jueves, 26 de abril de 2012

¿Qué es un santo?


Tengo un serio problema cuando pienso en la santidad. Me imagino a los santos como personas excepcionales, de las que no hay en el mundo. Esa clase de personas que no parecen de carne y hueso, como si fueran semidioses, como Hércules, Aquiles o esos héroes de las películas, que parece que no se cansan nunca y que, a pesar de que les han cubierto de plomo, no se desangran y aún pueden matar al malo de la peli.

A pesar de que tengo una imaginación que no se corresponde con la realidad, creo que aún puedo razonar un poquito qué es un santo. Si no me equivoco, un santo es una persona tan normal y habitual como la que está leyendo estas palabras. Es decir, que un santo no tiene nada particular, ni único, ni meritorio para ser santo. Esto que acabo de decir lo he escuchado miles de veces. Me aburre mucho decirlo, porque no es mío. Sólo se me ha quedado en el archivo y lo repito como un loro cuando tengo que explicar lo que es la santidad.

Como tengo deformación profesional porque estudio filosofía, me gusta pensar las cosas por mí mismo. Más que nada, para explicármelas cuando estoy solo, que me cuesta entender las cosas a la primera. Pienso para poder entenderme conmigo mismo… Y como no he entendido nunca lo que es la santidad, ayer mismo me puse a explicármelo.

Empecé pensando en un santo como un hombre hecho y derecho (o una mujer, no me malentendáis), de esos que no les tiembla el pulso y que, con voz varonil, dicen las cosas sin que se les quiebre la voz. Pensé en un santo como una persona con un currículum increíble, de esos que quitan el hipo en las entrevistas de trabajo. La imagen que aparecía en mi cabeza era la de una persona de la que no se puede dudar.

Luego, cómo no, pensé en un santo como una persona enamorada de Dios. Siempre que se habla de santidad se habla de amor de Dios. Así que no podía olvidarme de este aspecto. Del amor de Dios, que es infinito, perfecto y eterno, no tengo la menor duda. Y del amor del santo tampoco tenía duda, hasta ayer mismo, que recordé que el santo es tan humano como yo. Es decir, que esa imagen de santidad que se había formado en mi cabeza, la que acabo de describir, era una fanfarronada.

¿Por qué? Porque era evidente que ningún santo ha sido como yo lo había pensado. Me vinieron en ese momento a la cabeza una decena de vidas de santos y ninguna se correspondía con el currículum que yo me había formado. Más que nada, porque había pensado que para poder amar había que ser perfecto. Es decir, que no se puede amar con defectos: sólo se puede amar perfectamente -me decía-, sin errores, sin tacha…

Aunque basta detenerse a observar un poco el día a día de un enamorado. Es un día lleno de detalles excepcionales… pero de incontables errores, defectos e intenciones que nunca se llevan a cabo. A veces pienso que para amar hay que estar preparado para poder amar.

Pero… ¿se puede amar sin estar preparado? Me respondí a mí mismo con una pregunta que se convirtió en un soliloquio: “¿tú amas sin estar preparado?”; “pues sí”, respondí; “¿amas a pesar de ser un cafre?”, volví a preguntarme; “sí, sin duda, con mis penas porque no lo hago del todo bien, pero amo a pesar de que soy un cafre”; “y si amas a pesar de ser un cafre, de tener errores y de no estar preparado, ¿por qué exiges tanto para amar?”; “porque creo que para amar hay que amar dando todo lo que se puede, si no, no se ama…”; “¡ja, iluso, eres un iluso! ¡Eres el primero que no sabe hacer nada de eso! ¿Qué pasa, pues, si lo único que puedes ofrecer al otro son minucias, cosas pequeñas, que no parecen nada grande? ¿Si ofreces sólo eso no puedes amar? O, por ejemplo, ¿qué ocurre si lo único que puedes ofrecer al otro son errores? ¿Entonces no es amor?”. Aquí acabó el soliloquio, porque la última pregunta que me hice me dejó contra las cuerdas…

Como se puede ver, me gusta pensar en un enamorado como una especie de caballero que mata al dragón, vence a todo un ejército, proclama la paz en todo el reino y libera a la doncella de la bruja (espero que este pensamiento se tome como una exageración, porque es lo que es: una exageración). Me imagino al enamorado como una persona perfecta, a fin de cuentas. Y no es para nada así. Como me preguntaba antes, ¿qué ocurre si sólo se puede amar con errores, es decir, si lo único que podemos ofrecer como señales de amor son meteduras de pata? Ahí tengo un serio dilema. Pero pensar en los enamorados fue suficiente para contestarme.

¿Qué es un enamorado? Es una persona que ha visto a otra como una excepción. Una persona que se atreve a decir “sólo tú”. Una persona que no pasa de largo cuando ve a la otra, sino que cae en la cuenta de que es única en el mundo. Una persona que, con la otra, piensa en el tiempo como si fuera eterno. Una persona que se enfada y sonríe a la vez cuando el otro se equivoca, y que pide perdón cuando es él quien se ha equivocado. Una persona que, cuando ve los errores del otro, dice “¿y qué?”… e intenta no cometerlos también para ayudarle. Una persona que ve el mundo con los ojos del otro, que ama lo que el otro ama y que desea conocer lo que el otro conoce. Eso es, más o menos, un enamorado.

Contestándome a mí mismo, lo que acabo de decir no se corresponde con la perfección. Sino con algo habitual, sencillo. Cualquiera puede enamorarse y amar. Así que, volviendo al tema de la santidad, ¿qué es un santo? Como ya me he respondido a mí mismo y he averiguado que no hace falta ser el mejor de la clase para ser un santo, puedo decir que un santo, como siempre me han dicho, es un enamorado de Dios… ¡Menudo amor!

Puede que eso sea lo que le hace tan excepcional. Cuando dos personas se enamoran, adquieren aspectos de la personalidad del otro. Se pegan gustos, manías… Y, claro, si la persona de la que te enamoras es todo un Dios, ¿qué se te va a pegar? ¡La manera de ser de Dios, por si fuera poco…! 

Puede que lo que hace grandes a las personas, lo que las hace excepcionales, es aquello que son capaces de amar. Cuando amamos, intentamos estar a la altura de lo que amamos, a pesar de que, como hemos visto, nunca lo estamos. Por eso los santos son personas increíbles, porque han amado a alguien increíble. Se han atrevido a amar a Dios, lo cual llena de temor, porque estar a la altura de Dios es bastante complicado…

Con todo esto, después de haberme ido por los cerros de Úbeda, creo que he sabido explicarme qué es un santo. Una persona, a fin de cuentas, que se enamora de Dios… Sólo es un enamorado de Dios. He ahí su excepcionalidad. Y si, siendo tan normal como nosotros, ha podido amar a Dios, me pregunto: “¿enamorarse de Él será más fácil de lo que parece? ¿Puedo enamorarme de Dios ahora, sin más, de repente?”. Y contesto, “quizá, inténtalo…”. 

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