domingo, 2 de septiembre de 2012

Mientras se acababa el verano...


Ayer, de manera definitiva, o casi definitiva (porque pocas cosas son definitivas en esta vida: pocas cosas tienen su final claro), acabó el verano para mí: deshice mi maleta en mi cuarto. Tengo que admitir que tuve varios momentos para deshacerla, porque se me iba el santo al cielo…

Es decir, cuando fui a abrir la cremallera, me acordé de que tengo no sé qué antología de poesía, así que me tiré casi una hora leyendo y fantaseando las maravillas del espíritu humano… Después me acordé de que en cinco minutos sería la hora de ir a misa, así que, cumpliendo con mi piedad, me fui a misa, dejando mi maleta medio abierta en mi cama.

Cuando volví a mi cuarto después de misa, me enfrenté a la cruda realidad del mes de septiembre, en la que los recuerdos del mes de agosto van pasando por tu cabeza y se cuelgan en las perchas del armario y se guardan en los cajones, junto con los calcetines y las camisetas.

Después llegó otro momento, que no es duro, sino agradable: devolví los libros que había leído este mes a la estantería. Entre ellos había poesía, filosofía y novela. No eran muchos, pero me han encantado. Mientras los guardaba, me puse a pensar, así que no recuerdo muy bien qué hice con ellos, ni dónde acabé yo durante aquel rato. Lo que sé es que no salí de mi cuarto.

Como cada libro te cuenta algo distinto, como un amigo al que le ha ocurrido algo, les presté un poco de atención. Ya se sabe que siento debilidad por la filosofía. Tengo que admitirlo: me perdí filosofando al ver los libros de filosofía y dejé el resto a un lado.

Al acabarse el verano, me puse a pensar en el tiempo. Al pensar en el tiempo, me puse a pensar en Hegel, porque hace un par de días estuve hablando con un amigo sobre él. Al pensar en Hegel, pensé en los filósofos griegos y en la importancia de descubrir el acto de pensar de Aristóteles, porque si no se descubre, se confunden las cosas. Y al pensar en el acto de pensar, me puse a pensar en el acto de ser, que descubrió Santo Tomás de Aquino.

Así que, en un momento, quizá fue algo más de una hora, pasé del verano a la metafísica. Os tengo que decir, aunque no lo parezca, que están muy relacionados: que se acabe el verano es algo muy importante, porque estás pensando en el siguiente, así que no sabes si, en verdad, se acaba: hay más veranos.

Por eso, mientras se acababa el verano, pensé en que no se puede acabar el pensamiento, aunque un genio como Hegel haya intentado agotarlo. “¿Por qué no se puede acabar el pensamiento?”, podríamos preguntarnos. Es una pregunta muy moderna, que un filósofo antiguo no se abría preguntado. Pero como los modernos y los posmodernos somos más chulos que ningún otro hombre de la historia, nos lo preguntamos.

Nos lo preguntamos, entonces: ¿por qué no se puede acabar el pensamiento? Porque se trata de un acto dirigido a otro acto. Tenemos un acto, que es el acto de ser, y que es “autónomo”, por decirlo de alguna manera; tenemos otro acto, que es el acto de pensar, que también es “autónomo”, más o menos, y que se refiere, para ser acto, a ese otro acto de la realidad, que es el ser. Podemos preguntarnos, pues, si el acto de pensar, al pensar el acto de ser, se convierte en el acto de ser y se une con el ser. Hay que contestar que no. Eso es lo que intentaba Hegel, y eso no se puede hacer, es imposible.

“¿Por qué no se puede convertir el acto de pensar en el acto de ser?”, nos preguntamos ahora. Y la respuesta es la siguiente: el acto de pensar no es un acto de ser, sino que es un acto de pensar que es ejercido por un ser muy particular, que es la persona. Hay dos actos de ser diferentes: uno es el acto de ser, que es continuo e “independiente” del acto de pensar, y otro es el acto de ser de la persona. Se trata, por tanto, de dos seres distintos, que se relacionan, pero no se mezclan.

Y… “¿cómo se relacionan esos dos actos de ser distintos, si son tan distintos?”. Sencillamente, con un acto más, que ya hemos mencionado, y es el acto de pensar. El acto de pensar es un acto espiritual, y por ello puede empapar la realidad física, “palparla” para asimilarla, sin que se confunda con ella. Pero de ningún modo el acto de pensar puede convertirse en el acto de ser, porque el ser corresponde a la persona, que es la que ejerce ese acto tan peculiar que es el pensamiento, que es espiritual y está por encima de la realidad física.

Lo físico está en acto, cierto, pero al ser físico es potencia, porque se compone de materia, y la materia es potencia siempre, nunca se acaba, la materia no se solidifica. Por eso, aunque el acto de pensar sea un acto al que se llama “perfecto”, porque posee su fin, no puede acabarse: el acto de pensar “piensa” con el ser, y si el ser es material, siempre es potencia. Por tanto, el pensamiento nunca se acaba, es un acto espiritual que se refiere a otro acto, y ese acto es material. Aquí está el meollo de la cuestión…

Así podéis ver cómo el final del verano tiene que ver con la metafísica. Del mismo modo que no se puede acabar el verano, porque hay un siguiente, no se puede acabar el pensamiento, porque se ocupa de una realidad que está en continuo movimiento y que es independiente de él. Del mismo modo que hay varios veranos, hay varios actos que se relacionan, pero este asunto no lo vamos a resolver aquí.

Mientras se acababa el verano, me puse a pensar que no se puede acabar el pensamiento. Y esto es lo que me ha salido… ¡Podéis ver que ha sido un verano magnífico!

8 comentarios:

Angelo dijo...

uff... Rafa. El post es genial, y ya veo que el verano también, pero...¿Has descansado en este verano? ...Leyendo lo que he leído diría que sí.Lo que ha quedado claro, que pensar sí que has pensao...
Nada, que es una broma.
Genial, y magnífico como siempre.
Que el próximo curso sigas llenando nuestro ser, con tus pensamientos.
Un abrazo

Mora Fandos dijo...

Ciertamente, ya se ve, un abrazo.

Marcela Duque dijo...

Esto me recuerda la definición de Millán Puelles de conocimiento: "actus actus actum possidentis", acto (conocer) de un acto (ser persona) que posee un acto (la forma intencional). Una definición absolutamente genial, ¿no te parece?

Un abrazo, Rafa. Me alegra que hayas tenido un buen verano.

Rafa Monterde dijo...

Marcela, es una alegría tenerte por aquí. Espero que estés bien en tu patria.

Respecto a Millán-Puelles, es un maestro de maestros... ¿Qué puedo decir?

Estuve en Pamplona la semana pasada. Fue una gozada. Se te echa de menos allí, por cierto.

Un abrazo.

Ana dijo...

Piensa, piensa y existirás, pero piensa en libertad y serás librepensador. Que nadie piense por nosotros, solo Dios que nos pensó desde y para la eternidad.
Que infinito el pensar de Dios en el que caben todos nuestros pensamientos!!
Para pensar largo y tendido....o mejor dejarlo como esta, en nuestro pensar limitado, no?

Rafa Monterde dijo...

Totalmente de acuerdo, Ana. Pero... siguiendo tu comentario, ¿no crees que todo pensamiento, cuando se piensa "pensando" (sin etiquetas, sino concentrándose de verdad), es libre? Todo el que piensa, en cierto modo, es libre, pues está haciendo algo innecesario.

Ana dijo...

Perdona, Rafa, cuando ayer por la noche me metí en tu blog, no pude resistir a la tentación de escribir algun pensamiento que a esas horas afloran tras leer tu post. Creo que el tema de la libertad es algo tan misterioso que siempre me dirige a la fe en Dios para responder a tantos pensamientos y preguntas sobre ella. No creo que el pensar nos haga libres, sino Dios, pero una libertad condicionada, es verdadera libertad? Y me refiero a libertad condicionada a que la libertad es elegir entre el bien o el mal. Por que Dios se ha arriesgado a que nos perdamos en el mal al crearnos libres para no elegirle? Y me vienen a la cabeza tantos pensamientos sobre el génesis, que tengo que dejarlo y someterme al unico pensamiento libre y verdadero, que es Dios, porque todo lo hace libremente bien, y ademas sin necesidad.

Rafa Monterde dijo...

Ana, tienes toda la razón al decir que Dios es la libertad verdadera. Pero hemos de decir que con Dios nos relacionamos, es decir: le conocemos, le amamos, nos entregamos a Él de la misma manera, o casi, como Él se nos da a nosotros.

No pienses que Dios nos pone en la tesitura de elegir el bien o el mal. Eso es una mentira en la que todos caemos, en la que es facilísimo caer. No hay bien o mal, pues Dios, al crear, vio que todo era bueno. Lo que hubo después fue el rechazo de Dios, un decir "no" al don de Dios. Esto, ciertamente, es un misterio que no podemos abordar, pero, desde luego, podemos ir conociendo mejor en la oración y los sacramentos, acercándonos más al Verbo.

Te he dicho lo del pensamiento precisamente por eso: Dios se manifiesta al hombre como Verbo, Palabra. Dios es inteligible, podemos conocerlo gracias a la fe, que es un don que podemos aceptar o no. San Agustín, como bien sabrás, decía "Cree para entender, entiende para creer". Es importante entender las cosas, pensarlas, profundizar, para poder amar mejor a Dios, a nosotros mismos y al prójimo.

Ten en cuenta que el pensamiento es un acto del espíritu humano, y por ser espíritu tiene que ver con el Espíritu. Santo Tomás de Aquino habla de este tema en un libro que escribió sobre el Verbo. Pero creo que se sale del tema.

A lo que iba: no hay mal como tal, en sí mismo, sino que hay malas acciones, personas que se hacen malas por sí mismas, que prefieren no amar, vivir como seres contradictorios. ¿Ahí hay libertad? En principio, sí que la hay, porque son ellos quienes eligen ser así. Sin embargo, es una libertad limitada, que en modo alguno podrá alcanzar a Dios, pues ellos mismos rechazan su amor. Y su amor es, digámoslo de alguna manera, evidente: existimos en su amor.

¿Cómo lo ves?