domingo, 14 de octubre de 2012

¿Y para qué necesitamos a los filósofos?


La crisis económica nos ha dejado claro que no es posible tenerlo todo. Cuando consumimos demasiado, más allá de nuestras posibilidades, nos endeudamos. Las deudas hacen que tomemos medidas: prescindimos cuanto antes de aquello que no es necesario para que la catástrofe no sea mayor.

La situación en la que nos encontramos es similar a la de un barco en una gran tormenta. Nuestra tormenta es la crisis económica, en la que podemos incluir la crisis de la cultura y de la moral. Tenemos una crisis cultural y moral tan profunda como un océano, en el que evitar el naufragio puede ser cuestión de suerte o de destreza marinera.

En el mar, es apropiado apostar por el mal menor para evitar uno mayor, y en la vida diaria, en cantidad de ocasiones, podemos decir que también es así. De este modo, optamos por males menores a diario. Pero saber discernir los males mayores de los males menores no es fácil. A la vista está que no somos buenos navegantes, porque esta crisis la hemos provocado entre todos y no sabemos qué hacer para salir de ella.

Soy estudiante de Filosofía, y estoy experimentando los males menores y mayores de la crisis económica, como cualquier ciudadano los está experimentando en su ámbito. En la Universidad, por falta de fondos, nuestra carrera se está viendo relegada a un segundo o tercer plano, como todas “las carreras de letras”. No se reciben ayudas como en otras carreras porque no es una carrera tan rentable como las del ámbito científico-técnico o las de ciencias sociales.

En la crisis económica se está apostando por soluciones prácticas, aquellas soluciones que son rápidas y útiles. Y, cómo no, los filósofos nos encontramos a la intemperie, porque nuestra carrera no es productiva y, espero, nunca lo será. Podemos decir, sin lugar a dudas, que la carrera de Filosofía es una carrera inútil. El conocimiento filosófico no produce nada: los filósofos no producimos nada…

Entonces, ¿para qué necesitamos a los filósofos? Es evidente que para producir algo no se necesita a un filósofo. Un filósofo no “sirve” para producir algo, porque no está especializado en producir cosas con las que se puede comerciar o cosas que podemos “usar”.

La filosofía no es un instrumento. La filosofía no le va a servir al cirujano en el quirófano ni al pintor para pintar, mucho menos al soldado para defenderse en un enfrentamiento. ¿Qué hacer, pues, con la filosofía en esta crisis? ¿Qué puede hacer un filósofo para ayudar a salir de la crisis?

Para ver qué puede hacer un filósofo para ayudar a salir de esta crisis, tenemos que ver a qué se dedica un filósofo. Tenemos que preguntarnos qué es eso de la filosofía. Una vez veamos qué es la filosofía, podremos responder y ver si la filosofía es prescindible o imprescindible para salir de la crisis.

Los temas tradicionales del conocimiento filosófico son cuatro: a) el ser o la existencia en sí misma, lo que existe como tal; b) la verdad, que tiene que ver con el conocimiento y la expresión adecuada de lo que existe: hemos de precisar “qué es la existencia”; c) el bien, que es el conocimiento y la expresión adecuada de “cómo es la existencia” para que exista como tal; d) la belleza, que es, a mi modo de ver, la armonización de la verdad y el bien: la belleza es la comprensión y la expresión del ser o la existencia como una armonía, como “orden último de la existencia” en sí misma.

La verdad, el bien y la belleza son, así, las tres dimensiones sobre las que se fundamenta la expresión de la existencia o el ser en sí mismo, y este es, digámoslo de algún modo, la cuarta dimensión de la existencia, la que “da cuerpo” a las tres dimensiones anteriores. Es decir, la cuarta dimensión se sostiene sobre las tres anteriores. Si el conocimiento y la expresión de las tres dimensiones no son los adecuados para expresar la cuarta dimensión, la cuarta dimensión no se da en modo alguno, se pierde y no se expresa, quedando desconocida hasta que sea expresada en el modo adecuado. La expresión adecuada del ser se da, por tanto, según la verdad, el bien y la belleza.

La labor del filósofo es, pues, expresar las tres dimensiones del ser adecuadamente con el ser y con coherencia suficiente, para poder dar, así, sentido a la cuarta dimensión y vivirla. La labor del filósofo es “saber existir”. Podemos decir que el filósofo conoce cuál es “la ruta del ser”, conoce su camino, su destino; cuida del ser y lo guarda en el conocimiento que tiene del mismo.

El filósofo es el que es capaz de llevar a cabo el ser, pues conoce la verdad de su esencia, de su destino. Pero… ¿qué esencia? ¿De qué ser estamos hablando? ¿Qué esencia puede llevar a cabo el hombre si no es la suya, de la que es responsable?

Llevar a cabo el ser en su esencia es la libertad. La libertad es saber cómo llevar a cabo el ser en su esencia. El ser libre es el ser que cuida de sí mismo y que resguarda su esencia para que pueda llevarse a cabo. La labor del filósofo es ese resguardo de la esencia humana: evitar su olvido y expresarla adecuadamente según el ser del hombre. La expresión del ser del hombre en su esencia es la libertad misma del hombre, llevarla a cabo, ayudar para que llegue a su destino. Este es el valor de la expresión misma de lo que es el hombre, la cual compete al filósofo.

Aquí tenemos la importancia del saber filosófico: la labor del filósofo es la labor de un proyecto, un proyecto que él conoce, y que es el ser y la esencia del hombre. Conocer la esencia del hombre es de vital importancia. Si el hombre conoce su esencia sabe adónde debe dirigirse para ser, verdaderamente, hombre. Cuando no conoce lo que es ser hombre ni cómo serlo, el hombre se encuentra a la deriva, y en esa deriva es donde ocurren las crisis económicas, también las culturales y las morales.

A mi modo de ver, la crisis es debida al desconocimiento que padece el hombre de sí mismo. Ese desconocimiento es debido a una mala filosofía, a un conocimiento filosófico precario del ser humano. Es evidente que no veo acertado, ni justo, prescindir de la filosofía en la situación de crisis en la que nos encontramos. Prescindir de la filosofía, hoy en día, sería similar a prescindir de los satélites en la era de las comunicaciones. Se produciría el caos, el mismo caos moral, cultural y económico que padecemos por no dar importancia al conocimiento filosófico.

Dada esta perspectiva de la filosofía, ¿podemos decir que la filosofía es prescindible? ¿Podemos dejarnos llevar por la avalancha de los saberes técnicos, que aportan unos resultados tan efectivos e inmediatos, y prescindir del conocimiento del ser y de la fidelidad al proyecto de la esencia del hombre, tan propio de la filosofía? ¿Hemos de prescindir de la libertad en tiempos de crisis?

Si prescindimos de la libertad, solucionamos la crisis, porque asumimos la crisis como si fuera nuestra condición de ser. No obstante, solucionamos la crisis a un precio muy alto, endeudándonos aún más, puesto que sin libertad sólo queda lo que hemos tenido hasta ahora: desconocimiento de nuestra esencia, navegar a la deriva en “la ruta del ser”.

Por todo esto, deberíamos preguntarnos si es rentable prescindir de la filosofía en tiempos de crisis. Si prescindimos de la filosofía, solucionamos la crisis, pues asumimos la situación de crisis como si fuera parte de nuestra esencia, aquello que nos define; pero prescindimos de la única alternativa que se tiene en tiempos de crisis: la libertad que concede el conocimiento de la verdad del ser humano y de su esencia.

Es decir: si prescindimos de la filosofía, prescindimos de la libertad. La filosofía nos puede ayudar a salir de la crisis, pues la filosofía es el conocimiento de lo que es, en verdad, el hombre. Tal conocimiento le puede ayudar a ver qué no ha hecho hasta ahora para llevar a cabo su esencia para ser verdaderamente hombre. Estas son las razones por las que pienso que la filosofía es, hoy, más necesaria que nunca. No sólo necesaria: es urgente.

Aunque, paradójicamente, aceptar la libertad como una solución a la crisis depende de la libertad de cada persona. Y en este barco en el que navegamos todos somos, en cierto modo, capitanes: salir de la crisis es responsabilidad de todos nosotros, del mismo modo que lo es haberla provocado. Depende de nosotros ver qué es prescindible y qué no lo es, valorar cuáles son los males mayores y cuáles son los menores. Entonces, ¿qué hacemos con la filosofía? Esperemos que haya buenos marineros en el barco mientras dure la tormenta…

1 comentario:

Joseph Kabamba dijo...

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Es una crisis ética.
Filosofía moral !
Atentamente,
Joseph Kabamba
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