miércoles, 27 de agosto de 2014

La subida al monte Krizevac

La primera semana de agosto tuve la oportunidad de asistir al Festival de los Jóvenes de Medjugorje. Fue una semana espléndida, repleta de experiencias de todo tipo, en la que todos los que acudimos sentimos la cercanía y el calor de Dios y de la Virgen María.
 
El Festival concluyó el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, con una Misa al amanecer en la cima del monte Krizevac. Ascendimos el monte de madrugada, empapados por la oscuridad de la noche, y durante el ascenso intentamos combinar el recogimiento con el cansancio de la subida y el sueño. He de confesar que me quedé asombrado al sentir el silencio y la devoción que tenían los bosnios y los croatas, también los peregrinos de otras partes del mundo, como los polacos, porque manifestaban un calor interior envidiable, propio de quienes tienen una intimidad profunda con Dios.
 
No sé por qué, pensé que igual en España hubo un tiempo en el que se respiraba esa piedad y recogimiento entre los creyentes y que ahora, por desgracia, no es así. Creo que cualquier español que viera a esas personas rezando podría compartir mi opinión, aunque espero equivocarme…
 
De todas formas, contemplar la fe de otras personas me sirvió para pensar y reflexionar sobre la mía. En ese momento, tropezándome con las piedras del Krizevac y buscando orientarme con las linternas de los demás peregrinos, comprendí que la fe es una experiencia compartida en la que todos los creyentes nos necesitamos.
 
Todos caminábamos de noche, apoyándonos los unos en los otros, cediéndonos el paso y alumbrando los lugares donde era mejor posar nuestros pies para no resbalar. Tuve la impresión de que la fe es algo así: caminar juntos, a oscuras, buscando la cima guiándonos los unos a los otros. Las luces de los peregrinos que me acompañaban me sirvieron de guía y de ayuda para saber dónde estaba el camino a seguir. Esa experiencia me ayudó a comprender que la Iglesia también es algo parecido, un lugar y un camino en el que la fe de unos sirve de apoyo y de luz para otros en momentos de oscuridad y de cansancio interior.
 
Pero lo que más me marcó fue darme cuenta de que aquella noche todos caminábamos con un único motivo: celebrar la Eucaristía en la cima del monte Krizevac (monte de la Cruz) cuando el sol apareciera en el horizonte, iluminando el camino que habíamos recorrido. Subíamos buscando a Jesús, el Pan de Vida, que era para nuestros corazones el verdadero amanecer.
 
En aquellos momentos los ojos del alma nos guiaban con esa luz interior y discreta que nos concede Dios, que es capaz de ver donde no se puede ver y buscar donde aparentemente no hay nada. Y es que, visto con ojos humanos, la subida al Krizevac no tiene significado alguno, pero cuando subes buscando a Cristo y te encuentras junto a tantas personas buscando lo mismo realmente comprendes las palabras de Jesús: Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21).
 
La fe, cuando es sincera, cuando busca a Dios de corazón, es capaz de unir a todos los hombres. Mientras subíamos el Krizevac pudimos escuchar oraciones en lenguas diferentes. Pero para Dios, que es la Palabra, todas las lenguas son inteligibles y tienen sentido.
 
En la cima del Krizevak no cabía un alma. Todos buscamos algún hueco entre las piedras para poder descansar. La dureza de las piedras era pequeña cuando se comparaba con la paciencia de los peregrinos. A decir verdad, cuando llegué arriba me quedé impresionado al ver a la gente durmiendo encima de las rocas y esperando el amanecer para celebrar la Eucaristía.
 
Pensé que las escenas que se describen en el Evangelio en las que miles de personas se agolpaban en los valles y en las montañas siguiendo a Jesús serían similares a la que contemplé aquella noche en el Krizevac. Realmente pude ver que Jesús sigue entre nosotros presente en el pan de la Misa y que sigue hablándonos a cada uno desde lo alto de la cima para que nuestros corazones estén más cerca del Cielo.
 

2 comentarios:

Rocío Miralles dijo...

Bonita comparación y muy acertada. Es espectacular ver cómo en cualquier parte del mundo se palpa esa misma Fe pero con matices diferentes.
Muchas veces esos matices hacen que reviva nuestra forma de vivir la Fe o nos interpele a cambiar, a dar un paso adelante o lo que quiera Dios para nosotros en ese momento.
Estas experiencias de Fe se dan muy pocas veces pero dejan una huella imborrable. ¡Que dure!

Rafa Monterde dijo...

Ya ves, Rocío, fue una experiencia preciosa. Aunque hay que verla con ojos de fe, porque si uno se queda en las apariencias se fija en el sueño que tiene al subir... (jeje)

Si no has ido aún, te lo recomiendo. Medjugorje refresca el alma, te quita miedos y perezas. Pero, sobre todo, ¡tira hacia arriba!

No dudo que por los frutos que están habiendo allí hay algo demasiado bueno como para pasar de largo...