lunes, 22 de julio de 2013

El aborto, la crisis de la democracia

Cada vez que escucho una conversación (una discusión, más bien) sobre el aborto, se habla de éste como si fuera un derecho. Sobre todo, se habla de él como un derecho de la mujer, como una decisión que ella debe tener en cuenta para ejercer plenamente su libertad. En ella se gesta la nueva vida, crece porque la mujer se lo permite: ella decidirá si quiere que el niño le mire a los ojos.
Cuando se refieren al aborto como un derecho, no acabo de comprenderlo. No entiendo que se lo llame derecho, ya que la palabra “aborto” implica en sí misma una negación, la eliminación de un ser que está creciendo. Lo propio de los derechos es que los asuntos de que se ocupan lleguen a término, protegen aquello que puede ser alterado por nuestras acciones. Así, el derecho cumple su finalidad y las acciones de los hombres son acordes a la naturaleza de las cosas y al bien de la sociedad.
¿Qué garantiza el “derecho” al aborto? No lo sé. Lo que deja bien claro es que los no nacidos no tienen derecho alguno. Son los más desprotegidos, pues pueden ser despojados del seno de su madre, desahuciados de su vida y de su hogar. Son humanos anónimos, rostros que no reconocemos, porque nuestra mirada no es capaz de ver más allá de las apariencias. Lo que nos garantiza el “derecho” al aborto es que podemos prescindir de los no nacidos, porque son seres humanos entre paréntesis.
Me preocupa mucho que se piense en el aborto como un derecho. Más que nada, que se lo considere un triunfo de la democracia. Una democracia empeñada en lograr la igualdad entre los hombres es capaz de mirar a todas las personas sin tener en cuenta sus diferencias: comprende a los hombres con sus colores, sus culturas, sus cultos… y también debería comprender que el tamaño de su cuerpo es una diferencia preciosa, que por su delicadeza debería protegerse como la mejor de las joyas. Pero no, los diamantes, por desgracia, tienen más valor que los seres humanos…
Estamos en un momento en el que la sociedad democrática se está poniendo en duda. La crisis que vivimos hace que el escepticismo hacia los valores de la democracia se agudice. Tenemos razones para ello, pues la dureza de las circunstancias contrasta con las expectativas que teníamos. Los momentos de dificultad son los que ponen a prueba los vínculos entre los hombres, más aún cuando la crisis afecta a toda la sociedad.
A mi modo de ver, la crisis es más profunda que un problema económico o que una recepción precaria de las ideas de la democracia por nuestra sociedad. Porque cuando una sociedad no es capaz de ver que un embarazo es el vínculo más estrecho e íntimo que tienen los hombres, es una sociedad que no es capaz de crear ningún vínculo entre ellos. Una sociedad que es capaz de romper el vínculo más íntimo que tiene el ser humano y declarar que es un derecho que un niño no nazca, es una sociedad que desde el principio estaba rota.
Nuestra crisis empezó cuando el aborto se convirtió en un “derecho”. En ese momento dijimos que estábamos dispuestos a acabar con el más débil, declaramos que el fuerte es el único digno de protección, aquel que merece la vida. Entonces fue cuando nuestra sociedad se fue haciendo más dura, distante e insolidaria. Es una sociedad en la que una madre puede decirle a su hijo que no quiere que viva. Puede decidir que no tenga nombre, que no pueda mirarle a los ojos, que no pueda sonreír… y que no sea persona.
Si un niño no puede esperar la acogida de su madre, si no puede esperar que su madre le reconozca y le cuide, si es un “derecho” que una persona indefensa, inocente, sea eliminada porque aún no tiene la apariencia de un ser humano, hemos de preocuparnos, porque una sociedad que es capaz de acabar con ese ser humano, es capaz de acabar con cualquiera.