martes, 22 de abril de 2014

Pensando con la Geperudeta

Esta mañana, mientras me acercaba a la Basílica de la Virgen de los Desamparados, estaba pensando en la importancia de materializar el amor, en hacer que pase de la intención a la acción y que se encarne en nuestra vida haciendo que seamos, efectivamente, una realidad amorosa, pues tenemos que darnos al otro cuando amamos para que nuestro amor no se pierda y se disperse en propósitos que al final no se cumplen. 

Lo iba pensando porque pienso que pienso demasiado las cosas y después no las llevo a cabo... Y, claro, me da pena ver cómo muchos propósitos que tengo cada día para acordarme de Dios, de mis padres, de mis hermanos y de mi novia se quedan en el mundo de las entidades platónicas esperando que se encarnen en algún momento de mi vida, cuando mis pensamientos me permitan acordarme de que vivo en un mundo en el que los hechos y las acciones valen más que la contemplación pura de las verdades eternas... 

No obstante, mientras iba pensando en la importancia que tiene la "encarnación del amor" ha venido a mi cabeza la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios. Así que, de nuevo, me he parado a contemplar esa verdad tan preciosa en cuanto he entrado en la Basílica de la Virgen. Al ver la imagen recién restaurada de la Geperudeta (la Jorobadita, como la llamamos los valencianos), no he podido sino darle gracias a la Madre, porque por ella Dios pudo llevar a cabo la obra más maravillosa que puede contemplar el ser humano: el hecho de que Dios mismo se haga hombre y que el hombre pueda -¡por fin!- hablar con Él cara a cara y ver que el Rostro de Dios es la verdadera figura en la que el hombre puede contemplarse y conocer la realidad que le es propia... 

En la Basílica he cerrado los ojos un momento y me he puesto a orar, diciéndole a Dios que me parecía asombroso el escándalo que debió de provocar en el mundo griego la noticia de la Encarnación de Dios. Los filósofos debieron de conmocionarse al ver que ese mundo del Ser Necesario, que era tan distante para ellos y tan inevitable, podía descender hasta la realidad fluyente del tiempo y trasmitir esa Esencia tan inaccesible, inmensa e infinita para conocimiento humano, pero que ahora -gracias a la paciencia de un pueblo marginado, a la fidelidad de sus profetas y al asentimiento de una joven de Israel- era cognoscible y cercana. Tan cognoscible y cercana que podía conmover el corazón del hombre y penetrar hasta lo más profundo de su ser para hacerle entender que su existencia no cae en el olvido del vacío del Universo, sino que para el Ser Supremo su existencia tiene un sentido y que Él conoce a cada uno de los seres humanos por su nombre y que sus sufrimientos y sus dudas no le son ajenos... 

Entonces me he reído de mí mismo y, después de ver que Dios puede hacer que lo imposible se haga posible, le he pedido que me ayude a encarnar en mi vida todos los propósitos e ideas que fugazmente pasan por mi mente y por mi corazón y que, por mis despistes y olvidos, nunca llevo a cabo. Pero Dios se ha Encarnado... ¿Por qué no voy a esperar que en mi vida también se encarne su amor?

2 comentarios:

Caminar dijo...

Pues claro, seguro que El poco a poco se va "encarnando" en tu realidad cotidiana y la hace cada vez más amorosa para con aquellos que te rodean.
Cuando vuelvas a la Basílica, le das un beso a la Virgen de mi parte, Ella me recuerda con amor aunque haga muchos años que Castilla es la tierra que pisan mis pies peregrinos.
Un saludo pascual.

Rafa Monterde dijo...

¡Se me había olvidado darte las gracias por comentar la entrada! Ya he saludado a la Geperudeta de tu parte. ¡Un saludo!