martes, 24 de abril de 2012

Ética: no es lo que hago, es lo que soy


Como ya se sabe y se supone, estudio filosofía. La carrera de filosofía, en concreto. Tengo las clases por la tarde, pero creo que eso no aporta nada a lo que quiero decir. Ya que sólo quería escribir sobre un tema que me ha llamado la atención en clase. Hemos tratado la ética utilitarista. El profesor ha estado explicando el pensamiento de John Stuart Mill. Aunque al final sólo hemos hablado del consecuencialismo ético.

El consecuencialismo ético es aquella concepción de la ética que define la moralidad de nuestros actos según sus consecuencias. Es decir, la bondad o maldad, licitud o ilicitud moral de nuestros actos dependerá de las consecuencias que provoquen estos. Si las consecuencias son más favorables que desfavorables para mí o mis semejantes, podemos considerar que mi acto o acción ha sido moralmente aceptable. En caso contrario, valoraremos el acto como moralmente reprochable.

No quiero demorarme mucho en explicaciones éticas, ya que la ética, en concreto, es una parte de la filosofía que me aburre. Me aburre no porque me considere un ser amoral o porque crea que no es importante, sino por las interminables discusiones que provoca. A fin de cuentas, si se mira con un poco de detenimiento, con sentido común y sin intereses particulares que intenten justificar las propias acciones, la ética es un asunto que se puede resolver con unas pocas explicaciones.

Yendo al meollo de la cuestión, me ha preocupado que consideremos nuestros actos o acciones como algo aislado, al margen de nosotros mismos; parece que cuando actuamos, nuestras acciones quedan fuera de nuestra vida, como algo pasado y que, si no le prestamos atención, no tiene importancia mientras no afecte a nadie. Cuando, a mi modo de ver, nuestras acciones tienen mucho que ver con nosotros. Valga la redundancia, nuestras acciones son nuestras acciones. Es decir, nuestras acciones son imprescindibles, no las podemos olvidar como si se tratara de un objeto de usar y tirar. Si realizamos una acción no es anónima, tiene nombre y apellidos: somos nosotros actuando. No hay acciones que ocurran de repente en nuestra vida porque han caído a nuestro lado sin que nosotros lo quisiéramos, sino que las realizamos nosotros, y al realizarlas nos convertimos en aquello que realizamos. Si estudio con regularidad, soy estudiante. Si soy amigo de lo ajeno habitualmente, soy un ladrón. Si tengo gestos de afecto con las personas que quiero, soy cariñoso; de la misma manera, si me molesta siempre todo lo que me rodea, soy un gruñón.

Lo que estoy planteando no es nada nuevo, tampoco se trata de un gran dilema moral. Me parece que basta revisar un poco la Historia de la Filosofía, ir a sus orígenes (que es muy importante no olvidarlos) y pararnos un poco en el pensamiento de Sócrates para recordar las conclusiones, tan acertadas, sencillas y profundas, de este magnífico filósofo. Me repito como el ajo, pero no puedo dejar de citar su famosa sentencia: “más vale padecer una injusticia que cometerla”. ¿Por qué tiene tanta importancia una frasecilla que, en apariencia, es inofensiva e ingenua? Es una frase revolucionaria. Tan revolucionaria que no podríamos pensar en revoluciones si no fuera por ella. ¿Por qué? Porque se trata de la primera revolución humana: la ética. Resulta que la ética descubierta por Sócrates ha marcado toda la Historia de Europa (si se me permite decirlo, claro). ¿De qué manera ha marcado a Europa? Porque Sócrates se dio cuenta de que lo que hacemos nos convierte en lo que hacemos. Somos lo que hacemos. Nuestro ser es constituido por nuestro hacer. Pero no creamos que se trata de algo artesanal, como un objeto que fabricamos. Nuestro hacer es nuestro obrar, nuestro actuar. Es decir, lo que queremos hacer porque lo queremos hacer. Y cuando lo hacemos, cuando obramos, obramos siendo aquello que obramos. Si mato a una persona, la acción de matar me convierte en asesino. Si contesto una injusticia con otra injusticia, soy injusto. Si hago pasteles, soy pastelero…

Ahora se me puede decir que me estoy yendo por las ramas. Y puedo decir que es cierto, aunque no estoy de acuerdo. No me voy por las ramas. Quiero decir, tan sólo, que la ética o la moral no es una cuestión de normas que hay que cumplir, tampoco se trata de valorar lo que hacemos como algo externo que queda fuera de nuestra vida. La ética que vivimos es nuestro mismo ser. Somos éticos, porque nuestros actos hacen de nosotros lo que somos. Dicen qué vida llevamos, hacen que nuestra vida sea buena o no. No creo que haya que valorar los actos con una cuartilla moral en la que marquemos “bueno” o “malo” conforme actuamos. Sino que hay que valorar la ética desde un punto de vista vital, englobando toda la vida de la persona, que obrará bien si tiene virtudes o mal si tiene vicios (porque se pueden adquirir vicios en la vida, y no sólo con el tabaco).

Así con todo, me gusta decir que la ética no es solamente lo que hago, la ética es lo que soy, lo que he querido ser hasta ahora y lo que quiero ser en el futuro. De mí depende querer ser bueno o malo, pero no podemos pensar que nuestros actos no nos determinan. Cuando actúo me predispongo a seguir actuando así: me convierto en aquello que hago y me acepto siendo lo que soy.

2 comentarios:

Chao Balan dijo...

Gracias por tu reflexión

Rafa Monterde dijo...

Muchas gracias a ti por tu comentario. Un cordial saludo.