sábado, 29 de marzo de 2014

El amor sexual, una mística posible...

Hace unos días, en la facultad de filosofía, estuve hablando con mis compañeros sobre sexualidad y sobre la afectividad que se desarrolla a partir de los hábitos sexuales que tiene cada persona. El hilo conductor de la conversación fue la espiritualidad tántrica.

Nos interesaba la temática del tema, pues en él se propone la sexualidad como una práctica espiritual en la que los que se implican en ella deben realizar diversos rituales, a modo de liturgia, para abrir sus mentes y sus cuerpos para fusionarse íntimamente, casi como describen los místicos cuando experimentan la unión con la divinidad.

Se propone una ritualidad y un erotismo en el que se tiene la sensación de una unidad en el ser mediante la experiencia sexual. De este modo, se pierde la conciencia de sí mismo y, digámoslo de algún modo, se adquiere la conciencia de la realidad del ser del otro. Así, se produce una purificación, en la que uno mismo pierde el interés por la propia satisfacción y sólo busca la satisfacción y el goce del otro.

Esa búsqueda del otro tan radical y que lleva al olvido de sí mismo es descrita como un éxtasis del otro y como una unión de la pareja con la divinidad. La conclusión que sacamos entre todos fue que, ciertamente, esas prácticas sexuales conducen a una experiencia religiosa y, en cierto modo, metafísica.

No obstante, yo me pregunté en aquel momento si esa unión tan carnal podía ser, realmente, una experiencia espiritual. Yo estoy acostumbrado a practicar la espiritualidad de otra manera y mis compañeros lo saben. Yo soy cristiano y sé que hay dos conocimientos: aquel que procede de la carne y aquel que procede del Espíritu Santo.

San Pablo en sus cartas habla de esta distinción y San Juan de la Cruz también: ambos distinguen entre el conocimiento de los hombres carnales y el de los hombres espirituales. Por ello, les pregunté a mis compañeros si esa espiritualidad que propone el tantrismo no les parecía una espiritualidad pobre, en la que solamente se implicaba la carne y se dejaba de lado el conocimiento del espíritu.

Uno de mis amigos me respondió diciéndome que él no podía contestar a esa pregunta, precisamente porque para hacer esa distinción hay que tener conocimiento de ambos planos de la realidad. Es decir, que si no conoces la realidad del Espíritu Santo no puedes hablar de ella, pues te es ajena. ¡Lo cierto es que tiene toda la razón del mundo!

Así que, comprendiendo que hay que dar a conocer esa realidad que no es física ni metafísica y que nos viene dada cuando Dios quiere conducirnos por ese camino interior del corazón, ese camino que te lleva a conocer una realidad más íntima que la intimidad más profunda de nuestro yo y que es el mismo Dios, empecé a hablar a mis compañeros de algunos autores cristianos que he leído últimamente.

Les hablé de Gregorio de Nisa y de Juan de la Cruz, también de Pablo de Tarso. Creo que también mencioné a Platón, precisamente por ese aspecto de la filosofía platónica que me gusta tanto: la catarsis, la purificación del corazón. Les pregunté si creían que es posible purificar el deseo sexual, haciendo que deje de estar presente y dirigido hacia las personas del sexo opuesto, que pueda ser controlado por la inteligencia y por la voluntad, para así poder orientar nuestros deseos carnales hacia las realidades propias del mundo del espíritu, donde el alma puede encontrarse íntimamente con Dios.

Me dieron una respuesta negativa. Ellos no veían posible vivir sin el deseo sexual y sin el amor carnal. Y yo les dije que no estaba de acuerdo con ellos, precisamente porque mi experiencia es distinta. Para mí ese amor es posible. ¡Sí, es posible! Es posible purificar el corazón, tener sentimientos limpios, tener un corazón vacío de deseos carnales y de ambiciones mundanas, en el que Dios puede acomodarse y entrar a sus anchas y purificar, con su gracia y su misericordia, la suciedad que impregna cada uno de los recovecos del alma… Dios puede convertir lo que era feo en algo bello, lo que era lujuria en caridad, en verdadero amor desinteresado y puro.

Ese amor pone por delante de la pasión sexual otras prioridades y se fija en detalles que solamente se pueden percibir con la gracia de la vida del Espíritu Santo. Mis compañeros se quedaron un poco asombrados, porque pensaron que les estaba hablando de un amor en el que no hacía falta implicar el cuerpo. Pero les dije que no, que el cuerpo en este amor tiene una importancia decisiva: si no te entregas con el cuerpo, no te entregas con el alma. Solamente que primero hay que atender a la salud del alma para poder amar plenamente con el cuerpo.

Por eso, les dije que yo veía otra espiritualidad sexual en la que sí que se experimentaba una unión con Dios. Pero esa unión, primero, debía darse individualmente, personalmente. Es decir, que antes de entregarse al amor carnal, el hombre y la mujer deben buscar a Dios por su cuenta, deben introducirse en lo más profundo de su alma con la práctica ascética y purificar su corazón. A fin de cuentas, vivir y amar la virtud de la castidad. Si se purifica el corazón, en la práctica del amor sexual no se corre el riesgo de buscarse a uno mismo y se busca entregar el amor de Dios al otro a través del cuerpo, de la unión sexual.

Intenté explicarme diciendo que entiendo la mística sexual como una mística que se da cuando previamente has tenido una unión mística con Jesucristo, cuando tienes esa vida espiritual que solamente puede tenerse cuando tienes un encuentro personal con Cristo en los Sacramentos. Y ello implica el Matrimonio, claro está. Pero antes del Sacramento del Matrimonio están otros, como la Confesión y la Eucaristía.

Considero que para vivir el Matrimonio estos Sacramentos son imprescindibles, pues sin ellos no puede darse esa unión mística con Jesucristo. Y cuando se da esa unión con Cristo a través del aliento del Espíritu Santo, es posible esa unión con Cristo en el amor sexual, en el que los esposos son uno en cuerpo y espíritu en el amor de Dios. ¡Es en ese momento cuando acontece una unión divina y sexual, cuando los esposos se identifican con Cristo en el acto sexual, porque antes ya se han encontrado con Él y lo conocen personalmente!

A fin de cuentas, cuando cada persona se ha abierto íntimamente, con corazón sincero, a Jesucristo y ha experimentado la pureza de su amor, puede amar con pureza, puede buscar el bien de su esposo o de su esposa, el de su novio o el de su novia, que es gozar del amor de Dios. Por ello no busca solamente el goce carnal de un instante, sino que busca el gozo y la pasión que concede la vida espiritual y la gracia de Dios. Y ese camino puede recorrerse con Cristo siendo novios y después siendo esposos.

En el noviazgo se empieza a vivir cuando los novios buscan conservar y cuidar el amor que ambos tienen a Dios y a sí mismos, pues conservando ese el amor fiel a Dios conservan el amor de su noviazgo. En el matrimonio ese amor es más pleno, pues los esposos cuidan íntegramente de la vida carnal y espiritual de ambos, y ello implica una ascética propia del matrimonio que, si es perseverante, une a ambos íntimamente con Cristo: una unión mística que unifica todos los aspectos de la vida.


Así es, más o menos, como veo yo “la mística sexual”.

8 comentarios:

Sara dijo...

Aunque no soy cristiana, me ha parecido muy interesante tu publicación y, lo que es más, he encontrado diversos puntos en común con lo que afirmas.

Yo soy de las personas que piensa que no se puede estar con otra persona (ya sea como pareja o como algo menos serio), si uno no ha sabido antes estar consigo mismo. Esto se debe a que, comportándonos de ese modo, nos arriesgamos a hacer daño al otro (dado nuestro egoísmo) o bien a nosotros mismos, precisamente por falta de conocimiento. En la vida es fundamental estar en paz con uno mismo y quererse mucho (en el caso de los cristianos, bastaría con añadir a Cristo, pongamos, en la ecuación).

Respecto a la referencia a la espiritualidad carnal como algo "pobre", no estoy de acuerdo, sin embargo me perece que has argumentado muy bien tu opinión. Bajo mi punto de vista es algo tan sencillo como el hecho de que si pensamos el alma como algo divino, no resultaría descabellado pensar en el cuerpo como su templo. En el sexo se produce una unión de ambas (recordemos por ejemplo, el mito del andrógino), no es que vayan por separado. En ese sentido, el enfoque carnal no me parece en absoluto pobre, sino más bien todo lo contrario, pues une el "aquí" (la tierra, los cuerpos, la vida) con el "allá" (el alma/los chakras/llámese como se quiera), conectándonos con el otro de una manera única. El sexo, a mi parecer (y aunque algunos les suene "carca", cosa que me tiene sin cuidado) es un acto de amor, para demostrar lo que sentimos hacia el otro, sin necesidad de usar palabras.

Por último añadir, como he mencionado anteriormente, que me ha gustado mucho tu reflexión.

Rafa Monterde dijo...

Hola Sara, antes que nada, te agradezco tu comentario. También me ha gustado mucho lo que has dicho.

Quizá la palabra "pobre" no sea la adecuada, puesto que todo el proceso cognoscitivo que hay detrás del hinduísmo, aunque tenga un matiz religioso, tiene una espiritualidad y una tradición filosófica que, en modo alguno, es pobre. En eso tienes toda la razón. Quizá tendría que haber explicado que la espiritualidad que se desarrolla en el cristianismo y en el hinduísmo es diferente. Precisamente en cuanto al proceso de identificación que se lleva a cabo en las distintas místicas. Respecto a este tema he estado investigando y leyendo algunas cosas y he visto, desde mi perspectiva como cristiano, que al final hablamos, quizá, de dos caminos distintos, aunque en ambos se dé la experiencia mística (la de la unión en el ser). Es ahí donde veo que la mística cristiana se distingue de la mística oriental, porque es una mística que parte del yo para alcanzar el Yo de Cristo y en ese camino no se da una disolución de la identidad, sino que la propia es confirmada o asentada en la identidad de la Persona de Cristo. En este punto quería destacar esa diferencia.

Aunque, sea dicho de paso, me estoy empezando a asomar en el ámbito de la espiritualidad oriental. Y, por ello, tendría que profundizar más para ver, concretamente, qué diferencias hay, además de comprender y experimentar en mayor profundidad la espiritualidad cristiana.

¡Muchas gracias por tu tiempo, Sara! ¡Espero más comentarios!

Antonia dijo...

Eres un crack, Rafael! Me encanta leer tu blog, es muy interesante!!

Rafa Monterde dijo...

¡Muchas gracias, Antonia! ¡Te agradezco que te dejes ver por aquí!

ANGELO ST dijo...

No hay mejor ocasión que tu magnifico post, para recomendar el libro que Juan Pablo II, escribió cuando era cardenal "Amor y Responsabilidad".
El amor humano entendido como plenitud de las relaciones interpersonales del hombre y la mujer.Su experiencia con los jóvenes, hizo que contestara a preguntas concretas de cómo vivir, y el modo de afrontar los problemas del amor y del matrimonio. Muchos se han sorprendido. Un abrazo Rafa

Rafa Monterde dijo...

Muchas gracias, Ángel. Lo cierto es que quiero investigar el tema de la sexualidad y el amor, porque hay mucha producción literaria que no es cristiana y que inunda las librerías. Aquí tenemos que ponernos las pilas y explicar que la sexualidad y la espiritualidad son compatibles para un cristiano, que el cuerpo es expresión del espíritu y que no podemos amar sin él. Ello implica el amor sexual, integrado, claro está, en la vida espiritual cristiana (íntegramente). Algo que Karol Wojtyla entendió de maravilla... ¡Soy fan suyo!

¡Echaba de menos leerte por aquí! ¡Por cierto, tu blog de música me encanta!

¡Un fuerte abrazo!

Rocío Miralles dijo...

Enhorabuena, Rafa, por este casi tratado sobre el amor sexual. Has conseguido hacer fácil algo difícil como es hablar de este tema con la naturalidad que los has hecho. Tienes suerte también de contar con companeros que escuchan y no ladran, que buscan conocer, como tú. Seguramente les parecería imposible pensar que existe esa clase de amor sexual porque, como bien decía uno, no lo conocen. Y ahí apareces tú con esta entrada y con tu intervención en clase (menos mal y qué suerte).

Porque para poder dar ese amor hay que poseerlo antes, y para poseerlo hay que conocerlo. Pero, ¿quién lo da a conocer? ¿Dónde lo podemos ver, palpar, conocer? Es la sociedad de hoy la que intenta tapar este alto, puro y divino amor. Pero existe y muchos lo han vivido y lo viven hoy en día. Gracias por tus palabras, un saludo.

Rafa Monterde dijo...

¡Gracias, Rocío! Me lancé a hablar sobre esto porque creo que es muy necesario el testimonio en este tema. Hace falta explicar que la castidad no es represión, sino una expansión del corazón hacia dentro y hacia fuera. No hay que tener miedo de la pureza, porque la suciedad del mal teme el testimonio del bien, que es ese amor tan de Cristo y que renueva el corazón continuamente. ¡Sí, el amor es posible!