martes, 15 de enero de 2013

La verdad y la vida cotidiana


Hablar sobre la verdad en una sociedad democrática puede resultar extraño. Cuando tenemos el atrevimiento de decir que algo es verdadero, no serán pocos los que nos mirarán con escepticismo, intentando hacernos entender que hacer una afirmación verdadera puede ser un síntoma de intolerancia y un límite para la libertad de los demás.

Lo verdadero, hoy en día, puede producir cierto espanto. La experiencia de las dictaduras en Europa nos ha dejado una huella traumática. El siglo XX ha sido un siglo de afirmaciones totalitarias y de genocidios, inimaginables por aquellos que no los hemos vivido. En la conciencia colectiva ha quedado un poso de miedo a la verdad, más que nada, como medida de precaución. De este modo, evitamos esos enfrentamientos tan cruentos que padecieron nuestros abuelos y esperamos que no vuelvan a ocurrir.

No obstante, a pesar del desencanto que han provocado esas injusticias y locuras, quizá debamos preguntarnos si es necesario prescindir de la verdad para poder convivir en democracia. También podemos preguntarnos si es posible vivir en democracia sin ese conocimiento de lo que es verdadero. Además de arriesgarnos, incluso, a preguntarnos si nuestra crisis cultural, política y económica puede que se deba a prescindir de la verdad…

Para hablar sobre lo verdadero debemos recordar el valor que le dieron los filósofos griegos. Los pensadores griegos, como Sócrates, Platón o Aristóteles, concebían el conocimiento de la verdad como aquello que era valioso por sí mismo. Es decir, lo verdadero no tenía ninguna utilidad, ni podía ser instrumentalizado o utilizado como una herramienta.

La verdad era algo desnudo y vidrioso, frágil, que solamente podía ser conocida si se tenía una actitud amorosa y humilde: el conocimiento de la verdad requería renunciar a pre-tender dominarla. Sinceramente, esta actitud ante la verdad me parece asombrosa. Dista mucho de las certezas científicas, que quedan a nuestra disposición para poder dominar la naturaleza de las cosas.

La verdad es aquello de lo que no podemos disponer, es algo sagrado que me revela a mí mismo ante mí y ante el mundo. La verdad me-des-nuda. Lo verdadero tiene un síntoma claro: la ingenuidad y la ilusión, nos muestra el mundo con sencillez. La verdad nos devuelve la confianza en nosotros mismos. De hecho, el lema de la filosofía clásica era “nosce te ipsum!”, conócete a ti mismo.

Aunque parezca una actitud infantil, resulta que esa es exactamente la consecuencia directa del contacto con la verdad. La verdad es así de indefensa. La respuesta que puede surgirnos ante algo tan delicado es la del temor o la duda, pues en un mundo como el nuestro, tan cargado de durezas y desencantos, en el que la fuerza y la competencia son las virtudes más apropiadas para enfrentarnos al día a día, la verdad parece imposible: algo tan precioso no pertenece a nuestro mundo, parece demasiado “ideal”.

Así las cosas, lo cierto es que prescindimos de lo verdadero por temor a que sea un engaño infantil, mera fantasía con la que nos toman el pelo, y, también, por temor a que la verdad se convierta en algo absoluto, con lo que se pueda dominar a aquellos que no la poseen. Pero ¿tenemos derecho a permitirnos algo así? ¿Podemos prescindir de la verdad? Si podemos prescindir de la verdad, ¿qué consecuencias tiene para la vida del ser humano?

A mi modo de ver, prescindir de la verdad tiene consecuencias catastróficas. Podemos verlo en nuestro día a día. Por ejemplo, cuando los políticos prescinden de la verdad, las libertades de los ciudadanos se ven violadas, quedamos a la intemperie, pues quienes ostentan el poder abusan de la confianza que los ciudadanos ponen en ellos. También podemos decir lo mismo en economía: falsear datos económicos, jugar con las cifras y abusar de la confianza de los consumidores provoca problemas casi insolubles…

Sin embargo, me gustaría señalar un problema aún más duro para nosotros, para cada uno, cuando prescindimos de la verdad en nuestra vida. ¿Qué ocurre cuando yo relativizo las relaciones con los demás seres humanos? Cuando las relaciones con las personas que me son más cercanas se convierten en una especie de teatro, la vida se torna arriesgada.

Podemos decir que una vida sin sinceridad es violenta. Cuando las relaciones humanas están basadas en medias verdades o en vínculos superficiales, la experiencia que al final acabamos teniendo es frustrante. Una vida sin confianza acaba destruyéndonos. Una vida sin verdad es una vida mortecina. Fingir un sentimiento es durísimo, creo que incluso es desesperante, pues un sentimiento falso ahueca el corazón y lo endurece, lo vuelve insensible.

La mirada de aquellos que son incapaces de asombrarse ante la mirada de sus semejantes me llena de lástima: son personas que viven solas aun estando acompañadas, personas incapaces de compartir nada y que viven a la defensiva, con miedo, pues ven en los demás a un enemigo…

¿No nos recuerda esta imagen el retrato de una dictadura? Un mundo sin verdades, sin confianza, sin miradas sinceras, ¿es un mundo en el que se vive la libertad? Una sociedad en la que no se vive con confianza, en la que las relaciones más íntimas están infectadas por ese virus de la desconfianza y de las verdades a medias, es una sociedad con serios problemas para poder vivir la libertad.

Los problemas que se generan por esa desconfianza en los demás se multiplican como una epidemia. Empiezan en los hogares y acaban insertándose en los organismos internacionales. Quizá recuperar la confianza en la verdad sea un asunto más importante de lo que parece.

Una sociedad sin verdades es una sociedad que, en la práctica, acaba cometiendo atrocidades: sin verdad, se genera desconfianza; con desconfianza, se genera el miedo; con miedo, se puede justificar cualquier acción, pues mis semejantes se vuelven hostiles hacia mí, y acaba rigiendo la ley del más fuerte…

¿Podemos reconocer esto en nuestra sociedad actual? ¿No estamos invadidos por esa inquietud, por esos miedos? La sombra de la desconfianza nos acompaña, hoy, más que nunca. ¿Cómo hemos llegado hasta este punto en una sociedad democrática y libre? Nos ha faltado lo esencial: esa ingenuidad que concede el conocimiento de la verdad, el conocimiento de algo que no me pertenece, sino que está por encima de mí mismo y que tiene valor en sí mismo y de lo que no puedo disponer para mi beneficio particular.

La verdad es ese patrimonio común e inviolable que nos eleva cuando somos capaces de reconocerla en sí misma. Es el resguardo de las libertades en la democracia, la protección de aquellos que no tienen poder para dominar ni dinero con el que sobornar. Ese bien supremo que nos recuerda a todos que tenemos una responsabilidad con nuestra vida y con la de los demás.

5 comentarios:

Caminar dijo...

Realmente te gusta la filosofía.
Un saludo. Muy buen la reflexión.

Rafa Monterde dijo...

¡Me encanta! Muchas gracias por tu comentario. ¿De verdad eres monja contemplativa? Un cordial saludo.

Caminar dijo...

Sí, de verdad, Rafa. Y además soy de Valencia, ya también "nací en el meditarráneo", pero estoy muy lejos de ahí.
Un saludo en Cristo.

Rafa Monterde dijo...

Me voy a permitir el lujo de pedirte que reces por mí. Vosotras tenéis la oportunidad hablar con Dios como ninguno la tenemos aquí. ¡Qué suerte tenéis y qué favor hacéis a toda la Iglesia! Un saludo en Cristo.

Caminar dijo...

Eso estaba hecho desde que conocí tu blog. Suelo rezar por todo aquel que de un modo u otro se cruza en mi caminar.
Un saludo en Cristo.

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