sábado, 21 de diciembre de 2013

A la mujer, maestra de filosofía

Hoy te escribo a ti, mujer, porque necesito hacerlo. He tenido que pararme a decirte esto porque creo que me traicionaría si me quedara callado. Ya me conoces, sabes que me encanta la filosofía. Y como no paro de pensar en tantas cosas y de intentar exprimirles todo su jugo, me he visto obligado a escribirte, porque eres lo que más admiro en este mundo. ¿Qué clase de filósofo sería si no te dedicara mis palabras? Te las escribo y no me enrollo más… ¡Cómo se nota que soy levantino!

Quiero referirme a ti como filósofa, como maestra, como sabia… Pero como una filósofa excepcional, única y original. De esas que son inimitables. Estoy convencido de que sabes más que yo y por eso tengo que escucharte atentamente cuando me hablas. Consigues que me acerque a la realidad, que deje mis abstracciones para percibir la riqueza de los detalles de las cosas. Haces que la realidad tome forma, nombre, palabra… y deja de ser anónima, irreconocible y abstracta. Ese tipo de realidad tan masculina, tan objetiva, tan alejada de los seres y sus esencias.

¡Qué ciego soy! Basta que tus palabras acaricien mis oídos para que mi corazón se despierte, para que todo tenga sentido y la razón que me aplasta pierda su peso, dándole a mi alma la libertad que solamente tú puedes darme. Mi “energeia” deja de imponerse sobre el mundo y mi corazón se enciende cuando te escucho: se convierte en fuego, ese fuego que abrasa y que no quema, que no consume, sino que te eleva hasta la eternidad.

Eres sabia… Eres filósofa… Pues sabes conocer al hombre cuando lo miras a los ojos, cuando lo escuchas, cuando callas, cuando le hablas y lo acaricias. Le haces comprender la singularidad de su existencia y de su vida cuando en tus labios se escucha su nombre y cuando en tus pupilas se refleja su rostro. Y lo haces sin silogismos ni artificios dialécticos… Basta solamente la sencillez de tu amor para convertirte en una verdad tan viva, tan ardorosa y excepcional, que solamente puedes ser comparada con Dios.

No me extraña que al crearte tomara una de las costillas de mi costado, porque la costilla es lo que mejor protege y mantiene vivo el corazón. Cuando me faltas siento pánico, como el niño que se encuentra solo en medio de la calle. Y por eso te necesito como maestra y quiero ser tu discípulo. Sólo si tú me lo concedes. Y si tengo el privilegio de que te decidas a modelar mi corazón como el buen artesano, seré el hombre más feliz del mundo…

Contigo seré filósofo, un auténtico amante de la verdad. Pero si no me miras, me iré a las montañas, lejos, buscando la soledad. Porque sé que sin ti no podré comprender tu mejor secreto: que la filosofía no es sólo el amor a la verdad, sino que la verdad tiene que convertirse en amor; el amor que me mira, que me dice quién soy y que me une a ti, dándome el privilegio de la eternidad.




6 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

Qué alegría volver a leer algo tuyo y vaya nueva entrada que te has marcado. La mujer con la que te has inspirado debe de estar pletórica de alegría. Bonitas palabras y buen tacto el tuyo. ¡Saludos!

MERCEDES GASCÓ dijo...

Rafael enhorabuena. Has reflejado lo q tantos pensamos y no sabemos describir.

Rafa Monterde dijo...

¡Gracias, Rocío! Me alegro de que te haya gustado. ¡Sí, ella está contentísima! Gracias por leerme. Espero que las mujeres no tengáis miedo a manifestar esa sabiduría tan vuestra, que nos es tan desconocida a los varones. ¡Es tiempo de mujeres, os toca tomar el testigo de la filosofía para que haya futuro!

¡Muchas gracias, Mercedes, por tus palabras! Me alegro, también, de que te haya gustado.

¡Un afectuoso saludo a las dos!

Caminar dijo...

Una belleza, y creo está claro quien es la mujer...
En día tan señalado desearte una Santa Noche y Feliz Natividad del Señor.
Un abrazo

Rafa Monterde dijo...

¡Muchas gracias! Espero que sea una santa y feliz Navidad en vuestra comunidad. Un abrazo fuerte en Cristo.

Manuel dijo...

¡Que grande! Rafa. La energeia o voluntad, debe partir siempre de otra voluntad, de otra mirada, para entender su sentido y su fin. La energeia así es sinergia o sun-ergeia. El fin de la voluntad es la plenitud y la perfección del hombre: ser capaz de entregarse a otro u otra.
Un fuerte abrazo