martes, 2 de abril de 2013

Andrei Rublev, el arte como compromiso


En una sociedad como la nuestra, en la que es posible explicar tantas cosas gracias a las ciencias, el fenómeno artístico puede que no nos resulte novedoso. El arte además se ha convertido en un producto, en algo que podemos encontrar en cualquier tienda o simplemente entrando en Internet.

Pero si tuviésemos la oportunidad de vivir la vida de un artista como Miguel Ángel o Mozart, nos quedaríamos sorprendidos de la tensión que late en cada obra de arte, del esfuerzo que, en realidad, supone crear: reducir el arte a un tipo de psicología o de carácter sería intentar encerrar el Universo en una canica.

Introducirnos en la vida de un artista, como en la de cualquier persona, es una tarea descomunal, casi imposible. No obstante, hay artistas que tienen la cortesía de hacerlo. Andrei Tarkovski fue uno de ellos. El director de cine ruso nos mostró en Andrei Rublev cómo es la vida de un genio.

En este film podemos ver cómo este artista tuvo que compaginar sus ideales artísticos y las circunstancias del momento en el que vivió. Para Tarkovski el arte no es una tarea espontánea, sino un compromiso con uno mismo y con la verdad. Requiere una responsabilidad extrema, pues expresar la verdad no es tarea fácil, vivirla tampoco.

Rublev fue un monje. Su ideal de vida era la contemplación pura de Dios, el Ser que es amor infinito y perfecto en sí mismo. Pero cuando tiene que enfrentarse a las realidades humanas, Andrei experimenta las contradicciones del corazón.

En la Rusia de finales del medievo, en la que los señores feudales pugnan por el poder y  los campesinos sufren esas luchas, el ideal cristiano al que aspira el artista parece que se vuelve borroso. A pesar de que él haya visto la realidad de Dios, el mundo le impone una realidad distinta, cruel, en la que la belleza y la verdad parecen ocultarse y dejan paso a las mentiras y a las injusticias.

Ese amor que él conoce se presenta en muchos momentos de su vida como una ficción, como una ilusión que solamente podía vivir mientras estaba en el monasterio, alejado de las bajezas humanas. Se da cuenta de que en él mismo late, junto con el amor a la verdad, el deseo de lo oscuro, del pecado… y no se siente capaz de llevar a cabo su obra artística.

A lo largo de la vida del monje ruso vemos esa lucha continua consigo mismo, cómo el artista se siente incapaz de vivir en plenitud la verdad, que brota desde lo más profundo de su corazón, y, a la vez, está obligado a expresarla, a manifestarla en sus obras, pues no comprende su vida si no comparte con sus semejantes el tesoro que le ha sido concedido: conocer la realidad preciosa del Amor de Dios.

Su labor artística es similar a la de un profeta, la de un hombre que en la intimidad se le manifiestan verdades únicas y que no pueden ser confirmadas por la experiencia común, sino que solamente pueden ser expresadas por aquellos que han sido elegidos para esa tarea.

En la mirada del artista se refleja una realidad que pasa inadvertida ante nuestros ojos, pero que se manifiesta en las imágenes que nos ofrece con sus pinceles: es capaz de elevar hasta la eternidad aquello que es efímero; con su obra transforma y enriquece el mundo en el que vivimos… De este modo, el arte se convierte en un acontecimiento precioso, profundamente humano.

Todos quedamos ligados, de algún modo, a la verdad cuando en nuestra retina se reflejan las imágenes trascendentes de los iconos de Andrei Rublev. Con las obras de arte tenemos el privilegio y la oportunidad de mirar el mundo como Goya, como Tarkovski, o de escucharlo como Chopin.

Podemos agradecer, pues, el trabajo y el esfuerzo de tantos hombres y mujeres que se han empeñado en ser fieles a esos dones que han recibido. Podemos disfrutar, con Tarkovski, de las tensiones, luchas y logros de este pintor ruso del siglo XIV, que pudo, a pesar de las circunstancias que le tocó vivir, llevar a cabo la labor preciosa de la iconografía ortodoxa.

Es un film más que recomendable para comprender esa tarea sacrificada y gratificante del verdadero artista: aquel no tiene reparos en seguir adelante cuando todo lo que le rodea parece indicarle que debería dejar sus ilusiones a un lado y sumarse como uno más a la marcha común del mundo.

6 comentarios:

Caminar dijo...

Creo que todo artista tiene, un "no sé qué" que transciende "la marcha común del mundo"
Un saludo en Cristo resucitado.

Rafa Monterde dijo...

Quizá porque el artista es "un creador creado", hay algo en su vida que le revela como "imago Dei". El Origen es Creador... y Salvador.

Un saludo Xto. ¡Feliz Pascua!

Manuel dijo...

"Y parece casi que el maligno quiere permanentemente ensuciar la creación, para contradecir a Dios y hacer irreconocible su verdad y su belleza." Benedicto XVI al final de sus ejercicios espirituales.
Gracias por ser fiel servidor en tus escritos de la Verdad y la Belleza de Dios.

Rafa Monterde dijo...

Gracias a ti, Manuel, por dedicarme un poco de tiempo. Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

No dejes de escribir. Todavía recuerdo aquel post tan impresionante sobre como volviste a escribir. No se sí después de vacaciones o algo así. Sinceramente me ayudan mucho tus posts. No dejes que el ruido o el silencio te puedan en tu búsqueda: sin la palabra ellos no podrían existir.
Manuel

Rafa Monterde dijo...

Manuel, muchísimas gracias por tu comentario. Es "refrescante". Me alegro de que lo que escribo "dé frutos", más aún cuando se te dice como tú lo estás diciendo. Procuraré, pues, ser más constante en la escritura. Un cordial saludo.