sábado, 23 de junio de 2012

La delicadeza humana


No sé cuántas veces habré pensado que la vida es dura, que los dolores y las penas hay que soportarlos, de la misma manera que el peso de nuestro cuerpo es sostenido por el suelo que hay bajo nuestros pies. Tampoco sé las veces que, al pensar esto, he aceptado que la dureza de la vida cincela mi corazón, haciendo que cada vez sea menos creíble que pueda haber algo delicado en la vida, que merezca mi cuidado y mi atención, como si fuera un tesoro, algo precioso, de gran valor…

Pero me engañaría a mí mismo si aceptara esto sin más, si no me parara a recordar las veces que he sentido que había algo más en la vida aparte de la dureza, que aún queda un resquicio de bondad y de belleza en este mundo tan acelerado y disperso, que no me deja atender las cosas que valen la pena. Sé que no es así. Un recuerdo es más valioso, a veces, que el presente, y puede hacer que lo presente cobre nueva forma, haciéndonos ver, ahora, aquello que hemos vivido en otro momento de nuestra vida, devolviéndole todo su sentido.

Recuerdo el primer día que vi a mi hermano pequeño. Nació en junio, hacía calor. Había nacido unos días antes de aquel día. Tuvo que estar ingresado en el hospital, en la incubadora, porque nació con siete meses (al parecer, tenía muchas ganas de vivir…). Yo no tuve ocasión de verlo hasta entonces. Mi padre llamó al teléfono de casa, para avisarme de que ya iba a traer a mi madre con mi hermano. Me arreglé lo mejor que pude; recuerdo que, incluso, me duché, porque aquel día hacía mucho calor (en Valencia, por la humedad, el calor se vive de una manera muy característica), y esperé a que llegaran.

Cuando sonó el timbre de mi casa no supe qué hacer. Fui al recibidor, nervioso. Recuerdo que tenía la cabeza en blanco, pero en mi corazón había sentimientos de todo tipo. Abrí la puerta y vi a mi madre, con mi hermano en los brazos, sonriendo y con la mirada llena de alegría. Yo me quedé pasmado al mirarla. “¿Tú no querías un hermano?”, me dijo, y dejó aquel recién nacido en mis brazos. Lo miré. Era tierno, indefenso, delicado. Tenía los párpados cerrados y la boca entreabierta. Fuimos al salón y, con la luz de la tarde, pude ver a mi hermano pequeño con más claridad. Sus puños, pequeños, con sus dedos minúsculos, parecía que recogían su pecho, como si buscara cobijo…

A mi madre no le cabía la felicidad en el pecho. Tras cinco meses de reposo absoluto en la cama, ver a mi hermano nacido y sano era la alegría de su vida. Quizá las mujeres tengan un secreto que los hombres nunca lleguemos a saber, porque dudo mucho que pueda encontrar una mirada similar a la de mi madre en mí o en cualquier otro hombre. Quizá ella sabía qué sentido tenía el sacrificio que había realizado, los miedos pasados y las dudas que le acompañaron durante el embarazo, porque su hijo, mi hermano, había nacido…

Ahora, tras diez años, veo a mi hermano entrando en esa etapa en la que descubres la vida, con las alegrías y los sinsabores. Veo lo delicado que era al nacer y no dejo de ver que lo sigue siendo. ¡Qué misteriosa que es la vida humana, ese manto tejido con tantos hilos que, si no se cuidan, pueden deshilarse y deshacer todo lo que los une! Quizá el secreto sea saber cuidar esos hilos, no dejar que dejen de estar unidos, hilados…

Pero cuidar… ¡qué fácil es despistarse! Qué fácil es no recordar qué nos une a la vida, qué le da sentido, qué la hace delicada y digna de ser vivida. Hay que recordar, porque el corazón es el lugar donde se viven de nuevo esos momentos que hacen que la vida valga la pena, que no se pierda, que no se des-hile.

Hay que tener cuidado, el mismo cuidado que me inspiraba mi hermano con su delicadeza, con su indefensión: la vida, si no se vive con delicadeza, se esfuma rápido con la mínima ráfaga de viento y el manto que le da forma se desgarra cuando, al soportar el peso de los dolores, no se teje con los hilos del recuerdo.