domingo, 7 de diciembre de 2014

Leones por corderos

Roma está ardiendo. Esta es, quizá, la frase que hila toda la argumentación de la película Leones por corderos. El film dirigido por Robert Redford es un reclamo de responsabilidad ética ante una situación que nos es dada. Quizá, viendo la película, nos hacemos cargo de lo que supone la responsabilidad, que en su origen latino es respondeo: responder.

La película trata de la respuesta, del modo mediante el cual cada uno de los personajes, hasta los espectadores, se sitúan ante un conflicto que nos afecta a todos, como es la guerra de Afganistán, y que, en apariencia, solamente depende de aquellos que ostentan el poder de decisión política y estratégica.

Pero no. La respuesta al conflicto no depende solamente de los políticos, sino de aquellos que se atreven a mirar a los problemas a la cara, incluso de aquellos que se mantienen indiferentes. No caben sujetos pasivos, incluso la pasividad es actividad, decisión de uno ante el problema. Aquí está el debate entre Stephen Malley y Todd Hayes. El profesor universitario enfrenta a su alumno ante el problema y le reta a decidirse, haciéndole ver que la pasividad es una decisión que tiene consecuencias, que aunque los resultados de nuestras acciones no solucionen el problema, el hecho de no hacer nada supone una pérdida mayor que el haber intentado solucionar el problema en el que estamos implicados, queramos o no.

Personalmente, esto me ha recordado el planteamiento socrático de la ética. Sócrates entendía que más vale padecer una injusticia que cometerla. En cierto modo, no buscar la justicia es una forma de injusticia. No arriesgarse por la justicia y comprometerse con ella es una manera de contribuir con la injusticia. Por ello, ser pasivos ante el mal es hacernos cómplices de él. Puede que buscando la justicia padezcamos la injusticia, pero al menos habremos salvado nuestra conciencia y seremos inocentes ante la mirada de todos aquellos que no hacen nada (o que sí que hacen) y, sobre todo, ante la mirada de nuestro corazón.

Este es el caso de Ernest Rodríguez y Arian Finch, dos jóvenes estudiantes que se comprometen con sus ideales de justicia y se enrolan en el Ejército de los Estados Unidos para combatir en Afganistán. Quienes hayan visto la película entenderán de lo que estoy hablando.

Dejar que arda Roma es peor que incendiarla, porque manifiesta la pobreza de nuestra voluntad, que es incapaz de reconstruir aquello que otros destruyen y de hacerse cargo de sí misma, dejando que la comodidad y las circunstancias rijan nuestra vida. Al actuar de este modo perdemos la oportunidad de ser autores y protagonistas de nuestra vida, porque son otros quienes, cometiendo la injusticia o enfrentándose a ella, escriben los capítulos de la Historia. Dejar que el curso de los acontecimientos dependa del azar o de las decisiones de otros es renunciar a la libertad, es dejar de ser persona, perder la oportunidad de serlo en plenitud.

Así es como, más o menos, le plantea el problema el profesor Malley a Todd Hayes. En cierta manera, el peor enemigo de los Estados Unidos no son los talibanes ni los terroristas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, son los ciudadanos americanos que optan por la indiferencia. Sin lugar a dudas, podemos afirmar que la indiferencia es la enemiga de la justicia y de la civilización.

Del mismo modo, justificar nuestras acciones, sean cuales fueren, para alcanzar la justicia es una manera de acabar con ella. Es el problema de los medios para alcanzar el fin propuesto. ¿Acaso podemos lograr el bien mediante el mal? ¿Podemos lograr la paz preparándonos para la guerra? El fin no justifica los medios, pero cuando no se sabe qué medios son justos, solamente podemos atenernos a los resultados.

Tal es la situación de Jasper Irving, el senador norteamericano que pretende cambiar la estrategia de acción del Ejército de los Estados Unidos en Afganistán. Su objetivo es la victoria, no el examen de conciencia por los errores cometidos en anteriores misiones. La conciencia debe examinarse una vez se haya alcanzado la victoria. La razón es la guerra: una agresión bélica no se soluciona con la diplomacia ni con la deliberación ética. Oculum pro oculo, dentem pro dente, ojo por ojo, diente por diente. Y no sólo eso: hay que acabar con el enemigo para ser garantes de la libertad que los Estados Unidos anuncian.

La responsabilidad ética de los dirigentes estadounidenses tiene un ordenamiento diferente, pues de ellos depende la veracidad de los principios de la libertad americana y no pueden dejarse humillar por aquellos que no los comparten o que los consideran una herejía, como es el caso de los radicales islámicos. Se trata de un conflicto cultural que no puede solucionarse mediante el diálogo, pues se trata de un aut-aut, de dos modos de ver el mundo contradictorios, dos modos de vida que ni la mejor de las tolerancias lograría armonizar con las leyes de un sistema democrático.

Quizá podemos decir que la actitud del senador puede resumirse así: la victoria o la muerte. Cuando la periodista Janine Roth entrevista al senador Irving se encuentra con el dilema moral de aceptar tales actuaciones o no, se pregunta si es un deber moral hacer públicas las verdaderas intenciones de Irving, que, bajo la bandera de la libertad y de la justicia, es capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar la victoria. Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos son la mayor potencia militar del mundo y que una decisión así podría suponer la guerra total, el bellum omnium contra omnes.

Si se llegase a esta situación, evidentemente el remedio sería peor que la enfermedad. Sin embargo, aunque no se llegase a una situación así, la periodista se pregunta si no buscar la verdad, si no esclarecer las verdaderas intenciones de Irving, es acaso una renuncia a la justicia, fracasar en su vocación periodística y ser infiel a sí misma, a los ideales que le han inspirado a trabajar siempre. Ella se encuentra con un problema inmenso: quizá las vidas de miles de personas dependan de la veracidad de sus palabras. Se da cuenta de que el silencio puede llegar a convertirse en un crimen.

La omisión de la justicia es una injusticia. ¿Ser o no ser justo? Esta es la cuestión. Quizá las palabras de Hamlet nos ayuden a enfrentarnos al problema y deliberar, como él, si vale la pena ser cómplices de la injusticia con nuestra indiferencia, con nuestra comodidad o con nuestro escepticismo. Ante la justicia no cabe situarse en un punto intermedio o quedarse al margen. Es un sí o un no el que hace que nos decidamos. Los peros, las ambigüedades y los  juegos de palabras colaboran para que no pueda alcanzarse y hacerse real.

Quizá nuestro modo de decir sí a la justicia sea lo que determine el lado en el que nos coloquemos, porque un no rotundo será, lo más seguro, una decisión demasiado extrema, una decisión que en los discursos sobre la justicia nadie quiere tomar por ser políticamente incorrecta. Mientras tanto, el debate ético omite la decisión por la justicia, perdiéndose en palabras bien escritas y en discursos que no se atreven a ver la realidad y a aquellos que mueren siendo víctimas del silencio o mártires de la verdad al haberse atrevido a acudir a los lugares donde es necesario actuar sin demora.

Las miles de mujeres violadas y asesinadas en Siria, en Irak, los niños muertos en la franja de Gaza, los cristianos decapitados y crucificados por el Estado Islámico, no pueden ser ya ni lo serán nunca sujetos que participen en una situación ideal de habla… La sangre de los inocentes ha empapado las páginas de nuestros discursos sobre la justicia, la igualdad y la tolerancia; nuestros ideales están enterrados bajo los cadáveres de todos aquellos que han perdido su vida ante la boca de los fusiles de asalto o el filo de los puñales y yacen ahora en una fosa común.

Nuestra realidad supera la ficción. Roma no solamente está ardiendo en la película: el Oriente está en llamas y se están extendiendo hacia el Oeste. Nos enfrentamos al mismo problema, incluso aún mayor. Los resultados de nuestras decisiones los veremos dentro de unos años, pero no como espectadores de una película, sino como protagonistas del conflicto.

Tendremos que enfrentarnos al problema como el senador, la periodista, el profesor o el alumno. Incluso habrá que desempeñar nuevos papeles que no están previstos en el guion. La película nos puede ayudar a anticiparnos a los acontecimientos y a decidirnos de antemano por la justicia y arriesgarnos, como Sócrates y Hamlet, a ser fieles a la verdad aunque ello nos lleve a la muerte.

jueves, 27 de noviembre de 2014

La esperanza del Adviento


Llega el tiempo de Adviento. Tiempo de espera, de vigilia. Tiempo que nos hace sentir aquello que nos trasciende y que consolida el tiempo haciendo que llegue la plenitud de los tiempos. Es un momento delicado, pues nos coloca en el borde de la Historia, como si estuviéramos en el Finisterrae y pudiésemos contemplar el horizonte de la eternidad y del infinito.

Casi parece un sueño, una ilusión. No sé si me llena de esperanza o de temor pensar que el tiempo, la Historia, pueden alcanzar su plenitud y elevarse hasta la misma vida de Dios. Cuando miro el cielo tengo vértigo: la profundidad de su abismo me hace sentir que si intento elevarme caeré y caeré sin llegar a ver el final perdiendo el conocimiento en el transcurso de la caída. Prefiero mirar al suelo, tener la vista fija en la tierra, para no ver cuán alejado estoy de Dios…

Pero es Adviento. Dios ha asumido mi tiempo, lo ha hecho suyo, y el abismo que nos separa ha dejado de atemorizarme. Ahora puedo contemplar la profundidad del infinito en los ojos de una joven que se llama María. Está encinta, esperando un niño. Me mira tranquila y veo esa plenitud tan propia de Dios, esa paz que es fuego, una llama que se imprime en el corazón y que lo sella con una cicatriz tan honda que trasciende el horizonte de este mundo.

No es el cielo lo que ahora me da vértigo. Soy yo. En mi pecho anida el vacío del horizonte de la eternidad. Ahora miro el mundo y soy incapaz de satisfacer los deseos de mi alma. Si intento negar a María, si tapo el hueco que me ha dejado en el corazón con la mano y miro hacia otro lado, el pecho pesa y se sumerge en la oscuridad del océano de mi cicatriz, de Finisterrae.

Hay que mirar a María, a aquella que ha acogido al Eterno, al Infinito en su alma y se ha llenado de gozo en la presencia de Dios. Es ella quien convierte mi  angustia en esperanza, quien transforma mi cicatriz en la fuente de la que manan ríos de agua viva, de agua clara y pura, y que hacen que el tiempo que vivo sea pleno.


Vivir el Adviento es creer en María, ver en su mirada la plenitud de los tiempos. Ella es la Virgen que es Madre, es el tiempo fecundo y pleno de la eternidad. Hay que estar vigilantes para contemplar su mirada, la mirada que proyecta la luz diáfana de la Verdad, de Cristo.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La belleza de la nada


El silencio tiene un encanto especial. Es misterioso. Hay algo en el silencio que te hace sentir que estás en presencia de algo sagrado y delicado. Es precioso. Te hace sentir que sostienes con las yemas de los dedos una tela finísima, casi imperceptible, que tienes que tratar con delicadeza para no rasgarla con la piel. Incluso una caricia prolongada puede desmenuzar el trenzado de sus hilos. Nuestra respiración puede acabar con el silencio, hacer que deje de ser y de estar presente ante nosotros. Esa es la ternura del silencio. No es físico, es espiritual. Solamente puede tocarlo nuestra alma cuando está en calma, cuando está limpia. El silencio es el vestido del espíritu. Hace que lo invisible sea perceptible, que tenga forma y podamos percibir su silueta y su perfume. El silencio viste de majestad aquello que se oculta, que pasa desapercibido, que puede quebrarse cuando pronunciamos una palabra y lo atravesamos con el sable de nuestra lengua. El silencio es la sinfonía de la nada. Es el canto de la verdad. Un canto que no rompe el silencio, que no lo rasga ni lo quiebra con nuestra voz. El silencio es una voz que habla un lenguaje. Un lenguaje que no dice nada porque no se escucha. Calla. Se mantiene en silencio. Ese es su lenguaje. Un lenguaje que no sabemos hablar. Tampoco deberíamos. Si hablamos el lenguaje del silencio, desaparece. Alguien blasfemó al hablar del silencio, al  pronunciar una palabra que se refiere a la ausencia de cualquier palabra, de cualquier voz que oculta aquello que es precioso, que es silencio, que es Dios. Dicen que es Palabra. Palabra que no se escucha, Palabra que es silencio. Silencio que lo dice todo, que  lo pronuncia todo. Pero se queda callado. Es la Voz que mantiene la tensión de cada palabra. Es la Palabra que hace posible mi voz. Si digo algo es porque Ella lo ha dicho. Pero guarda silencio. Deja que lo haga yo. No me doy cuenta de que lo hace. Guarda silencio y yo no la escucho pronunciarlo todo. Se esconde en la nada. Parece que es nada, cuando lo dice todo. La Palabra se esconde detrás de las palabras que podemos escuchar. Si guardáramos silencio, si la sinfonía de las palabras pronunciadas cesara un momento, quizá escucharíamos a la Palabra pronunciando cada una de las palabras, narrando la historia en la que están escritos nuestros nombres, cada uno de ellos. Pero no. La Palabra se viste de nada, se viste de silencio para que se escuchen las palabras. Palabras que enaltecen la nada del silencio, de la Palabra. La nada que es Palabra que se esconde, que deja que se escuchen las palabras. Palabras que ocultan a la Palabra, que se visten con la tela de la Palabra que ha rasgado la cuchilla de nuestra voz. La Palabra se oculta detrás de todo lo que se dice, detrás de cada palabra. Se oculta como la nada se oculta detrás de todos los seres para que pueda contemplarse el destello de cada uno de ellos. Como María. Como María cuando fue atravesada por la Luz. María, Miryam: la excelsaEs la elevada, en la que vemos la grandeza. La grandeza de la nada, la nada que deja ser, la nada que se oculta. La nada es magnánima, es María. María dijo Ecce ancilla Domini, aquí está la esclava del Señor. Ella se hizo nada, se hizo nadie, para que pudiese aparecer Él, para que El que es, sea, para que fuera Palabra, para que la Palabra fuera escuchada. La Palabra, que estaba en silencio, se anonadó, se hizo nada, María guardó silencio y su silencio iluminó el mundo con el Nombre de Dios: el Nombre sobre todo nombre. El silencio que me pronuncia y que puedo escuchar en los labios de María.

martes, 4 de noviembre de 2014

El suicidio y el sacrificio

Ayer vi en las noticias del telediario que Brittany Maynard se había suicidado el pasado 1 de noviembre. Tomó su decisión porque padecía un cáncer cerebral incurable. Por ello, para evitar el sufrimiento que la enfermedad provoca al que la padece y a los que están cerca de él, decidió programar su suicidio y anunciarlo en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Antes de suicidarse, se despidió de sus seguidores de Facebook. Al parecer, anunció su suicidio porque era una decisión que le hacía feliz y le ayudaba a obtener paz. El anuncio de su suicidio fue una reivindicación de derechos para que se empiece a considerar en Estados Unidos la legalización de la eutanasia.

Se entiende de este modo que el suicidio es un acto libertario, pues nos libera del sufrimiento que padecemos y libera a los demás de la carga que supone la enfermedad, que no es necesaria, no tiene por qué ser padecida ni aceptada como una parte inevitable de nuestra existencia. Por ello, si no es posible evitarla, lo mejor es eliminar la causa que la provoca, que es la propia vida.

La noticia de Brittany me recordó un debate que tuvimos hace unas semanas en la clase de Bioética. No recuerdo cómo surgió, pero salió a colación el tema del suicidio asistido como un asunto a tratar, pues, como se puede ver, no es cualquier cosa. El suicidio asistido plantea la cuestión de ampliar el horizonte de nuestra libertad hasta el punto de poder decidir cuándo nuestra vida debe acabar.

Se puede ver cómo la libertad de la acción humana no se limita solamente a su comienzo, sino también a su final. El suicidio sería la decisión definitiva, terminativa, de la libertad. Es la decisión que completaría la libertad y que capacitaría al ser humano para ser el autor total de su vida.

Sin embargo, no puedo dejar de ver en el suicidio una contradicción inherente respecto a la libertad que reivindica. Si se quiere, se puede decir que es una paradoja. En el suicidio, el acto libre acabaría con toda capacidad de decisión ulterior. Es una decisión que libremente anula la libertad, la suprime, pues agota cualquier posible decisión después del suicidio.

En el debate que tuvimos en clase, se me ocurrió de repente que, de igual modo que el suicidio es una decisión libre respecto al sufrimiento, el sacrificio también es una decisión que asumiría la cuestión del sufrimiento, pero desde otra óptica: en el sacrificio se acepta libremente el sufrimiento, no se huye de él.

Cuando decidimos sacrificarnos, abrazamos el dolor que nos ha sobrevenido con la misma libertad con la que otros deciden suicidarse. Pero, además, en el sacrificio acontece algo más: no es terminativo, sino que abre el horizonte de la libertad más allá del límite que nos impone el sufrimiento que provoca el dolor, porque al aceptar el dolor nos abrimos paso a través de él para realizar nuevas acciones que no habíamos previsto antes de que el dolor nos encarcelara.

Cualquiera que se haya tenido que enfrentar al dolor y haya tenido que buscar la manera de comprenderlo sabe que llega un momento en el que, a pesar de la sinrazón que entraña, el corazón encuentra una nueva perspectiva desde la que contemplarlo, pues se mueve en un espacio diferente, que no se había previsto y que nos descubre una vida nueva que nos otorga unas posibilidades impensables antes de que conociéramos el dolor. Daniel Stix, un joven parapléjico famoso por aceptar retos deportivos, dice en una entrevista que “para mí, los obstáculos son desafíos y siempre consigo superarlos”.

El sacrificio amplía nuestra capacidad de acción. La amplía respecto a nuestra vida y a la vida de los demás. El sacrificio también anuncia otra libertad. Una libertad que es capaz de superarse y de dotar de sentido a aquello que no cabe dentro del razonamiento. El dolor y el sufrimiento, que acaecen en nuestra vida como un sinsentido, pueden ser ocasión para declarar que no sólo son un límite para el corazón humano, sino que pueden ensancharlo y le ayudan a comprender aquello que está más allá de las alambradas de la angustia. El sacrificio declara que hay vida más allá del dolor, una vida que vale la pena ser vivida, una libertad que acepta la vida plenamente y que la incrementa, que no renuncia a ella.

lunes, 27 de octubre de 2014

Moon, una peli de astronautas


Ayer por la noche, después de ver una peli de romanos que me gustó mucho (me encantan las historias de romanos), hicieron en la tele una película de astronautas. Se titula Moon.

Cuando empecé a verla pensé que no me diría nada. Pero como no tenía sueño, me quedé hasta el final. He de reconocer que me llevé una sorpresa. Al principio me recordó a 2001: Odisea en el espacio, la de Kubrick, porque había un ordenador que hablaba con el protagonista y todo eso. Así que no pude evitar anticiparme a los acontecimientos y pensar que el malo de la peli era un ipod gigante al que se le funden los fusibles. Pero no fue así. El ordenador no era el malo de la peli.

También me acordé de Solaris, el film de Tarkovski. Ya que en Moon también hay casos de clonación y el protagonista tiene unos problemas de identidad considerables. También pensé que el malo de la peli sería uno de los clones. Pero no, los clones no eran malos y tampoco se volvían locos. Así que quedó descartada la psicopatía de los clones.

No obstante, el tema de la clonación me hizo pensar en el conflicto de identidad que padecen los protagonistas (¿o tengo que decir "el protagonista"?) a lo largo de la película. Cuando el protagonista se encuentra consigo mismo cae en la cuenta de que su identidad no es suya. Un filósofo diría que no es sí mismo. Es decir, que el encuentro consigo mismo es un desencuentro, una confusión, porque ninguno de los dos sabe cuál es su origen. No saben de dónde proceden ni si sus experiencias, sus recuerdos y sus afectos son suyos o son producto de una programación genética. Además de que no saben qué van a hacer en adelante.

La película se desarrolla en la luna, en una base que se encarga de recoger minerales y mandarlos a la tierra. Es futurista, como se puede ver. La verdad es que la situación me pareció una imagen bastante fiel de lo que le ocurre a la reflexión filosófica ahora mismo. Más bien al hombre contemporáneo.

El hombre contemporáneo tiene un control de la naturaleza como nunca se ha visto antes. En la película se puede ver eso: el hombre no sólo puede controlar la naturaleza con su técnica y su conocimiento, sino que es capaz de manejarla convirtiendo al ser humano en un resultado de su producción científica clonándolo en serie. Puede hacerse cargo de las leyes de la naturaleza hasta tal punto que puede decidir usarlas a su antojo. Pero la cosa no queda ahí. El hombre con su tecnología es capaz de crear autoconciencia cibernética, robots con conciencia de sí mismos y de los otros.

Como se puede ver, las capacidades del hombre son increíbles. Desde las cavernas hasta ese momento las cosas han cambiado bastante. Sin embargo, la confusión que padecen los clones me parece tremendamente realista. Ahora mismo el hombre no necesita encontrarse con su propio clon para quedarse desconcertado, porque lo cierto es que lo está.

A pesar de que el clon sería aquel producto en el que el hombre podría reconocerse a sí mismo en el resultado de su trabajo completando una especie de proceso de identidad dialéctica, el efecto que produce el encuentro con el clon es el contrario: una perplejidad total. En cierto modo, el encuentro con el clon me ha recordado a los intentos de autoconciencia absoluta que se han pretendido en la filosofía contemporánea.

Tras el entusiasmo de haber logrado reconocernos en nuestro conocimiento logrando una identidad total y absoluta, acontece la confusión, el desengaño, porque nuestro conocimiento no nos ayuda a saber quiénes somos. Conforme aumenta la precisión con la que conocemos el mundo se empaña nuestra imagen y no sabemos ya quiénes somos nosotros dentro de la inmensidad del Universo.

Esto, evidentemente, no lo dice la película ni es su trama. Aunque me lo ha sugerido. Se podrían destacar más cosas. Pero ahí dejo eso. Me ha encantado que una peli así me sorprenda. Os animo a verla. 

viernes, 10 de octubre de 2014

La (im)puntualidad de la filosofía

Dicen que la filosofía siempre llega tarde. Si lo dijeran por mí, desde luego estarían en lo cierto. La puntualidad no es una de mis virtudes… y no es porque me guste no tenerla. Aunque a decir verdad compararme con la filosofía y su impuntualidad sería como si intentara comparar mis habilidades futbolísticas con Cristiano Ronaldo o con mi hermano pequeño, que sin duda son más capaces que yo.

A pesar de que la filosofía siempre llegue tarde, por suerte hubo un filósofo que marcó el ritmo de las horas de su tiempo, porque Kant era más preciso en la medición del tiempo que todos los relojes de Königsberg. Quizá por eso insistía tanto en que el espacio y el tiempo eran formas a priori de la sensibilidad… Para Kant el tiempo era algo muy (a)priori-tario.

No lo había pensado nunca, pero es posible que por mi incapacidad para ser puntual es por lo que no soy kantiano ahora mismo. No sé si lo seré en algún momento de mi vida. Visto lo que hay hoy en día, no. No soy lo suficientemente puntual para ser autónomo y mi impuntualidad me encadena a esa heteronomía de la que Kant tanto huía. Como se puede ver, Kant y yo tenemos un ethos radicalmente diferente.

Aunque tampoco puedo compararme con Kant, no puedo decir que yo tenga un ethos diferente al suyo. Compararme con Kant sería como compararme con Cristiano Ronaldo: algo absurdo, porque yo no juego al fútbol y soy demasiado torpe para hacerlo. De igual modo, soy demasiado torpe para la filosofía. Yo no tengo la tenacidad de Inmanuel Kant ni de Hegel para ponerme a escribir libros tan largos y profundos como ellos... ¡El Whatsapp no me deja!

Lo que sí que tengo es cierta afición a la filosofía. Digamos que me gusta pensar cosas de filosofía. Por eso soy tan despistado e impuntual. Los que me conocen saben que es así. Por culpa de Kant llego tarde a clase, porque me despisto pensando en sus a prioris y en sus posibilidades del conocimiento y después no me acuerdo de la hora que es…

¿Cómo quiere Kant convencerme de lo que dice si me hace perder la noción del tiempo cuando me pongo a pensar las cosas que propone? ¿Cómo voy a entender que el tiempo es una forma pura de la sensibilidad cuando al ponerme a pensarlo se me pasa el tiempo volando? ¡Cuando me pongo a pensar la formalidad del tiempo, el tiempo se me escapa y dejo de percibirlo!

En fin, como se puede ver, por culpa de Kant llego tarde a clase. Creo que si Kant y yo intentáramos ser amigos, nuestra amistad no duraría más que mi retraso a la hora de llegar al sitio en el que hubiésemos quedado: él se esperaría tan sólo para decirme que “no tengo formas”… A lo que yo le diría que “tiene toda la razón del mundo” (nunca mejor dicho), porque yo no soy muy a priori. Sin duda alguna, no es posible forjar una amistad a priori, hace falta perder mucho tiempo en ella para que dé frutos, algo que Kant no se podía permitir.

Volvamos a mi gusto por la filosofía, que es comparable a mi impuntualidad. Me gusta pensar. No sé si lo hago bien, pero me gusta hacerlo. A los ojos de los demás parece que no haga nada, pero mi interior está en ebullición cuando lo hago. Esa es una de las cosas que más me fascina: el pensar en apariencia no cambia nada y dentro de uno mismo lo remueve todo. Ese es uno de los misterios más fascinantes de la filosofía. Quizá tenía razón Platón al decir que la filosofía era llegar más allá de las apariencias, porque aunque la filosofía no cambie nada en apariencia, aunque parezca una pérdida de tiempo, hace que se rasgue el velo con el que la apariencia cubre nuestra vista y nos descubre la luz que resplandece en todos los seres. Aunque sólo cambie nuestro interior, nuestra manera de estar en el mundo, de vivir y de ser, ya lo ha cambiado todo, porque para nosotros el mundo se vuelve nuevo cuando lo miramos después de haberlo pensado con paciencia y cuidado.

Por eso me gusta perder el tiempo pensando cosas filosóficas. Pensar hace que la vida, en tantos momentos monótona, sea apasionante con cosas que parece que no tengan importancia, cuando en realidad tienen una importancia muy grande.

Hace unos días me pasó algo así. No sé por qué, estaba pensando en el tema de las posibilidades del pensamiento, cuándo podemos decir que conocemos y todo eso. Tema que sin duda me supera, porque no me atrevo a decir cuándo podemos decir que conocemos y cuándo no. Pero el asunto es que me puse a pensar cuándo comienza el pensamiento, cuáles son sus inicios y sus posibilidades.

Así que, no sé por qué, pensé que lo posible en el pensamiento depende de aquello que se piense y de aquello que ya se conozca. Es decir, que si se intentan fijar las posibilidades del pensar, dichas posibilidades se fijan desde lo que ya se conoce. Si se quiere decir lo que se puede llegar a conocer, es decir, qué es el objeto del pensar, ya estamos pensando dicho objeto. Por ello, el objeto ya se encuentra en situación de conocido y es él el que está fijando la posibilidad de lo pensable en cuanto que éste es pensado.

Lo pensado (el objeto) marca ya la posibilidad del pensar. Si pensamos la posibilidad del pensar no nos remontamos a un locus del pensamiento en el que éste goce de una condición indeterminada y se encuentre sin lo que es pensado (el objeto). Lo que es pensado (el objeto) antecede a la consideración de las posibilidades del pensar ya, sin que se pueda prescindir de lo conocido (el objeto). Si intentamos remontarnos a una situación en la que el pensar se encuentra sin lo que es pensado (el objeto), no encontramos dicha situación, porque el pensar ya tiene lo conocido (el objeto) cuando intenta ver qué puede llegar a conocer. Ese es el límite del pensamiento: no es el pensamiento considerándose a sí mismo el que logra ver hasta dónde puede llegar, sino que es lo que se piensa (el objeto) el que ya fija el límite. El pensamiento no se-limita, sino que es limita-do por lo pensado (el objeto).

Se puede ver aquí cómo la filosofía llega tarde. Cuando la filosofía busca ver sus posibilidades, sus límites, ya se encuentra limitada por la posibilidad dada por el objeto conocido. Cuando la filosofía se pone a pensar qué es el pensar, estaba antes pensando para caer en la cuenta de que pensaba. Cuando intentamos ver si conocemos o si conocemos algo, ese algo ya es conocido por nosotros.

Sin lugar a dudas, la filosofía siempre llega tarde. Puedo decir que la filosofía es impuntual. No sé si por mi impuntualidad me gusta la filosofía o si me he vuelto impuntual al gustarme la filosofía, pero desde luego el tiempo es un asunto que no he entendido muy bien desde entonces. 

miércoles, 27 de agosto de 2014

La subida al monte Krizevac

La primera semana de agosto tuve la oportunidad de asistir al Festival de los Jóvenes de Medjugorje. Fue una semana espléndida, repleta de experiencias de todo tipo, en la que todos los que acudimos sentimos la cercanía y el calor de Dios y de la Virgen María.
 
El Festival concluyó el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, con una Misa al amanecer en la cima del monte Krizevac. Ascendimos el monte de madrugada, empapados por la oscuridad de la noche, y durante el ascenso intentamos combinar el recogimiento con el cansancio de la subida y el sueño. He de confesar que me quedé asombrado al sentir el silencio y la devoción que tenían los bosnios y los croatas, también los peregrinos de otras partes del mundo, como los polacos, porque manifestaban un calor interior envidiable, propio de quienes tienen una intimidad profunda con Dios.
 
No sé por qué, pensé que igual en España hubo un tiempo en el que se respiraba esa piedad y recogimiento entre los creyentes y que ahora, por desgracia, no es así. Creo que cualquier español que viera a esas personas rezando podría compartir mi opinión, aunque espero equivocarme…
 
De todas formas, contemplar la fe de otras personas me sirvió para pensar y reflexionar sobre la mía. En ese momento, tropezándome con las piedras del Krizevac y buscando orientarme con las linternas de los demás peregrinos, comprendí que la fe es una experiencia compartida en la que todos los creyentes nos necesitamos.
 
Todos caminábamos de noche, apoyándonos los unos en los otros, cediéndonos el paso y alumbrando los lugares donde era mejor posar nuestros pies para no resbalar. Tuve la impresión de que la fe es algo así: caminar juntos, a oscuras, buscando la cima guiándonos los unos a los otros. Las luces de los peregrinos que me acompañaban me sirvieron de guía y de ayuda para saber dónde estaba el camino a seguir. Esa experiencia me ayudó a comprender que la Iglesia también es algo parecido, un lugar y un camino en el que la fe de unos sirve de apoyo y de luz para otros en momentos de oscuridad y de cansancio interior.
 
Pero lo que más me marcó fue darme cuenta de que aquella noche todos caminábamos con un único motivo: celebrar la Eucaristía en la cima del monte Krizevac (monte de la Cruz) cuando el sol apareciera en el horizonte, iluminando el camino que habíamos recorrido. Subíamos buscando a Jesús, el Pan de Vida, que era para nuestros corazones el verdadero amanecer.
 
En aquellos momentos los ojos del alma nos guiaban con esa luz interior y discreta que nos concede Dios, que es capaz de ver donde no se puede ver y buscar donde aparentemente no hay nada. Y es que, visto con ojos humanos, la subida al Krizevac no tiene significado alguno, pero cuando subes buscando a Cristo y te encuentras junto a tantas personas buscando lo mismo realmente comprendes las palabras de Jesús: Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21).
 
La fe, cuando es sincera, cuando busca a Dios de corazón, es capaz de unir a todos los hombres. Mientras subíamos el Krizevac pudimos escuchar oraciones en lenguas diferentes. Pero para Dios, que es la Palabra, todas las lenguas son inteligibles y tienen sentido.
 
En la cima del Krizevak no cabía un alma. Todos buscamos algún hueco entre las piedras para poder descansar. La dureza de las piedras era pequeña cuando se comparaba con la paciencia de los peregrinos. A decir verdad, cuando llegué arriba me quedé impresionado al ver a la gente durmiendo encima de las rocas y esperando el amanecer para celebrar la Eucaristía.
 
Pensé que las escenas que se describen en el Evangelio en las que miles de personas se agolpaban en los valles y en las montañas siguiendo a Jesús serían similares a la que contemplé aquella noche en el Krizevac. Realmente pude ver que Jesús sigue entre nosotros presente en el pan de la Misa y que sigue hablándonos a cada uno desde lo alto de la cima para que nuestros corazones estén más cerca del Cielo.
 

martes, 26 de agosto de 2014

¿Qué Dios es creíble?


Hace unos días los informativos de todo el mundo nos sorprendieron con la noticia del asesinato de James Foley. Cuando vi la frialdad con la que su asesino amenazaba a todo Occidente en nombre de Dios, me quedé sobrecogido. Son muchas las noticias que llegan desde hace meses de Siria y de Oriente Medio en las que se nos muestran las atrocidades de las guerras y de las persecuciones religiosas que están habiendo.

Por si fuera poco, esta mañana he leído varias noticias en las que el recién autoproclamado Estado Islámico amenazaba de muerte al Papa Francisco por ser el representante de una religión falsa. Me sorprende que en nombre de Dios se lleguen a cometer actos como estos y no dudo que, dadas las circunstancias, van a cometerse muchos más. Pero me sorprende aún más y me asusta que se amenace al Papa en persona, porque amenazando al Papa declaran una guerra abierta contra todos los cristianos, sean católicos o no.

No puedo creer en un Dios que te obliga a ver a tus semejantes como tus enemigos. No puedo creer en un Dios que te obliga a aniquilar a sus criaturas como si esos actos formaran parte de su plan divino. Ese Dios no me parece Dios, pues es un Dios contradictorio e impotente que necesita la violencia para asegurar su ley divina.

Cualquier idea, sea filosófica, política, religiosa o de cualquier otra índole, que te hace ver a otro ser humano como un enemigo me parece una idea inhumana. A decir verdad, me parece irrealizable, porque una idea que destruye al ser humano se convierte en sí misma en una idea que es imposible llevarla a cabo. De igual modo, una religión que destruye al hombre no es propia de él ni de Dios mismo, porque un Dios que no es el Dios de todos los hombres, sino que es el Dios de unos pocos que se someten a Él y que no respeta la libertad de cada persona, es un Dios de nadie. A fin de cuentas: no es Dios.

En otro sitio escribí que “reconocemos las cosas cuando son buenas, sabemos quiénes son los demás cuando son buenos. El mal en el ser humano hace que su rostro se desfigure, que no sepamos quién es el que tenemos delante”. Cuando vi la noticia de James Foley y observé a su asesino con el rostro cubierto pude ver la vergüenza que trasmitía su odio: un hombre que cubre su rostro cuando realiza alguna acción no quiere comportarse ni que se le reconozca como hombre, no quiere que sepamos quién es. Un hombre que quiere ocultarse reconoce su delito.

¿Podemos decir que un hombre que justifica sus actos y que no quiere ser conocido está seguro de aquello que hace? ¿Acaso el hombre cuando actúa cumpliendo la voluntad de Dios se convierte en un desconocido, en un extraño para los otros hombres? O aún más, ¿creer en Dios implica dejar de creer en el hombre y odiarlo ejecutando su muerte?

Un Dios que te hace odiar a sus criaturas me parece un Dios absurdo. Ese Dios, si fuera real, sería un Dios que en la intimidad de su Ser entrañaría la contradicción y el odio al haber creado seres a los que desea destruir. Un Dios que además, en su contradicción interna, se destruye a sí mismo… sería un Dios temible, al que no podríamos reconocer, del que querríamos escondernos y al que odiaríamos por habernos arrojado a esta vida determinada por su maldad. Un Dios al que no podemos reconocer y en el que no podemos reconocernos todos los hombres, no es Dios.

Un Dios que obliga a sus fieles hacer uso de la violencia es un Dios incapaz de hacer que el Bien florezca en su Creación. Y un Dios incapaz no es Dios…

No obstante, estas noticias no son las únicas que han llegado del extranjero. Estas últimas semanas también están llegando las noticias de la expansión del ébola en África. Éstas también me llenan de temor e impotencia, pues es terrible ver el sufrimiento de tantas personas que están muriendo a causa de la enfermedad. Entre estas personas está el misionero español Miguel Pajares y otros misioneros y misioneras que trabajaban con él.

Viendo y comparando las noticias me preguntaba cómo era posible que el ser humano, haciendo la voluntad de Dios, pudiera llegar a hacer cosas tan distintas. La imagen de Miguel Pajares muriendo de ébola porque no quiso alejarse de los más desfavorecidos por su fidelidad al Amor de Dios y de los hombres contrasta radicalmente con la imagen del asesino de James Foley.

No todas las creencias religiosas son irracionales e inhumanas. Hay creencias que humanizan al hombre y que transforman a las personas haciendo que el fruto de sus obras sea un amor sacrificado que busca el bien de los que más sufren. No sólo eso, además es un amor que padece el sufrimiento del otro hasta identificarse con él, como hizo Miguel Pajares. En el misionero español podemos ver al Dios del que habla el Papa Francisco. Ese Dios pobre que lo da todo por los más pobres. Ese Dios sufriente que sufre con los que más sufren. Ese Dios que se hace hombre para salvar al hombre, para hacer que el hombre sea más parecido a Dios, para que sea verdaderamente imagen suya.

El Dios de Miguel Pajares y del Papa Francisco es un Dios que tiene rostro. Es un Dios del que tenemos noticia de que se hizo carne, y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Es un Dios que manifiesta ternura, confianza y verdad, la verdad del amor auténtico de Jesucristo, que amó hasta el extremo (Jn 13,1).

Sinceramente, ese es el Dios en el que me atrevo a creer, pues es un Dios que me invita a creer mirándome desde el madero de la Cruz. Es un Dios que, indefenso, abre su corazón con los brazos extendidos y que te permite estar ante Él con la fidelidad de María y de Juan, la rabia de los fariseos, el miedo de aquellos que lo abandonaron o el escepticismo de Pilato. Es un Dios que cree en la libertad del hombre, la respeta y la ama. En su respeto descubrimos su Amor y su Omnipotencia, pues, a mi modo de ver, crear la libertad humana ha sido y es uno de los mayores actos de omnipotencia divina.


Si ese es el Dios que los asesinos de Foley consideran falso, con sus actos demuestran que es el verdadero: el horror de sus atrocidades pone de manifiesto que el mal desfigura el rostro del hombre y hace irreconocible la presencia de Dios en el mundo. Sin lugar a dudas, James Foley y Miguel Pajares me ayudan a convencerme y a creer que sólo el amor es digno de fe, ese amor que trasmite el Dios del Papa Francisco.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Lo que cambia en Medjugorje

Dicen que cuando la Virgen se empeña, vas a Medjugorje. Tiene que invitarte Ella en el momento adecuado. No depende de tus planes, sino que es María quien lo decide. Y después de estar allí, puedo decir que es así.

Hace unos años que tengo noticia de la existencia de Medjugorje. Creo que me hablaron de este lugar en el año 2007. Desde entonces tenía intención de ir, pero aún no había encontrado la ocasión. Me entusiasmaba el hecho de que la Virgen María se estuviese apareciendo en ese pueblecito de Bosnia-Herzegovina. Ya había estado en Lourdes y Fátima, por ello no me parecía extraño que la Virgen se apareciera y nos trasmitiera sus deseos de Madre.

Durante este año fueron varias las personas que me dijeron que tenía que ir. Sin embargo, mi respuesta siempre era negativa, porque las dificultades económicas me lo impedían. A lo que me contestaban que ese no era un problema, pues si la Virgen quiere que vayas, acabas yendo. Así que yo me encomendaba a María y ponía en sus manos ese viaje que para mí era tan difícil.

A finales de julio me dieron la oportunidad de ir al Festival de los jóvenes que se organiza allí cada verano. No puedo negar que desde ese momento se apoderó de mí una ilusión parecida a la de un niño. No sé cómo explicarlo, pero tuve la certeza de que María quería que fuera a visitarla a Medjugorje.

De este lugar se han contado cantidad de historias sorprendentes. Son muchas las personas que llegan a Medjugorje sin conocer a Dios y allí experimentan su Amor y su Misericordia. Cuando escuché a María Vallejo-Nájera me quedé convencido que era así. La descripción que hizo de su experiencia de Dios me pareció suficiente para saber que allí la gracia de Dios actúa de una manera especial y que toca los corazones de los que acuden.

Desde que he vuelto de Medjugorje muchas personas me han preguntado –unas con ilusión y otras con escepticismo– si yo he sentido o visto algo especial en ese lugar. Tengo que decir que no he tenido ninguna experiencia extraordinaria. Es decir, no he experimentado a Dios en éxtasis ni he visto a la Virgen con mis propios ojos. Pero lo que sí que me pareció extraordinario fue ver a miles de jóvenes reunidos la primera semana de agosto en Medjugorje adorando al Santísimo, rezando el rosario, haciendo oración o cantando alegremente en Misa.

Puedo decir que en Medjugorje se respira paz, esa paz que pide María en cada uno de sus mensajes, esa paz que brota del corazón cuando se encuentra en gracia de Dios… ¡Son tantas las personas que recuperan la confianza en Dios cuando van allí! Las colas de los confesionarios son inmensas y todas las personas que están ante los sacerdotes confesándose salen con una sonrisa en los labios cuando reciben la absolución.

En Medjugorje se puede ver la riqueza que tienen los Sacramentos. Ves que realmente Dios se manifiesta y se hace presente en este mundo a través de su Iglesia y de sus sacerdotes cuando ejercen su Ministerio. Y es que el mensaje de María en Medjugorje es sencillo, pues pide vivir los Sacramentos para que Dios se haga presente en nuestros corazones. Ella pide que descubramos a su Hijo, a Jesús, en la Eucaristía y que nuestra vida gire entorno a ella, pues la Eucaristía es la llama que mantiene viva la fe en el mundo.

De Medjugorje he vuelto convencido de que si descubriéramos la fuerza que tiene la Eucaristía para restaurar los corazones y para devolverles la confianza en el Amor de Dios y la paz que éste engendra, nos atreveríamos a pensar que otro mundo es posible, que Dios no nos ha abandonado y que nos sigue de cerca, día tras día, escondido en ese pedacito de pan.

¡El mismo Dios está ahí, en el pan, esperándonos! ¡Qué fácil y qué difícil es caer en la cuenta de ello! Quizá lo realmente extraordinario sea alcanzar la sencillez de María para acercarnos a la Eucaristía y decir como ella: Magnificat!

Lo importante en Medjugorje no es lo que ocurre a nuestro alrededor, sino lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros, en lo más íntimo del corazón, porque es ahí donde quiere aparecerse María para que su Hijo pueda acomodarse. Eso es lo más importante para mí. Creo que allí tienes una oportunidad especial para el recogimiento y para descubrir que Dios puede habitar dentro de nosotros si le damos la oportunidad de hacerlo.


Si me preguntan si ha cambiado algo en mi vida después de visitar a la Virgen en Medjugorje contestaré que sí que ha cambiado algo. Puedo decir que he recuperado la confianza en la Iglesia, porque allí he visto la riqueza de la fe vivida con sencillez y alegría. Esa fe que es tan propia de María: Ella te devuelve la ilusión de ser hijo de Dios acercándote a su Hijo y te enseña a creer como Ella creyó en Él.

jueves, 22 de mayo de 2014

Cuando lo inesperado genera la esperanza

Vuelve a hablarse en el debate público del tema del aborto. Cuando se habla de ello prefiero no implicarme. La razón es la cantidad de sentimientos contrarios que genera y la capacidad que tiene este asunto para enfrentarnos con personas con las que nos cruzamos todos los días. Personas con las que quizá en más de una ocasión nos hemos reído o con las que hemos compartido algunos momentos de nuestra vida, pero que al hablar del aborto se convierten en contrarios, casi en enemigos… Y no entiendo por qué permitimos que personas que no conocemos, como son los políticos, generen tanta crispación entre nosotros.

Sin embargo, no puedo negar que el tema del aborto me afecta. Aunque prefiera mantenerme al margen, no puedo negar que el corazón me da un vuelco y me llena de tristeza ver la ira que produce un asunto tan delicado como es un embarazo. Personalmente, veo que tratamos el asunto según nuestros intereses. Intereses que pueden ser íntimos, morales, económicos, políticos o religiosos. Se trata de intereses que pueden estar legitimados o no según la visión de cada uno, pero que quizá no se hacen cargo de la realidad del embarazo.

No soy político, ni científico y tampoco pertenezco a alguna organización que se haga cargo de la realidad que viven las madres en la actualidad. Además, soy varón, y como tal, quizá, no sea el más apropiado para hablar de las preocupaciones que anidan en el corazón de cada mujer cuando se queda embarazada. Pero sí que tengo experiencia de lo que supone un embarazo dificultoso en el que la vida de la madre corre peligro.

Sin ir más lejos, mi madre se quedó embarazada de mi hermano pequeño hace ya once años. Fue lo que podríamos llamar un “embarazo inesperado”, pues estaba más que advertida por los médicos de que si se quedaba embarazada corría el riesgo de morir… A pesar del miedo, ella no dudó en seguir adelante.

Recuerdo que fue un acontecimiento que implicó a toda la familia, porque todos, dentro de nuestras posibilidades, hicimos lo posible para ayudar a mi madre. Familiares, amigos y conocidos se volcaron para que el embarazo llegara a buen término. No faltaron las dificultades, las críticas ni los comentarios que intentaban minar el ánimo de mis padres, pero todo ello hizo que ellos se abandonaran aún más en la Providencia de Dios y en la ayuda de aquellos que los apoyaron.

Fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida: todos pusimos de nuestra parte para hacer que la vida de mi hermano fuera posible y para que la salud de mi madre no corriera peligro. Mi padre demostró lo que es ser “un hombre todoterreno” que se adapta a cada circunstancia de su matrimonio.

Sólo puedo decir que la experiencia del embarazo de mi hermano me hizo comprender que trabajar porque la vida humana acontezca en este mundo vale la pena. Ahora mi hermano pequeño está a punto de pasar a 1º de E.S.O, que es el curso en el que yo estaba cuando él  apareció en nuestra familia, y me encanta ver que gracias a él mi familia se mantiene joven, porque la diferencia de nuestras edades nos obliga a comprender las vivencias de cada uno de los miembros de la familia. Ese “embarazo inesperado” nos hizo esperar la vida de mi hermano y llenó de esperanza nuestras vidas, porque nos obligó a todos a mirar hacia delante para preparar el futuro del más pequeño de la familia.


Desde entonces puedo decir que toda vida humana es una ocasión de futuro, una oportunidad para construir nuestra vida junto a los demás y hacer que nuestro mundo sea más acogedor y humano, un lugar en el que el amor se realice constantemente a pesar de las dificultades que surgen en el día a día…

martes, 22 de abril de 2014

Pensando con la Geperudeta

Esta mañana, mientras me acercaba a la Basílica de la Virgen de los Desamparados, estaba pensando en la importancia de materializar el amor, en hacer que pase de la intención a la acción y que se encarne en nuestra vida haciendo que seamos, efectivamente, una realidad amorosa, pues tenemos que darnos al otro cuando amamos para que nuestro amor no se pierda y se disperse en propósitos que al final no se cumplen. 

Lo iba pensando porque pienso que pienso demasiado las cosas y después no las llevo a cabo... Y, claro, me da pena ver cómo muchos propósitos que tengo cada día para acordarme de Dios, de mis padres, de mis hermanos y de mi novia se quedan en el mundo de las entidades platónicas esperando que se encarnen en algún momento de mi vida, cuando mis pensamientos me permitan acordarme de que vivo en un mundo en el que los hechos y las acciones valen más que la contemplación pura de las verdades eternas... 

No obstante, mientras iba pensando en la importancia que tiene la "encarnación del amor" ha venido a mi cabeza la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios. Así que, de nuevo, me he parado a contemplar esa verdad tan preciosa en cuanto he entrado en la Basílica de la Virgen. Al ver la imagen recién restaurada de la Geperudeta (la Jorobadita, como la llamamos los valencianos), no he podido sino darle gracias a la Madre, porque por ella Dios pudo llevar a cabo la obra más maravillosa que puede contemplar el ser humano: el hecho de que Dios mismo se haga hombre y que el hombre pueda -¡por fin!- hablar con Él cara a cara y ver que el Rostro de Dios es la verdadera figura en la que el hombre puede contemplarse y conocer la realidad que le es propia... 

En la Basílica he cerrado los ojos un momento y me he puesto a orar, diciéndole a Dios que me parecía asombroso el escándalo que debió de provocar en el mundo griego la noticia de la Encarnación de Dios. Los filósofos debieron de conmocionarse al ver que ese mundo del Ser Necesario, que era tan distante para ellos y tan inevitable, podía descender hasta la realidad fluyente del tiempo y trasmitir esa Esencia tan inaccesible, inmensa e infinita para conocimiento humano, pero que ahora -gracias a la paciencia de un pueblo marginado, a la fidelidad de sus profetas y al asentimiento de una joven de Israel- era cognoscible y cercana. Tan cognoscible y cercana que podía conmover el corazón del hombre y penetrar hasta lo más profundo de su ser para hacerle entender que su existencia no cae en el olvido del vacío del Universo, sino que para el Ser Supremo su existencia tiene un sentido y que Él conoce a cada uno de los seres humanos por su nombre y que sus sufrimientos y sus dudas no le son ajenos... 

Entonces me he reído de mí mismo y, después de ver que Dios puede hacer que lo imposible se haga posible, le he pedido que me ayude a encarnar en mi vida todos los propósitos e ideas que fugazmente pasan por mi mente y por mi corazón y que, por mis despistes y olvidos, nunca llevo a cabo. Pero Dios se ha Encarnado... ¿Por qué no voy a esperar que en mi vida también se encarne su amor?

sábado, 12 de abril de 2014

La fe: el conocimiento del corazón

Un día de esta semana estuve hablando con un compañero sobre mi experiencia como creyente. Él estaba interesado en conocer lo que era para mí el mundo de la fe. Le parecía un mundo difícil de comprender por el hecho mismo de ser un mundo que no se puede ver con los ojos, pues, evidentemente, el mundo en el que nos introduce la fe no es un mundo empírico, que podemos percibir con los cinco sentidos, sino que es un mundo que se percibe con la sensibilidad del alma, a través de la percepción interior.

Cuando llegamos a esta conclusión, él me preguntó si el conocimiento del mundo de la fe era similar al conocimiento del mundo de las ideas de Platón, el cósmos noetós. Ese mundo que trasciende la percepción de los sentidos, que es transfísico y al que podemos acceder mediante un ejercicio continuado de dialéctica mental para conocer las esencias que constituyen y fundamentan el mundo que percibimos con los sentidos. Le tuve que contestar que la fe no es un ejercicio de dialéctica, pues el conocimiento de la fe no es un conocimiento que podamos obtener mediante la meditación metafísica o el análisis reflexivo de nuestro conocimiento.

Más bien, el conocimiento de la fe es como un aroma que se empieza a percibir con el corazón, es una pequeña voz que acaricia nuestra conciencia con suavidad, haciendo que el corazón se ensanche y empiece a ver lo que no se ve en este mundo en el que nos movemos todos. Realmente, es un conocimiento que no pertenece a este mundo y que no es propio de la intelección humana, pues no está a su alcance.

La fe abre un mundo que no se encuentra en los principios de la ciencia racional y no puede ser deducido a partir de éstos, del mismo modo que no es un mundo propio del espacio y del tiempo, sino que se encuentra más allá de las dimensiones del Universo que podemos conocer con la razón científica y filosófica.

Cuando le dije esto, mi compañero se quedó un poco perplejo, pues ese conocimiento, ciertamente, es inaccesible para cualquier ser humano y por ello parece que violenta el conocimiento humano en todas sus dimensiones. Ese conocimiento –decía él– alteraría el orden cotidiano de cualquier persona y transformaría su modo de ver el mundo, afectando incluso a su razón y a su conciencia, además de hacer que la vida del creyente fuese contradictoria al conocer algo que no formaba parte de la percepción común de la realidad que tenemos todos los seres humanos al margen de nuestras culturas y sensibilidades.

Al escuchar esto, sonreí. No sé cuántas veces habrá venido a mi mente este pensamiento. Lo que me dijo mi compañero me recordó todos los momentos en los que he acudido a Dios pidiéndole ayuda para comprenderle y para que mi fe no se convierta en una contradicción en mi vida. Y, al sonreír, volví a pedírselo. Entonces vinieron a mi memoria todas las veces que he acudido a la presencia del Santísimo en la Eucaristía y cómo ese pedacito de pan calma mis dudas y mi escepticismo cada vez que me arrodillo ante el Sagrario, esas dudas que nos acechaban de nuevo a mi compañero y a mí…

Así que no tuve más remedio que contarle “mi secreto”, ese secreto que conocemos los cristianos, ese secreto tan inocente y tan sencillo que no oculta nada y que a la vez lo oculta todo… Ese secreto que es la realidad preciosa de Cristo en el Pan Eucarístico. Le dije que la fe era algo muy sencillo y que sólo consistía en hablar tranquilamente con Jesús.

La fe, para mí, es dejar que el corazón repose en las manos de Jesús. Le conté que el pasaje que más me gusta del Evangelio es el de la Última Cena, ya que esa noche comenzó esa aventura apasionante de la fe, que es alimentarse con el Pan del Cielo, que es Jesús mismo en persona.

Cuando busco a Cristo y quiero hablarle solamente tengo que recordar la Eucaristía cuando no tengo la oportunidad de comulgar o de estar ante el Sagrario. Ese recuerdo es mi descanso, mi reposo, porque cuando pienso en la Eucaristía me imagino al Apóstol San Juan recostado sobre el pecho del Maestro y escuchando los latidos de su Corazón…

Mi compañero me miró sorprendido y dijo que no esperaba que la fe fuera algo así. Yo le dije que sí, que es así, que mi fe consiste en descansar con Cristo y escuchar cada latido de su Corazón y sentir cómo resuena su voz desde mi pecho cuando comulgo y cuando hago oración.

La fe es algo íntimo y precioso porque es una relación de amor con Dios. Un Dios al que podemos dirigirnos cara a cara cada uno de nosotros y al que podemos conocer en persona. Un Dios que me ayuda a saber quién soy, pues veo mi rostro reflejado en sus pupilas, esas pupilas que son más cristalinas que las pupilas de mi novia y en las que puedo ver la verdad de mi vida con toda claridad porque nunca dejan de mirarme… Un Dios que nunca me deja solo y que nunca deja que me ahogue en la realidad en la que vivimos, sino que la transforma desde mi corazón haciéndome ver que, allí donde me encuentre, estoy en casa porque todo ha sido hecho por Él y Él lo sostiene.

Gracias al conocimiento de la fe conozco el mundo de una manera nueva y preciosa, pues, además de conocerlo con mi intelecto y de profundizar en la verdad de cada uno de los seres con los que nos encontramos, comprendo que el mundo es un regalo precioso y que no es hostil para mi razón ni para mi vida, sino que el Universo es una criatura como yo que en la intimidad de su esencia late constantemente la Sangre preciosa del Verbo de Dios.

Así, la experiencia de la fe me ayuda a conocer y amar el mundo, además de conocerlo con mi razón, como una realidad amorosa y tierna que se desarrolla en su ser desde los labios de Jesucristo. Cada uno de los seres que contemplo es pronunciado por Él y escuchar cómo los pronuncia es una de las maravillas de mi vida. Es una polifonía de los seres llena de vigor y de belleza.

Una experiencia que llena de sentido mi vida y que de ninguna manera produce una contradicción en mi pensamiento cuando conozco con mi razón el mundo en el que vivo y existo, sino que lleva mi razón hasta las profundidades de los seres y me hace comprender el misterio de la existencia del mundo y de mi vida.


Pero se trata de una experiencia compartida con Cristo. Una experiencia que es posible solamente con Él, que es el Verbo Creador, y que espero poder explicar en profundidad conforme vaya perfeccionando mi conocimiento filosófico… Eso es lo que intenté expresarle a mi compañero y lo que quiero expresar el día de mañana con más detalle.