jueves, 20 de septiembre de 2012

La felicidad conyugal, de León Tolstoi


Cuando leí Ana Karenina y la Sonata a Kreutzer, Tolstoi me dejó ese mal sabor de boca que produce el desamor. Me sorprendió la capacidad descriptiva de este genio para plasmar la infelicidad humana.

Al parecer, como dice Tolstoi al principio de Ana Karenina, “todas las familias felices se parecen, pero las que son infelices tienen un motivo particular para sentirse desgraciadas”. El amor en sí mismo no parece novedoso, lo que de verdad es novedoso, lo que es excepcional, es la desgracia, la infelicidad, pues la receta de la felicidad parece clara, pero la de la infelicidad tiene incontables combinaciones…

El autor ruso me dejó perplejo con estas obras. Tras el realismo poético de Guerra y Paz, en el que la intuición de la vida es majestuosa, con el realismo desengañado de las otras dos novelas tuve la sensación de estar desubicado en el mundo. Me parecía que la vida no valía la pena vivirla, que la ilusión era un engaño pasajero y que la belleza desaparece en cuanto llega el dolor. El consuelo de la vida es la muerte. Para Tolstoi quedaba la esperanza de la muerte: la angustia de la vida desaparece con el último aliento.

Pero… ¿ya está?, me preguntaba. ¿Sólo queda la angustia, el desengaño, la nostalgia de la muerte? ¿De verdad Tolstoi se conformaba con algo tan triste? No podía imaginarme que este autor se conformara con la infelicidad, que aceptara sin más la tristeza, como si fuera un aspecto necesario de la vida humana… Me parece que es una conclusión demasiado afectiva, demasiado “nihilista”, que no atiende a razones, sino a malas experiencias. Quizá se trate sólo de una experiencia, la de Tolstoi, que tuvo una vida irregular.

El escritor ruso no aprendió a vivir sus inspiraciones y sus ilusiones, y por ello su corazón se fue marchitando, a pesar de que intentaba recuperar la vida a base de martillazos, reaccionando ante una muerte segura que se acercaba cada día que pasaba: poco antes de morir, se escapó de casa, anciano, mal vestido para el frío ruso, buscando respirar profundamente antes de exhalar su último aliento en una estación de tren, rodeado de gente que no conocía.

¿Qué buscaba Tolstoi? ¿Podemos decir, en verdad, que Tolstoi se conformaba con la infelicidad, que buscaba la muerte? A mi modo de ver, no, en absoluto. Tolstoi buscaba vivir la vida de la manera más intensa posible. A pesar de ello, parece que no encontró la forma de hacerlo, pues hasta el último momento de su vida estuvo inquieto, rabioso, como un pintor que no consigue plasmar la imagen que quiere en el lienzo.

Sin embargo, me extraña que este hombre no aprendiera a ser feliz. Este mes encontré en una librería una obrita suya que me llamó la atención: La felicidad conyugal. No pude resistirme al verla y, por supuesto, la compré, la devoré y la disfruté… Se trata de una de sus obras de juventud, escrita en 1858. En ella podemos encontrar al Tolstoi más intuitivo y sincero, en el que los prejuicios y el desengaño no dominan su pluma al escribir.

La novela tiene como protagonista a Masha, una joven que nos cuenta en unas pocas páginas cómo fue descubriendo la vida, al descubrir su amor por Serguéi, un amigo de su familia.

La historia es encantadora, aunque no se trata de una novela rosa. ¿Podemos llamarla una historia de amor? ¡Claro, sin duda alguna! Es una historia de amor en toda regla. Pero contrasta totalmente con un amor ingenuo, ilusivo y falto de dificultades. ¡Se trata de todo lo contrario!

Es una historia de amor en la que surgen retos y complicaciones, en la que amar a otra persona, en vez de ser una certeza y una seguridad, es una duda inmensa, casi incomprensible. Pero ahí está el reto, la novedad, atreverse a decir sí o no a esa duda que produce el amor.

Masha va cayendo en la cuenta de lo que supone amar, que es una novedad continua, de cada día, y para la que no existe una fórmula que resuelva los problemas que surgen en el tiempo. El amor es aprender a renovarse una y otra vez, estando dispuesto a cambiar y dirigirse hacia el otro en todo momento. Como dicen en la novela, “amar es vivir para el otro”.

Pero, cómo no, en el amor somos todos unos novatos, y no podemos dar nada por hecho, porque es, entonces, cuando llega la rutina, el acostumbramiento. “Vivir para el otro” se convierte en una frase bonita que no nos dice nada, como le ocurre a Masha. Y, por ello, tiene que mirar con lupa su vida y la de Serguéi, para, así, descubrir, como un buen detective, qué es lo que importa, qué hace que vivir con esa persona sea algo importante, a pesar de que sea algo cotidiano…

Para mí, la novela no tiene desperdicio. Me ha gustado porque resalta un aspecto muy importante: amar es aprender a estar atento, con los ojos bien abiertos, observando los detalles de la vida, esos que son pequeñitos y que, al descubrirlos, se hacen inmensos. Es cambiar la perspectiva: mirar la vida encontrándose con ella, aceptándola como un regalo y convertirse uno mismo, a la vez, en un regalo para el otro.

Por ello no hay fórmulas rápidas que dicten la mejor forma de amar y de ser feliz. A amar se aprende amando. Si quieres ver… ¡abre los ojos y hazlo por ti mismo! No puedes quedarte mirando al suelo, así no puedes ver el horizonte, no tienes una buena perspectiva, a fin de cuentas. Tienes que encontrar otra mirada que te mire, sólo así la mirada se enriquece y la vida encuentra su lugar; paradójicamente, en la mirada del otro encontramos nuestro origen y nuestro destino.

Todo esto que acabamos de ver podemos disfrutarlo en esta novelita de Tolstoi. Como se puede comprobar, es un contraste inmenso con otras novelas del escritor ruso. Si comparamos la Sonata a Kreutzer con La felicidad conyugal, vemos que se trata de dos experiencias totalmente contrarias. Parece que, a pesar de las intuiciones de Tolstoi, no basta con entender qué es el amor y cuándo ocurre, sino que hay que vivirlo constantemente. Pues el amor y la felicidad son, más o menos, esa rebeldía de aquellos que aprenden a ver en lo más sencillo algo grandioso.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Mientras se acababa el verano...


Ayer, de manera definitiva, o casi definitiva (porque pocas cosas son definitivas en esta vida: pocas cosas tienen su final claro), acabó el verano para mí: deshice mi maleta en mi cuarto. Tengo que admitir que tuve varios momentos para deshacerla, porque se me iba el santo al cielo…

Es decir, cuando fui a abrir la cremallera, me acordé de que tengo no sé qué antología de poesía, así que me tiré casi una hora leyendo y fantaseando las maravillas del espíritu humano… Después me acordé de que en cinco minutos sería la hora de ir a misa, así que, cumpliendo con mi piedad, me fui a misa, dejando mi maleta medio abierta en mi cama.

Cuando volví a mi cuarto después de misa, me enfrenté a la cruda realidad del mes de septiembre, en la que los recuerdos del mes de agosto van pasando por tu cabeza y se cuelgan en las perchas del armario y se guardan en los cajones, junto con los calcetines y las camisetas.

Después llegó otro momento, que no es duro, sino agradable: devolví los libros que había leído este mes a la estantería. Entre ellos había poesía, filosofía y novela. No eran muchos, pero me han encantado. Mientras los guardaba, me puse a pensar, así que no recuerdo muy bien qué hice con ellos, ni dónde acabé yo durante aquel rato. Lo que sé es que no salí de mi cuarto.

Como cada libro te cuenta algo distinto, como un amigo al que le ha ocurrido algo, les presté un poco de atención. Ya se sabe que siento debilidad por la filosofía. Tengo que admitirlo: me perdí filosofando al ver los libros de filosofía y dejé el resto a un lado.

Al acabarse el verano, me puse a pensar en el tiempo. Al pensar en el tiempo, me puse a pensar en Hegel, porque hace un par de días estuve hablando con un amigo sobre él. Al pensar en Hegel, pensé en los filósofos griegos y en la importancia de descubrir el acto de pensar de Aristóteles, porque si no se descubre, se confunden las cosas. Y al pensar en el acto de pensar, me puse a pensar en el acto de ser, que descubrió Santo Tomás de Aquino.

Así que, en un momento, quizá fue algo más de una hora, pasé del verano a la metafísica. Os tengo que decir, aunque no lo parezca, que están muy relacionados: que se acabe el verano es algo muy importante, porque estás pensando en el siguiente, así que no sabes si, en verdad, se acaba: hay más veranos.

Por eso, mientras se acababa el verano, pensé en que no se puede acabar el pensamiento, aunque un genio como Hegel haya intentado agotarlo. “¿Por qué no se puede acabar el pensamiento?”, podríamos preguntarnos. Es una pregunta muy moderna, que un filósofo antiguo no se abría preguntado. Pero como los modernos y los posmodernos somos más chulos que ningún otro hombre de la historia, nos lo preguntamos.

Nos lo preguntamos, entonces: ¿por qué no se puede acabar el pensamiento? Porque se trata de un acto dirigido a otro acto. Tenemos un acto, que es el acto de ser, y que es “autónomo”, por decirlo de alguna manera; tenemos otro acto, que es el acto de pensar, que también es “autónomo”, más o menos, y que se refiere, para ser acto, a ese otro acto de la realidad, que es el ser. Podemos preguntarnos, pues, si el acto de pensar, al pensar el acto de ser, se convierte en el acto de ser y se une con el ser. Hay que contestar que no. Eso es lo que intentaba Hegel, y eso no se puede hacer, es imposible.

“¿Por qué no se puede convertir el acto de pensar en el acto de ser?”, nos preguntamos ahora. Y la respuesta es la siguiente: el acto de pensar no es un acto de ser, sino que es un acto de pensar que es ejercido por un ser muy particular, que es la persona. Hay dos actos de ser diferentes: uno es el acto de ser, que es continuo e “independiente” del acto de pensar, y otro es el acto de ser de la persona. Se trata, por tanto, de dos seres distintos, que se relacionan, pero no se mezclan.

Y… “¿cómo se relacionan esos dos actos de ser distintos, si son tan distintos?”. Sencillamente, con un acto más, que ya hemos mencionado, y es el acto de pensar. El acto de pensar es un acto espiritual, y por ello puede empapar la realidad física, “palparla” para asimilarla, sin que se confunda con ella. Pero de ningún modo el acto de pensar puede convertirse en el acto de ser, porque el ser corresponde a la persona, que es la que ejerce ese acto tan peculiar que es el pensamiento, que es espiritual y está por encima de la realidad física.

Lo físico está en acto, cierto, pero al ser físico es potencia, porque se compone de materia, y la materia es potencia siempre, nunca se acaba, la materia no se solidifica. Por eso, aunque el acto de pensar sea un acto al que se llama “perfecto”, porque posee su fin, no puede acabarse: el acto de pensar “piensa” con el ser, y si el ser es material, siempre es potencia. Por tanto, el pensamiento nunca se acaba, es un acto espiritual que se refiere a otro acto, y ese acto es material. Aquí está el meollo de la cuestión…

Así podéis ver cómo el final del verano tiene que ver con la metafísica. Del mismo modo que no se puede acabar el verano, porque hay un siguiente, no se puede acabar el pensamiento, porque se ocupa de una realidad que está en continuo movimiento y que es independiente de él. Del mismo modo que hay varios veranos, hay varios actos que se relacionan, pero este asunto no lo vamos a resolver aquí.

Mientras se acababa el verano, me puse a pensar que no se puede acabar el pensamiento. Y esto es lo que me ha salido… ¡Podéis ver que ha sido un verano magnífico!