martes, 15 de mayo de 2012

Ética, una cuestión de justicia


En la filosofía tradicional, la ética consistía en perseguir el bien o la justicia. La medida de la justicia era lo bueno. Por ello, ser bueno y justo era lo mismo: cuando quiero lo bueno, cuando repito una y otra vez lo bueno y adquiero las virtudes propias de lo bueno, soy bueno. Así, aquel que practica la ética hace lo bueno y es justo.

La justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Para juzgar lo correspondiente hay que tener el juicio formado, ser sabio. No se puede administrar justicia sin ser justo, de la misma manera que no puedo hacer pasteles si no sé hacerlos, porque serán incomibles.

Esta manera de ver la ética, como un modo de saber, en el que lo bueno se va adquiriendo, en la que “hacerse bueno” consiste en un camino o recorrido hacia la virtud, era un tesoro que nos legaron los filósofos griegos. Sin embargo, en la modernidad parece que la gran ausente en los temas éticos es la virtud.

La virtud en ética está olvidada o molesta. Parece que lo virtuoso requiere responsabilidad, empeño, aprendizaje. Actitudes que modelan nuestro obrar y requieren esfuerzo espiritual, purificación de las intenciones, para, así, algún día, poder querer lo bueno sin esfuerzo.

Para querer lo bueno hay que hacerlo. No basta con tener intenciones buenas. Sino que hay que “ser bueno”. Tanto en la teoría como en la práctica, hemos de hacer lo bueno. Y para hacer lo bueno se requiere tiempo, repetir una y otra vez actos hasta que forman parte de nuestro ser como los miembros de nuestro cuerpo.

El olvido de la virtud en la filosofía moderna se ve clara en la noción de deber. Cuando lo bueno y justo es sustituido por el deber y la ley, la virtud no aparece. La acción es reclamada por un imperativo y no querida por el que la realiza. La ética se convierte en un tema árido, que limita nuestras intenciones y que acaba por llenar de contradicciones el espíritu humano. Los resultados son evidentes: cuando lo bueno es obligado, cuando lo bueno se convierte en una ley, produce rechazo, porque no se ve por qué “debe” ser cumplido; ello se puede comprobar si contemplamos la desorientación ética que vivimos hoy en día. A mi modo de ver, lo bueno es bueno, también, porque es “querido”, no porque sea obligado.

Voy a explicar la razón que me ha llevado a escribir esto. La semana pasada estuvimos debatiendo sobre ética utilitarista en clase. La base de la ética utilitarista consiste en que para hacer algo, hay que pensar en el mayor beneficio para la mayoría de las personas. Debo realizar acciones en función del beneficio que vaya a obtener la mayoría de la gente. Es decir, que no importa que mi acción sea buena o justa, sino que debe tener buenas consecuencias.

En clase intervine preguntándole al profesor si esta concepción de la ética tenía en cuenta la justicia. La respuesta fue negativa. Como se puede suponer, hice la pregunta para hacer una crítica. Porque conforme he ido escuchando las propuestas del utilitarismo he visto más clara la crisis que vivimos en Europa: cuando no hay justicia en lo personal, no puede haber justicia en lo social.

La crisis económica es un ejemplo evidente. Si lo que se busca es el beneficio y lo bueno es olvidado, los resultados son los que tenemos ahora. Es imposible obtener buenos resultados con métodos que no son buenos. La famosa frase de “el fin no justifica los medios” no es ninguna tontería. Puede que haberla olvidado sea lo que vaya a destruir la democracia en Europa…

Por eso es tan importante la ética de las virtudes. Sólo se puede ser justo si se practica habitualmente la justicia. Los actos justos no son actos espontáneos que surgen de la persona como si fueran instintivos. Tampoco pueden ser realizados simplemente porque haya una ley que diga “esto es justo”. A mi modo de ver, eso es simplificar el espíritu humano, reducirlo a un mecanismo, cuando se trata de un mar bravo, mediterráneo, que hay que aprender a navegar. Las virtudes aportan ese conocimiento del espíritu que hay que aprender a percibir y modelan nuestra voluntad para que sepa dirigirse a buen puerto: si no se navega, no se aprende a navegar; si no se practica lo justo, la justicia nunca llegará.

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