí está en Dios, sin que Dios se confunda con lo que está aquí, con lo que puedes ver y tocar. Solamente tienes que ver donde no se puede ver, es ahí donde puedes ver a Dios y Dios te dirá dónde está… Después no verás como antes, porque ves las cosas desde dentro y desde arriba, con una mirada totalmente nueva, que sólo Dios te puede conceder.

domingo, 14 de octubre de 2012

¿Y para qué necesitamos a los filósofos?


La crisis económica nos ha dejado claro que no es posible tenerlo todo. Cuando consumimos demasiado, más allá de nuestras posibilidades, nos endeudamos. Las deudas hacen que tomemos medidas: prescindimos cuanto antes de aquello que no es necesario para que la catástrofe no sea mayor.

La situación en la que nos encontramos es similar a la de un barco en una gran tormenta. Nuestra tormenta es la crisis económica, en la que podemos incluir la crisis de la cultura y de la moral. Tenemos una crisis cultural y moral tan profunda como un océano, en el que evitar el naufragio puede ser cuestión de suerte o de destreza marinera.

En el mar, es apropiado apostar por el mal menor para evitar uno mayor, y en la vida diaria, en cantidad de ocasiones, podemos decir que también es así. De este modo, optamos por males menores a diario. Pero saber discernir los males mayores de los males menores no es fácil. A la vista está que no somos buenos navegantes, porque esta crisis la hemos provocado entre todos y no sabemos qué hacer para salir de ella.

Soy estudiante de Filosofía, y estoy experimentando los males menores y mayores de la crisis económica, como cualquier ciudadano los está experimentando en su ámbito. En la Universidad, por falta de fondos, nuestra carrera se está viendo relegada a un segundo o tercer plano, como todas “las carreras de letras”. No se reciben ayudas como en otras carreras porque no es una carrera tan rentable como las del ámbito científico-técnico o las de ciencias sociales.

En la crisis económica se está apostando por soluciones prácticas, aquellas soluciones que son rápidas y útiles. Y, cómo no, los filósofos nos encontramos a la intemperie, porque nuestra carrera no es productiva y, espero, nunca lo será. Podemos decir, sin lugar a dudas, que la carrera de Filosofía es una carrera inútil. El conocimiento filosófico no produce nada: los filósofos no producimos nada…

Entonces, ¿para qué necesitamos a los filósofos? Es evidente que para producir algo no se necesita a un filósofo. Un filósofo no “sirve” para producir algo, porque no está especializado en producir cosas con las que se puede comerciar o cosas que podemos “usar”.

La filosofía no es un instrumento. La filosofía no le va a servir al cirujano en el quirófano ni al pintor para pintar, mucho menos al soldado para defenderse en un enfrentamiento. ¿Qué hacer, pues, con la filosofía en esta crisis? ¿Qué puede hacer un filósofo para ayudar a salir de la crisis?

Para ver qué puede hacer un filósofo para ayudar a salir de esta crisis, tenemos que ver a qué se dedica un filósofo. Tenemos que preguntarnos qué es eso de la filosofía. Una vez veamos qué es la filosofía, podremos responder y ver si la filosofía es prescindible o imprescindible para salir de la crisis.

Los temas tradicionales del conocimiento filosófico son cuatro: a) el ser o la existencia en sí misma, lo que existe como tal; b) la verdad, que tiene que ver con el conocimiento y la expresión adecuada de lo que existe: hemos de precisar “qué es la existencia”; c) el bien, que es el conocimiento y la expresión adecuada de “cómo es la existencia” para que exista como tal; d) la belleza, que es, a mi modo de ver, la armonización de la verdad y el bien: la belleza es la comprensión y la expresión del ser o la existencia como una armonía, como “orden último de la existencia” en sí misma.

La verdad, el bien y la belleza son, así, las tres dimensiones sobre las que se fundamenta la expresión de la existencia o el ser en sí mismo, y este es, digámoslo de algún modo, la cuarta dimensión de la existencia, la que “da cuerpo” a las tres dimensiones anteriores. Es decir, la cuarta dimensión se sostiene sobre las tres anteriores. Si el conocimiento y la expresión de las tres dimensiones no son los adecuados para expresar la cuarta dimensión, la cuarta dimensión no se da en modo alguno, se pierde y no se expresa, quedando desconocida hasta que sea expresada en el modo adecuado. La expresión adecuada del ser se da, por tanto, según la verdad, el bien y la belleza.

La labor del filósofo es, pues, expresar las tres dimensiones del ser adecuadamente con el ser y con coherencia suficiente, para poder dar, así, sentido a la cuarta dimensión y vivirla. La labor del filósofo es “saber existir”. Podemos decir que el filósofo conoce cuál es “la ruta del ser”, conoce su camino, su destino; cuida del ser y lo guarda en el conocimiento que tiene del mismo.

El filósofo es el que es capaz de llevar a cabo el ser, pues conoce la verdad de su esencia, de su destino. Pero… ¿qué esencia? ¿De qué ser estamos hablando? ¿Qué esencia puede llevar a cabo el hombre si no es la suya, de la que es responsable?

Llevar a cabo el ser en su esencia es la libertad. La libertad es saber cómo llevar a cabo el ser en su esencia. El ser libre es el ser que cuida de sí mismo y que resguarda su esencia para que pueda llevarse a cabo. La labor del filósofo es ese resguardo de la esencia humana: evitar su olvido y expresarla adecuadamente según el ser del hombre. La expresión del ser del hombre en su esencia es la libertad misma del hombre, llevarla a cabo, ayudar para que llegue a su destino. Este es el valor de la expresión misma de lo que es el hombre, la cual compete al filósofo.

Aquí tenemos la importancia del saber filosófico: la labor del filósofo es la labor de un proyecto, un proyecto que él conoce, y que es el ser y la esencia del hombre. Conocer la esencia del hombre es de vital importancia. Si el hombre conoce su esencia sabe adónde debe dirigirse para ser, verdaderamente, hombre. Cuando no conoce lo que es ser hombre ni cómo serlo, el hombre se encuentra a la deriva, y en esa deriva es donde ocurren las crisis económicas, también las culturales y las morales.

A mi modo de ver, la crisis es debida al desconocimiento que padece el hombre de sí mismo. Ese desconocimiento es debido a una mala filosofía, a un conocimiento filosófico precario del ser humano. Es evidente que no veo acertado, ni justo, prescindir de la filosofía en la situación de crisis en la que nos encontramos. Prescindir de la filosofía, hoy en día, sería similar a prescindir de los satélites en la era de las comunicaciones. Se produciría el caos, el mismo caos moral, cultural y económico que padecemos por no dar importancia al conocimiento filosófico.

Dada esta perspectiva de la filosofía, ¿podemos decir que la filosofía es prescindible? ¿Podemos dejarnos llevar por la avalancha de los saberes técnicos, que aportan unos resultados tan efectivos e inmediatos, y prescindir del conocimiento del ser y de la fidelidad al proyecto de la esencia del hombre, tan propio de la filosofía? ¿Hemos de prescindir de la libertad en tiempos de crisis?

Si prescindimos de la libertad, solucionamos la crisis, porque asumimos la crisis como si fuera nuestra condición de ser. No obstante, solucionamos la crisis a un precio muy alto, endeudándonos aún más, puesto que sin libertad sólo queda lo que hemos tenido hasta ahora: desconocimiento de nuestra esencia, navegar a la deriva en “la ruta del ser”.

Por todo esto, deberíamos preguntarnos si es rentable prescindir de la filosofía en tiempos de crisis. Si prescindimos de la filosofía, solucionamos la crisis, pues asumimos la situación de crisis como si fuera parte de nuestra esencia, aquello que nos define; pero prescindimos de la única alternativa que se tiene en tiempos de crisis: la libertad que concede el conocimiento de la verdad del ser humano y de su esencia.

Es decir: si prescindimos de la filosofía, prescindimos de la libertad. La filosofía nos puede ayudar a salir de la crisis, pues la filosofía es el conocimiento de lo que es, en verdad, el hombre. Tal conocimiento le puede ayudar a ver qué no ha hecho hasta ahora para llevar a cabo su esencia para ser verdaderamente hombre. Estas son las razones por las que pienso que la filosofía es, hoy, más necesaria que nunca. No sólo necesaria: es urgente.

Aunque, paradójicamente, aceptar la libertad como una solución a la crisis depende de la libertad de cada persona. Y en este barco en el que navegamos todos somos, en cierto modo, capitanes: salir de la crisis es responsabilidad de todos nosotros, del mismo modo que lo es haberla provocado. Depende de nosotros ver qué es prescindible y qué no lo es, valorar cuáles son los males mayores y cuáles son los menores. Entonces, ¿qué hacemos con la filosofía? Esperemos que haya buenos marineros en el barco mientras dure la tormenta…

viernes, 12 de octubre de 2012

La genial idea de Juan


Un día, Juan se quedó sin dinero. Como no tenía medios para ganar dinero, se le ocurrió ponerse a dibujar. Como dibujaba bien, pensó que sus dibujos tenían algún tipo de valor. Probó suerte, hizo un buen dibujo y se presentó en una tienda para comprar algo. No recuerdo qué compró. Lo que sí recuerdo es que Juan tuvo la valentía de coger un producto caro e intentó pagar en la caja con el dibujo que había hecho. Antes de entregar el dibujo, dijo que quería hablar con el dueño de la tienda. El dueño acudió, preocupado, pues pensaba que había algún problema. Juan le dijo que era artista. Le dijo que no era famoso, pero estaba convencido de que su arte valdría mucho dinero algún día. Le dio el dibujo. El dueño miró a Juan sorprendido. Juan le miraba fijamente a los ojos, con confianza. El dueño, al ver la sinceridad de Juan, aceptó el dibujo como un pago. Y Juan se fue de la tienda con su compra. Aún no sé si se ha hecho famoso. Sé que compró un producto con uno de sus dibujos. Ojalá yo tuviera las geniales ideas de Juan.

jueves, 20 de septiembre de 2012

La felicidad conyugal, de León Tolstoi


Cuando leí Ana Karenina y la Sonata a Kreutzer, Tolstoi me dejó ese mal sabor de boca que produce el desamor. Me sorprendió la capacidad descriptiva de este genio para plasmar la infelicidad humana.

Al parecer, como dice Tolstoi al principio de Ana Karenina, “todas las familias felices se parecen, pero las que son infelices tienen un motivo particular para sentirse desgraciadas”. El amor en sí mismo no parece novedoso, lo que de verdad es novedoso, lo que es excepcional, es la desgracia, la infelicidad, pues la receta de la felicidad parece clara, pero la de la infelicidad tiene incontables combinaciones…

El autor ruso me dejó perplejo con estas obras. Tras el realismo poético de Guerra y Paz, en el que la intuición de la vida es majestuosa, con el realismo desengañado de las otras dos novelas tuve la sensación de estar desubicado en el mundo. Me parecía que la vida no valía la pena vivirla, que la ilusión era un engaño pasajero y que la belleza desaparece en cuanto llega el dolor. El consuelo de la vida es la muerte. Para Tolstoi quedaba la esperanza de la muerte: la angustia de la vida desaparece con el último aliento.

Pero… ¿ya está?, me preguntaba. ¿Sólo queda la angustia, el desengaño, la nostalgia de la muerte? ¿De verdad Tolstoi se conformaba con algo tan triste? No podía imaginarme que este autor se conformara con la infelicidad, que aceptara sin más la tristeza, como si fuera un aspecto necesario de la vida humana… Me parece que es una conclusión demasiado afectiva, demasiado “nihilista”, que no atiende a razones, sino a malas experiencias. Quizá se trate sólo de una experiencia, la de Tolstoi, que tuvo una vida irregular.

El escritor ruso no aprendió a vivir sus inspiraciones y sus ilusiones, y por ello su corazón se fue marchitando, a pesar de que intentaba recuperar la vida a base de martillazos, reaccionando ante una muerte segura que se acercaba cada día que pasaba: poco antes de morir, se escapó de casa, anciano, mal vestido para el frío ruso, buscando respirar profundamente antes de exhalar su último aliento en una estación de tren, rodeado de gente que no conocía.

¿Qué buscaba Tolstoi? ¿Podemos decir, en verdad, que Tolstoi se conformaba con la infelicidad, que buscaba la muerte? A mi modo de ver, no, en absoluto. Tolstoi buscaba vivir la vida de la manera más intensa posible. A pesar de ello, parece que no encontró la forma de hacerlo, pues hasta el último momento de su vida estuvo inquieto, rabioso, como un pintor que no consigue plasmar la imagen que quiere en el lienzo.

Sin embargo, me extraña que este hombre no aprendiera a ser feliz. Este mes encontré en una librería una obrita suya que me llamó la atención: La felicidad conyugal. No pude resistirme al verla y, por supuesto, la compré, la devoré y la disfruté… Se trata de una de sus obras de juventud, escrita en 1858. En ella podemos encontrar al Tolstoi más intuitivo y sincero, en el que los prejuicios y el desengaño no dominan su pluma al escribir.

La novela tiene como protagonista a Masha, una joven que nos cuenta en unas pocas páginas cómo fue descubriendo la vida, al descubrir su amor por Serguéi, un amigo de su familia.

La historia es encantadora, aunque no se trata de una novela rosa. ¿Podemos llamarla una historia de amor? ¡Claro, sin duda alguna! Es una historia de amor en toda regla. Pero contrasta totalmente con un amor ingenuo, ilusivo y falto de dificultades. ¡Se trata de todo lo contrario!

Es una historia de amor en la que surgen retos y complicaciones, en la que amar a otra persona, en vez de ser una certeza y una seguridad, es una duda inmensa, casi incomprensible. Pero ahí está el reto, la novedad, atreverse a decir sí o no a esa duda que produce el amor.

Masha va cayendo en la cuenta de lo que supone amar, que es una novedad continua, de cada día, y para la que no existe una fórmula que resuelva los problemas que surgen en el tiempo. El amor es aprender a renovarse una y otra vez, estando dispuesto a cambiar y dirigirse hacia el otro en todo momento. Como dicen en la novela, “amar es vivir para el otro”.

Pero, cómo no, en el amor somos todos unos novatos, y no podemos dar nada por hecho, porque es, entonces, cuando llega la rutina, el acostumbramiento. “Vivir para el otro” se convierte en una frase bonita que no nos dice nada, como le ocurre a Masha. Y, por ello, tiene que mirar con lupa su vida y la de Serguéi, para, así, descubrir, como un buen detective, qué es lo que importa, qué hace que vivir con esa persona sea algo importante, a pesar de que sea algo cotidiano…

Para mí, la novela no tiene desperdicio. Me ha gustado porque resalta un aspecto muy importante: amar es aprender a estar atento, con los ojos bien abiertos, observando los detalles de la vida, esos que son pequeñitos y que, al descubrirlos, se hacen inmensos. Es cambiar la perspectiva: mirar la vida encontrándose con ella, aceptándola como un regalo y convertirse uno mismo, a la vez, en un regalo para el otro.

Por ello no hay fórmulas rápidas que dicten la mejor forma de amar y de ser feliz. A amar se aprende amando. Si quieres ver… ¡abre los ojos y hazlo por ti mismo! No puedes quedarte mirando al suelo, así no puedes ver el horizonte, no tienes una buena perspectiva, a fin de cuentas. Tienes que encontrar otra mirada que te mire, sólo así la mirada se enriquece y la vida encuentra su lugar; paradójicamente, en la mirada del otro encontramos nuestro origen y nuestro destino.

Todo esto que acabamos de ver podemos disfrutarlo en esta novelita de Tolstoi. Como se puede comprobar, es un contraste inmenso con otras novelas del escritor ruso. Si comparamos la Sonata a Kreutzer con La felicidad conyugal, vemos que se trata de dos experiencias totalmente contrarias. Parece que, a pesar de las intuiciones de Tolstoi, no basta con entender qué es el amor y cuándo ocurre, sino que hay que vivirlo constantemente. Pues el amor y la felicidad son, más o menos, esa rebeldía de aquellos que aprenden a ver en lo más sencillo algo grandioso.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Mientras se acababa el verano...


Ayer, de manera definitiva, o casi definitiva (porque pocas cosas son definitivas en esta vida: pocas cosas tienen su final claro), acabó el verano para mí: deshice mi maleta en mi cuarto. Tengo que admitir que tuve varios momentos para deshacerla, porque se me iba el santo al cielo…

Es decir, cuando fui a abrir la cremallera, me acordé de que tengo no sé qué antología de poesía, así que me tiré casi una hora leyendo y fantaseando las maravillas del espíritu humano… Después me acordé de que en cinco minutos sería la hora de ir a misa, así que, cumpliendo con mi piedad, me fui a misa, dejando mi maleta medio abierta en mi cama.

Cuando volví a mi cuarto después de misa, me enfrenté a la cruda realidad del mes de septiembre, en la que los recuerdos del mes de agosto van pasando por tu cabeza y se cuelgan en las perchas del armario y se guardan en los cajones, junto con los calcetines y las camisetas.

Después llegó otro momento, que no es duro, sino agradable: devolví los libros que había leído este mes a la estantería. Entre ellos había poesía, filosofía y novela. No eran muchos, pero me han encantado. Mientras los guardaba, me puse a pensar, así que no recuerdo muy bien qué hice con ellos, ni dónde acabé yo durante aquel rato. Lo que sé es que no salí de mi cuarto.

Como cada libro te cuenta algo distinto, como un amigo al que le ha ocurrido algo, les presté un poco de atención. Ya se sabe que siento debilidad por la filosofía. Tengo que admitirlo: me perdí filosofando al ver los libros de filosofía y dejé el resto a un lado.

Al acabarse el verano, me puse a pensar en el tiempo. Al pensar en el tiempo, me puse a pensar en Hegel, porque hace un par de días estuve hablando con un amigo sobre él. Al pensar en Hegel, pensé en los filósofos griegos y en la importancia de descubrir el acto de pensar de Aristóteles, porque si no se descubre, se confunden las cosas. Y al pensar en el acto de pensar, me puse a pensar en el acto de ser, que descubrió Santo Tomás de Aquino.

Así que, en un momento, quizá fue algo más de una hora, pasé del verano a la metafísica. Os tengo que decir, aunque no lo parezca, que están muy relacionados: que se acabe el verano es algo muy importante, porque estás pensando en el siguiente, así que no sabes si, en verdad, se acaba: hay más veranos.

Por eso, mientras se acababa el verano, pensé en que no se puede acabar el pensamiento, aunque un genio como Hegel haya intentado agotarlo. “¿Por qué no se puede acabar el pensamiento?”, podríamos preguntarnos. Es una pregunta muy moderna, que un filósofo antiguo no se abría preguntado. Pero como los modernos y los posmodernos somos más chulos que ningún otro hombre de la historia, nos lo preguntamos.

Nos lo preguntamos, entonces: ¿por qué no se puede acabar el pensamiento? Porque se trata de un acto dirigido a otro acto. Tenemos un acto, que es el acto de ser, y que es “autónomo”, por decirlo de alguna manera; tenemos otro acto, que es el acto de pensar, que también es “autónomo”, más o menos, y que se refiere, para ser acto, a ese otro acto de la realidad, que es el ser. Podemos preguntarnos, pues, si el acto de pensar, al pensar el acto de ser, se convierte en el acto de ser y se une con el ser. Hay que contestar que no. Eso es lo que intentaba Hegel, y eso no se puede hacer, es imposible.

“¿Por qué no se puede convertir el acto de pensar en el acto de ser?”, nos preguntamos ahora. Y la respuesta es la siguiente: el acto de pensar no es un acto de ser, sino que es un acto de pensar que es ejercido por un ser muy particular, que es la persona. Hay dos actos de ser diferentes: uno es el acto de ser, que es continuo e “independiente” del acto de pensar, y otro es el acto de ser de la persona. Se trata, por tanto, de dos seres distintos, que se relacionan, pero no se mezclan.

Y… “¿cómo se relacionan esos dos actos de ser distintos, si son tan distintos?”. Sencillamente, con un acto más, que ya hemos mencionado, y es el acto de pensar. El acto de pensar es un acto espiritual, y por ello puede empapar la realidad física, “palparla” para asimilarla, sin que se confunda con ella. Pero de ningún modo el acto de pensar puede convertirse en el acto de ser, porque el ser corresponde a la persona, que es la que ejerce ese acto tan peculiar que es el pensamiento, que es espiritual y está por encima de la realidad física.

Lo físico está en acto, cierto, pero al ser físico es potencia, porque se compone de materia, y la materia es potencia siempre, nunca se acaba, la materia no se solidifica. Por eso, aunque el acto de pensar sea un acto al que se llama “perfecto”, porque posee su fin, no puede acabarse: el acto de pensar “piensa” con el ser, y si el ser es material, siempre es potencia. Por tanto, el pensamiento nunca se acaba, es un acto espiritual que se refiere a otro acto, y ese acto es material. Aquí está el meollo de la cuestión…

Así podéis ver cómo el final del verano tiene que ver con la metafísica. Del mismo modo que no se puede acabar el verano, porque hay un siguiente, no se puede acabar el pensamiento, porque se ocupa de una realidad que está en continuo movimiento y que es independiente de él. Del mismo modo que hay varios veranos, hay varios actos que se relacionan, pero este asunto no lo vamos a resolver aquí.

Mientras se acababa el verano, me puse a pensar que no se puede acabar el pensamiento. Y esto es lo que me ha salido… ¡Podéis ver que ha sido un verano magnífico!

lunes, 16 de julio de 2012

Una carta anónima


Estaba en su cuarto, de noche, sin poder dormir. Había estado leyendo un libro, un ensayo de filosofía, pero no conseguía ni concentrarse ni aburrirse. Así que se acercó a su escritorio, se sentó, sacó un folio y empezó a escribir una carta que nunca enviaría…

Es posible que nunca leas estas líneas, sin embargo me siento obligado a escribirlas. Cuando el alma no calla, no puedo dejarla a un lado ni atender a otras conversaciones: es un susurro constante, que en el silencio grita desde lo más profundo del corazón.

He intentado olvidar el recuerdo viviendo cada día intensamente, pensando en mil cosas que no me importan, viviendo instantes que no detenían el tiempo y atendiendo a personas que no me decían, en el fondo, nada. Todo ha sido vano, todo me recuerda a ti.

Me gustaría que me dijeras cómo lo hiciste, qué ocurrió cuando te miré a los ojos ese día y tu sonrisa se grabó en mi alma, como un cauce que conduce mis sentimientos hacia ti. Desde entonces todo ha sido diferente. He tenido que pensar mi vida como un puzzle de dos piezas...

Y ha pasado el tiempo, pero el tiempo sólo ha tenido importancia, para mí, desde ese día. Eres responsable de mi nostalgia. No te diré que me entristece, porque tenerte en mi pensamiento es más valioso que cualquier cosa que suceda a alrededor.

Eres una verdad que no necesita un lugar fijo para ser vivida. Sin embargo, eres una de esas verdades que, cuando se apropian de un corazón, te hacen salir a su encuentro… Una de esas que marcan un destino y un sentido claro. Una verdad que te hace ver que no hay circunstancias que justifiquen la distancia, porque mi única circunstancia eres tú.

Es difícil decirte esto sin que parezca estúpido, un niño bobo o, quizá, un loco. Pero, ¿sabes lo que pasa? Es difícil parecer cuerdo cuando se ha descubierto una verdad. Una verdad es muy extraordinaria: hace que todo lo ordinario sea excepcional, convierte lo más sencillo en algo grandioso. Y tú tienes esa capacidad, al menos es lo que yo percibo.

Hemos podido cruzar unas pocas miradas, intercambiar unas pocas palabras. En comparación con otras personas, nuestros encuentros no han sido gran cosa, meras casualidades; por eso me vuelven loco: cada día el corazón me hace volver una y otra vez a esos lugares en los que estuve contigo, en los que unos minutos tenían el sabor de varias vidas.

Quizá tú no lo sepas, quizá sea una mera ilusión; pero es una ilusión que me llena de empeño, que hace que el mundo sea pequeño y que las distancias sean relativas… Ya que, cuando el corazón se empeña, hasta las montañas más altas pierden altura…

Cuando acabó de escribir esta línea, se detuvo a pensar en lo que acababa de hacer. Sin pretenderlo, se había delatado, había dejado que su interior se manifestara un momento, descontroladamente, haciéndole ver lo que, en realidad, más deseaba. Pero le costaba entender que lo que más deseara fuese todo un reto, una especie de aventura en la que no iban a faltarle dificultades. Y se preguntó si, en verdad, se había vuelto loco…

sábado, 23 de junio de 2012

La delicadeza humana


No sé cuántas veces habré pensado que la vida es dura, que los dolores y las penas hay que soportarlos, de la misma manera que el peso de nuestro cuerpo es sostenido por el suelo que hay bajo nuestros pies. Tampoco sé las veces que, al pensar esto, he aceptado que la dureza de la vida cincela mi corazón, haciendo que cada vez sea menos creíble que pueda haber algo delicado en la vida, que merezca mi cuidado y mi atención, como si fuera un tesoro, algo precioso, de gran valor…

Pero me engañaría a mí mismo si aceptara esto sin más, si no me parara a recordar las veces que he sentido que había algo más en la vida aparte de la dureza, que aún queda un resquicio de bondad y de belleza en este mundo tan acelerado y disperso, que no me deja atender las cosas que valen la pena. Sé que no es así. Un recuerdo es más valioso, a veces, que el presente, y puede hacer que lo presente cobre nueva forma, haciéndonos ver, ahora, aquello que hemos vivido en otro momento de nuestra vida, devolviéndole todo su sentido.

Recuerdo el primer día que vi a mi hermano pequeño. Nació en junio, hacía calor. Había nacido unos días antes de aquel día. Tuvo que estar ingresado en el hospital, en la incubadora, porque nació con siete meses (al parecer, tenía muchas ganas de vivir…). Yo no tuve ocasión de verlo hasta entonces. Mi padre llamó al teléfono de casa, para avisarme de que ya iba a traer a mi madre con mi hermano. Me arreglé lo mejor que pude; recuerdo que, incluso, me duché, porque aquel día hacía mucho calor (en Valencia, por la humedad, el calor se vive de una manera muy característica), y esperé a que llegaran.

Cuando sonó el timbre de mi casa no supe qué hacer. Fui al recibidor, nervioso. Recuerdo que tenía la cabeza en blanco, pero en mi corazón había sentimientos de todo tipo. Abrí la puerta y vi a mi madre, con mi hermano en los brazos, sonriendo y con la mirada llena de alegría. Yo me quedé pasmado al mirarla. “¿Tú no querías un hermano?”, me dijo, y dejó aquel recién nacido en mis brazos. Lo miré. Era tierno, indefenso, delicado. Tenía los párpados cerrados y la boca entreabierta. Fuimos al salón y, con la luz de la tarde, pude ver a mi hermano pequeño con más claridad. Sus puños, pequeños, con sus dedos minúsculos, parecía que recogían su pecho, como si buscara cobijo…

A mi madre no le cabía la felicidad en el pecho. Tras cinco meses de reposo absoluto en la cama, ver a mi hermano nacido y sano era la alegría de su vida. Quizá las mujeres tengan un secreto que los hombres nunca lleguemos a saber, porque dudo mucho que pueda encontrar una mirada similar a la de mi madre en mí o en cualquier otro hombre. Quizá ella sabía qué sentido tenía el sacrificio que había realizado, los miedos pasados y las dudas que le acompañaron durante el embarazo, porque su hijo, mi hermano, había nacido…

Ahora, tras diez años, veo a mi hermano entrando en esa etapa en la que descubres la vida, con las alegrías y los sinsabores. Veo lo delicado que era al nacer y no dejo de ver que lo sigue siendo. ¡Qué misteriosa que es la vida humana, ese manto tejido con tantos hilos que, si no se cuidan, pueden deshilarse y deshacer todo lo que los une! Quizá el secreto sea saber cuidar esos hilos, no dejar que dejen de estar unidos, hilados…

Pero cuidar… ¡qué fácil es despistarse! Qué fácil es no recordar qué nos une a la vida, qué le da sentido, qué la hace delicada y digna de ser vivida. Hay que recordar, porque el corazón es el lugar donde se viven de nuevo esos momentos que hacen que la vida valga la pena, que no se pierda, que no se des-hile.

Hay que tener cuidado, el mismo cuidado que me inspiraba mi hermano con su delicadeza, con su indefensión: la vida, si no se vive con delicadeza, se esfuma rápido con la mínima ráfaga de viento y el manto que le da forma se desgarra cuando, al soportar el peso de los dolores, no se teje con los hilos del recuerdo.

martes, 29 de mayo de 2012

Sigo sin entenderte


No niego que me cuesta entenderte. Mejor digo que no te entiendo. Nunca lo he entendido. Nunca he entendido por qué me miras así, por qué esperas tanto de mí. Quizá sea porque tú sabes algo que yo no sé. Aunque eso ya me lo he dicho miles de veces. Me conoces mejor que yo mismo. Pero… ¿yo? No te conozco, prefiero no conocerte. Das miedo. Eres demasiado bello y puro para que me atreva a mirarte un instante. Mi mirada está manchada, no ve claro, y cuando te miro… deslumbras, quemas: mis pupilas no pueden mirar algo tan profundo, pierdo el conocimiento por el vértigo que provoca tu inmensidad. No es el vértigo que te hace perder el equilibrio y caer desde las alturas, sino desde dentro, desde lo más profundo de mi pecho. Es el corazón el que se llena de pánico al verte cara a cara. Pero no es terror. Es miseria, vergüenza. Saber que no te amo es una tortura, por eso prefiero no mirarte. Duele, de verdad. Quizá la indiferencia lo resuelva. Aparto la mirada… y tú sigues mirando, sin dejar que doble la esquina, esperando que en algún momento yo me dé la vuelta y te mire de nuevo, a pesar de todo lo que he hecho…, de lo que te he hecho. Por eso no te entiendo. Cuesta entender tu amor, ese amor tan libre, que no se enquista con el sufrimiento, sino que se enciende, ardiendo, con el dolor y quema todas las espinas que se clavan en el corazón: las abrasa. No sé si entiendes que alguien que ama hasta ese punto parece, permíteme decírtelo, un loco. Aunque sé que es esa locura sensata que tiene el amor; son esas razones que la razón no entiende…

domingo, 27 de mayo de 2012

Una conversación curiosa


Hace unos días, salí de la biblioteca a airearme un poco. Estaba cansado, llevaba unas horas leyendo textos sobre filosofía, porque tengo exámenes esta semana. A pesar de que estaba en la biblioteca de Humanidades, en las escaleras de la entrada había dos alumnos de Derecho. Su conversación me llamó la atención, porque no estoy acostumbrado a escuchar una conversación así salvo en las aulas de filosofía. Como la curiosidad me mataba, me senté cerca de ellos, mirando al infinito, como si lo que hablasen no tuviera nada que ver conmigo. Y esto es lo que escuché:

-No sé qué decirte, quizá no sea para tanto.
-¿Cómo que no? A mí me preocupa, ¿no te lo has preguntado nunca?
-Hombre, sí, alguna vez, pero tampoco me mareo mucho la cabeza. Me digo “eres libre” y punto. Tampoco hay que tomárselo tan a pecho…
-A ver, no es cuestión de tomárselo a pecho. Sólo que la libertad, a veces, es una putada. No sé cómo decirlo… El problema es que somos responsables de lo que hacemos.
-Eh, no saques ahora ese tema…
-Sí, tío, sí. Somos responsables, siempre, sin excusa… A pesar de que haya circunstancias que nos hagan hacer cosas que no queremos, siempre somos nosotros quienes decidimos actuar, al fin y al cabo. Somos libres siempre, sin que podamos dejar de serlo un momento para no ser responsables de lo que hacemos…
-Ya, bueno, ¿y qué? Soy responsable de lo que hago… ¿Y ahora qué hago?
-Capullo, no es cuestión de lo que vas a hacer… Y no te pongas en plan pasota, porque sabes que no es una estupidez…
-Lo sé, lo sé… Sólo que no veo eso que dices de la responsabilidad.
-Pues es simple: nunca dejas de ser libre.
-Nunca dejo de ser libre… A ver, ¿y qué problema ves en eso? Es bueno, ¿no? Supuestamente, estamos en democracia. Libertad y todo eso… ¿no?
-Ah, es que tampoco es eso. ¡No es un problema! ¡Es una realidad! Soy responsable de cada segundo de mi vida. Y si soy responsable… tengo que responder por mis actos. Hay algo que me hace responder de mis actos. Mi libertad me grita que soy libre y me dice que no puedo desperdiciarla en gilipolleces… Más bien, me dice que no puedo desperdiciarme yo mismo…
-Pero…

En ese momento vi a Lourdes y a Alex, son amigos míos de filosofía, venían a “la biblio”. Los saludé y empezamos a hablar del trabajo del Libro de Job, que nos lleva a todos de cabeza. Así que entramos para seguir aprovechando el tiempo y para que no nos dijeran que los filósofos estamos todo el día “mareando”. Me perdí la conversación, porque cuando nos decidimos a entrar, los dos de Derecho ya habían entrado. Así que no puedo contaros cómo acabó su diálogo. Estaré atento a las dudas existenciales de los estudiantes. Igual me ayudan a escribir más cosas…

martes, 15 de mayo de 2012

Ética, una cuestión de justicia


En la filosofía tradicional, la ética consistía en perseguir el bien o la justicia. La medida de la justicia era lo bueno. Por ello, ser bueno y justo era lo mismo: cuando quiero lo bueno, cuando repito una y otra vez lo bueno y adquiero las virtudes propias de lo bueno, soy bueno. Así, aquel que practica la ética hace lo bueno y es justo.

La justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Para juzgar lo correspondiente hay que tener el juicio formado, ser sabio. No se puede administrar justicia sin ser justo, de la misma manera que no puedo hacer pasteles si no sé hacerlos, porque serán incomibles.

Esta manera de ver la ética, como un modo de saber, en el que lo bueno se va adquiriendo, en la que “hacerse bueno” consiste en un camino o recorrido hacia la virtud, era un tesoro que nos legaron los filósofos griegos. Sin embargo, en la modernidad parece que la gran ausente en los temas éticos es la virtud.

La virtud en ética está olvidada o molesta. Parece que lo virtuoso requiere responsabilidad, empeño, aprendizaje. Actitudes que modelan nuestro obrar y requieren esfuerzo espiritual, purificación de las intenciones, para, así, algún día, poder querer lo bueno sin esfuerzo.

Para querer lo bueno hay que hacerlo. No basta con tener intenciones buenas. Sino que hay que “ser bueno”. Tanto en la teoría como en la práctica, hemos de hacer lo bueno. Y para hacer lo bueno se requiere tiempo, repetir una y otra vez actos hasta que forman parte de nuestro ser como los miembros de nuestro cuerpo.

El olvido de la virtud en la filosofía moderna se ve clara en la noción de deber. Cuando lo bueno y justo es sustituido por el deber y la ley, la virtud no aparece. La acción es reclamada por un imperativo y no querida por el que la realiza. La ética se convierte en un tema árido, que limita nuestras intenciones y que acaba por llenar de contradicciones el espíritu humano. Los resultados son evidentes: cuando lo bueno es obligado, cuando lo bueno se convierte en una ley, produce rechazo, porque no se ve por qué “debe” ser cumplido; ello se puede comprobar si contemplamos la desorientación ética que vivimos hoy en día. A mi modo de ver, lo bueno es bueno, también, porque es “querido”, no porque sea obligado.

Voy a explicar la razón que me ha llevado a escribir esto. La semana pasada estuvimos debatiendo sobre ética utilitarista en clase. La base de la ética utilitarista consiste en que para hacer algo, hay que pensar en el mayor beneficio para la mayoría de las personas. Debo realizar acciones en función del beneficio que vaya a obtener la mayoría de la gente. Es decir, que no importa que mi acción sea buena o justa, sino que debe tener buenas consecuencias.

En clase intervine preguntándole al profesor si esta concepción de la ética tenía en cuenta la justicia. La respuesta fue negativa. Como se puede suponer, hice la pregunta para hacer una crítica. Porque conforme he ido escuchando las propuestas del utilitarismo he visto más clara la crisis que vivimos en Europa: cuando no hay justicia en lo personal, no puede haber justicia en lo social.

La crisis económica es un ejemplo evidente. Si lo que se busca es el beneficio y lo bueno es olvidado, los resultados son los que tenemos ahora. Es imposible obtener buenos resultados con métodos que no son buenos. La famosa frase de “el fin no justifica los medios” no es ninguna tontería. Puede que haberla olvidado sea lo que vaya a destruir la democracia en Europa…

Por eso es tan importante la ética de las virtudes. Sólo se puede ser justo si se practica habitualmente la justicia. Los actos justos no son actos espontáneos que surgen de la persona como si fueran instintivos. Tampoco pueden ser realizados simplemente porque haya una ley que diga “esto es justo”. A mi modo de ver, eso es simplificar el espíritu humano, reducirlo a un mecanismo, cuando se trata de un mar bravo, mediterráneo, que hay que aprender a navegar. Las virtudes aportan ese conocimiento del espíritu que hay que aprender a percibir y modelan nuestra voluntad para que sepa dirigirse a buen puerto: si no se navega, no se aprende a navegar; si no se practica lo justo, la justicia nunca llegará.

jueves, 26 de abril de 2012

¿Qué es un santo?


Tengo un serio problema cuando pienso en la santidad. Me imagino a los santos como personas excepcionales, de las que no hay en el mundo. Esa clase de personas que no parecen de carne y hueso, como si fueran semidioses, como Hércules, Aquiles o esos héroes de las películas, que parece que no se cansan nunca y que, a pesar de que les han cubierto de plomo, no se desangran y aún pueden matar al malo de la peli.

A pesar de que tengo una imaginación que no se corresponde con la realidad, creo que aún puedo razonar un poquito qué es un santo. Si no me equivoco, un santo es una persona tan normal y habitual como la que está leyendo estas palabras. Es decir, que un santo no tiene nada particular, ni único, ni meritorio para ser santo. Esto que acabo de decir lo he escuchado miles de veces. Me aburre mucho decirlo, porque no es mío. Sólo se me ha quedado en el archivo y lo repito como un loro cuando tengo que explicar lo que es la santidad.

Como tengo deformación profesional porque estudio filosofía, me gusta pensar las cosas por mí mismo. Más que nada, para explicármelas cuando estoy solo, que me cuesta entender las cosas a la primera. Pienso para poder entenderme conmigo mismo… Y como no he entendido nunca lo que es la santidad, ayer mismo me puse a explicármelo.

Empecé pensando en un santo como un hombre hecho y derecho (o una mujer, no me malentendáis), de esos que no les tiembla el pulso y que, con voz varonil, dicen las cosas sin que se les quiebre la voz. Pensé en un santo como una persona con un currículum increíble, de esos que quitan el hipo en las entrevistas de trabajo. La imagen que aparecía en mi cabeza era la de una persona de la que no se puede dudar.

Luego, cómo no, pensé en un santo como una persona enamorada de Dios. Siempre que se habla de santidad se habla de amor de Dios. Así que no podía olvidarme de este aspecto. Del amor de Dios, que es infinito, perfecto y eterno, no tengo la menor duda. Y del amor del santo tampoco tenía duda, hasta ayer mismo, que recordé que el santo es tan humano como yo. Es decir, que esa imagen de santidad que se había formado en mi cabeza, la que acabo de describir, era una fanfarronada.

¿Por qué? Porque era evidente que ningún santo ha sido como yo lo había pensado. Me vinieron en ese momento a la cabeza una decena de vidas de santos y ninguna se correspondía con el currículum que yo me había formado. Más que nada, porque había pensado que para poder amar había que ser perfecto. Es decir, que no se puede amar con defectos: sólo se puede amar perfectamente -me decía-, sin errores, sin tacha…

Aunque basta detenerse a observar un poco el día a día de un enamorado. Es un día lleno de detalles excepcionales… pero de incontables errores, defectos e intenciones que nunca se llevan a cabo. A veces pienso que para amar hay que estar preparado para poder amar.

Pero… ¿se puede amar sin estar preparado? Me respondí a mí mismo con una pregunta que se convirtió en un soliloquio: “¿tú amas sin estar preparado?”; “pues sí”, respondí; “¿amas a pesar de ser un cafre?”, volví a preguntarme; “sí, sin duda, con mis penas porque no lo hago del todo bien, pero amo a pesar de que soy un cafre”; “y si amas a pesar de ser un cafre, de tener errores y de no estar preparado, ¿por qué exiges tanto para amar?”; “porque creo que para amar hay que amar dando todo lo que se puede, si no, no se ama…”; “¡ja, iluso, eres un iluso! ¡Eres el primero que no sabe hacer nada de eso! ¿Qué pasa, pues, si lo único que puedes ofrecer al otro son minucias, cosas pequeñas, que no parecen nada grande? ¿Si ofreces sólo eso no puedes amar? O, por ejemplo, ¿qué ocurre si lo único que puedes ofrecer al otro son errores? ¿Entonces no es amor?”. Aquí acabó el soliloquio, porque la última pregunta que me hice me dejó contra las cuerdas…

Como se puede ver, me gusta pensar en un enamorado como una especie de caballero que mata al dragón, vence a todo un ejército, proclama la paz en todo el reino y libera a la doncella de la bruja (espero que este pensamiento se tome como una exageración, porque es lo que es: una exageración). Me imagino al enamorado como una persona perfecta, a fin de cuentas. Y no es para nada así. Como me preguntaba antes, ¿qué ocurre si sólo se puede amar con errores, es decir, si lo único que podemos ofrecer como señales de amor son meteduras de pata? Ahí tengo un serio dilema. Pero pensar en los enamorados fue suficiente para contestarme.

¿Qué es un enamorado? Es una persona que ha visto a otra como una excepción. Una persona que se atreve a decir “sólo tú”. Una persona que no pasa de largo cuando ve a la otra, sino que cae en la cuenta de que es única en el mundo. Una persona que, con la otra, piensa en el tiempo como si fuera eterno. Una persona que se enfada y sonríe a la vez cuando el otro se equivoca, y que pide perdón cuando es él quien se ha equivocado. Una persona que, cuando ve los errores del otro, dice “¿y qué?”… e intenta no cometerlos también para ayudarle. Una persona que ve el mundo con los ojos del otro, que ama lo que el otro ama y que desea conocer lo que el otro conoce. Eso es, más o menos, un enamorado.

Contestándome a mí mismo, lo que acabo de decir no se corresponde con la perfección. Sino con algo habitual, sencillo. Cualquiera puede enamorarse y amar. Así que, volviendo al tema de la santidad, ¿qué es un santo? Como ya me he respondido a mí mismo y he averiguado que no hace falta ser el mejor de la clase para ser un santo, puedo decir que un santo, como siempre me han dicho, es un enamorado de Dios… ¡Menudo amor!

Puede que eso sea lo que le hace tan excepcional. Cuando dos personas se enamoran, adquieren aspectos de la personalidad del otro. Se pegan gustos, manías… Y, claro, si la persona de la que te enamoras es todo un Dios, ¿qué se te va a pegar? ¡La manera de ser de Dios, por si fuera poco…! 

Puede que lo que hace grandes a las personas, lo que las hace excepcionales, es aquello que son capaces de amar. Cuando amamos, intentamos estar a la altura de lo que amamos, a pesar de que, como hemos visto, nunca lo estamos. Por eso los santos son personas increíbles, porque han amado a alguien increíble. Se han atrevido a amar a Dios, lo cual llena de temor, porque estar a la altura de Dios es bastante complicado…

Con todo esto, después de haberme ido por los cerros de Úbeda, creo que he sabido explicarme qué es un santo. Una persona, a fin de cuentas, que se enamora de Dios… Sólo es un enamorado de Dios. He ahí su excepcionalidad. Y si, siendo tan normal como nosotros, ha podido amar a Dios, me pregunto: “¿enamorarse de Él será más fácil de lo que parece? ¿Puedo enamorarme de Dios ahora, sin más, de repente?”. Y contesto, “quizá, inténtalo…”. 

martes, 24 de abril de 2012

Ética: no es lo que hago, es lo que soy


Como ya se sabe y se supone, estudio filosofía. La carrera de filosofía, en concreto. Tengo las clases por la tarde, pero creo que eso no aporta nada a lo que quiero decir. Ya que sólo quería escribir sobre un tema que me ha llamado la atención en clase. Hemos tratado la ética utilitarista. El profesor ha estado explicando el pensamiento de John Stuart Mill. Aunque al final sólo hemos hablado del consecuencialismo ético.

El consecuencialismo ético es aquella concepción de la ética que define la moralidad de nuestros actos según sus consecuencias. Es decir, la bondad o maldad, licitud o ilicitud moral de nuestros actos dependerá de las consecuencias que provoquen estos. Si las consecuencias son más favorables que desfavorables para mí o mis semejantes, podemos considerar que mi acto o acción ha sido moralmente aceptable. En caso contrario, valoraremos el acto como moralmente reprochable.

No quiero demorarme mucho en explicaciones éticas, ya que la ética, en concreto, es una parte de la filosofía que me aburre. Me aburre no porque me considere un ser amoral o porque crea que no es importante, sino por las interminables discusiones que provoca. A fin de cuentas, si se mira con un poco de detenimiento, con sentido común y sin intereses particulares que intenten justificar las propias acciones, la ética es un asunto que se puede resolver con unas pocas explicaciones.

Yendo al meollo de la cuestión, me ha preocupado que consideremos nuestros actos o acciones como algo aislado, al margen de nosotros mismos; parece que cuando actuamos, nuestras acciones quedan fuera de nuestra vida, como algo pasado y que, si no le prestamos atención, no tiene importancia mientras no afecte a nadie. Cuando, a mi modo de ver, nuestras acciones tienen mucho que ver con nosotros. Valga la redundancia, nuestras acciones son nuestras acciones. Es decir, nuestras acciones son imprescindibles, no las podemos olvidar como si se tratara de un objeto de usar y tirar. Si realizamos una acción no es anónima, tiene nombre y apellidos: somos nosotros actuando. No hay acciones que ocurran de repente en nuestra vida porque han caído a nuestro lado sin que nosotros lo quisiéramos, sino que las realizamos nosotros, y al realizarlas nos convertimos en aquello que realizamos. Si estudio con regularidad, soy estudiante. Si soy amigo de lo ajeno habitualmente, soy un ladrón. Si tengo gestos de afecto con las personas que quiero, soy cariñoso; de la misma manera, si me molesta siempre todo lo que me rodea, soy un gruñón.

Lo que estoy planteando no es nada nuevo, tampoco se trata de un gran dilema moral. Me parece que basta revisar un poco la Historia de la Filosofía, ir a sus orígenes (que es muy importante no olvidarlos) y pararnos un poco en el pensamiento de Sócrates para recordar las conclusiones, tan acertadas, sencillas y profundas, de este magnífico filósofo. Me repito como el ajo, pero no puedo dejar de citar su famosa sentencia: “más vale padecer una injusticia que cometerla”. ¿Por qué tiene tanta importancia una frasecilla que, en apariencia, es inofensiva e ingenua? Es una frase revolucionaria. Tan revolucionaria que no podríamos pensar en revoluciones si no fuera por ella. ¿Por qué? Porque se trata de la primera revolución humana: la ética. Resulta que la ética descubierta por Sócrates ha marcado toda la Historia de Europa (si se me permite decirlo, claro). ¿De qué manera ha marcado a Europa? Porque Sócrates se dio cuenta de que lo que hacemos nos convierte en lo que hacemos. Somos lo que hacemos. Nuestro ser es constituido por nuestro hacer. Pero no creamos que se trata de algo artesanal, como un objeto que fabricamos. Nuestro hacer es nuestro obrar, nuestro actuar. Es decir, lo que queremos hacer porque lo queremos hacer. Y cuando lo hacemos, cuando obramos, obramos siendo aquello que obramos. Si mato a una persona, la acción de matar me convierte en asesino. Si contesto una injusticia con otra injusticia, soy injusto. Si hago pasteles, soy pastelero…

Ahora se me puede decir que me estoy yendo por las ramas. Y puedo decir que es cierto, aunque no estoy de acuerdo. No me voy por las ramas. Quiero decir, tan sólo, que la ética o la moral no es una cuestión de normas que hay que cumplir, tampoco se trata de valorar lo que hacemos como algo externo que queda fuera de nuestra vida. La ética que vivimos es nuestro mismo ser. Somos éticos, porque nuestros actos hacen de nosotros lo que somos. Dicen qué vida llevamos, hacen que nuestra vida sea buena o no. No creo que haya que valorar los actos con una cuartilla moral en la que marquemos “bueno” o “malo” conforme actuamos. Sino que hay que valorar la ética desde un punto de vista vital, englobando toda la vida de la persona, que obrará bien si tiene virtudes o mal si tiene vicios (porque se pueden adquirir vicios en la vida, y no sólo con el tabaco).

Así con todo, me gusta decir que la ética no es solamente lo que hago, la ética es lo que soy, lo que he querido ser hasta ahora y lo que quiero ser en el futuro. De mí depende querer ser bueno o malo, pero no podemos pensar que nuestros actos no nos determinan. Cuando actúo me predispongo a seguir actuando así: me convierto en aquello que hago y me acepto siendo lo que soy.