martes, 17 de abril de 2012

Hechos extraordinarios

Llevo varios días escuchando noticias que no tienen nada que ver conmigo. Son noticias que parecen importantes: son de personas importantes, que todo el mundo conoce porque las ha visto en la tele, en una revista o en Internet. Son noticias porque las llaman noticias. Noticias que no dicen nada, que con mucha maestría y engaño son decoradas para que pensemos que tienen algo que ver con nosotros. Pero yo, desde hace varios años, las escucho, las veo y las comento desde la distancia, porque son distantes. No conozco a nadie en esas noticias, los que aparecen nunca han hablado conmigo ni se han cruzado nuestras miradas. Esas noticias no se comportan como noticias. No dan a conocer, no enriquecen la vida, sino que la dispersan, la olvidan. La vida pasa desapercibida. No interesa, no es noticia. Lo que es importante se hace rutinario. Lo vulgar se viste de gala…

Ayer, sin ir más lejos, vi el reflejo del sol en las hojas de un árbol. Hacía que brillara como si fuera plata. El color verde quedó oculto tras el resplandor de las hojas. Fue una imagen extraordinaria, de las que hacen historia. Iba andando por el parque con un amigo cuando la vi. Tuve que pedirle que se parara para que cayera en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. Al verlo me confirmó que era maravilloso, que nunca se había fijado. Después avanzamos un poco más hacia delante. Había sombra, yo miraba al suelo, escuchándole y pensando sobre lo que me estaba contando. Pero un aroma retuvo mi atención. Alcé la cabeza. Aspiré varias veces, moviendo la cabeza de un lado a otro para encontrar la flor a la que pertenecía. Caí en la cuenta de que era azahar, pues a mi izquierda, casi a mis espaldas, había naranjos en flor. Al instante pensé en la Alhambra, en la Valencia musulmana y en el Mediterráneo. Hacía tiempo que no degustaba de mi imaginación ni de mis recuerdos. Mi amigo me dijo que el azahar era la flor del limonero, y yo, que desde pequeño he visto los naranjos crecer durante el año, no tenía duda de que la flor del naranjo era el azahar. Aunque para resolver el problema, como somos fieles de Google, saqué el móvil y consulté en Internet nuestra duda. Descubrimos que la flor pertenece a ambos árboles. Nos miramos con complicidad, reconociendo nuestra facilidad para sentar cátedra… y continuamos andando.

Saliendo del parque pensé en lo que he dicho al principio. Tenía que escribirlo. Es una pena que nuestras vivencias pertenezcan a una pantalla de televisión, o a unas fotos de Facebook, y que no seamos capaces de tener memoria de nosotros mismos. A mí me pasa, pues son miles las formas de distraerme, de olvidar mi recuerdo y de atender a vidas que no tienen nada que ver con la mía. El recuerdo guarda noticias mayores que las del telediario. La realidad no tiene pausa, y su guión es espontáneo, impredecible, auténtico, inmediato. Sus hechos son importantes, pero nadie los anuncia. Sólo son presentes en nuestra conciencia, donde adquieren relevancia y verdad; donde escribimos su historia, nuestra historia; donde la imagen no pasa, sino que crece cada vez que la recordamos. Pero son nuestros, sólo nuestros recuerdos...

4 comentarios:

Rostard dijo...

Sin duda hay placeres que se pierden -sin prestarles la menor atención- en la rutina. Y mientras estamos pendientes del circo, los farsantes y la escoria.

Fernando dijo...

Hola, Rafa.

Asombroso lo del azahar en el limonero.

Tienes razón en que lo importante no es lo de las noticias, sino lo de los paseos por el parque. Pero no lo dudes: todo eso que vomitan los telediarios y que parece tan lejano, más pronto o más tarde acaba afectando a nuestra vida cotidiana.

Raquel dijo...

Hace poco que he comenzado a leer En busca del tiempo perdido... y estoy pedaleando mucho acerca de la escena de la "magdalena". Cómo un simple bocado de ella le evoca toda su infancia. El relato es magnífico y, el hecho, extraordinario.

Tu texto me ha recordado un poco a él cuando hablas de la Valencia musulmana, el mediterráneo... ains, cuántos recuerdos (de lo importante) me traen.

Un saludo,
Raquel

Rafa Monterde dijo...

Javi, cuánto descuidamos sin darnos cuenta...

Fernando, tienes razón, está claro, "estamos todos en el ajo", pero el ajo no puede hacernos perder el olfato para lo que enriquece de verdad, que es la intimidad humana. ¿No te parece?

Raquel, no conozco a Proust, pero ahora que lo mencionas me tienta muchísimo. ¿Has visto Ratatouille? Hay una escena de la película que es idéntica. El anciano, amargado, prueba las patatas y... se traslada a su infancia, cuando su madre, con todo el cariño del mundo, le preparaba esa comida. Cómo no, su vida da un vuelco, y su acidez personal se convierte en simpatía. No sé si puede ser cierto o no, pero quizá el recuerdo tenga más realidad actual de lo que parece. ¡El próximo congreso tiene que ser sobre magdalenas! Y Valencia... ¡ay, ya sabes lo preciosa que se pone en primavera!

¡Gracias a todos por comentar!