sábado, 21 de diciembre de 2013

A la mujer, maestra de filosofía

Hoy te escribo a ti, mujer, porque necesito hacerlo. He tenido que pararme a decirte esto porque creo que me traicionaría si me quedara callado. Ya me conoces, sabes que me encanta la filosofía. Y como no paro de pensar en tantas cosas y de intentar exprimirles todo su jugo, me he visto obligado a escribirte, porque eres lo que más admiro en este mundo. ¿Qué clase de filósofo sería si no te dedicara mis palabras? Te las escribo y no me enrollo más… ¡Cómo se nota que soy levantino!

Quiero referirme a ti como filósofa, como maestra, como sabia… Pero como una filósofa excepcional, única y original. De esas que son inimitables. Estoy convencido de que sabes más que yo y por eso tengo que escucharte atentamente cuando me hablas. Consigues que me acerque a la realidad, que deje mis abstracciones para percibir la riqueza de los detalles de las cosas. Haces que la realidad tome forma, nombre, palabra… y deja de ser anónima, irreconocible y abstracta. Ese tipo de realidad tan masculina, tan objetiva, tan alejada de los seres y sus esencias.

¡Qué ciego soy! Basta que tus palabras acaricien mis oídos para que mi corazón se despierte, para que todo tenga sentido y la razón que me aplasta pierda su peso, dándole a mi alma la libertad que solamente tú puedes darme. Mi “energeia” deja de imponerse sobre el mundo y mi corazón se enciende cuando te escucho: se convierte en fuego, ese fuego que abrasa y que no quema, que no consume, sino que te eleva hasta la eternidad.

Eres sabia… Eres filósofa… Pues sabes conocer al hombre cuando lo miras a los ojos, cuando lo escuchas, cuando callas, cuando le hablas y lo acaricias. Le haces comprender la singularidad de su existencia y de su vida cuando en tus labios se escucha su nombre y cuando en tus pupilas se refleja su rostro. Y lo haces sin silogismos ni artificios dialécticos… Basta solamente la sencillez de tu amor para convertirte en una verdad tan viva, tan ardorosa y excepcional, que solamente puedes ser comparada con Dios.

No me extraña que al crearte tomara una de las costillas de mi costado, porque la costilla es lo que mejor protege y mantiene vivo el corazón. Cuando me faltas siento pánico, como el niño que se encuentra solo en medio de la calle. Y por eso te necesito como maestra y quiero ser tu discípulo. Sólo si tú me lo concedes. Y si tengo el privilegio de que te decidas a modelar mi corazón como el buen artesano, seré el hombre más feliz del mundo…

Contigo seré filósofo, un auténtico amante de la verdad. Pero si no me miras, me iré a las montañas, lejos, buscando la soledad. Porque sé que sin ti no podré comprender tu mejor secreto: que la filosofía no es sólo el amor a la verdad, sino que la verdad tiene que convertirse en amor; el amor que me mira, que me dice quién soy y que me une a ti, dándome el privilegio de la eternidad.




lunes, 22 de julio de 2013

El aborto, la crisis de la democracia

Cada vez que escucho una conversación (una discusión, más bien) sobre el aborto, se habla de éste como si fuera un derecho. Sobre todo, se habla de él como un derecho de la mujer, como una decisión que ella debe tener en cuenta para ejercer plenamente su libertad. En ella se gesta la nueva vida, crece porque la mujer se lo permite: ella decidirá si quiere que el niño le mire a los ojos.
Cuando se refieren al aborto como un derecho, no acabo de comprenderlo. No entiendo que se lo llame derecho, ya que la palabra “aborto” implica en sí misma una negación, la eliminación de un ser que está creciendo. Lo propio de los derechos es que los asuntos de que se ocupan lleguen a término, protegen aquello que puede ser alterado por nuestras acciones. Así, el derecho cumple su finalidad y las acciones de los hombres son acordes a la naturaleza de las cosas y al bien de la sociedad.
¿Qué garantiza el “derecho” al aborto? No lo sé. Lo que deja bien claro es que los no nacidos no tienen derecho alguno. Son los más desprotegidos, pues pueden ser despojados del seno de su madre, desahuciados de su vida y de su hogar. Son humanos anónimos, rostros que no reconocemos, porque nuestra mirada no es capaz de ver más allá de las apariencias. Lo que nos garantiza el “derecho” al aborto es que podemos prescindir de los no nacidos, porque son seres humanos entre paréntesis.
Me preocupa mucho que se piense en el aborto como un derecho. Más que nada, que se lo considere un triunfo de la democracia. Una democracia empeñada en lograr la igualdad entre los hombres es capaz de mirar a todas las personas sin tener en cuenta sus diferencias: comprende a los hombres con sus colores, sus culturas, sus cultos… y también debería comprender que el tamaño de su cuerpo es una diferencia preciosa, que por su delicadeza debería protegerse como la mejor de las joyas. Pero no, los diamantes, por desgracia, tienen más valor que los seres humanos…
Estamos en un momento en el que la sociedad democrática se está poniendo en duda. La crisis que vivimos hace que el escepticismo hacia los valores de la democracia se agudice. Tenemos razones para ello, pues la dureza de las circunstancias contrasta con las expectativas que teníamos. Los momentos de dificultad son los que ponen a prueba los vínculos entre los hombres, más aún cuando la crisis afecta a toda la sociedad.
A mi modo de ver, la crisis es más profunda que un problema económico o que una recepción precaria de las ideas de la democracia por nuestra sociedad. Porque cuando una sociedad no es capaz de ver que un embarazo es el vínculo más estrecho e íntimo que tienen los hombres, es una sociedad que no es capaz de crear ningún vínculo entre ellos. Una sociedad que es capaz de romper el vínculo más íntimo que tiene el ser humano y declarar que es un derecho que un niño no nazca, es una sociedad que desde el principio estaba rota.
Nuestra crisis empezó cuando el aborto se convirtió en un “derecho”. En ese momento dijimos que estábamos dispuestos a acabar con el más débil, declaramos que el fuerte es el único digno de protección, aquel que merece la vida. Entonces fue cuando nuestra sociedad se fue haciendo más dura, distante e insolidaria. Es una sociedad en la que una madre puede decirle a su hijo que no quiere que viva. Puede decidir que no tenga nombre, que no pueda mirarle a los ojos, que no pueda sonreír… y que no sea persona.
Si un niño no puede esperar la acogida de su madre, si no puede esperar que su madre le reconozca y le cuide, si es un “derecho” que una persona indefensa, inocente, sea eliminada porque aún no tiene la apariencia de un ser humano, hemos de preocuparnos, porque una sociedad que es capaz de acabar con ese ser humano, es capaz de acabar con cualquiera.

domingo, 19 de mayo de 2013

Carta sobre la bondad humana


Querido Pablo:

Tienes razón cuando me dices que hablar del bien, hoy, es casi imposible. Basta pensar en la pobreza que acorrala y somete a tantos millones de personas, en las guerras, el terrorismo, la falta de moral en los negocios, la discordia en las familias, la indiferencia hacia el sufrimiento de nuestros semejantes, la soledad que provoca en ellos… y un largo etcétera de males y de injusticias que pueden hacernos caer en la desesperación. Algo que no podemos permitirnos nunca, pues al desesperarnos estamos, sin darnos cuenta, colaborando con el mal, concediéndole un poder sobre nosotros que, en realidad, no tiene, y negándonos la oportunidad de conocer la inmensidad del bien y su vitalidad inagotable.

Cuando me pediste que te diera mi opinión sobre el bien no supe hacerlo. Es una lástima que sea un tema tan difícil de tratar, quizá sea por eso por lo que es tan importante. He estado pensando en cómo hablar de él adecuadamente para hacerlo palpable. El bien es un tema que cuando lo piensas parece claro, pero las palabras que utilizas para definirlo hacen que desaparezca. Es parecido al silencio: no puedes hablar de él sin provocar su ausencia. Pero no tenemos derecho a quedarnos callados: nuestra realidad pide que hagamos justicia.

¿Cómo podemos empezar a hablar del bien, entonces? Creo que para hablar de algo, antes que nada, hay que recurrir a nuestra experiencia. Tenemos que hacer memoria y preguntarnos cuál es nuestra experiencia del bien. He llegado a la conclusión de que el primer bien que experimentamos es nuestra propia vida: nos han dejado nacer. Gracias a que otros, nuestros padres, nos lo han permitido, podemos experimentar otros bienes, pero el primerísimo que obtenemos somos nosotros mismos.

Tenemos que hablar de nosotros como un bien que no hemos decidido obtener y que aun así nos ha sido dado. Por eso, creo que no me alejaría mucho de la definición del bien al decir que tenemos experiencia de él como algo que hemos recibido. Es una imagen que me parece muy bella: somos un regalo para nosotros mismos.

A partir de esta experiencia del bien, como algo que recibimos, podemos ver que el bien se desarrolla según esa dinámica. Es la dinámica del agradecimiento ante algo inesperado. ¿Alguno de nosotros esperaba nacer? Creo que ninguno podemos afirmarlo. Lo que sí que podemos afirmar es que nos han esperado a nosotros… ¿Te has fijado? El bien “inesperado” engendra la esperanza; a un bien le sigue otro: la sonrisa de un recién nacido responde a la esperanza de sus padres, es su manera de decir “gracias”.

Esta experiencia la hemos tenido todos en cierto grado, todos vivimos gracias al esfuerzo de otros y a la atención que nos han dado. Sinceramente, me sorprendo al pensar que no voy a ser capaz de devolver el bien que me han dado… Aunque no ser capaz de devolverlo me espolea a buscar cómo hacerlo.

El bien tiene ese carácter, nos impulsa hacia delante. Quizá sea esa la razón por  la que tenemos rostro, para presentarnos a los otros, para acogerlos como nos acogieron a nosotros. Me llama la atención que nos familiarizamos antes con el rostro de nuestros semejantes que con el nuestro: el primer rostro que reconocemos es el de nuestra madre. Vivimos volcados hacia los demás, como si fuéramos un bien que vive para los otros.

Ese es otro aspecto del bien que me sorprende: reconocemos las cosas cuando son buenas, sabemos quiénes son los demás cuando son buenos. El mal en el ser humano hace que su rostro se desfigure, que no sepamos quién es el que tenemos delante.

Hace poco tiempo visité una clínica de enfermos terminales. Allí estuve con una mujer que se llama Olivia. Estuvimos hablando durante un rato largo. Me contó su historia. Está enferma de sida. Le contagió la enfermedad su marido. Los dos eran adictos a las drogas. Cuando me contaba lo que había hecho, movía la cabeza a un lado y a otro, queriendo negar lo pasado. Me aconsejaba que nunca viviera de ese modo. Ella decía que había sido mala persona, que eso no debe hacerse, pero ya no había remedio…

Sin embargo, su rostro se iluminó al hablarme de su hijo. Su marido la contagió a la vez que se quedó embarazada. Algunos le recomendaron abortar, ella decidió seguir adelante. Su mayor preocupación desde ese momento fue que su hijo no heredara la enfermedad. No te puedes imaginar cómo le brillaron los ojos y cómo me sonrió al recordar su nacimiento, pues nació sano. Se llama Nacho.

Olivia es una mujer joven, aunque parece una mujer anciana. Al hablar con ella me quedé sobrecogido. Vi que, ciertamente, el mal hace que el rostro del hombre se desfigure, como el rostro de Olivia. Ella decía que estaba fea, porque no tiene dientes. De hecho, me pidió antes de salir de su cuarto que la pusiera guapa y le ayudara a colocarse la dentadura postiza. Pero ella no vio la juventud de su mirada ni la dulzura de sus palabras al hablar de Nacho. En ese momento me pareció una mujer tremendamente hermosa. Tengo el convencimiento de que Olivia sabía quién era al pensar que era madre, al saber que, a pesar de la vida que había llevado, valía la pena vivir: su hijo había inundado su corazón de esperanza.

No sé si te pasa lo mismo, pero yo, cuando pienso en quién soy o en quién quiero ser, tiendo a pensar las cosas buenas que he hecho o que quiero hacer. No me atrevería a decir que es un mecanismo de nuestra psicología, sino que es, en verdad, lo que somos, pues no sabemos dar razón del mal que hacemos. El mal no tiene razón de ser. Solamente podemos conocer el bien y explicarlo como algo nuestro, pues afecta a nuestro entendimiento dotándolo de sentido, revelando la verdad de las cosas y de nuestra vida. Realmente, el bien es el espejo en el que el hombre reconoce su rostro.

Ese espejo en el que nos reconocemos no refleja nuestro rostro a solas, sino que estamos acompañados. El bien que queremos, el que recibimos y el que hacemos, tiene que ver con otras personas. ¿Recuerdas el primer rostro que conocemos? Las primeras impresiones del bien en nuestra vida son recibidas. Las que hacemos en el futuro se refieren a los otros. Tienen que ver con lo que hacemos por los demás. El bien llena de energía nuestras vidas, nos pone en camino hacia los otros.

Lo que nos aleja de los otros o lo que hace que los rechacemos no tiene nada que ver con el bien. Si comparamos dos imágenes puede verse con facilidad. Piensa en un campo de exterminio. Es una realidad espeluznante, que trasmite horror, en la que no podemos reconocer al ser humano. En modo alguno podemos decir que eso es bueno, sino todo lo contrario. De igual modo, si pensamos en la pobreza, podemos sentir lo mismo. Es una de las injusticias más extendidas, un crimen aceptado en silencio. Ahora piensa en la Beata Teresa de Calcuta. Es una persona que transformó esa realidad. En el horror de la pobreza hubo un oasis de sentido, de bondad. Esa mujer puso en marcha a cientos de personas para hacer frente a un mal tan extendido. ¿No te parece revelador? Esa mujer menuda y sencilla nos demostró que el bien es posible, aun cuando el mal domina la realidad. Podemos introducir el bien en nuestra vida y en la vida de los demás. Lo único que hace falta es que nos decidamos a hacerlo...

Puedes decirme, entonces, que soy un iluso, que todo lo que te digo suena de maravilla, pero que son idealismos al fin y al cabo. Y tienes razón, parece idealismo, parece que el bien en nuestro mundo sea fruto de nuestra imaginación. Quizá lo único con lo que nos podemos contentar es pensar en otros mundos posibles en los que las cosas son de otra manera. Sin embargo, qué pobre sería nuestra vida si solamente tuviéramos nuestra imaginación… Qué mirada más ciega la que se fija solamente en los males, porque, en realidad, no ve nada… ¿Parece Teresa de Calcuta alguien que hemos visto en sueños? Creo que no. Su vida fue tan real y bondadosa que no pasó desapercibida.

También puedes pensar, como lo he pensado yo tantas veces, que la vida de esa mujer fue tan sólo una excepción. En nuestro día a día no vemos acciones tan ejemplares, sino, quizá, mediocres o, incluso, vulgares. No obstante, su ejemplo y el de tantas personas como ella me interpela siempre, haciendo que cuestione mis dudas y mi escepticismo. Cuando le preguntaban qué le llevaba a hacer lo que hacía, ella contestaba con una frase sencilla y breve: “Lo hago por Jesús”. Me sorprendo de que una contestación así esté tan cargada de fuerza y de convencimiento para cambiar el mundo.

Nunca ha dejado de inquietarme el efecto que tiene en las personas el hecho de conocer a Jesucristo. Me he preguntado muchas veces cómo es posible que un hombre que vivió hace más de dos mil años tenga, aún hoy, esa capacidad para conmover el corazón de tantos. Dicen que la belleza de Nefertiti, la mujer del faraón Akenatón, era arrebatadora. Sin embargo, cuando observo su rostro en las esculturas que se conservan de ella, no me dice nada y no siento nada hacia ella.

No puedo decir lo mismo cuando me encuentro con un crucifijo o cuando leo el Evangelio. No sé cómo explicarlo, pero tengo la impresión de que Jesús será siempre contemporáneo. Da igual la época en la que nos encontremos, él forma parte del presente. Si no, no me puedo explicar que Teresa de Calcuta dedicara su  vida a los pobres en nombre de Cristo. Ella hablaba de un hombre vivo del que estaba enamorada. Del mismo modo que han hablado de él tantas personas.

Esa capacidad que tiene Jesucristo para perpetuarse en el tiempo nos dice algo más sobre el bien: el bien no se encuentra situado en un momento determinado del tiempo, sino que lo trasciende, dándole forma incluso. De este modo, el bien es aquello que fecunda el tiempo. Se manifiesta en el tiempo, de un modo concreto, en las acciones de los hombres, haciendo que ellos puedan contemplar la verdad sobre la vida humana a través de sí mismos y de otros hombres.

Antes dije que el bien es el espejo en el que el hombre reconoce su rostro. Ahora podemos ver que el espejo en el que nos reflejamos es, en realidad, otra mirada, la mirada de Cristo: en sus pupilas se refleja nuestra identidad. La única explicación que encuentro para entender que Cristo es presente y que puede conmover aún el corazón del hombre es esta: sólo un hombre que está vivo puede conmovernos de ese modo.

Esta es la manera más concreta que encuentro para hablar del bien. El bien tiene origen en otras personas. El bien lo recibimos de los otros y lo damos a los otros. Pero el bien que se mantiene en el tiempo constantemente es el que nos da Jesucristo, precisamente porque está vivo. Porque vive, ama; porque ama, nos conmueve; al conmovernos, respondemos a su amor precioso, y en esa dinámica se manifiesta el bien en la historia y en nuestro tiempo.

Estoy convencido de que tenemos, aún, razones para tener esperanza. Aunque a veces nos falten fuerzas para pensar que este mundo puede mejorarse, siempre contamos con esa presencia incesante del bien, que nos sustenta cuando las circunstancias asedian nuestro ánimo. Podemos confiar en el futuro, podemos confiar en el hombre, precisamente porque sabemos que Dios está vivo.


                                                                 Un fuerte abrazo,

                                                                                       Rafa


                                                                                                

martes, 2 de abril de 2013

Andrei Rublev, el arte como compromiso


En una sociedad como la nuestra, en la que es posible explicar tantas cosas gracias a las ciencias, el fenómeno artístico puede que no nos resulte novedoso. El arte además se ha convertido en un producto, en algo que podemos encontrar en cualquier tienda o simplemente entrando en Internet.

Pero si tuviésemos la oportunidad de vivir la vida de un artista como Miguel Ángel o Mozart, nos quedaríamos sorprendidos de la tensión que late en cada obra de arte, del esfuerzo que, en realidad, supone crear: reducir el arte a un tipo de psicología o de carácter sería intentar encerrar el Universo en una canica.

Introducirnos en la vida de un artista, como en la de cualquier persona, es una tarea descomunal, casi imposible. No obstante, hay artistas que tienen la cortesía de hacerlo. Andrei Tarkovski fue uno de ellos. El director de cine ruso nos mostró en Andrei Rublev cómo es la vida de un genio.

En este film podemos ver cómo este artista tuvo que compaginar sus ideales artísticos y las circunstancias del momento en el que vivió. Para Tarkovski el arte no es una tarea espontánea, sino un compromiso con uno mismo y con la verdad. Requiere una responsabilidad extrema, pues expresar la verdad no es tarea fácil, vivirla tampoco.

Rublev fue un monje. Su ideal de vida era la contemplación pura de Dios, el Ser que es amor infinito y perfecto en sí mismo. Pero cuando tiene que enfrentarse a las realidades humanas, Andrei experimenta las contradicciones del corazón.

En la Rusia de finales del medievo, en la que los señores feudales pugnan por el poder y  los campesinos sufren esas luchas, el ideal cristiano al que aspira el artista parece que se vuelve borroso. A pesar de que él haya visto la realidad de Dios, el mundo le impone una realidad distinta, cruel, en la que la belleza y la verdad parecen ocultarse y dejan paso a las mentiras y a las injusticias.

Ese amor que él conoce se presenta en muchos momentos de su vida como una ficción, como una ilusión que solamente podía vivir mientras estaba en el monasterio, alejado de las bajezas humanas. Se da cuenta de que en él mismo late, junto con el amor a la verdad, el deseo de lo oscuro, del pecado… y no se siente capaz de llevar a cabo su obra artística.

A lo largo de la vida del monje ruso vemos esa lucha continua consigo mismo, cómo el artista se siente incapaz de vivir en plenitud la verdad, que brota desde lo más profundo de su corazón, y, a la vez, está obligado a expresarla, a manifestarla en sus obras, pues no comprende su vida si no comparte con sus semejantes el tesoro que le ha sido concedido: conocer la realidad preciosa del Amor de Dios.

Su labor artística es similar a la de un profeta, la de un hombre que en la intimidad se le manifiestan verdades únicas y que no pueden ser confirmadas por la experiencia común, sino que solamente pueden ser expresadas por aquellos que han sido elegidos para esa tarea.

En la mirada del artista se refleja una realidad que pasa inadvertida ante nuestros ojos, pero que se manifiesta en las imágenes que nos ofrece con sus pinceles: es capaz de elevar hasta la eternidad aquello que es efímero; con su obra transforma y enriquece el mundo en el que vivimos… De este modo, el arte se convierte en un acontecimiento precioso, profundamente humano.

Todos quedamos ligados, de algún modo, a la verdad cuando en nuestra retina se reflejan las imágenes trascendentes de los iconos de Andrei Rublev. Con las obras de arte tenemos el privilegio y la oportunidad de mirar el mundo como Goya, como Tarkovski, o de escucharlo como Chopin.

Podemos agradecer, pues, el trabajo y el esfuerzo de tantos hombres y mujeres que se han empeñado en ser fieles a esos dones que han recibido. Podemos disfrutar, con Tarkovski, de las tensiones, luchas y logros de este pintor ruso del siglo XIV, que pudo, a pesar de las circunstancias que le tocó vivir, llevar a cabo la labor preciosa de la iconografía ortodoxa.

Es un film más que recomendable para comprender esa tarea sacrificada y gratificante del verdadero artista: aquel no tiene reparos en seguir adelante cuando todo lo que le rodea parece indicarle que debería dejar sus ilusiones a un lado y sumarse como uno más a la marcha común del mundo.

martes, 15 de enero de 2013

La verdad y la vida cotidiana


Hablar sobre la verdad en una sociedad democrática puede resultar extraño. Cuando tenemos el atrevimiento de decir que algo es verdadero, no serán pocos los que nos mirarán con escepticismo, intentando hacernos entender que hacer una afirmación verdadera puede ser un síntoma de intolerancia y un límite para la libertad de los demás.

Lo verdadero, hoy en día, puede producir cierto espanto. La experiencia de las dictaduras en Europa nos ha dejado una huella traumática. El siglo XX ha sido un siglo de afirmaciones totalitarias y de genocidios, inimaginables por aquellos que no los hemos vivido. En la conciencia colectiva ha quedado un poso de miedo a la verdad, más que nada, como medida de precaución. De este modo, evitamos esos enfrentamientos tan cruentos que padecieron nuestros abuelos y esperamos que no vuelvan a ocurrir.

No obstante, a pesar del desencanto que han provocado esas injusticias y locuras, quizá debamos preguntarnos si es necesario prescindir de la verdad para poder convivir en democracia. También podemos preguntarnos si es posible vivir en democracia sin ese conocimiento de lo que es verdadero. Además de arriesgarnos, incluso, a preguntarnos si nuestra crisis cultural, política y económica puede que se deba a prescindir de la verdad…

Para hablar sobre lo verdadero debemos recordar el valor que le dieron los filósofos griegos. Los pensadores griegos, como Sócrates, Platón o Aristóteles, concebían el conocimiento de la verdad como aquello que era valioso por sí mismo. Es decir, lo verdadero no tenía ninguna utilidad, ni podía ser instrumentalizado o utilizado como una herramienta.

La verdad era algo desnudo y vidrioso, frágil, que solamente podía ser conocida si se tenía una actitud amorosa y humilde: el conocimiento de la verdad requería renunciar a pre-tender dominarla. Sinceramente, esta actitud ante la verdad me parece asombrosa. Dista mucho de las certezas científicas, que quedan a nuestra disposición para poder dominar la naturaleza de las cosas.

La verdad es aquello de lo que no podemos disponer, es algo sagrado que me revela a mí mismo ante mí y ante el mundo. La verdad me-des-nuda. Lo verdadero tiene un síntoma claro: la ingenuidad y la ilusión, nos muestra el mundo con sencillez. La verdad nos devuelve la confianza en nosotros mismos. De hecho, el lema de la filosofía clásica era “nosce te ipsum!”, conócete a ti mismo.

Aunque parezca una actitud infantil, resulta que esa es exactamente la consecuencia directa del contacto con la verdad. La verdad es así de indefensa. La respuesta que puede surgirnos ante algo tan delicado es la del temor o la duda, pues en un mundo como el nuestro, tan cargado de durezas y desencantos, en el que la fuerza y la competencia son las virtudes más apropiadas para enfrentarnos al día a día, la verdad parece imposible: algo tan precioso no pertenece a nuestro mundo, parece demasiado “ideal”.

Así las cosas, lo cierto es que prescindimos de lo verdadero por temor a que sea un engaño infantil, mera fantasía con la que nos toman el pelo, y, también, por temor a que la verdad se convierta en algo absoluto, con lo que se pueda dominar a aquellos que no la poseen. Pero ¿tenemos derecho a permitirnos algo así? ¿Podemos prescindir de la verdad? Si podemos prescindir de la verdad, ¿qué consecuencias tiene para la vida del ser humano?

A mi modo de ver, prescindir de la verdad tiene consecuencias catastróficas. Podemos verlo en nuestro día a día. Por ejemplo, cuando los políticos prescinden de la verdad, las libertades de los ciudadanos se ven violadas, quedamos a la intemperie, pues quienes ostentan el poder abusan de la confianza que los ciudadanos ponen en ellos. También podemos decir lo mismo en economía: falsear datos económicos, jugar con las cifras y abusar de la confianza de los consumidores provoca problemas casi insolubles…

Sin embargo, me gustaría señalar un problema aún más duro para nosotros, para cada uno, cuando prescindimos de la verdad en nuestra vida. ¿Qué ocurre cuando yo relativizo las relaciones con los demás seres humanos? Cuando las relaciones con las personas que me son más cercanas se convierten en una especie de teatro, la vida se torna arriesgada.

Podemos decir que una vida sin sinceridad es violenta. Cuando las relaciones humanas están basadas en medias verdades o en vínculos superficiales, la experiencia que al final acabamos teniendo es frustrante. Una vida sin confianza acaba destruyéndonos. Una vida sin verdad es una vida mortecina. Fingir un sentimiento es durísimo, creo que incluso es desesperante, pues un sentimiento falso ahueca el corazón y lo endurece, lo vuelve insensible.

La mirada de aquellos que son incapaces de asombrarse ante la mirada de sus semejantes me llena de lástima: son personas que viven solas aun estando acompañadas, personas incapaces de compartir nada y que viven a la defensiva, con miedo, pues ven en los demás a un enemigo…

¿No nos recuerda esta imagen el retrato de una dictadura? Un mundo sin verdades, sin confianza, sin miradas sinceras, ¿es un mundo en el que se vive la libertad? Una sociedad en la que no se vive con confianza, en la que las relaciones más íntimas están infectadas por ese virus de la desconfianza y de las verdades a medias, es una sociedad con serios problemas para poder vivir la libertad.

Los problemas que se generan por esa desconfianza en los demás se multiplican como una epidemia. Empiezan en los hogares y acaban insertándose en los organismos internacionales. Quizá recuperar la confianza en la verdad sea un asunto más importante de lo que parece.

Una sociedad sin verdades es una sociedad que, en la práctica, acaba cometiendo atrocidades: sin verdad, se genera desconfianza; con desconfianza, se genera el miedo; con miedo, se puede justificar cualquier acción, pues mis semejantes se vuelven hostiles hacia mí, y acaba rigiendo la ley del más fuerte…

¿Podemos reconocer esto en nuestra sociedad actual? ¿No estamos invadidos por esa inquietud, por esos miedos? La sombra de la desconfianza nos acompaña, hoy, más que nunca. ¿Cómo hemos llegado hasta este punto en una sociedad democrática y libre? Nos ha faltado lo esencial: esa ingenuidad que concede el conocimiento de la verdad, el conocimiento de algo que no me pertenece, sino que está por encima de mí mismo y que tiene valor en sí mismo y de lo que no puedo disponer para mi beneficio particular.

La verdad es ese patrimonio común e inviolable que nos eleva cuando somos capaces de reconocerla en sí misma. Es el resguardo de las libertades en la democracia, la protección de aquellos que no tienen poder para dominar ni dinero con el que sobornar. Ese bien supremo que nos recuerda a todos que tenemos una responsabilidad con nuestra vida y con la de los demás.